relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

A Dany y Oscarín
Marzo cinco de 2020

 

S

i la memoria no me falla —y en esto debo reconocer que siempre ha sido privilegiada—, puedo asegurar que las vacaciones en el pueblo, con esas eternas mañanas de pasmosa y calurosa lentitud, resultaban a la vez extraordinariamente ricas en aventuras para aquellos que, como yo, la mente nos daba para pensar en cosas más allá de un juego de futbol. Amén de las historias que desfilaban ante mí, con los libros y revistas que devoraba ávidamente, había sitios y trabajos que se acumulaban en mi mente con un interminable desfile de porqués.

En estas hermosas coincidencias que me ha dado la vida, apunto una más: —Pocos saben lo que es un tren lastrero —apunta Neruda en su Infancia y poesía, refiriéndose al hecho de que su padre, fue conductor de uno de ellos. En ese enfermizo afán de guardar lo que no sirve, me encuentro en la casa de mis padres un viejísimo cuaderno pautado de la clase de música de la secundaria, y entre corcheas, medias corcheas y claves de sol, se asoma una frase de mi puño y letra: tren lastrero qué experiencia.

Mi casa en Salto de Agua estaba situada estratégicamente en un punto medio entre la estación de trenes y el pueblo. Por un estrecho sendero, caminando desde la calle hacia atrás de nuestra casa, podía llegar al centro de salud del cual, en algún momento, haré aparecer algunos recuerdos. Al frente, a ciento cincuenta metros, el terraplén y el encanto de las vías del tren. Y más que el encanto, el sueño y la visión siempre presentes de saber con absoluta certeza que si fuera capaz de caminar por aquellas barras metálicas, o paso a paso por los durmientes de madera, llegaría al puerto de Veracruz o a Mérida y desde allí sin duda alguna tomar un barco y zarpar a Europa. Pero, en fin, en aquella época solamente sueños. El tren lastrero nuevamente en mi memoria. El verano, o la semana santa. Las once de la mañana, el calor ardiente. En cuclillas observando las maniobras. El conductor con las ropas curtidas en grasa sostiene mi mirada y, tal vez asombrado, se ve en la imperiosa necesidad de responder a mi pregunta.

—¿Por qué están detenidos aquí? —dije.

Porque estamos dando mantenimiento a las vías —respondió él, secamente.

—¿Por qué no las ha desmontado la cuadrilla?, o ¿por qué no han remachado los enormes clavos que sostienen las placas con los durmientes? —pregunté de nuevo, recordando lo que había visto otras veces.

Porque ahora es otra clase de mantenimientodijo él, volteando a verme de reojo.

—¿Y qué clase de mantenimiento? —dije.

—Se trata del lastre —respondió, más serio.

—¿Cuál es el lastre? —rematé.

—¿Cuál es tu nombre? —dijo él, en tono molesto.

—Óscar —respondí enseguida

—Y porqué chingado no te vas a jugar con tus amigos, en lugar de andar husmeando donde no te llaman —dijo, y me dirigió una mirada con el ceño fruncido.

—¡Uh, que poco aguante! —murmuré—. ¿Cuál es el lastre? —repetí—, y vea que lo estoy preguntando de buena manera y sin molestar —agregué—. ¿Usted es el jefe del tren?

Silencio y risita de nervios, además de las exclamaciones de burlas y groserías de la cuadrilla de asistentes. A cual más, con gruesos overoles de mezclilla y altas botas de cuero. Cubiertos de grasa y suciedad y portando picos, azadones y palas.

—Puta madre jefe, ahora ya tienes supervisor —exclamó uno de los peones, acompañando lo dicho con una risa.

El conductor me veía con un asombro que no podía disimular. El tren había apagado motores y el hombre aquel descendía lentamente de su cabina. No supe por qué razón pero con cierto miedo, dejé mi postura en cuclillas y me puse de pie, por si había necesidad de salir corriendo. Mi mente a cien por hora, por qué temer si solamente pregunté qué cosa es el lastre. El rostro de aquel sujeto se fue tornando menos hosco, a pesar de la burla del respetable coro de mugrosos.

—Este tren se llama lastrero, porque todos los carros cargan lastre —dijo de pronto, dirigiéndose nuevamente a mí.

Casi a gritos, a pesar de las maquinas apagadas, y señalaba con la mano hacia los enormes carros de metal.

—Pero… —lo interrumpí con timidez—, ¿el lastre?

Y si no mal recuerdo, debí haber hecho algún gesto con las cejas o frunciendo el ceño. Algo que me ha acompañado desde hace mucho tiempo.

—El lastre —dijo— es esto.

Y al mismo tiempo se agachó, y recogió del terraplén una buena cantidad de piedras blancas y de tamaños regulares trituradas exprofeso.

Sonreí, desde luego, por el camino que había tomado aquella plática y confiado me atreví.

—¿Y para qué sirve?

—Puta, ya se cagó el asunto —exclamó otro de los peones y de nuevo la risa del resto.

El jefe retomando su gesto hosco dijo:

—Anda sube a uno de los carros que si no, no acabamos este asunto.

Subí con el permiso de aquel hombre. Alcancé la altura mayor sujetándome firme por la escalerilla de metal, desde abajo, los vecinos y amigos observando con asombro mi logro. El enorme carro estaba hasta la coronilla de aquellas piedras trituradas. Los hombres de la cuadrilla preparaban el terreno, removiendo con picos y palas el terraplén reseco. Me dieron la orden de bajar, y lo hice con esa extraña sensación en el estómago y el pecho. Me alejé a lugar seguro y entonces, abriendo compuertas por debajo del carro de hierro, el lastre comenzó a caer sobre el terraplén. Una polvareda cubrió el caluroso ambiente. El conductor volvió a la cabina, se encendieron los motores y con lentitud el tren lastrero empezó a caminar. El chirrido de sus llantas metálicas pulverizaba las piedras que se ponían en su camino. Una vez libre de aquel monstruo, la cuadrilla acomodaba con destreza el lastre. Apisonándolo alrededor de los durmientes y de las enormes placas metálicas que sujetaban los rieles, atentamente también, limpiaban de lastre las vías del tren.

¡Lastre, lastre, lastre! Repiqueteaba en mi cabeza.

Permanecí prácticamente toda la mañana bajo la inclemencia del sol, observando atento cada maniobra que se hacía. Con picos y barretas los hombres barrían con el terreno reseco y el viejo lastre ennegrecido por el tiempo, se mezclaba con las blancas piedras nuevas. Otros más se empeñaban en la tarea de palear el lastre desde los montículos que se habían formado, cuando se abrieron las compuertas de los enormes carros. Finalmente, alrededor de las tres de la tarde, la cuadrilla comenzó a recoger las herramientas. Claramente recuerdo que, con destreza, aquellos hombres sacudían sus ropas desprendiéndose de ellas una espesa nube de polvo. Puntual, el sonido de la maquina acercándose. Innecesariamente —salvo para grabarse permanentemente en el hipocampo de mi sistema neurológico— el conductor jaló de la cadena y se escuchó en el terraplén, en mi casa, en mi barrio, en mi pueblo, en Chiapas y en el resto del universo, el potente sonido del silbato.

El maquinista detuvo el tren lastrero, y dio la orden a la cuadrilla de hacer la tarea de recoger y subir al tren los enseres y las herramientas. Los mirones, ante la cercanía de la hora de la comida, habían abandonado la maravilla de tener boletos de primera fila. Tres o cuatro, habíamos soportado con estoica alegría, aquel espectáculo que el destino nos traía de regalo hasta las puertas de la casa, y, sin importarnos calor, sudor y polvareda nos dimos el lujo de ver concluida la jornada.

Seguramente esta aventura había sido en la secundaria. Rondaría yo los trece o catorce años. Salto de Agua daba bola, no solamente para jugar futbol o béisbol, o para nadar en los rápidos del rio Tulijá. O para echarse clavados en las frías aguas de poza azul, o para hacer entretenidas competencias, equilibrándonos sobre las vías del tren, o afinando la puntería —en ese momento lo supe— utilizando aquellas piedras trituradas del lastre contra los gruesos pomos de cristal que aislaban los cables de las líneas de teléfono, o la de desenterrar y comer los huevos de iguana en el cascabillo de arroz o café, del beneficio detrás de casa. Pero había que hallar respuestas a las innumerables preguntas que habitaban en mi cabeza, y entre aquellos calores y humedades de las noches, los insomnios no solamente poblaban mi alma por la incomodidad de mis sudores sino que, sobre todo, la poblaban por las interminables dudas que, como a Mefistófeles, envenenaban mi espíritu.

Cuarenta años después y en la comodidad de mi departamento al sur de la ciudad de México, esta fría tarde de invierno, el hábito firme de una copa de tinto, la música amena y grata de las sonatas de Beethoven. A mi lado mi hijo con su trabajo en la computadora, y la pregunta:

—Oye pa, ¿cuándo se fundó el monasterio de Nuestra Señora del Atlas? —dice.

Y me remonto a repasar la historia de los mártires de Argelia. Interrumpo mi lectura, tomo mi iPod, escribo: fundación del monasterio de Ntra. Sra. del atlas en Argelia.

1938, en Tibhirine, cerca de la ciudad de Medea.

Es mi respuesta inmediata y me ha tomado el tiempo en que lo cuento. Apago el iPod. Retomo mi lectura. Infancia y poesía: Pablo Neruda: Pocos saben lo que es un tren lastrero, y entonces, desde el hipotálamo, donde hipotéticamente se haya almacenada la memoria, relacionada con experimentos y estudios por el Alzheimer, o desde la reconexión sináptica de las miles de estructuras neuroanatómicas que, según otros, son los verdaderos responsables de mis recuerdos, me desconecto de mi espacio y viajo no solamente a través del universo, sino a través del tiempo. Una andanada de imágenes perturbando mis sentidos, dudas y preguntas, atormentando mis pensamientos. Salto de Agua y algunos misterios.

¡Lastre, lastre, lastre! Tren lastrero.

El silbato ensordecedor del tren estremeció mi cuerpo. Y el chiflido agudo del maquinista me hace voltear la cabeza y descubrirlo llamándome desde la cabina. Subo al terraplén y me acerco hasta poder escucharlo.

—El lastre, sirve como una cama para las vías del tren, le da estabilidad a la pista, favorece el drenaje del agua de lluvia, le da mayor apoyo a las cargas de los vagones. ¡Ah! y además no deja que crezca la vegetación —dijo el conductor.

Seguramente vio mi cara de asombro, pero fue mi sonrisa la que le hizo soltar la risa y exclamar orgulloso.

—Seguro pensaste que era yo pendejo —agregó.

Y lentamente echó a caminar la máquina con los carros vacíos.

Vuelvo a la pregunta de mi hijo y al tiempo de mi respuesta atreviéndome a asegurar que fue de apenas un par de minutos.

—¿Y para qué sirve el lastre? —mi pregunta.

Y el maquinista subió a la cabina echando a andar el tren lastrero. Volvió después de cinco horas y ufano me despepitó la respuesta.

¿Preguntó por ella? ¿Revisó los manuales de operación? ¿Acudió con el jefe de estación? ¿Se atrevería con alguno de los viejos profesores de escuela, que atesoraban viejos diccionarios y enmohecidas enciclopedias?

Llegó la tarde y, como siempre, la ronda en el parque. Las bromas y las burlas de los buenos amigos. La charla y las novedades del juego de futbol.

Me atreví, no solamente por la confianza sino porque guardármelo significaría quemarme el alma.

—¿Alguno de ustedes sabe qué es el lastre? —pregunté.

—Otra de tus pendejadas —fue la respuesta en coro.

Sonreí para cerrar el asunto.

En mi cabeza, aún resonaba fuerte y nítido el pitido del silbato del tren anunciando su retirada del pueblo.

 

© 2010 By Óscar Mtz. Molina

 


 

Óscar Antonio Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958). Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Profesor de posgrado del curso de Ortopedia y Traumatología de la facultad de Medicina, UNAM. Autor de artículos de la especialidad en revistas indexadas. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil) Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. En el de cuento de la Escuela de escritores Sogem. Y Literatura y Violencia en el Cuento Contemporáneo, de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Formó parte de los autores en la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Sus cuentos, El viejo profesor de narrativa, y Posesos de lujuria, fueron publicados en los números 169 y 170 de los meses de marzo y abril del 2015, en la Revista el Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila. Dos colecciones de cuentos publicados por Amazon.com: (1) Aromas de café y (2) Le juro que fue la luna.


Web del autor: http://medicosmexicanosporlacultura.blogspot.com/

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Despertares · Papyri Graecae Magicae

Ilustración relato: Tren y el río Tulijá. Óleo sobre tela, por Lau Mendoza. Fotografía: Óscar Mtz. Molina. © Derechos reservados por los autores.

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Revista Almiar (Margen Cero™) · PmmC · n.º 111 · julio-agosto de 2020

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