relato por
Juan A. Herdi

 

I

mposible evitarlo: nada más verlo asomar al patio de letras, con su corbata y su traje, más pretencioso que caro, con su maletín rígido y su paso erguido un tanto forzado, se nos dibujó levemente a todos una sonrisa burlona, incluida a Laura, que intentó disimularlo, pero sonrió también.

―Pregúntale cómo ha ido el negocio —sugirió de inmediato Ruth, no sin ironía, entre murmullos, para que sólo Laura le oyera, tal vez para romper el hielo con ella, porque a menudo pensábamos, cuando le hablábamos de él, que le debía molestar en el fondo que nos burláramos de ese modo, aunque sin cambiar el tono sardónico de nuestra conversación anterior, mientras que él, casi como un rito, oteó todo el patio en nuestra busca y alzó aún más los hombros en cuanto nos vio, antes de tirar hacia donde estábamos con paso firme y seguro.

Laura avanzó hacia él cuando ya estaba a unos metros de nosotros, y lo besó feliz y sonriente.

Aquel instante se repetía a menudo desde que iniciamos el curso. Ya el primer día de clase, Laura, contenta, nos anunció que se había echado novio. Nos sonó raro eso de echarse novio, una expresión extraña, caduca, a todas luces rancia. Pero también es verdad que Laura era un poco antigua, que diría mi madre, quien tachaba de antiguo lo que toda la vida se había catalogado de anticuado, y así la calificó un día que nos encontramos con ella en un café junto a la facultad, esa amiga tuya es un poco antigua, me dijo en casa que le pareció, porque a todas luces Laura era un tanto clásica en su forma de vestir y su manera de hablar, y porque le había tratado con sumo respeto, con una educación exquisita y distante de colegio de monjas, a la vieja usanza, sin la familiaridad que tenía Ruth. O el propio Carlos cuando se encontraba con mi madre y le hablaba como si fuera un viejo amigo suyo. Claro que Laura también era simpática y culta, que era al fin y al cabo lo que nos interesaba de la gente, que fuera tratable y se pudiera hablar de lo que más nos gustaba, de la propia vida, sí, pero también de libros y escritores, de literatura y teatro. Además, caía bien pese a todo, al menos a nosotros nos cayó bien desde el principio, sin importarnos que fuera eso, un tanto antigua. Tampoco a ella le importó que Ruth, Carlos y yo fuéramos raros. Porque eso era justamente lo que decían de nosotros en la facultad, que éramos raritos, así, con retintín.

Luis nos saludó con dos besos en la mejilla a Ruth y a mí, con un apretón de manos a Carlos. Siempre nos saludaba igual, jovial y risueño, pero esta vez, sabiendo lo que sabíamos, nos supo distinto.

―¿Qué tal, chicos?

Laura le preguntó por el día, no por los negocios como le había sugerido Ruth, y él abultó el pecho un tanto engreído.

―¡Genial!

Luis era comercial en una empresa de no sabíamos muy bien qué. Visitaba despachos por toda la ciudad. Como solía hacer con frecuencia, comenzó a explicarnos sus quehaceres como si el suyo fuera el trabajo más importante del mundo y eso, sin duda, estaba bien, pensaba yo, porque siempre era importante ponerle pasión a las cosas, incluso cuando eran la mar de aburridas. Había que darle una pizca de sal a todo, me decía siempre a mí misma. Claro que en el caso de Luis resultaba exagerado y un tanto aparatoso. Incluso Laura le regañaba a veces cuando comenzaba a contarnos sus batallitas. Porque Luis, en ocasiones, contaba sus ventas como las batallitas de un viejo, como si él mismo fuese un anciano prematuro.

―Deja de aburrirnos con todas esas monsergas —le dijo Laura un poco avergonzada. A mí Laura me había confesado alguna que otra vez que le gustaría que Luis fuera un poco más leído, pero le aburrían los libros, me decía, qué le vamos a hacer. Como consolación, le gustaba mucho el cine. Lo ha visto todo, comentaba Laura, admirada, con verdadero orgullo de enamorada, y era verdad, recordaba un montón de películas e incluso nos dejó algunas clásicas de su propia colección.

―¿Nos tomamos una caña antes de despedirnos? —propuso Carlos. Nos guiñó el ojo, cómplice.

Aceptamos de inmediato y Luis sonrió, conforme. Justo antes de que llegara habíamos estado hablando de él. Laura nos contó que le sentía un poco fuera de lugar, como si no pegara en absoluto con nosotros, nos dijo.

―Él mismo se avergüenza un poco por no estar a la altura.

―¿Te lo ha dicho él?

―No, pero lo intuyo.

Le replicamos que nosotros no le juzgábamos ni bien ni mal. Le aceptábamos porque ella le había elegido, y eso bastaba para nosotros que, incluso, habíamos acabado por tomarle cariño.

―Bueno —añadió Ruth, siempre puntillosa y un tanto provocadora—, un poco extraterrestre sí que es.

La nuestra era una facultad de progres y de compadreos varios. Junto a las facultades vecinas, filosofía y sociología, el ambiente era rebelde, izquierdista y reivindicativo, además de la bohemia que aportábamos los de letras, y verlo llegar trajeado y con el maletín resultaba a todas luces un espectáculo. Nosotros lo veíamos todo desde la barrera, es cierto, éramos un submundo dentro de la facultad, pero no dejábamos de estar contagiados por esa atmósfera rebelde y un poco despreocupada, aparte de sentirnos a nuestro modo partícipes de una visión del mundo distinta a la normativa y normal.

―Cantaría mucho menos en derecho, por ejemplo.

Además, nos comentó Laura, Luis era profundamente conservador, a pesar de venir de un barrio obrero. Sólo que su padre había logrado hacer algo de dinero con la empresa que había montado con sus hermanos y todos compartían esa filosofía basada en que con tesón y trabajo se lograba ascender en la escala social. Mi madre, con esa expresión, ascender en la escala social, hubiera confirmado su dictamen sobre Laura: a todas luces una antigua. A los padres de Luis les hubiera gustado que estudiara una carrera, nos reveló casi en sigilo, pero estaban orgullosos de que tuviera iniciativa para los negocios y estaban convencidos de que llegaría lejos.

―Entonces —comenté yo—, somos nosotros quienes le debemos resultar unos extraterrestres.

―No, ¡qué va!

Laura se sonrojó un poco, como si de pronto recordara algo que no nos había contado todavía.

―Además —confesó tras pensárselo un momento, como si dudara en decírnoslo o no—, le he contado lo vuestro y no le ha parecido mal.

La miramos con curiosidad, qué le habrá dicho, pensamos los tres, sorprendidos de que Laura le contara lo que a ella misma le había costado asumir.

―¿Qué es lo que le has dicho exactamente?

Nos contempló a cada uno de nosotros no sin evidente ansiedad, angustiada por si nos enfadábamos con ella.

―Pues eso, que sois novios, los tres.

Ruth lanzó una carcajada mientras que Carlos y yo sonreímos.

―Es una forma de decirlo, sí –comentó Carlos.

―Claro, como tú quedas bien, el pachá y sus novias —bromeé.

Laura se sonrojó todavía más.

―Tal vez habría que haceros una propuesta —dijo Ruth, con mirada pícara e insinuante, lo que aumentó el rubor de Laura.

Fue en justo ese instante que vimos aparecer a Luis en el patio de letras, con su traje, su maletín y sus ganas de comerse el mundo.

 


 

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 Ilustración: PublicDomainPictures / Pixabay

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 106 · septiembre-octubre de 2019

 

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