relato por

Pedro J. Martínez Aguilera

U

na farola fue lo más parecido al mástil de un barco que vio en aquella plaza. Se acercó a ella, apoyó los pies en la base y, tras un resoplido de determinación, se encaramó y se estiró todo lo que pudo, sin soltarse del tronco de la farola, hacia un lado, como si fuera a parar un balón. Y así, en esa postura, quieto y callado, permaneció unos segundos, como si sopesara el tono más adecuado de voz y el dramatismo que debía imprimir a la escena que estaba a punto de interpretar. Entonces, ya preparado, abrió la boca y dijo con toda la intensidad que le permitieron sus pulmones: «¡Capitán, tierra a la vista! ¡Tierra a la vista!». Y señaló hacia un punto en la distancia, que, casualmente, podría haberse visto a través de las ventanas abiertas de un edificio antiguo en aquella tarde luminosa del mes de mayo.

Entre los viandantes que se sorprendieron, gozó especialmente de aquel exabrupto inesperado una chica morena de pelo y ojos negros; una de esas chicas por cuyas venas aún discurre el temperamento y la magia de las mismas tierras que se estarían proyectando en la imaginación del chico en aquel momento, con sus bosques a pie de playa y las montañas volcánicas al fondo. Y mientras ella le observaba cómo se bajaba de la farola y desplegaba un cartel que ponía: «todos los seres vivos merecen una oportunidad», no pudo dejar de sonreír. Por más que avanzaba aquella escena, era incapaz de comprender el mensaje que pretendía transmitir a los que se habían detenido y hecho un corro a su alrededor. Todos veían anonadados que el muchacho se desvestía y se quedaba con solo unos calzoncillos rojos de pata larga y unos calcetines negros estirados casi hasta las rodillas. Tenía el pecho hundido y las costillas se le marcaban un poco. Los ojos grandes y marrones destacaban en un rostro estrecho y alargado enmarcado por media melena castaña que ocultaba sus orejas.

De una maleta añosa con cierres de correa y hebilla, que seguramente habría sido rescatada con gozo de algún desván o de la basura, sacó una marioneta de pobre acabado que simulaba ser un pájaro, y la empezó a manejar con la mano derecha mientras iba y venía corriendo de un lado a otro del círculo de espectadores, cada vez más numerosos e incrédulos, dando pioladas aquí y allá, dirigidas al público con tal ímpetu que algunos, habiendo recibido ya algún perdigonazo, reculaban y se cubrían preventivamente la cara con el brazo levantado. La chica morena se adelantó a primera fila y esperó a que en uno de sus alocados desplazamientos el chico se le acercara. En cuanto lo tuvo a su lado, se precipitó hacia él, le cogió de la mano que tenía libre y, tras un breve instante en que quedaron suspendidos como dos plumas en el aire a la espera de un nuevo golpe de viento, ambos, acoplados, comenzaron a moverse y piolar juntos, ella con trinos muy agudos y él improvisando el cántico áspero de un cuervo.

Cuando el reloj dio las siete, las calles aledañas a la plaza comenzaron a saturarse de tráfico; el ruido de los motores y del roce de las ruedas con el asfalto hicieron que los sonidos de la voz hubiesen de deformarse, contraerse y estirarse, para desplazarse hasta la extenuación a escasos metros de la boca. El chico, en el instante en que sus cuerdas vocales comenzaron a vibrar forzadas, se detuvo en seco, miró a su alrededor, donde ya apenas quedaba una docena de curiosos, e hizo una reverencia de agradecimiento como colofón al espectáculo.

—¿Este es el final de la representación? —se extrañó la chica morena.

—Sí.

—¿No es un poco repentino?

—Sí, sin duda, pero cuando me canso de correr y graznar, paro y ya está —y se la quedó mirando fijamente a los ojos, que estaban a la misma altura que los suyos—. ¿Quieres tomarte un refresco con la calderilla que nos han echado? Conozco un sitio que creo que te gustará.

—Sí.

—Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Elisa, ¿y tú?

—Sandro.

Mientras Sandro se vestía, Elisa devolvió la marioneta a su lugar, donde, entre otros pequeños objetos (un dedal, un coletero, una pinza de tender o una linterna pequeña) había un cuadro en el que aparecía pintada la escena de una niña de pelo negro y vaporoso asomada a la ventana de un edificio muy alto, dando de comer con el bracito extendido a un gato blanco montado en un globo aerostático con los colores del arcoíris.

—¿Me regalarías este cuadro? —le preguntó a Sandro cuando, ya vestido con su pantalón corto de lino verde y camiseta blanca, se acercó para cerrar la maleta.

—Cógelo, es tuyo si te gusta. Lo cogí de una tienda de segunda mano, o tercera, o vete a saber qué orden ocuparás tú en la vida de este cuadro. Me alegra que se vaya contigo.

—Gracias —le nació espontáneamente darle un abrazo, que Sandro recibió encogiéndose y tensando los músculos. Resultaba frágil entre los brazos, como si una sacudida un poco fuerte pudiera dislocarle algún hueso. Elisa tuvo la tentación de mirar hacia arriba por si hubiese alguien que lo movía con hilos.

Luego recorrieron un par de calles —él con la maleta al hombro, inclinado hacia adelante como si portara un saco de harina— hasta una galería de arcos de medio punto, donde había un bar con el año de inauguración grabado en la pared de la fachada: 1927. En él todo había sido restaurado para que pareciese que al entrar dabas un salto atrás en el tiempo.

—A que cuando cruzas la puerta es como si hubieses viajado al pasado —comentó Sandro, una vez dentro.

Escogieron la mesa más apartada, en una esquina iluminada por un farolillo de cobre colgado de la pared y un cuadro con motivos paisajísticos a cada lado. En el centro de la misma reposaba un cenicero de aluminio con una margarita marchita abandonada en su interior, entremezclada con ceniza y un par de colillas. La atmósfera era un poco lúgubre, la luz no llegaba a romper la sensación de estar en un lugar donde echar una carcajada sería como blasfemar dentro de un templo. Se quedaron un rato en silencio, acodados uno frente al otro, mirándose a veces y, otras, recorriendo el entorno. El camarero se acercó sacudiéndose gránulos de café adheridos a las manos y esquivando sillas con movimientos ágiles de cadera.

—¿Qué van a tomar? —preguntó. El delantal corto que llevaba, negro como el resto de la indumentaria, tenía bordado en blanco el nombre del bar: «Siciliano».

—Dos refrescos —se adelantó Elisa, y le preguntó a Sandro si dejaban a elección del camarero cuál de ellos traer.

—Sí, está bien. Usted elige, cualquiera nos vale. Gracias.

—Como gustéis.

El camarero se giró con media vuelta ejecutada sobre los talones sin mover los pies del sitio hasta que empezó a caminar. Luego pasó por un par de mesas antes de deslizarse detrás de la barra. Mientras éste trasteaba concienzudo con tazas y vasos, de una de las mesas vecinas de Elisa y Sandro se levantó un hombre de unos sesenta años, tremendamente barbado y ceñudo, y se acercó a ellos. Sin mediar palabra, abrió la gabardina que llevaba puesta y expuso ante ellos un muestrario muy bien dispuesto y ordenado de navajas que colgaban semiabiertas del forro interior de la prenda. Tenían el mango lacado y las hojas muy brillantes. El hombre y su mercancía hubiesen resultado en cualquier otro lugar extemporáneos y discordantes, pero allí podía ser otro elemento más de la decoración; invasivo, pero no extraño. Lo que resultaba raro era que consintiesen el comercio de aquellos utensilios en el bar. De ahí que Sandro mirara hacia la barra a la espera de que el camarero se diera cuenta de la situación e hiciera algo, pero como aquél no levantaba la mirada del fregadero, alzó la cabeza hacia el hombre y, para no resultar grosero y despacharlo sin rodeos, preguntó el precio de la más pequeña de las navajas.

—Cinco euros. De Albacete. Las mejores —respondió el hombre, que desde abajo impresionaba bastante debido a su gran corpulencia.

Sandro se fijó en que los mangos venían muy bien decorados. Eran bonitas, y quiso adquirir una, aunque solo fuera por tener un recuerdo de tan singular transacción comercial.

—Pues deme esa de color granate y… ¿qué es esa virguería que tiene pintada en el mango? No alcanzo a verla con esta luz.

El hombre la descolgó del pasador de tela con dedos gordos y torpes y se la ofreció a Sandro, que la recogió en las palmas abiertas como lo haría con una reliquia. Los dibujos representaban parejas de diminutos elefantes con las trompas entrelazadas.

—Una navaja para grandes cosas —apostilló el hombre—. Imaginaos de viaje por un país extraño. En él, siempre, seguro, habrá cosas que cortar, que fraccionar en partes más pequeñas. Una cuerda, un rabo de vacuno asado, un trozo de tela. O quién sabe si no tendréis que hacer trocitos la carne de una serpiente porque no tenéis otra cosa que comer.

Elisa y Sandro sonrieron y se miraron con la complicidad de quienes saben que se han topado con alguien especial que trasnocha solitario en un apartamento polvoriento, muebles desvencijados y desconchones en las paredes, buscando consuelo en las voces radiofónicas y televisivas de la madrugada. ¿Qué sinergias sociales y personales daban como resultado un hombre así? Sandro actuaba en la plaza los viernes por la tarde como otro chico de su edad puede fumar marihuana sentado en el último banco del parque, pero entre semana acudía puntualmente a las clases universitarias, comía legumbres y platos tradicionales elaborados por su madre, arroz los domingos hecho por su padre; iba a la biblioteca, quedaba con los amigos, dedicaba una hora después de cenar a los videojuegos o a estudiar si era necesario. Tarde o temprano se convertiría en un adulto cumpliendo con las expectativas sociales que tenía asignadas. Aquel hombre, en cambio, probablemente había errado en sus decisiones y volver atrás con el peso de los años sobre los hombros le debió de resultar más difícil que reinventarse en aquel personaje de película surrealista; o bien, el polvo y la pobreza se encostraron sobre su alma y salió de la cobertura un hombre así, como de una crisálida, diseñado para sobrevivir en un ecosistema mugriento y triste.

—Me la quedo —dijo Sandro—. Y tú, Elisa, coge una que te guste.

Hecha la transacción comercial y entregadas las dos navajas a sus nuevos dueños —para Elisa una con el mango verde y gotas de agua tan brillantes que parecían rocío— el hombre retornó a su mesa y se quedó encorvado sobre una taza vacía, como si estuviera agazapado, silencioso e inmóvil, a la espera de coger desprevenido a un nuevo cliente. El camarero les trajo sus bebidas y se fue hacia la parte exterior de la barra, se apoyó en ella con el antebrazo y cruzó las piernas. Su mirada parecía perderse entre el tránsito de gente y vehículos al otro lado de los ventanales. Todo el bar, entonces, se apaciguó, como si el aire fuera un gato que se enrosca y ronronea junto a un hogar; había quietud, los movimientos de los escasos clientes desprendían la mansedumbre de  los estiramientos de un felino tras el descanso. En ese contexto, Elisa, con voz queda, interrogó a Sandro sobre las razones de aquella extraña representación en la plaza.

—A principios de curso me apunté al taller de teatro de la Universidad —comenzó a explicar Sandro—. Estudio el Grado de Biología. Allí conocí a un chico que se llamaba Carlos.

—Has dicho se llamaba.

—Sí, murió hace un mes. Era tres años mayor que yo. Era el típico universitario con pintas estrafalarias y carácter afable y extrovertido, lo cual hizo que me resultara fácil hacerme amigo suyo —Sandro hizo una pausa, como si tratara de encontrar la palabra que mejor podría definir a quien fue su amigo, y, al fin, dijo—: Era un tipo realmente generoso. En el grupo estábamos preparando la obra «Extraño juguete», y cuando terminábamos los ensayos nos íbamos juntos en el autobús hasta la plaza de la Constitución. Una vez allí, en nuestro tercer o cuarto viaje juntos, sacó de su bolsa una raqueta de tenis y me preguntó si podía esperarle media hora. La verdad es que no podía, pero decidí quedarme un rato para ver qué hacía. Se puso enfrente de una estatua que hay allí y con la raqueta de tenis comenzó a dar pelotazos, sin pelota, y simulaba ser los dos jugadores a la vez. A veces se paraba, sin que nadie supiera ya dónde estaba la pelota y recitaba un poema épico con una mano en el pecho y otra balanceándose por encima de su cabeza, o recogía la pelota, que de repente le quemaba en las manos y la lanzaba contra los espectadores, todo enfadado e iracundo, y se precipitaba hacia ellos como un caníbal con la lanza en la mano. La mayoría se apartaba corriendo. Otros eran más pudorosos y se arriesgaban a recibir un golpe. Era todo un espectáculo. Acabé de verlo, porque no pude sustraerme de aquel cúmulo de despropósitos.

—Vaya, todo un personaje. Me caería bien.

—Sí, te hubiese gustado.

—Vaya, es triste pensar que alguien que era tan especial haya muerto tan pronto, todavía con casi todo por hacer.

Los dos habían dejado las navajas sobre la mesa y las miraron como si, efectivamente, en ellas estuviera la garantía de supervivencia en una aventura selvática.

—SÍ —se reafirmó Elisa, tras aquel breve intervalo de ensimismamiento—, hay personas muy especiales. Y tú le has dado el relevo en lo del teatro callejero, o, cómo llamarlo, disparatado.

—Él decía que eran representaciones metamorfósicas. Un nombre muy ostentoso, tal vez. A fin de cuentas no dejan de ser improvisaciones con un objeto, haciendo lo que se te ocurre, sin cortapisas. Vas recogiendo de por ahí cosas que te gustan y los usas como catalizadores de los acontecimientos, gritos, gesticulaciones,…Bueno, ya lo sabes. Lo has hecho conmigo. No me esperaba una espontánea.

—Ha sido como si estuviera loca. Tenía una sensación de desvarío, de no ser yo misma. Ha sido genial —el recuerdo le hacía sonreír de nuevo, y añadió—: ¿Pero no sería mejor contar una historia que la gente entienda y les haga el día más agradable?

La sala se iluminó de manera imprevista. Alguien había encendido la otra mitad de las lámparas del techo y la luz que salía de ellas convirtió los ventanales en traslúcidos reflejos del interior del local.

—No se trata de que entiendan, sino de que se desconcierten, de que en su rutina surja algo que les provoque sorpresa y confusión. Puede que alguno le dé algún tipo de significado concreto porque no soporta la incoherencia y necesite encontrar un sentido, pero solo se pretende que la gente se quede con la mente extrañada por un rato y que eso les lleve por pensamientos nuevos y sendas mentales que no hubiesen aparecido de no haber visto el espectáculo —aquí Sandro paró de hablar mientras golpeaba las puntas de los dedos de una mano contra los de la otra; luego continuó—. Esa, al menos, era la teoría de Carlos. La gran mayoría de las personas ni se para, sólo gira la cabeza brevemente y sigue su camino, pero quien se detiene y mira un rato creo que podría llegar a la conclusión de que si te atreves a rebasar ciertas líneas o te sales, o te sacan del carril, entonces puede que lo mejor sea empezar a improvisar.

La mirada de Elisa se deslizó desde la cara de Sandro a su reloj, como si la rueda de un mecanismo interno hubiese hecho un ruido extraño al cambiar de diente y en ese punto el movimiento más natural fuera el de mirar la hora. Entonces se dio cuenta de que le quedaba el tiempo justo para llegar a su cita con una amiga.

—Me tengo que ir —dijo—. Pero puedes acompañarme hasta el metro, si quieres.

—Sí. Vamos.

Al salir al exterior, notaron que había refrescado. Sandro se estremeció levemente y elevó la maleta hasta el pecho y la agarró pegada a su cuerpo con los dos brazos. Caminaba junto a Elisa combado hacia atrás y con los ojos fijos al frente por si hubiera algún obstáculo con el que pudiera tropezar.

—Anda, deja que te ayude —se apiadó Elisa de su nuevo amigo.

Las manos de ambos no cabían en el asa de la maleta, de modo que, tras varios complicados movimientos infructuosos de encaje, acabaron por disponer que Sandro agarraba el asa y Elisa la muñeca de Sandro. Y así se unieron a la corriente de personas que discurrían por las aceras, zigzagueando y hablando mientras sus cuerpos eran iluminados a intervalos por luces de colores distintos según iban pasando frente a diferentes escaparates, hasta que vieron la boca del metro y se detuvieron a su lado. Elisa soltó la muñeca de Sandro y se giró para mirarle.

—El próximo viernes iré a verte, en la misma plaza y a la misma hora.

—Vale. Te estaré esperando. Siempre se admiten colaboradores en la obra.

Elisa le dio un beso y agitó la mano a modo de despedida cuando se iba. Y Sandro se la quedó mirando con la maleta de nuevo sujeta contra el pecho mientras ella desaparecía escaleras abajo.

 


 

Pedro Javier Martínez Aguilera, nació en Menorca. Estudió Psicología en la Universidad Complutense.

pemaguis76[at]gmail.com

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La mar tenebrosa (en Anacoreta) La mar tenebrosa, por Raúl Roldán García. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2002)
El unicornio (en Una amistad improvisada) El unicornio en el jardín, por Elena Ortiz Muñiz. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2010)

Valiente cobarde (Pedro J. Martínez Aguilera)

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 129 · julio-agosto de 2023

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