relato por
Diego Barraza Orrego

 

-¿Q

ué tienen de almuerzo hoy día? —preguntaba un cliente, a pesar de haber un cartel escrito a mano a las afueras del local. Así comenzaba la jornada laboral de Héctor y Sandra, profesionales cuyo sueño comenzaba a forjarse desde abajo. La joven psicóloga, proveniente de México, llamaba la atención con su acento, carisma y figura. Su compañero, un joven profesor de historia, la acompañaba en dicho local. El cocinero era un hombre robusto, y tenía experiencia en cocina. Un poco nervioso, un poco despistado, pero un buen hombre al fin. Un humilde lugar para gente que no sabía de letras, y cuyas manos sabían de esfuerzo y agotamiento. Manos duras, manos toscas. Sillas y mesas de colegio un tanto gastadas, una decoración e iluminación baja. Los aceites en pequeñas botellas envueltas en servilleta y un elástico para absorber las gotitas que escurrían por su uso. Sal en pequeños recipientes blancos y servicio envuelto en plástico. Al frente un bar lleno de vino, cerveza y distintos bebestibles. Un tarrito con un bordado floral, para captar la atención de las personas (con el fin de remover sus corazones y bolsillos) que decía: propina. Los días viernes, al anochecer, aquel lugar funcionaba como un club de rayuela. Había fotos de sus fundadores, tomadas desde cámaras a rollo. Los tejos, guardados en repisitas, eran tan pesados como bolsas de arena. El presidente y su directiva, eran tan o más respetados que el propio mandatario de la nación. Eran tiempos difíciles, posteriores a las elecciones. Prometían un Chile más justo, con más trabajo y más y más… Aquel discurso fome y repetitivo que dichas gentes tragaban como tragaban su alimento diario, hechos con frituras. Aquel alimento que lejos de ser saludable, tapaba arterias, subía colesterol y aumentaba las grasas en el cuerpo. Pero qué más daba, «es el gusto del cliente», pensaban los jóvenes. Distintos seres entraban y salían de allí; algunos venían fatigados. Otros pedían para llevar y así ahorrar tiempo. Los que se quedaban, miraban la televisión donde pasaban distintos hechos criminales y noticias sin sentido. Los jóvenes corrían de un lado a otro para cumplir las expectativas de los clientes. Una atención de primera, mejor que un restaurante adinerado. Había horas difíciles. Entre las 13:00 y 14:45, llegaban pedidos desde jardines, mecánicos, repartidores de gas. Colectiveros, dueñas de casa, jubilados. Un submundo que contemplaba la más amplia gama de lenguaje y subculturas. Robert Lado, Noam Chomsky, Ferdinand De Saussure y distintas estrellas de la lingüística estarían fascinados con tal amplitud de sujetos hablantes. Quizás hasta compartirían un plato de porotos con longaniza y huevo frito junto a los carteros, que tomaban una cervecita para capear el calor de diciembre. Para los jóvenes era un mundo nuevo, especialmente para Sandra, profesional de la salud. El lenguaje, al principio, era inentendible, a pesar de ser español. En poco tiempo, aprendió más que en cualquier instituto de lengua. Un día entró un hombre robusto vestido de payaso. Era de un circo cercano a una cancha de fútbol llamada Las Torres, lugarademás frecuentado por feriantes. Allí, había un circo de bajos recursos con una carpa mal cosida, rasgada por ventarrones y maltrecha por el sol de verano. El payaso tenía una cara morena fatigada y sudada. Aquel hombre trabajaba de vez en cuando en las micros, contando chistes malos y recibiendo el silencio de parte de los pasajeros. Se sentó en una mesa con sus enormes zapatos rojos y cordones verdes. La joven acudió en seguida, como si se tratara de un cliente importante. La importancia que le solía dar a todas las personas. El hombre se extrañó del buen trato de la joven.

—¿Tú no eres de por acá verdad? —preguntó el hombrecito, dejando la peluca a un lado de la silla y sacando el servicio del plástico. Su pelo canoso daba cuenta de los años. El resto de las personas miraban extrañados al hombre de avanzada edad, como si nunca hubieran visto un payaso comer. Algunos reían desde la barra, esperando sus almuerzos para llevar. Otros, movían a sus hijos, alejándoloslo más posible del fatigado payaso.

—Soy de México —respondió con amabilidad la muchacha la cual esperaba con su lápiz, esperando el pedido.

—¿Cuál es el menú de hoy? —preguntaba el hombre. Su tono de voz y su expresión parecían más educados al de cualquiera de las personas que frecuentaba dicho lugar.

—Tenemos porotos con longaniza y huevo frito, pescado frito más arroz y papas fritas y bife a lo pobre con papas y huevo frito.

—Quisiera los porotos y de ensalada tomate con cebolla, pebre y una cerveza individual.

—Muy bien señor, en seguida sale su menú —la muchacha volvió a la cocina y preparó rápidamente todo. Al volver con el pedido, acomodó los platos y destapó la cerveza.

—Sabes —dijo el hombre con la pintura un poco corrida producto del sudor— hace años atrás, estudié artes, siempre me gustó hacer reír a la gente o impresionarlos con algo de malabarismo. Estudié actuación en la Universidad de Playa Ancha, en Valparaíso. Por desgracia en los 80 todo cambió. El arte y las letras comenzaron a morir lentamente. La expresión artística del cuerpo, como la danza, la mímica y la actuación en sí fue aniquilada por la famosa globalización. Hoy subo a una micro de vez en cuando, y la gente cabizbaja mirando sus celulares, escuchando música, fatigados tanto como yo, sin embargo intento cada día hacerlos reír, pero no hay forma. A mis 28 años, logré encontrar trabajo en un circo. Al principio era un circo cotizado, teníamos mucho espectáculo, muchas veces lograba llegar al mes lo más bien. Pero con el tiempo, no teníamos dinero para arreglar la carpa, ni para nuestros trajes o pintura. Hoy en día no nos alcanza para mucho… —la muchacha lo escuchaba con atención y sentía algo en su pecho, una empatía que no sentía por mucha gente allí— … pero, ¿sabes?, hacer algo pequeño significa más que la mayor de las intenciones… y te veo a ti con una gran profesión, un gran puesto, pero lo más importante, como un gran aporte para la vida de otros… como una flor de loto. Si uno se enfoca alrededor de aquella flor, todo es fangoso, pero la miras atentamente, y resalta sobre el fango —la muchacha, conteniendo las lágrimas, daba las gracias a tan sabias y esforzadas palabras.

Muchas personas que pasaron aquel día, ignoraron el tarrito que mantenía el sueño vivo de la pareja.

Al finalizar su almuerzo, el hombre se levantó y caminó a la barra para pagar su cuenta.

—¿Cuánto es?

—Son 3.200 —dijo la muchacha.

El hombre sacó 5.000 de su bolsillo. Quizás era parte de la recaudación del día o de la semana.

—¿Sabes? Me recuerdas a mi hija, tan esforzada y humilde… también le costó llegar donde está ahora, pero lo consiguió… Por mi parte, sigo acá por amor a lo que hago, porque me hace feliz, a pesar de que cansa el vacío de las personas. Quizás Dios me ha ignorado, ya que personas como yo, no somos muy apegados a las normas. Nada más mira mis enormes zapatos; Monseñor Ezzati usa unos a medida.

La muchacha rió y se dirigió para traer el vuelto. El hombre, con la peluca en la mano, depositó en el tarrito el vuelto restante. Al finalizar el hombrecito le regaló una flor hecha de goma eva. La muchacha inconscientemente abrazó al hombrecito y éste se alejó con sus vestimentas de colores desteñidos y sus enormes zapatos rojos con cordones verdes…

 


 

Diego Gonzalo Barraza Orrego. Profesor de Inglés. Un gran lector de Ray Bradbury y Edgar Allan Poe, con los cuales hizo su tesis de grado en la Universidad de Playa Ancha. Le interesa todo lo relacionado con el arte, en especial la literatura y la música. Sus cuentos se destacan por la aparición de personajes marginados o mirados en menos por el resto de la sociedad «normal», además de un gran interés en la filosofía y psicología. En éste último campo, sus cuentos se relacionan con tormentosos escenarios que dejan al lector en una disyuntiva de si realmente es lo que ocurre o es invención de la mente la que nos juega una mala pasada.

Contactar con el autor: barrazadiego126 [at] gmail.com

 Ilustración relato: Fotografía por geralt / Pixabay [dominio público].

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 105 · julio-agosto de 2019

 

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