relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

Para TRV

 

V

iendo el otro día un documental sobre Elvis Presley me acordé de Ruipérez, un compañero del colegio tan desamparado que podía morirse. Llegó al colegio con el curso ya bastante iniciado y se sentó en uno de los pupitres vacíos de la última fila. Se llamaba Álvaro Ruipérez Smith y acababa de llegar de Sudáfrica, lo que bastó para despertar en nosotros toda clase de ensueños de aventura. Pero él no parecía del tipo aventurero, era más bien carnoso, con la tez pálida y los rasgos blandos, los ojos claros y el pelo fino y ondulado repeinado con agua azucarada. Vestía el uniforme de dandi de su anterior colegio, mocasines negros, pantalón gris oscuro de pinzas, jersey azul marino y corbata con el escudo del colegio. Ni su aspecto ni su indumentaria encajaban con nosotros, no se parecía a ninguno del resto de los alumnos del 7.º curso del Colegio Público Federico García Lorca y atraía nuestra curiosidad más allá de la mera novedad que constituía un nuevo alumno en la clase. Durante el recreo fue minuciosamente interrogado y así nos enteramos que su madre era sudafricana y su padre español, que estaban divorciados, que no tenía ningún hermano, que el año anterior había estado interno en un colegio en Johannesburgo, pero que antes había vivido en Barcelona, que su padre era piloto de una compañía aérea comercial y que recientemente lo habían destinado a Madrid. También supimos que había acabado en nuestro colegio porque era el único que admitía nuevos alumnos con el curso tan avanzado. Desde luego, un tipo como aquel resultaba del todo inusual para un colegio público de un barrio del extrarradio de Madrid, por lo que durante unos días fue el centro de atención de la clase.

En el colegio llamábamos a todos los chicos por su apellido y un par de semanas después de su llegada Ruipérez había dejado de ser una novedad, disipándose la curiosidad por él y recuperando la clase su rutina habitual. Un día, el matón oficial de la clase, uno apellidado Toribio, se dedicó a provocar a Ruipérez para demostrarle quién mandaba en ese curso. Ruipérez cayó en la provocación y en la hora del recreo se pegaron los dos en el patio. Toda la sección masculina de la clase se arremolinó alrededor de los dos contendientes y los esbirros de Toribio empezaron a armar bulla. Era un combate desigual, Toribio era delgado y ágil mientras que Ruipérez era pesado y lento, parecía una pelea entre púgiles de distintas categorías. Se tantearon a empujones hasta que Ruipérez consiguió agarrar a Toribio por el cuello, apresándole con su brazo izquierdo y apretándolo contra su corpulencia. Toribio era escurridizo como una anguila y se retorcía para tratar de deshacerse de la presa, pero Ruipérez lo tenía bien cogido y podía golpearlo con el puño derecho directamente en el rostro. Sin embargo, para el asombro de todos, se limitaba únicamente a pedirle una y otra vez que se rindiera. Toribio forcejeaba para liberarse, pero Ruipérez no le dejaba escapar y apretaba aún más su presa. Toribio empezaba a respirar con dificultad y su rostro iba enrojeciendo poco a poco. Sus secuaces habían dejado de montar bulla y se miraban desconcertados porque nunca habían visto a su jefe perder contra un chaval de su mismo curso. Finalmente, Toribio se rindió y Ruipérez aflojó la presa dejándole escapar medio ahogado y tosiendo como un perro.

Ruipérez había peleado con coraje, vencido al opresor y actuado en la victoria con generosidad. Era como un caballero de la Edad Media y el nuevo héroe del curso, admirado y temido a partes iguales. Salvo Toribio y sus esbirros, el resto de la clase estaba eufórica, se sentía liberada y un poco confundida después de años de abusos y dominación. Y cuando irrumpe alguien así, siempre aparecen vasallos para adularle y buscar su protección. Pero el nuevo orden no tuvo tiempo de consolidarse, unos pocos días después de la pelea en el patio, Toribio y sus secuaces emboscaron a Ruipérez a la salida del colegio. En esta ocasión Toribio no le dio ninguna oportunidad para que lo apresara y sin mediar palabra lo empezó a golpear con sus puños en la cara, tenaz y maquinalmente como un martillo neumático. Toribio era un tipo muy violento y la furia desatada era proporcional a la humillación recibida por la candente derrota. A Ruipérez no le dio tiempo siquiera a reaccionar y apenas pudo pelear. Los sicarios de Toribio vigilaban que nadie se metiera en la pelea y ninguno de la clase, ni siquiera los que antes lo habían adulado y habían buscado su protección, movió un dedo para ayudarle y detener esa celada tan cobarde. Cuando Ruipérez cayó derribado con el rostro congestionado, Toribio siguió golpeándole en el suelo. Y siguió golpeándole hasta que dejó de defenderse y recibía exánime los puñetazos en su blando rostro sanguinolento. Nadie intervino ni impidió que Toribio se ensañara y solo paró de pegarle cuando por puro agotamiento no pudo más. Ruipérez había recibido un escarmiento salvaje para que todos lo viéramos y supiéramos quién mandaba. Ruipérez no tenía aliados ni amigos en el colegio y nadie había tratado de defenderle ni parar la pelea cuando se convirtió en una paliza brutal, ni siquiera cuando terminó le auxiliamos, lo dejamos ahí, tirado en el suelo, cubierto de polvo, medio conmocionado y gimiendo de dolor.

De este modo se restableció en clase la anterior jerarquía, se recuperó el antiguo orden y las cosas volvieron a la normalidad. Habíamos vivido nuestra primavera, pero había sido demasiado breve. Ruipérez pasó de héroe de la clase a paria y no pareció importarle el cambio, como si de antes ya perteneciera a esa casta.

Ruipérez era también vecino de mi urbanización, una docena de bloques de pisos de ocho alturas de ladrillo naranja con algunas zonas ajardinadas y piscina comunitaria. En alguna ocasión habíamos hecho juntos el camino de vuelta del colegio, pero a partir de que le propinaran la paliza, yo evitaba coincidir con él y me adelantaba o me demoraba a propósito. Un día me enteré por otro vecino que Ruipérez disponía prácticamente para él solo de un dúplex provisto de todos aquellos electrodomésticos que nos chiflaban a los preadolescentes de aquella época: tres televisores en color (como Elvis), un vídeo VHS con docenas de películas, un ordenador Sinclair Spectrum con todos los juegos disponibles y el recién lanzado Atari ST. Adicionalmente, contaba con una despensa inagotable de refrescos y aperitivos. Así que me las ingenié para volver a coincidir con Ruipérez de vuelta del colegio y que una tarde me invitara a su casa.

Los pisos de la urbanización eran bastante grandes en comparación con otros del barrio y un dúplex se me antojaba casi como una mansión. El salón de la casa era enorme y estaba amueblado con una profusión suntuosa muy distinta de la modesta decoración del resto de pisos que conocía. Era la apoteosis del hórror vacui y la estancia estaba repleta de muebles: sillones, sofás, tresillos, mesas, sillas, cómodas, escritorios, pufs… Parte del mobiliario debía de venir de Sudáfrica, pues había pieles de animales como alfombras, patas de elefante como pufs y algún que otro trofeo colgado en las paredes. Encima de las mesas ornamentales de cristal había también una exuberancia de objetos de decoración: cajitas, cigarreras, bandejas, marcos, velas, jarrones, figuritas de cristal… Una de las paredes estaba cubierta por una gran estantería y en los anaqueles cogían polvo los tomos de varias enciclopedias y colecciones de revistas encuadernadas. En la estantería había huecos para los tres televisores y uno de ellos tenía la pantalla más grande que había visto en mi vida. En la pared de enfrente se alternaban los cuadros y los trofeos con su propia lamparita iluminándolos, como un museo.

Cuando llegué, además de muebles, el salón estaba repleto de chavales, pues había montada una especie de fiesta. Había grupos desperdigados por todo el salón. El televisor formidable estaba encendido y unos cuantos chicos tirados en los sofás a su alrededor, pero en realidad nadie parecía estar atendiendo la película que estaba puesta en el vídeo. Alrededor del segundo televisor se amontonaba otro grupo jaleando a dos que disputaban una partida a algún videojuego. Y en el tercer televisor otros tantos veían vídeos musicales. En la mesa del comedor había unos cuantos jugando a las cartas. Las mesas de cristal estaban mancilladas con los cercos que dejaban los vasos y delicadas cajitas chinas hacían de cenicero a los que fumaban. Había media docena de botellas de Coca-Cola abiertas, algunas litronas de cerveza y bolsas de aperitivos desparramadas por las mesas. Olía a tabaco y aperitivos, los televisores estaban a todo volumen y por encima del rumor cacofónico de los aparatos se oían gritos y risas. Vi a muchos chicos, algunos de mi edad y otros mayores, algunos que conocía y otros que no, pero al que no se veía por ningún lado era a Ruipérez.

En realidad, a nadie le importaba que Ruipérez estuviera o no, ninguno de los que nos encontrábamos en ese salón éramos amigos suyos de verdad, solo éramos una panda de gorrones aprovechándonos de él, de las diversiones que nos ofrecía en su casa y que no teníamos en las nuestras. Fue de ese salón repleto de chavales del que me acordé cuando vi el documental sobre Elvis y su decadencia en sus últimos años. A Elvis le gustaba rodearse de un grupo de amigos que constituían sus hombres de confianza y le hacían de guardaespaldas. Este grupo, formado fundamentalmente por hombres, se autodenominaba la «Memphis Mafia» y su composición fue variando a lo largo del tiempo. Mientras Elvis estuvo casado con Priscilla, la «Memphis Mafia» pareció disolverse, pero al divorciarse volvieron a reunirse en Graceland y pasaron a convertirse principalmente en proveedores de chicas y de drogas para el Rey. La «Memphis Mafia» terminó siendo un séquito de parásitos y aduladores tratando de medrar y enriquecerse a costa de Elvis, mientras él iba engordando y degradando rápidamente. Salvando las distancias, Ruipérez era Elvis, Graceland era el dúplex y la «Memphis Mafia» éramos los parásitos que nos aprovechábamos de él.

Ruipérez vivía prácticamente solo en esa casa enorme y suntuosa. No recuerdo haber visto nunca a su padre, paraba poco por su casa y al parecer, incluso cuando no volaba, solía dormir fuera. La casa estaba a cargo de una doméstica, una portuguesa bastante mayor que se ocupaba de la limpieza y la intendencia; estaba interna, pero rara vez salía de su cuarto por la tarde. A nosotros nos bastaba que cada día estuviera el salón limpio y la despensa llena. Para Ruipérez ella era la única compañía cuando los demás no estábamos. Era como una versión actualizada y algo degenerada de Pipi Langstrum, con unos padres ausentes, una casa solo para él provista con todo tipo de atracciones y siempre con dinero para comprar lo que se nos antojara.

Como también le pasaba a Elvis, a Ruipérez no le gustaba estar solo y después del colegio invitaba a cualquiera que quisiera a pasar la tarde en su casa. Sin embargo, como aquella primera vez que llegué a «Graceland», cada tarde sobre las siete Ruipérez se ausentaba y no solía volver hasta un rato después. Más tarde me enteré de que siempre a esa hora llamaba su madre desde Sudáfrica y después de hablar con ella se quedaba encerrado en su habitación. Un día, uno de los habituales de la «mafia» me dijo que le acompañara y me condujo sigilosamente por largos pasillos hasta la habitación de Ruipérez. La puerta estaba cerrada y se le escuchaba hablando por teléfono. Hablaba en inglés y ninguno entendíamos lo que decía, pero podías oír que estaba llorando. De repente cambió de idioma y empezó a hablar en español pidiendo a su «mamá» que no colgara, suplicándole una y otra vez que no colgara, que por favor no colgara y después romper a llorar desesperadamente.

Solo una vez escuché a Ruipérez hablar de su madre y me acuerdo porque habló de ella de una manera como nunca había oído a nadie, dijo de ella que era «bella y elegante». No había ninguna foto de su madre en la casa, por lo que no pude corroborar esta afirmación, pero bastó que la calificara así para que no me olvidara.

Excepto aquellos pocos días que su padre estaba en casa, todas las tardes después del colegio iba a lo de Ruipérez para merendar y pasar el rato, y siempre me encontraba a alguien allí de los habituales, de los de la «mafia». Veíamos pelis de terror, jugábamos a los videojuegos, nos hinchábamos de aperitivos y bebíamos refrescos hasta que no podíamos más. Los fines de semana, cuando su doméstica libraba, organizábamos fiestas para beber cerveza, fumar pitillos, ver películas porno, escuchar música heavy a todo volumen y saquear el mueble bar del padre. Preparábamos cócteles improvisados, nos pegábamos lingotazos de licores que nos quemaban la garganta y nos daban arcadas, y las fiestas terminaban siempre con alguno vomitando y casi en coma etílico. A las fiestas de Ruipérez estaba invitado todo el mundo, venían compañeros de clase, vecinos, chicos de otros barrios, algunos chavales mayores que nosotros, incluso el mismo Toribio venía algunas veces con sus secuaces; todos éramos buenos chicos que nos reuníamos para estudiar o hacer algún trabajo del colegio juntos. A las ocho empezaba la desbandada, al fin y al cabo la mayoría no habíamos cumplido los catorce años y teníamos una hora estricta para volver a casa, nos poníamos colirio en los ojos, mascábamos chicles de menta y nos marchábamos, cargando otra vez con los libros que supuestamente habíamos venido a estudiar. Sobre las nueve o lo más tarde a las diez la casa se vaciaba y Ruipérez se quedaba sólo. Siempre trataba de convencer a alguno para que se quedara a dormir en su casa, le tentaba con pedir pizzas para cenar o alquilar algún estreno en el videoclub, y si nadie se quedaba imploraba patéticamente hasta las lágrimas porque no quería quedarse sólo. Yo nunca dormí en casa de Ruipérez, pues cuando se acababa el bullicio de la gente la casa me parecía demasiado grande, demasiado oscura, demasiado silenciosa; prefería dormir con mis hermanos en mi aburrida casa.

Había dos habituales de la «mafia» que siempre estaban tratando de mangonear más y más a Ruipérez. Eran dos hermanos vecinos del bloque, dos tipos granujientos apodados los «faquires» por su raquitismo. Un día los cacé husmeando entre los objetos decorativos que había por todo el salón, especialmente interesados en una pitillera dorada que parecía de oro y elucubrando cuánto podría valer. Cuando vieron que los estaba escuchando, devolvieron la pitillera a su sitio y disimularon hablando de otro asunto.

Algún tiempo más tarde, después de haber pasado una semana en casa enfermo con anginas, me enteré de que habían despedido a la vieja doméstica de Ruipérez acusada de haber robado algunos objetos más o menos valiosos de la casa, entre otros, la pitillera dorada. La noticia me disgustó, pues estaba prácticamente seguro de que ella no los había robado y que habían sido los dos hermanos que apodaban los «faquires». No sé por qué me rebelé contra esa injusticia que en realidad ni me incumbía ni me afectaba. Yo no era mejor que el resto, no era más amigo de Ruipérez que los demás, no moví un dedo para detener la brutal paliza que le propinaron, había evitado deliberadamente su compañía hasta que me enteré de las diversiones que su trato proporcionaba y después me había aprovechado de él todo lo que había podido, pero ahora no sé por qué sentía que todo aquello me resultaba difícil de tolerar. Quizá había empezado a sentir compasión por Ruipérez, algún tipo de simpatía por circunstancias de nuestra vida que compartíamos. Quizá consideré que robarle era cruzar un límite. Quizá ese ambiente me había terminado asqueando o me había empezado a asquear a mí mismo.

Un día, volviendo del colegio, le confié a Ruipérez mis sospechas y traté de convencerlo de que obligara a los «faquires» a devolver lo que habían robado para que así su padre readmitiera a la doméstica despedida injustamente. Ruipérez se puso nervioso y trató al principio de eludir el asunto con evasivas, diciendo que era tarde y que negarían haberlo robado. Pero insistí, le aseguré que aquellos dos eran unos gallinas y que yo le ayudaría a que devolvieran los objetos robados por las buenas o por las malas. Ruipérez vacilaba acongojado y tuve que presionarle para que se convenciese de que debía enfrentarse a ellos antes de que esos dos se lo comieran.

Los hermanos «faquires» juntos podían ponerse bravos, pero por separado eran bastante cobardes. El plan era sencillo y consistía básicamente en tratar de aislar a cualquiera de los dos, obligarle a contar la verdad y devolver los objetos robados. Ellos se pasaban prácticamente la vida en casa de Ruipérez y más tarde o más temprano surgiría la oportunidad.

Sin embargo, a partir de ese día era Ruipérez quien trataba de evitarme y cada vez que le proponía hacer algo en su casa me decía que estaba su padre. Pasaron así dos o tres semanas hasta que me decidí personarme por mi cuenta y sin avisar. Me abrió la nueva doméstica y me dijo que estaban en el salón. Como me esperaba Ruipérez estaba con los «faquires». Estaban viendo una película de terror en el vídeo y, sin más, cogí el mando y apagué la tele. Los tres me miraron atónitos y, olvidándome del plan original, me encaré directamente con los dos hermanos y les ordené que devolvieran la pitillera que habían robado. El «faquir» pequeño se calló, pero el mayor lo negó, me llamó mentiroso y se enfrentó a mí. Por separado podía con los dos hermanos, con el pequeño y con el mayor, pero sabía que cuando empezara con uno el otro ayudaría a su hermano y me pondrían las cosas difíciles. Esperaba que Ruipérez se uniera a mí en la pelea, pero por el momento parecía totalmente ajeno al asunto, había cogido el mando y había puesto la tele otra vez. Sin perder más tiempo cogí al «faquir» mayor del cuello y le grité que devolviera la pitillera. Se estaba poniendo rojo cuando noté que me golpeaban en la cabeza y tuve que soltarle para ocuparme del pequeño. Le empujé y reculó tres metros hasta el sofá, pero el mayor había aprovechado para cogerme del cuello por detrás. Vi a Ruipérez que seguía viendo la peli de terror como si la pelea no fuera con él, le grité que me ayudara, pero se hizo el sordo. Mientras, el hermano pequeño había embestido con su cabeza contra mi estómago y había recibido un buen rodillazo en los morros. Conseguí desembarazarme del mayor y lo lancé contra la estantería. Me di cuenta de que Ruipérez no me ayudaría y que no ganaría esa pelea contra los dos, no tenía sentido continuar y resolví emprender una retirada mientras los hermanos se miraban uno al otro decidiendo si atacar o no. Los tres estábamos magullados pero enteros, ninguno quería salir más lastimado. Sin dejar de vigilar a los hermanos reculé hasta la puerta y me marché.

No volví nunca más a casa de Ruipérez. Lo seguí viendo en clase, pero ambos nos evitábamos. Creo que ninguno de los dos contó el incidente, parece que a los dos nos interesaba que nadie se enterara. Se terminó el curso y cuando volvimos después de las vacaciones Ruipérez no estaba, al parecer a su padre lo habían cambiado de destino y se habían mudado a otra ciudad.

No volví a saber nunca nada más de Ruipérez y casi había olvidado esta historia hasta que vi el documental sobre Elvis Presley y la recordé. Desde que lo vi, escucho Heartbreak Hotel, una y otra vez, en spoty: una canción desgarradora basada en una nota de suicidio que únicamente decía «camino por una calle solitaria». Todo el mundo tiene el corazón roto, alguien alguna vez se lo rompió, qué más da. Pero cuando escucho la canción me pongo a pensar en aquel Ruipérez, un chaval tan desamparado que podía morirse, y no puedo evitar ponerme a llorar, pero no solo por él, sino también por mí y también por los demás, por todos, por todos nosotros.

 


 

Manuel Moreno Bellosillo. Nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet, bajo el seudónimo de Horacio Hellpop, una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012 un cuento titulado La sonrisa de Mickey Mouse y en la antología Distopía de Cryptshow el titulado Moonwalkers, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

 Lee otros relatos de este autor (en Almiar): El retrato · El bonsái (extracto de un diario) · Los fósiles

 Contactar con el autor: mmbellosillo [at] hotmail.com

Ilustración: fotografía por DekoArt-Gallery / Pixabay [Public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 110 · mayo-junio de 2020

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