relato por
Juan A. Herdi

 

Q

ué calor, prorrumpió usted nada más llegar al café, tras acercarse a la mesa donde solíamos charlar tan a menudo y sentarse frente a mí. Sacó usted un pañuelo del bolsillo superior de la chaquetilla y se lo pasó por la frente para secarse el sudor. Seguro que es el verano más caluroso, susurró, y no ha hecho más que empezar. Se acercó Raúl, el camarero y le pidió usted un té, uno de esos tés helados que tan bien sabían en el café Lyon durante el verano, al que añadían más rodajas de limón, unas gotitas de anís, una pizquita de canela y el hielo suficiente para mantenerlo casi helado un buen rato. Los primeros sorbos le relajaron bastante, mano de santo, me dijo, esto es mano de santo para estos calores, y así debía de ser porque desaparecieron los sudores y la mirada desencajada con la que había llegado.

Aproveché para mostrarle la portada del periódico que acababa de llegar: mire, mire, le dije apuntando con un dedo el titular; lea, lea, insistí. Usted tomó el diario y leyó la noticia en diagonal. Elevó una ceja, no recuerdo si la izquierda o la derecha, y me miró como con consideración, la misma consideración con la que me miraba cuando yo opinaba de lo mal que iba todo. Ya está usted con su profundo catastrofismo, me dijo. ¡Catastrofismo!, exclamé, no pude menos que mostrar cierta indignación, tal vez algo forzada al principio, lo reconozco, pero a todas luces me asombraba y me irritaba esa calma que mantenía usted siempre, que nunca veía causas para alarmarse. Pero esta vez me pareció excesivo. ¿No le parece lo bastante grave que lo hayan ido a buscar de madrugada —le pregunté—, como si fuera un peligroso delincuente, le hicieran salir antes de la amanecida y lo asesinaran a sangre fría con un disparo? Tomó otro sorbo de su té helado, dejó la taza sobre el platillo y me volvió a mirar, esta vez con mayor escepticismo si cabe.

Todo el mundo sabe que Calvo Sotelo se la estaba jugando, afirmó con tono entre irónico y distante. Desde luego no es motivo para matarlo, añadió como si de pronto se hubiese dado cuenta de lo cruel que era su comentario y su aparente frialdad —usted mismo se daba cuenta de causar a veces la sensación de no tener sangre en las venas—, pero a todas luces aquí no va a pasar nada, nunca pasa nada, repitió despacio, tal como lo venía repitiendo desde hacía meses, su letanía ante mis temores de que el país se desmoronaba por completo, se cae a cachos, le repetía yo una y mil veces, y usted se burlaba de mis miedos, parece usted un tendero que teme por sus dineros, replicó y se rió de inmediato por su repentino e improvisado pareado. Esta vez me sulfuré. Desde que leí la noticia del crimen, nada más llegar al café, deseaba que llegara usted para mostrarle bien a las claras que mis temores no eran infundados. No tendrá más remedio que darme la razón, tuve para mí. Sin embargo, usted mantenía su actitud, ajena por completo a lo que imponía la razón y por mucho que yo le confrontara a la situación internacional, comunistas y nazis salivando por engullirse media Europa, y a la nacional, la crisis social, el peso de los anarquistas insurgentes y los catalanes dando otra vez la murga. Pero usted continuaba con su criterio de que aquí nada podía pasar y nunca pasaría nada. Siempre decía lo mismo, para usted nunca ocurría nada realmente trascendente, estábamos condenados a un mero pasar de los días y de los meses como si fueran una sempiterna tarde de domingo, sin que nunca variara nada.

Esto se hunde, aseveré rotundo, no había otra y usted de nuevo me acusó de catastrofista. Parece que lo que quiera así, me dijo, a ver si va a resultar, añadió, que es usted un bolchevique o un rabioso anarquista. Quite, quite, le dije, no me diga usted tonterías, pero me temo que esto acabará mal. Volvió usted a tomar un sorbo de té helado. Qué cree, me dijo burlón, que sus amados carlistones van a imponer a Alfonso Carlos rey de las Españas. Lo dejé correr. Saltaba a la vista que nada le iba a quitar el sueño, puro escepticismo, y cuando se ponía burlón era señal de que no iba a cambiar un ápice en su falta de sintonía. Así que me di por vencido. Usted siguió pasando las hojas del diario y se paró en las páginas culturales. Mire, exclamó de pronto feliz, traen una obra de García Lorca, la que estrenaron el año pasado. Doña Rosita la soltera, o el lenguaje de las flores, desgranó el título como si estuviera usted aprendiendo a leer. Iremos, propuso, seguro que es genial. Acepté sin la más mínima duda. Por una vez estaba conforme con usted, la obra sería genial.

 


 

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 Ilustración: García Maroto y García Lorca, By Rafael Barradas (http://mnav.gub.uy/cms.php?a=2) [Public domain], via Wikimedia Commons.

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) – n.º 98 – mayo-junio de 2018

 

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