relato por
Juan A. Herdi

 

¿En qué estarías pensando?

Era una de las manías de Sancho: desde que entró como celador y auxiliar en el depósito de cadáveres del Instituto Médico Forense, y de eso hacía ya poco más o menos treinta años, hablaba con los muertos. Decía que se relajaban y entonces se dejaban cuidar, todo resulta más fácil cuando les hablas, nos confesaba convencido de que era así. A las víctimas de homicidios, accidentes o asesinatos les proporcionaba algo de paz, imaginaos, morir sin esperarlo, de repente, sin verlo venir, afirmaba empático, como si a cualquiera de nosotros le pudiera ocurrir también, siempre hay que ponerse en el lugar del otro, afirmaba con frecuencia, era una coletilla que repetía una y otra vez. A los suicidas se dirigía con algo de aliento para compensar ese desánimo que les había llevado a su último gesto en vida y que sin duda aún portaban consigo, por lo que estaba convencido de que, en este caso, lo que necesitaban era un mínimo de comprensión y apoyo. A los criminales muertos a veces les soltaba una regañina, como si fueran niños o merecieran sus palabras de repulsa por haberse comportado de un modo envalentonado e inconsciente. Siempre tenía palabras para sus muertos y se dirigía a ellos como si pudiese entablar una amena charla. Como con aquel chico que acababa de dejar sobre una camilla en una esquina de la sala de autopsias.

El médico forense recién terminó su examen. El disparo le produjo la muerte, la bala le había atravesado el tórax afectándole la aorta y había salido por la espalda, le escuchó decir Sancho con voz fría, distante, como solían hablar los forenses, tan ajenos en apariencia al dolor y a los sentimientos de lo muertos. Le habían disparado a quemarropa, tal como se deducía, entendió él, de la forma de la herida frontal, de las manchas a su alrededor. Había leído además el informe de la policía. Se lo habían dado dos horas antes para que se lo entregara al forense y lo leyó, porque a menudo se permitía la indiscreción de leer los informes, solía pasar un buen rato entre que bajaba con el muerto y la documentación correspondiente y el momento de la autopsia, y el tiempo pasaba muy despacio en el Instituto Médico Forense, sobre todo eran largas las esperas en los que apenas acompañaba al cadáver hasta que algunos de los médicos libraba y se avenía a hacer la correspondiente autopsia al siguiente cadáver en llegar, y durante esas esperas nada ni nadie prohibía a los celadores inmiscuirse en los asuntos de sus asistidos, por llamarlos de algún modo, y a él le servía, además, para conocer las circunstancias mortuorias y así hablarles mejor, sabiendo a qué atenerse. Por lo leído, Diego, que éste era su nombre, lo pronunció en alto y antes de proseguir miró al muchacho, a todas luces un tipo chulesco, y no había más que verle para darse cuenta, se le notaba sobre todo por su aspecto, por los rasgos hoscos de su cara, por el cabello afeitado, por los tatuajes en brazos y hombros, pero también por la ropa de marca que él se había encargado de quitársela  y guardarla, y se había fijado que era demasiado cara para un macarrilla de tres al cuarto, éste se ha creído más de lo que es, pensó, y dejó su reflexión para proseguir con el informe, se había enfrentado a un tipo que se le había cruzado por la calle y él se lo tomó a la tremenda, aunque en ningún momento le interrumpió su camino, el hombre había comprobado antes de cruzar que el vehículo estaba lo bastante lejos. Diego, sin embargo, tocó el claxon, le insultó y aceleró el coche para dar la vuelta a la plaza vecina a todo meter y entonces volver a ponerse junto al tipo aquel y encararse a él. Sancho conocía el lugar, él había vivido muy cerca, en aquel barrio tranquilo de calles algo desabridas, aceras amplias y edificios altos donde salían por la mañana, bien temprano, miles de trabajadores de mediana edad que regresaban a media tarde, mientras sus hijos hacían pellas en el instituto y se fumaban sus petas en los callejones de detrás de los talleres, y sus padres lo sabían aunque no les decían nada, para qué, no tenían ganas de gresca porque volvían cansados de las fábricas y talleres donde pasaban las horas tan lentas que parecían interminables. Aunque no tanto como en su puesto de trabajo, pensó Sancho, poco más de treinta años ya de empleo en el mismo puesto, nos repitió, y no había sido poco lo visto, nos lo volvió a recordar, ya desde joven, a la edad de Diego poco más o menos estaba yo aquí, y no lo cambio por nada, nos lo decía las veces que le preguntábamos si no quería cambiar de puesto. En su antiguo barrio había muchos chicos como Diego, los más afortunados trabajaban en talleres después de un largo tiempo sin hacer nada, ganaban una pasta gansa que se gastaban a manos llenas en cervezas, ropas y petas, no habían perdido ciertos hábitos, los menos afortunados veían pasar la vida con algo más desasosiego, dejándose invitar por los colegas con suerte, juntándose a ellos. Diego debía de pertenecer a los primeros a tenor de la ropa, aunque esto no le había impedido problemas con la policía, vio que constaban alguna entrada en comisaría por peleas y posesión de estupefacientes.

─¿Sabes lo que dicen los chinos?

Se lo preguntó mirándole a los ojos y guardó un breve silencio como si esperara que Diego le fuese a responder, con ese ímpetu suyo de lolailo atravesado y agresivo. No, le contestaría si pudiera, no sé qué porras dicen los chinos, y si pudiera soltaría además un exabrupto, o dos, o alguna palabrota, se pondría gallito, te miraría amenazante, qué porras me vas a contar tú a mí, celador, que lo sé todo, pero qué te crees tú, y él, Sancho, no le replicaría nada, casi sentía temor sólo de pensarlo, sin atreverse a decirle nada y como si en efecto Diego se le pudiera enfrentar y le pudiera seguir amenazando con sus palabras agrestes, groseras, de chulopiscina, hasta le podía agredir, eran de puño fácil, qué me vas a contar tú, celadormuertodehambre, y le habían tratado así en algunas ocasiones mucho tiempo atrás en el barrio, demasiadas veces ya, de joven, cuando comenzó a trabajar en aquel instituto y regresaba a casa, mucho antes de irse a vivir al centro de la ciudad. Y tú qué sabes, muchas veces Sancho estuvo a punto de reprocharles su actitud, por qué la tomaban conmigo, se preguntó a menudo, y se lo replicaría a él, de recibir por parte de Diego sus bravatas, al fin y al cabo sólo eres un tipo lleno de miedos que viste sus temores y complejos con ese aire fanfarrón, jactancioso y bullanguero que tanto conocía él, Sancho, por haberlo padecido, tienes el mismo aire que el de los matones de entonces, le dijo en apenas un murmullo, más como reproche, aunque hubiese cierto retintín, como a mal disimulada animadversión. Querían siempre aparentar ser lo que no eran. Pero en el fondo Diego y todos los demás, los que eran como él, escondían en su agresividad sus propias cobardías, en el fondo no eran muy diferentes, sólo reaccionaban de forma distinta, él, Sancho, doblegándose al destino mientras que los que eran como Diego se mostraban violentos y machitos para que no se los viera débiles, mera apariencia puesto que se trataba de eso, de aparentar.

─Que nunca te metas con un cachorro porque se puede convertir en un tigre.

Eso fue justamente lo que le había ocurrido. Sin duda, Diego volvía de fiesta, de estar con los colegas hasta la amanecida, de beber cervezas y fumar grifa y tragarse alguna pastilla de aquellas que ya corrían por los bares y discotecas, volvería cargado y conducía el coche a todo gas, para hacerse notar, o tal vez se hubiera peleado con alguna chica, los tipos como Diego tenían éxito, siempre gustan los chulos, los envalentonados, los gallitos, quizá ella se hubiera liado con algún otro del grupo, o con cualquiera, y eso le soliviantó, no solía tener buena opinión de las chicas, los tipos como Diego eran machistas y celosos, solían salir siempre por peteneras, ya se sabe, son todas unas pelanduscas, decían, pero a pesar de ello, de ser esa su opinión, no dejaba de enrabietarles que les ocurriese a ellos, y Diego no era menos, creías que eras intocable, pensó Sancho, a punto estuvo de decírselo, pero estaba muerto y no era cuestión de hundirle aún más, dejémoslo en que se volvería rabioso, con ganas de pelea, de descargar su despecho, su cansancio o por ir demasiado cargado, vete tú a saber.

─Y te cruzaste con él.

No le hizo caso a los primeros insultos. Siguió andando ajeno a él, ignorándolo. Eso le provocó aún más. Dio la vuelta a la plaza hasta encontrárselo de frente. Paró el coche delante de él y abrió la portezuela. Bajó gritando y yendo hacia donde estaba el hombre, que siguió ignorándolo, como si no fuera en absoluto con él, ni le miró siquiera, eso delante de todo el mundo en la plaza, todos se pararon a mirar y ya no quedaba otra, Diego debía demostrar quién era, no podía ser que un cualquiera le desautorizase, si fuera otra época, sería cuestión de honra. Eh tú, eh tú, le gritaría, Sancho lo estaba viendo, lo recreaba a la perfección por haberlo visto tantas veces, te voy a romper la crisma. Él mismo lo había padecido muchas veces, de joven, los ataques de ira de esos valentones, había salido huyendo las más de las veces, una no pudo escapar y le pegaron, se rieron de él tirado en el suelo y las narices ensangrentadas.

─No te imaginas lo humillante que es.

Cuando estaba ya a su lado, a poco más o menos seis pasos del hombre, señalaron los testigos que se fijaron sobre todo en él, ahoramismotevoyaromperlacrisma, y poco en el otro, en el hombre que se dio la vuelta. Fue entonces cuando Diego debió de ver la pistola en su mano porque se paró en seco antes de que sonara el disparo único y certero. Y así es cómo acabó en el depósito. Esta vez Sancho no pudo animar mucho. Le costaba evitar, nos confesó, un sentimiento de ira que le subía desde el estómago, era la primera vez que le pasaba desde que trabajaba en el instituto, desde que hablaba con sus muertos, que no pudiese animar a uno de ellos, que brotase un vano sentimiento de justicia que ascendía de lo más profundo de sí mismo hasta la misma boca. Pasó lo que debía, murmuró. Sentir eso no le enorgullecía. Pero no pudo evitarlo.

 

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 Ilustración relato: Fotografía por AmberAvalona / Pixabay [dominio público]

 

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 Revista Almiarn.º 93 / julio-agosto de 2017MARGEN CERO™ Aviso legal

 

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