relato por
Jesús Greus

 

Poquito a poco entra el camello en el cántaro.
Proverbio marroquí

 

L

a despertó de golpe el chirrido de los frenos del autobús. La mujer alzó sobresaltada la cabeza y vio ante sí, bajo un sol tibio de invierno, una replaza polvorienta y anodina. A lo largo de la carretera se alineaba una sucesión de tenduchas mugrientas bajo arcos de hormigón sin enlucir: una carnicería, un colmado, un taller de recauchutados, una casquería, una verdulería que exhibía cuatro verduras medio podridas, un par de cafés y, por fin, un estanco. Aquello debía de ser el zoco del pueblo, se dijo la mujer con desaliento. Más allá despuntaba, entre fachadas de hormigón, el blanco alminar de la única mezquita. Varios ancianos, sentados a la sombra de un eucalipto ralo, observaban impertérritos la llegada del autobús de línea. Al anunciar el conductor el nombre del pueblo, la mujer cayó horrorizada en la cuenta de que aquél era su destino. Se levantó de un bote y se apeó del autobús para ir a recoger su equipaje, un simple bolsón de tela. Con éste en la mano, se quedó allí plantada bajo el sol desteñido, envuelta en la nube de polvo que dejó tras de sí el autocar al arrancar de nuevo.

La gente de las tiendas la observó con curiosidad. La mujer se dirigió al grupo de ancianos, saludó con respeto y preguntó por la escuela. Uno de ellos, sin abrir la boca y sin dejar de mirarla con insolencia, señaló hacia la derecha. En ésas advirtió la mujer que ni siquiera llevaba cubierta la cabeza con un pañuelo. Enfiló en la dirección indicada mientras se decía: «¡Dos meses aquí encerrada! Me moriré de aburrimiento». Originaria de Casablanca, Samira había sido destinada a aquel lugar para sustituir, temporalmente, a uno de los profesores titulares de la escuela primaria. Ella, habituada a una ciudad grande dotada de cines, cafeterías, restaurantes y cuanto podía ofrecer la vida moderna, tendría que soportar dos meses de encierro en aquel lugar remoto. A punto estuvo de dar media vuelta y preguntar cuándo salía el próximo autobús de regreso a la civilización. Hubo de hacer de tripas corazón, respiró hondo y se dirigió hacia la escuela.

Una vez instalada en la modesta vivienda que se le asignó, Samira inició al día siguiente sus clases en la escuela. Los primeros días, mientras se ponía al tanto en el trabajo, anduvo entretenida. Al caer la tarde, se daba un largo paseo por la calle mayor del pueblo, por la que todo el mundo deambulaba arriba y abajo, a falta de cosa mejor que hacer. A cada rato se cruzaba con alumnos y compañeros de trabajo. Según caía la noche, la calle aquella se iba vaciando de público. Las mujeres desaparecían temprano para ir a encerrarse en sus casas, donde preparaban la cena o se sentaban a mirar la televisión. En la calle sólo quedaban algunos hombres sentados en un par de cafetuchos que permanecían abiertos hasta tarde. No había mayor animación.

Al principio, Samira aceptó algún convite para cenar en casa de sus compañeros de la escuela, e incluso asistió a meriendas de mujeres. Pero, en realidad, le aburría bastante aquella vida social cateta, así como la consabida conversación femenina sobre los niños y cuestiones del hogar. Ella ni siquiera tenía intención de casarse por el momento, ni tampoco tenía demasiado espíritu maternal. De modo que empezó a declinar las invitaciones, prefiriendo encerrarse sola en casa y leer una novela. Como era de esperar, no tardó en ahogarse en aquel ambiente rural.

Pasados quince días desde su llegada, Samira estaba harta de aburrirse sola en su apartamento por las noches. Sólo soñaba con volver a su casa en la gran ciudad. Pero, dado que esto no era posible, una noche empezó a dar vueltas en la cabeza acerca de en qué podría ocupar su tiempo libre, y de repente se le ocurrió una idea peregrina. En principio, la rechazó por escabrosa. Pero luego la acarició riendo para sí. No era ella una mujer común dispuesta a arredrarse por estúpidos convencionalismos sociales, así que resolvió poner en práctica su descabellado plan a la mañana siguiente. Ni corta ni perezosa, acudió temprano al zoco, donde adquirió una chilaba de hombre, de lana color crema, diciendo que era un regalo para su padre. En este país siempre había que dar explicaciones. También compró una tela cruda para turbante. Ese mismo día, al anochecer, se vistió la chilaba masculina sobre pantalones y zapatos de hombre. El pelo lo recogió con cuidado bajo el espeso turbante enrollado, que cubrió con la capucha de la chilaba. Conviene decir, a favor del éxito de su disfraz, que la joven, que rondaría los treinta años, no era un portento de belleza: delgada, poco pecho, nariz pronunciada y gafas de intelectual. Podía colar.

De tal guisa acudió al café más concurrido del pueblo, donde un grupo de hombres estaba enfrascado en las cartas, como cada tarde, en medio de una sofocante humareda de tabaco. Consistía el café en una sala grandona y desangelada, con muros recubiertos de azulejos desportillados, y bañada por la luz ácida de unos cuantos neones de techo. En un rincón, un televisor transmitía un concierto de música popular.

La mujer masculló un salam ‘aleikum, procurando sacar su mejor vozarrón masculino. Los demás respondieron al saludo sin alzar siquiera la vista de las cartas. Acto seguido, el falso hombre buscó una silla, la arrimó al grupo y se sentó a horcajadas entre los demás, sin mayor explicación. A nadie llamó la atención aquel observador discreto.

La mesa de juego estaba cubierta con un hule viejo, sobre el que había un cenicero repleto de colillas, tazas de café, algún refresco y una baraja de naipes más bien sucios. En la siguiente ronda, repartieron cartas al recién llegado, que compró un cigarrillo a un cigarrero ambulante y fumó con deje masculino mientras sorbía un café bien cargado. Aquel primer día, casi sin creerse aún su suerte, la mujer travestida jugó a las cartas entre el grupo de hombres hasta la medianoche. Nadie advirtió la superchería. ¿Quién hubiera imaginado semejante desfachatez por parte de una joven?

Sólo uno de los jugadores, un tal Abdelatif, un tipo de aspecto tosco y mirada torva, que era nada menos que gendarme, la escudriñó de pronto con impertinencia. Samira, azarada, se estremeció y hundió el rostro entre sus cartas, aparentando concentración. El fulano aquel indagó entonces: «Y tú, como te llames, ¿qué has venido a hacer a este pueblo?». Samira tragó saliva y se limitó a responder: «Estoy de paso». El otro se rascó la barba, que sonó a papel de lija, e insistió: «¿De dónde vienes?». Samira repuso con vaguedad: «De por cerca de Casablanca». El tipo soltó una risita mordaz, y exclamó con desprecio: «Ya decía yo. ¡De ciudad tenía que ser! Se le ve en la traza». En efecto, su chilaba nueva e impecable delataba que no se trataba de ningún desharrapado. Ya iba a disparar otra pregunta, cuando lo atajó uno mayor para decir: «¡Calla y juega, so fisgón, que nos distraes!». Conque el hombre tuvo que aguantarse la curiosidad y volver al juego. Aquella noche no volvió a preguntar nada a la mujer disfrazada, aunque siguió lanzándole miradas subrepticias mientras jugaba.

Alentada por el éxito de aquella primera velada, nuestra aventurera repitió la escena, a partir de entonces, todos los días. Se convirtió, así, en uno más de la cuadrilla. Cuando el impertinente Abdelatif, que aún le dirigía de tanto en tanto una mirada de sospecha, le preguntó cómo se llamaba, respondió que Mustafa, un nombre como otro cualquiera. Por si acaso, procuraba ella hablar poco, sólo lo imprescindible, no fueran a reparar los otros en el tono afeminado de su voz. Dado que, por lo demás, se trataba ante todo de jugar a las cartas, la conversación era allí escasa. Y, si alguna vez se mencionaba la posibilidad de quedar por ahí una tarde para libar en algún rincón discreto unos botellines de mahia, especie de aguardiente, la joven se mostraba de lo más entusiasta. Tosía un poco y, tan pancha, proseguía el juego con una colilla humeante en los labios.

Para colmo, encima tenía suerte con el naipe la muy ladrona, así que más de una noche desplumó a sus compañeros de juego. «Si, Mustafa, eres un jugador de primera, hermano», le soltó un día el viejo Hach, quien se las daba de buen jugador. El resto de la pandilla lo componían a diario un tipo flaco y fachoso, de dentadura mellada y fontanero de oficio; el dueño del café, un señor orondo y jacarandoso, con bigotito recortado; el impertinente Abdelatif, y un hombre taciturno pero buen jugador, dueño de una téléboutique. A días se les sumaba alguno más, y a veces llegaban a ser hasta ocho jugadores sentados en torno a la mesa.

Algunos días se jugaba a dinero, y al gendarme le reventaba tener que pagar su deuda de cinco dirham. La mayoría de los días, el trato era que los que perdieran debían pagar las consumiciones. Se llevaba la cuenta de quién había ganado cada día durante toda la semana, no fuera a haber luego peloteras por ello, como ya sucedió alguna vez en el pasado. El registro de las partidas lo apuntaba el anciano Hach, hombre meticuloso, en un cuadernillo un tanto manoseado que se guardaba a propósito en el café.

Aquel señor, hidalgo de pueblo, era un caballero de los de antes: enjuto, tieso, fibroso, con rostro de águila y nariz afilada bajo la capucha picuda de su chilaba color marrón, deshilachada pero limpia, a juego con las gastadas babuchas de piel. No consentía en su presencia palabras malsonantes, motivo por el que Abdelatif solía recibir alguna que otra reprimenda cuando se le disparaba la lengua tras perder una baza. Porque, por mucho que él fuera gendarme, por encima estaba la autoridad moral del anciano señor, que nadie ponía en cuestión.

«Amigos míos», anunció una noche el viejo Hach mientras alzaba al aire, a fin de recabar la atención de la cuadrilla, un dedo flaco y largo que recordaba al de una momia egipcia. Haría por entonces más o menos un par de semanas que la mujer disfrazada se había sumado a la timba diaria. Con la mirada hundida en el cuadernillo grasiento, anunció el anciano señor: «Me temo que aquí el amigo Mustafa nos ha dado una paliza esta semana. Según consta en el registro, ha ganado en total cuatro días».

«El forastero hace trampas», opinó Abdelatif con inquina.

«¿Que yo…?». Empezó a decir el hombre que no era hombre, pero reflexionó a tiempo que mejor sería refrenar sus ímpetus. A falta de puños, con ganas lo habría abochornado delante de todos mediante cuatro palabras bien dichas. Pero eso hubiera traído consecuencias inimaginables.

«Lo que eres es un envidioso», le atajó el fontanero remellado.

«Y un agarrado, que no te gusta pagar», apostilló el orondo dueño del café mientras se atusaba el bigotito.

Abdelatif se vio obligado a callar, aunque lanzó una mirada de inquina a la mujer travestida.

Así, sin mayores incidencias, transcurrió el resto de la estancia de Samira en el pueblo. Salvo el gendarme, cuyo oficio le inducía a sospechar siempre de todos, los demás de la pandilla no desconfiaron jamás de ella, por aquello de que, según se dijo la propia Samira muerta de risa en su casa, su mente carente de imaginación no alcanzaba a conjeturar semejante falacia contraria a toda tradición. No se ve lo que no se quiere ver. Una vez entendió esto la aventurera, se sintió más segura en su posición de falso varón, de suerte que, a veces, hasta osaba relatar algún chiste soez de esos que circulaban por la ciudad, y que levantó una oleada de carcajadas entre la concurrencia y algún comentario picante del viejo Hach.

En ocasiones, eso sí, tenía que soportar Samira con buena cara los chistes y anécdotas, de contenido decididamente machista, que se relataban entre la cofradía. Y hasta se esforzaba por reír con los demás, aunque por dentro se le retorcieran las tripas. Por supuesto, el peor en esto era el gendarme, quien se las daba de macho, pero, en el fondo, rezumaba aversión por todos sus poros contra las mujeres. Algo había ahí, se decía Samira de vuelta en su casa, que no terminaba de cuadrar.

Al concluir su estancia de dos meses enteros en el pueblo, Samira acudió un día al café tras la oración del crepúsculo, a fin de despedirse de sus contertulios. Pensaba viajar a la mañana siguiente muy temprano. Disfrazada con la chilaba masculina, y encasquetado el turbante sobre la cabeza, habló poco, como siempre, fumó, bebió café, tosió, jugó a las cartas y ganó alguna que otra baza. Al cabo, pagó su consumición y, tras despedirse de sus compañeros de farra, tuvo un impulso, dictado quizá por un cierto revanchismo que no pudo evitar. Miró desafiante al gendarme y, de un manotazo, se arrebató la capucha y el turbante. Sobre sus hombros se desparramó una melena castaña de mujer. Hasta pareció cambiarle el rostro. El café entero se paralizó, y todos se volvieron a observarla enmudecidos, incluidos los de las mesas vecinas. El Hach se quedó de una pieza, sin saber cómo reaccionar. Echándose a reír, Samira les agradeció su compañía durante aquel tiempo, se puso en pie resuelta y abandonó con paso firme el local, ante el pasmo de los contertulios.

Nada más salir ella, saltó el envidioso Abdelatif: «Si ya os lo decía yo: que había algo raro en ese tipo. Lo supe desde el primer día, que ese tío no era normal. ¡Tengo un instinto!».

«¡Esta gente de la ciudad…!», apostilló pensativo el patrón del café mientras se alisaba el bigote con el dedo meñique.

Siguió un cacareo de discusiones y comentarios, y hasta alguno propuso al gendarme que empapelara a la susodicha. ¿Dónde se había visto nunca semejante desvergüenza? ¡Aquello era un atentado contra la moral! Y esto en su pueblo, hasta entonces ejemplo de probidad. El anciano Hach alzó al fin su voz por encima del jaleo general, y atajó la cuestión para sentenciar: «Esto no ha sucedido. No saldrá de esta casa. ¡A callar! Y, mañana, como si nada». Era una inteligente resolución a fin de salvar su honra. De correrse la voz sobre lo sucedido, todos ellos serían el hazmerreír del pueblo entero.

Sin más, se deshizo entre murmullos la cuadrilla.

 


 

Jesús GreusJesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc y, actualmente, de la revista digital española Narrativas, y de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


@ Contactar con el autor: jessgreus[at]gmail.com
 
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 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 97 · marzo-abril de 2018

 

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