relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

C

arlos lo llamó «Boquerón» y era justo que él le pusiera el nombre que se le antojara pues, al fin y al cabo, él se lo había encontrado. Carlos era mi hermano mayor y tendría por aquel entonces once años, después le seguía Daniel con diez, luego Eduardo con nueve y finalmente yo, algo más apartado, con cinco años. Según Carlos nos contó más tarde, se lo había encontrado en la calle, debatiéndose para tratar de escapar de un gran charco en la carretera en el que se había caído, un socavón del asfalto anegado por la lluvia. Lo sacó del charco y como no supo qué hacer con él, se lo guardó en el bolsillo del abrigo como si fuera unos guantes.

Ese día no había dejado de llover ni un momento. Después de clase, Carlos había ido a casa de un compañero del colegio y se demoraba en volver. Cuando anocheció seguía sin llegar a casa. De vez en cuando mamá descorría las cortinas de la ventana del salón y miraba preocupada el paisaje lluvioso.

Llamaron al timbre, mamá se apresuró a abrir la puerta sabiendo que era él, y yo la seguí. Dio un respingo al verlo calado hasta los huesos, con la ropa chorreando y un charquito formándose bajo sus pies.

—Al baño directo —le ordenó, mostrándole el camino con el dedo índice al final de su brazo extendido.

Fue entonces cuando mi hermano metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó lo que parecía la carroña mojada de una criatura exánime y despeluchada vagamente felina.

—Me lo encontré en la calle.

—¿Eso está vivo? —pregunté yo.

—No lo sé… —contestó mi hermano.

Temerosamente acerqué mi mano para tocarlo, pero no me atreví.

Sin ni siquiera darnos cuenta de que se había ido, mamá volvió provista con un secador y un par de toallas.

—Vas a coger una pulmonía. Date ahora mismo un baño caliente, mientras nosotros cuidamos del gatito —le pidió, ofreciéndole una de las toallas.

—Por favor, haz que se salve —le imploró mi hermano, entregándole el gatito.

—Veré lo que puedo hacer.

Mamá envolvió al gatito en la otra toalla y se lo llevó a la cocina. Sobre la mesa le enchufó aire caliente con el secador y poco a poco el pelaje se fue esponjando y pudimos distinguir el color gris y las rayas atigradas del lomo que iban se haciendo más claras alrededor de su pancita enflaquecida. Con el calor el gatito pareció revivir y su diminuto cuerpo poco a poco se reanimó con el débil movimiento de la respiración. Empezó a tiritar y estremecerse, como si al revivir sus huesos se hubieran acordado del frío, y seguimos enchufándole con el secador hasta que dejó de temblar.

Uno a uno mis hermanos se fueron dejando caer por la cocina y todos nos agolpábamos detrás de mi madre, observando cómo reanimaba al joven cachorro de gato y lo salvaba de la hipotermia con el secador y frotando su cuerpecillo con las manos. El gatito se dejaba manejar como un pelele, sin resistirse ni quejarse, sin ni siquiera abrir los ojos.

—Está muy flaco. Seguro que lleva varios días sin comer —dijo Daniel.

Mamá calentó leche en un cacillo, se humedeció los dedos y le frotó suavemente el hocico. El gato cachorro deslizó su lengua rosada y áspera y fue lamiendo débilmente la leche de los dedos. Apenas fueron unas gotas, hasta que el mismo instinto de mamar fue vencido por el agotamiento.

—Ahora es mejor que duerma —nos dijo mamá.

Hicimos un nido en una caja de zapatos con jirones de viejas sábanas y lo dejamos dentro hecho un ovillo. Sobre la caja pusimos un flexo encendido para que el calor de la bombilla lo mantuviera caliente. El gatito parecía dormir muy profundamente, creo que no lo hubiera despertado ni un cañonazo.

Mamá preparó unos emparedados y después de devorarlos a la carrera volvimos los cuatro para seguir velando el sueño del gatito convaleciente. Nos limitábamos a verlo dormir y de vez en cuando a darle una cuidadosa caricia. Alrededor de las diez, mamá nos mandó a todos a la cama. A regañadientes obedecimos y mientras me arropaba le pregunté si se salvaría.

—Claro, hijo, no te preocupes. Los gatos, incluso las crías, son más duros de lo que parecen —dijo, y me besó en la frente.

 

Me desperté temprano y salté de la cama para ir a verlo. Seguía dormido, pero el fuelle de su respiración parecía más sosegado. Pasé suavemente mi mano sobre su pelo y dejó escapar desde el sueño un débil pero alentador maullido.

Desayunamos y a las nueve nos fuimos los cuatro al colegio. El día pasó más lento y aburrido que de costumbre en la escuela hasta que, por fin, a las cinco sonó el timbre de salida.

Salí corriendo sin esperar a mis hermanos, pensando en plantarme el primero en casa, pero se habían adelantado y cuando llegué ya estaban todos allí. Se habían reunido en la cocina, formando un corro alrededor del gatito que bebía en un cuenco leche con migas de pan. Cuando se acabó la papilla, levantó la cabeza y nos miró con sus tiernos ojos de gato cachorro. Eran enormes, los ojos más grandes en el cuerpo más pequeño que había visto jamás, redondos, verdosos y con la pupila rasgada que dividía en dos partes el iris.

Lanzó un maullido hambriento y volvimos a llenar el cuenco. Esta vez no lo acabó, lo dejó aparcado y se puso a explorar toda la cocina, olisqueando con su naricilla rosada y observando con sus ojos, tan grandes y tan abiertos que parecían asombrarse y maravillarse de todo lo que iban descubriendo.

Cruzó el pasillo hacía el comedor, lo recorrió de esquina a esquina, investigando todos los rincones mientras nosotros lo perseguíamos y lo observábamos deambular. Siguió por la sala de estar, pero no más lejos, sobre la alfombra, debajo del radiador, se ovilló y en segundos se quedó dormido, agotado de tanta aventura.

Durante el resto de la semana solo se tuvo que preocupar de comer y dormir. En seguida se recuperó y cuando lo hizo, resultó infatigable. No se cansaba de jugar, podía pasar horas persiguiendo un cordel o cazando al acecho una pelota de goma saltarina. Luego dormía durante otras tantas horas y se despertaba cargado de energía. Mis hermanos y yo disputábamos por jugar con Boquerón (mi hermano ya lo había bautizado así) y que echara sus siestas acurrucado en nuestro regazo; era un gato afortunado.

 

Papá llegó un jueves después de un largo viaje. Estábamos impacientes de que volviera porque solía traer regalos para todos, pero también preocupados pues conocíamos su rotunda prohibición a tener cualquier tipo de mascota en casa. Nada de animales, ni perros ni gatos ni hámsteres ni tortugas, ni siquiera un canario. No es que no le gustaran, pero eran un incordio del que al final se tendría que hacer cargo, eso opinaba él. Respecto a ese asunto había resultado implacable hasta la fecha, aunque el resto de la familia insistíamos siempre que había oportunidad.

Pero en esta ocasión teníamos confianza en vencer su voluntad y convencerlo de transgredir por una vez su propia prohibición. Disponíamos de una baza que considerábamos imbatible, esta vez contábamos con Boquerón y nos encomendábamos a su gatuno encanto para seducirle, que le engatusara igual que nos había engatusado a nosotros.

Mamá ideó un plan soberbio para desarmarlo y nos hizo cómplices a todos. Ese día no le dijimos nada a papá, le ocultamos a Boquerón y cualquier rastro de su existencia. Al día siguiente, cuando estaba descansado y se disponía a fumar un puro en su sillón favorito del salón, mamá, sin previo aviso, le plantó a Boquerón en el regazo. Era una estrategia de hechos consumados, de cogerle con la guardia baja y que Boquerón hiciera su trabajo. Boque se portó estupendamente, acurrucándose y mirándole con sus enormes ojos. El plan funcionaba a las mil maravillas, parecía que se habían seducido mutuamente y papá jugueteó con él y le acarició la tripa hasta que se durmió. Luego se lo devolvió a mi madre e impasible preguntó:

—No pensaréis quedároslo ¿verdad?

—Pero papá, tú le gustas ¿No te gusta a ti? —preguntó Carlos.

—Me gusta, pero no se pueden tener animales en casa, ya lo sabéis.

—Nosotros nos ocuparemos de Boquerón, papá, le daremos de comer y le cambiaremos la arena de la caja todos los días, le llevaremos al veterinario cuando haga falta… —dijo Daniel, adelantándose al sempiterno reproche.

—Ya, eso lo decís ahora…

—¡Venga, papá, por favor!

—No.

—¡Por favor!

—No.

—Por favor, por favor.

Insistimos, suplicamos, porfiamos, pero fue inútil, no cedió y finalmente solo conseguimos cabrearlo. Nos dio el fin de semana de plazo para encontrar un nuevo hogar a Boquerón, si no tendríamos que abandonarlo otra vez en la calle; eso fue todo lo que conseguimos.

 

Buscamos sin descanso durante todo el fin de semana. Preguntamos a familiares y amigos, fuimos puerta por puerta en el vecindario, asaltamos a transeúntes por la calle y hasta pusimos carteles, pero nadie parecía querer adoptar a un huérfano cachorro de gato.

Se había unido a nuestra búsqueda otro chico del barrio llamado Ángel. Ángel era algo así como el jefe de la pandilla de mis hermanos mayores. Tendría unos doce años y era todavía un niño, pero ya había muchos que le temían. Era bastante alto para su edad y sus pies y sus manos eran enormes. No parecía tener miedo de nada y podía desatar una violencia inesperada para un niño. Era muy agresivo y se pegaba con cualquiera que discutiera su autoridad, aunque fueran chicos grandes. A veces defendía a niños más débiles de otros matones del barrio y en otras ocasiones era él quien los maltrataba. Mis hermanos lo admiraban y lo temían a partes iguales; yo lo idolatraba.

El domingo por la tarde, desanimados y frustrados por el fracaso de nuestra empresa, nos encontrábamos los cinco en un pequeño jardín que había detrás de casa. Mis padres no estaban y me habían dejado a cargo de mis hermanos. Solo faltaban unas horas para que se venciera el plazo y no se nos ocurría nada más qué hacer. Cuando volvieran mis padres, debíamos abandonar a Boquerón en la calle, y pensar en eso nos deprimía. Mi hermano Eduardo jugaba con el gatito y los demás mirábamos silenciosos, como ensimismados en nuestra depresión. Aparentemente, Daniel debía estar discurriendo algo pues de repente soltó:

—Dicen que los gatos siempre caen de pie.

Es posible que con ese comentario Daniel solo quisiera reconfortarnos, como diciéndonos que Boquerón, como cualquier otro gato, tenía suficientes recursos para sobrellevar al trance que le aguardaba y sobrevivir, pero lo cierto es que en Ángel pareció activar algún tipo de resorte empírico que le impulsó a confirmar el postulado con la propia experiencia. Agarró al gato y lo dejó caer sin más desde sus manos. En efecto, el gato aterrizó con suavidad en la hierba sobre sus pies almohadillados.

El experimento no pareció satisfacer del todo a mi hermano Carlos, como si el resultado no hubiera sido, en su opinión, del todo concluyente. Así que lo recogió del suelo, lo lanzó de nuevo al aire y volvió a caer de pie sin contratiempos. Así que todos quisimos también probar y uno a uno lo fuimos arrojando al aire, más alto en cada ocasión y haciendo piruetas. Boquerón se resistía, maullaba asustado, pero siempre se apañaba para girar en el último momento y caer sobre sus patas. En uno de los lanzamientos Eduardo erró la trayectoria y Boquerón fue a caer de cualquier manera entre unos tupidos rosales espinosos. Nos quedamos parados sin saber qué hacer hasta que, después de unos segundos muy largos, Boquerón reapareció de entre los rosales, sacudió la cabeza como si estuviera aturdido y maulló.

Rompimos a reír pues la escena nos pareció muy cómica, como si Boquerón fuera uno de esos gatos de los dibujos animados que siempre sobreviven, cualquiera sea la calamidad que les sobrevenga, ya les estalle un cartucho de dinamita marca Acme o se caigan por un precipicio. Nos hizo retorcer y caernos de la risa, revolcándonos en la hierba sin poder parar.

Cuando por fin nos repusimos del ataque de risa y recuperamos el aliento, Daniel volvió a sugerir:

—Dicen que a los gatos no les gusta el agua.

Animados por el espíritu empírico que súbitamente nos había invadido, llenamos de agua el barreño de la colada con la manguera del jardín y echamos dentro a Boquerón. Comprobamos que, en efecto, no le gustaba el agua y trataba de escaparse a toda costa. Era divertido verlo debatirse con sus patitas en las escurridizas paredes del barreño y volver a caer dentro una y otra vez. Ángel le hacía aguadillas y cuando lo zambullía gritaba «inmersión», como si fuera un submarino.

En una de esas aguadillas, una quizá más largas que las otras, Carlos le agarró la mano y tiró para que sacara a Boquerón del agua.

—¡Para, que lo vas a ahogar! —le gritó.

Ángel le lanzó una mirada furibunda e hizo ademán de atizarle, como si su reacción fuera una insubordinación intolerable, y durante unos segundos los dos se sostuvieron la mirada hasta que mi hermano la bajó sumisamente.

—Lo más normal es que no sobreviva en la calle ni una noche, lo atropellará un coche o lo matará un perro —dijo Ángel.

Durante un rato nadie habló. Ángel encendió un cigarro y después de darle algunas caladas se lo pasó a Carlos como magnánimo gesto de paz.

Boquerón se mantenía algo apartado de nosotros mientras se lamía el pelaje húmedo. Carlos empezó a llamarlo, pero el gato desconfiaba y no se decidía a acudir. Mi hermano insistió y poco a poco se fue acercando. Carlos le mostró el pitillo ya casi consumido, pero con la roja brasa candente, Boquerón acercó su naricilla curiosa y lanzó un chillido escalofriante, escapando con los bigotes chamuscados y retorcidos.

—Si va a tener que vivir en la calle, tiene que aprender a desconfiar —dijo Carlos dirigiéndose a Ángel, como buscando su aprobación.

Pasamos el resto de la tarde sometiendo al gato a toda clase de perrerías con la excusa de prepararlo para las calamidades que le aguardaban. Ya no era más Boque, ni siquiera Boquerón, era solo un gato callejero más, uno igual al resto de los que se veían habitualmente por la calle, un proyecto de gato sucio, tiñoso y lleno de pulgas que, más tarde o más temprano, acabaría atropellado en la carretera o entre las mandíbulas de algún perro.

Una de las ocurrencias de Ángel fue meterlo dentro de una bolsa de plástico y darle vueltas sobre su cabeza, a modo de honda. El gato salió de la bolsa mareado y dando tumbos, como si estuviera borracho. Ángel lo agarró por la piel de la parte posterior del cuello y se detuvo un momento a examinarlo.

—Este gato se va a morir —afirmó con rotundidad, como si diera un diagnóstico.

—¿Qué dices? —preguntó Daniel.

—Tiene los ojos violeta.

—¿Y eso qué?

—Los gatos cuando se van a morir se les ponen los ojos violeta.

—Menudo invento.

—De verdad. Mi abuela tenía un gato muy viejo y un día que se empezó a comportar raro vimos que los ojos se le habían puesto violeta. El día siguiente no se despertó, se había muerto durante la noche.

—No es verdad, no tiene los ojos violeta —replicó mi hermano.

Pero lo cierto es que los tenía. Algo extraño había sucedido con sus ojos, su pupila se había dilatado y el iris alrededor había cambiado de color, mudando repentinamente del verde al violeta. Corroborar este suceso prodigioso nos persuadió de creer a Ángel.

—Es mejor que no sufra —remató Ángel.

Ya sometidos, fuimos a la misma carretera en donde Carlos lo había encontrado hacía unos días. Ángel volvió a meter al gato en la bolsa y, como todavía se debatía, lo golpeó una y otra vez contra el suelo hasta que se dejó de mover. Lo dejó en medio del carril a la salida de una curva y esperamos escondidos hasta que un autobús enorme pasó sus ruedas por encima de la bolsa. Ángel despegó la bolsa del suelo y la abrió.

—Puré de gato —dijo satisfecho.

Ver los intestinos de Boquerón rebosando de su cuerpo reventado hizo enfermar a mi hermano Eduardo y le entraron arcadas. Ernesto se río de él y le llamó débil. Tiró los restos de lo que había sido Boquerón en un contenedor y se largó.

 

Al llegar a casa nos encontramos con mis padres en el portal. Mamá notó en seguida que algo nos pasaba pues estábamos inusualmente silenciosos.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —contestó Carlos.

—No me mientas. Sé que algo ha pasado.

—Hemos matado al gato —confesó Carlos, rompiendo por fin a llorar y arrojándose a su regazo.

—¿A Boquerón?

—Sí.

—Pero… ¿Por qué?

—No lo sé… tenía los ojos violeta.

 


 

Manuel Moreno Bellosillo. Nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet, bajo el seudónimo de Horacio Hellpop, una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012, en la antología Distopía de Cryptshow, y en la convocatoria Cine B, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

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Contactar con el autor: mmbellosillo [at] hotmail [dot] com

🖼 Ilustración: fotografía por imazite en Pixabay [Public domain]

 

biblioteca relato Ojos Violeta Manuel Moreno Bellosillo

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 116 · mayo-junio de 2021

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