relato por
Juan A. Herdi

 

A

quella mañana hojeó en el periódico las noticias referidas a las muchas huelgas que se extendían a lo largo de todo el país. Sin ninguna duda, iban a acabar, estaba seguro de ello, con el poco orden que aún quedaba o, peor aún, todas esas huestes revolucionarias que estaban detrás de los alborotos llegarían al poder e impondrían el sovietismo. España se hundía inevitablemente en el marasmo de una política caótica y de una economía que hacía aguas. Entonces recordó a su padre que anunció, lacónico, mientras casi se echaba a llorar con verdadera amargura ante el televisor al contemplar el ceremonioso entierro del Caudillo, que íbamos de forma inevitable hacia el más absoluto caos. Enormes lagrimones se derramaban por sus mejillas, viva imagen de la desolación, y afirmaba que ahora ya nada ni nadie nos salvaría. Por fortuna para los dos, pensó, para el Caudillo y para su padre, ya no estaban en este mundo y ya no podían contemplar todo ese desaguisado. Su padre, no obstante, sobrevivió tres años más al Generalísimo, lo suficiente para vislumbrar desde su sillón cómo se hacía añicos lo que se había levantado bajo el encomiable, según él, gobierno del Caudillo. Esto se hunde, le repetía ante cada telediario, cuando se informaba al país de cada nueva vuelta de tuerca, y a él, casi por herencia, no le cabía ahora la más mínima duda de que eso iba a ser así.

Por suerte las huelgas aún no le afectaban. Había heredado de su tío la fábrica de camisas y camisetas en la que su padre, socio minoritario, había sido el contable. Su tío, nada más jubilarse, y su segunda esposa, una italiana de familia noble venida a menos, se habían largado a la Costa Azul y de tanto en tanto llamaba para conocer la marcha de la fábrica, interesarse por su vida y comentar brevemente el estado del país. Tú al menos en lo tuyo no cambies nada, le había aconsejado cuando le transfirió el bastión que había abastecido a la familia de una posición estable, una cierta fortuna y unos trabajadores de toda la vida que le eran fieles, de momento, aunque ya había detectado en algunos de ellos, los más jóvenes, sobre todo, cierta actividad asociativa que le preocupaba. Intentó pese a ello mantener el negocio tal como se lo habían dejado, aunque no pudo evitar algunos cambios, más bien adaptaciones a los nuevos tiempos, como le aconsejaron en la gestoría que le llevaban los números. Así lo llamaron, meras adaptaciones, y así lo llamó él como si de este modo pudiera no sentirse tan culpable por los cambios. La propia gestoría fue uno de ellos. La crearon los compañeros de su padre en el departamento de contabilidad al decidir, una vez su padre se hubo jubilado, externalizar las cuentas, aunque supuso que así estaban más libres a la hora de afrontar algunos chanchullos.

Dejó el ABC en una esquina de la mesa cuando entró en el salón su esposa, su amada Zelma, y enseguida se olvidó de las cuitas que le provocó la breve lectura del diario. Ella le sonrió amable, amorosamente, y se sentó frente a él dándole los buenos días. En todo aquel entramado de caos y preocupaciones, Zelma era un faro de luz y tranquilidad. Lo fue siempre, desde que la conoció hacía tanto tiempo, ya en los lejanos años escolares, y desde que se proclamaron ante todos como novios, al acabar el bachillerato y prepararse a entrar, tres meses después, en la universidad. Recordaba con frecuencia el anuncio de su noviazgo ante su numeroso grupo de amigos y conocidos. Fue un caluroso mes de julio, se habían acabado las clases, habían aprobado el acceso a la universidad y fueron aceptados en las respectivas facultades, y aquella noche organizaron una fiesta en la sala de moda de la ciudad, El Confort Moderno. Unas horas antes, al mediodía, quedaron para comer juntos. Fueron al Gran Café, regentado por un amigo de la familia, un restaurante de salones independientes, grandes ventanales y enormes cortinajes que evitaban que se les viera desde el exterior mientras que ellos podían contemplar las dos calles en las que se asentaba el local. Allí se le declaró. Aficionado como era a la literatura, sobre todo a los poetas, dramaturgos y narradores de nuestro Siglo de Oro, no pudo evitar un tono grandilocuente al exponer los motivos que antepuso a su declaración de amor y petición de relaciones, imposible no caer en cierta cursilería. Zelma se emocionó. Muchacha moderna, espontánea, algo floral en sus formas de vestir, al fin y al cabo eran los tiempos, se balanceaba en el fondo entre esa imagen de muchacha de hoy, independiente, liberada, y el discreto encanto de la tradición, una aspiración de mujer de siempre, como toda la vida han sido las mujeres en este rincón del mundo, según la forma empleada una y mil veces por su madre, la benjamina de una rancia, amplia y tradicional(ista) familia de raíces carlistas. Se derramaron algunas lágrimas mientras los postres endulzaban el sí inevitable que le había dado a su amado. Por la noche lo anunciaron en la fiesta y de este modo lo que iba a ser una celebración de final de etapa e inicio de la juventud, tal vez de la edad adulta, devino en una fiesta dedicada a ellos, su fiesta, sin duda preparatoria de lo que algún día sería su inevitable e íntimamente deseada boda.

Le preguntó a Zelma qué iba a hacer por la mañana. Ella dejó el vaso de zumo sobre su platillo, agradeció a Ione que le trajera el primer café —doble, humeante, intenso olor a recién hecho y fuerte, muy fuerte— y le respondió que iría al despacho de Julia en el que había retomado las colaboraciones jurídicas tras un parón de años y con vistas a dedicarse de nuevo a ejercer la abogacía, aunque más como asesora que como ejerciente en los tribunales. En lo relativo a sus estudios, recordó, habían sido para su tiempo una pareja curiosa. En aquella fiesta en que anunciaron su noviazgo ya tenían decididas y aceptadas las correspondientes carreras que iban a seguir los próximos años y contra lo que hubiera sido de esperar en una pareja tan moldeada bajo los patrones de las buenas familias a las que pertenecían, ella optó por estudiar derecho, sin duda le iba bien a su carácter práctico y ordenado, demasiado ordenado, seguramente, y él se decantó por la filología, siempre le había gustado la literatura, fue de hecho un niño muy lector y de muy poca vida con los demás niños, algo que cambió un poco en el bachillerato, aunque siguió leyendo mucho, y, como estaba claro desde siempre que se dedicaría a la industria familiar y que algún día se encargaría de gestionar los talleres de camisas y camisetas, su padre, con buen criterio, tal vez consciente de que ya estaba lo bastante atada la vida de su hijo al negocio familiar, permitió que durante los años de la universidad, años a recordar algún día con añoranza, le dijo, estudiara lo que más le gustase, dedícate a lo que te apasiona, le animó, para luego encerrarse, debió de pensar al instante, en aquel despacho amplio y discreto desde el cual su tío dirigía la empresa en la que él mismo, su padre, había pasado tantos y tal vez no tan felices años.

Fue de hecho en la facultad de letras donde él y yo nos conocimos. Coincidimos en varias clases y seminarios, en la biblioteca, en el jardín de nuestro centro, un rincón a todas luces romántico que invitaba al estudio o a la charla amigable. A veces, antes de que habláramos por primera vez, le veía cruzar el patio e ir al reencuentro de aquella chica delgada, de tez blanca y cabellos obscuros, que era, adiviné, su enamorada, se daban un beso que sólo podía calificarse de casto, apenas un breve roce de sus labios, e irse hacia la calle, al café Rialva, a alguna librería de viejo o a los cercanos cines Izarra. Una mañana nos presentó un conocido común y desde entonces nos reuníamos con frecuencia, nos sentábamos juntos en las aulas, compartíamos libros a la salida de la biblioteca, sus recomendaciones de libros, por otro lado, fueron siempre propiciatorias de nuevas lecturas, y pronto pasamos a hablar de la vida, de la vida que pasaba a nuestro alrededor, en la que comenzaba a surgir una evidente agitación política y social ante la cual nos mostrábamos ajenos, y de nuestras propias vidas, no tan estables como parecían a primera vista, aunque sí resignadas. Escuché sus primeras confesiones en el café Rialva, que a medida que avanzaba nuestra amistad se volvieron más y más habituales. Éramos conscientes de que la realidad no siempre resultaba tan evidente. Él mismo afirmaba que sentía que detrás de todas las cosas había otra verdad que debíamos buscar, sin duda, pero que él no la buscaba por miedo a confrontarse con el horror o la desolación. Pero todo esto ya es otra historia.

Zelma y él se despidieron a las nueve. Ella se fue en el coche mientras que él iba andando al despacho que estaba no muy lejos, sobre uno de los talleres, el más antiguo, un edificio de principios de siglo, leve estilo modernista y el nombre de la familia escrito en letras grandes grises, algo descoloridas, en el atrio, bien a la vista de todos quienes pasaban por delante. La mañana la pasó entre balances, órdenes de compras e informes de ventas. Chanchulleros o no, la gestoría le libraba del trabajo más engorroso, el de las cuentas, las declaraciones societarias y los datos e informes a entregar a los accionistas. De este modo, llegado el mediodía, ya había en la práctica acabado el trabajo y si se quedaba era más por mantener ese sabor añejo de un negocio familiar que se había agrandado con tesón y trabajo. Estaba convencido de que su presencia daba cierta seguridad a trabajadores y proveedores, brindaba no poca confianza que el dueño estuviera en todo momento al pie del cañón, siempre atento a que todo funcionara y presto a solventar cualquier imprevisto que pudiera surgir. A veces se bajaba al taller o acudía al taller nuevo que habían montado cerca, de este modo charlaba con los responsables o con algunos de los trabajadores, por lo general los más mayores, que habían gozado de un trato directo con el antiguo patrón, su tío, y habían conocido a su padre. Pero la mayoría de los días se quedaba en el despacho y leía, a veces telefoneaba a algún amigo, a mí o a alguno del antiguo grupo de conocidos de la universidad o de la cuadrilla del colegio, o a algún que otro empresario con quien mantenía contacto, ya fuese por negocios o por compartir intereses en cualquiera de las asociaciones gremiales, y quedaba a comer cuando Zelma no comía en casa y por la tarde se quedaba en casa o se iba al cine.

Ese día, al acabar su trabajo, a media mañana, se enfrentó con su rutina y no pudo evitar un sentimiento de zozobra, de angustia. No es que no lo supiera, que no hubiera pensado alguna que otra vez en que los días se repetían sin cesar, en que tenía ya más de cuarenta años y nada parecía que fuese ya a cambiar. No era la primera vez que le ocurría. pero esta vez le hizo daño, un daño profundo que le apelmazó el alma o lo que fuera aquello que tenía dentro. Le agobiaba esta falta de vida, mi no-vida, lo llamó cuando me lo describió. De pronto sintió que todo había estado planificado desde el principio, desde que naciera, y sólo los años de la universidad los recordaba, tal como había predicho su padre, como un tiempo grato, entre libros y charlas agradables y alguna que otra esperanza que se diluyó bien pronto. Me telefoneó. Noté de inmediato ese tono fatalista en su voz. No era la primera vez que pasaba un momento así, aunque esta vez parecía más grave que en otras ocasiones. Quedamos a comer y durante la comida me habló de esa pesadumbre que le dominaba.

—Lo mío no es vocacional —me dijo—, es mera sumisión.

Quise animarle. Al fin y al cabo, le dije, a todos nos pasaba en cierto modo, que la vida se nos haga cuesta arriba, que nada se parezca a lo que alguna vez deseamos. De hecho, añadí, no conozco a nadie que no le ocurra.

—Mi problema es que nunca deseé nada.

Le pregunté por Zelma, más por cambiar el sentido de la conversación Sonrió. Sabía que amaba a Zelma, que ella le proporcionaba un soporte afectivo, tan necesario y básico, aun cuando siempre pensé, nunca se lo dije, evidentemente, que la suya era una relación un tanto fría. Con frecuencia recordaba aquellos encuentros de los que fui testigo antes de nos conociéramos, ese beso casto con que la recibía en los jardines de la facultad y que apenas era un roce de sus labios, sin ninguna pasión. Zelma, murmuró de pronto.

—Podíamos ir a buscarla —se animó de pronto, como si aquella perspectiva le sacase de su pesadumbre—, debe de estar aún en el despacho. ¡Vamos!

Paramos un taxi y dimos al conductor la dirección del despacho de Julia. Me habló de Zelma y de lo feliz que era desde que había vuelto a trabajar con Julia. Ha cambiado por completo, me dijo, ya lo verás, está incluso más bella, como en aquellos años de la universidad. Me contó que hacía unos días habían hablado de mí. Lee siempre tus artículos y tus libros, me dijo, y tiene ganas de encontrarte, de hablar contigo. Era otro y nada le hacía más feliz que aquel encuentro repentino.

Bajamos del taxi tras pagar y miró hacia la fachada del edificio. Entramos en el portal y subimos a la cuarta planta en un amplio ascensor dorado. Apenas había gente a esa hora en el edificio, final de la tarde.

—Debe de estar sola con Julia.

Sacó el llavero del bolsillo y eligió una llave. Es la del despacho, me dijo, guardo siempre una por si acaso.

—No sería mejor llamar —pregunté.

Ya había abierto la puerta. La secretaria de recepción no estaba. De hecho, parecía que no hubiera nadie. Nos adentramos por el pasillo y nos dirigimos hacia uno de los despachos, supuse que el de Zelma, al fondo. La puerta estaba medio abierta, ladeada y dejaba apenas una brecha por donde asomaba un halo de luz. Empujó la puerta y su cara, de pronto, volvió a cambiar. Me asomé lo suficiente como para distinguir a Zelma en el sillón junto a otra mujer, Julia sin ninguna duda, a medio desvestir las dos y besándose con verdadera pasión.

 

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 Ilustración relato: Fotografía por makamuki0 / Pixabay [dominio público]

 

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