relato por
Francisco García Marcos

 

H

acía años que Labruna había dejado de ser una ciudad para humanos. Simplemente se había convertido en un bosque de rascacielos que a veces se confundía con las nubes, en caso de que siguieran existiendo por encima de ellos, allá donde no alcanza la vista. Solo quedaban algunas extrañas construcciones del pasado: el Hotel Central, como un viejo quebrantahuesos cansado de avistar la ciudad desde lo alto de una de sus colinas, la vetusta ermita de San Cristóbal, tan blanca, casi transparente, o el antiguo paseo de La Alameda, reconvertido en la mediana de una avenida frenética y siempre colapsada de tráfico. Ocasionalmente, se mantenían en pie antiguas casas señoriales, cuyas fachadas y portones desvencijados, por alguna razón inexplicable, todavía no habían sido convertidos en solares sobre los que levantar más rascacielos.

Dentro del bosque de hormigón habían terminado por acomodarse nuevas fieras salvajes, muy extrañas, de metal, con piernas de goma y un rabo que expulsa humo, mucho humo que sube un poco y se queda flotando en el cielo, como si siempre hubiera estado allí. Los animales del bosque de rascacielos no rugen, o lo hacen de una manera muy rara. Sueltan un bramido que no se sabe con certeza si es de enorme enfado, de queja, de inquietud desazonada o de cualquier otra cosa que nunca nadie ha acertado bien a distinguir. En todo caso, suena como un ronquido descomunal, tan profundo que parece salir desde dentro de sus tripas.

Las fieras esas, además, no deben estar demasiado cómodas, ni con ellas mismas ni con el mundo, porque de noche se les encienden los ojos, como si un diablo habitara en su interior. Además, actúan de manera incomprensible. Otras luces redondas, rojas, pequeñitas y colgadas de la noche oscura, las asustan tanto que terminan por detenerse frente a ellas. En cambio, las verdes las estimulan con vehemencia, hasta el punto de salir de estampida nada más verlas.

O al menos todo eso era lo que percibían las miradas agigantadas de Ebrima, Bakary y Dembo, abiertas a todo cuanto daban sus párpados, como si tuvieran una necesidad perentoria e inevitable de absorber aquella selva desconocida lo más pronto posible, hasta su último detalle. Aunque niños, por experiencia propia sabían que en las junglas cualquier descuido puede resultar fatídico, que cuantas más cosas se sepan de ellas, más se asegura la supervivencia. Y, a fin de cuentas, todas las junglas en el fondo son lo mismo.

En Labruna simplemente vagaban, sin ninguna intención concreta ni lugar al que dirigirse, siguiendo el ritmo incomprensible para ellos de aquella ciudad, con gentes empeñadas en caminar por el mismo sitio, apartados de las fieras metálicas, parándose mientras ellas corrían, para proseguir con su camino cuando estas parecían cansadas y se detenían un instante para reposar. Solo les fascinaba ver cómo alguno de aquellos guerreros sacaba algo de su bolsillo, pequeño y por lo general metálico también, para aproximarse de inmediato a una fiera detenida. Entonces el guerrero le abría una boca lateral, se metía dentro de su cuerpo y la domaba, llevándola hasta donde él quería.

Por lo demás, hacía tiempo que se habían resignado a no encontrar un trozo de selva como a ellos les gustaba, con sus arboledas verdes y tupidas, atravesadas por ríos caudalosos de aguas impetuosas, entre las que se ocultan animales terriblemente misteriosos, que solo a veces se dejan ver para impregnarse de los perfumes y los colores de la superficie.

Al principio, cuando se les pasó el miedo de verse en un lugar tan alejado de casa, acostumbraban a sentarse juntos, espalda contra espalda, en cualquier esquina de la ciudad. Entonces cerraban los ojos. Nada más. Bastaba con eso para que los tres soñaran que todavía seguían allí, compartiendo las cosas que veían, los olores de la comida en la aldea, las voces de sus madres llamándolos. Pero, como al final siempre había que terminar por abrir los ojos, se cansaron de creerse los sueños falsos que ellos mismos inventaban. Hasta que, sin ponerse antes de acuerdo y sin decirse nada, no se sentaron en todo el día y ya nunca más volvieron a hacerlo.

Probablemente habrían terminado por convertirse en un habitante más de Labruna, domando fieras metálicas y circulando, como todos, por las calles de la ciudad, apresurados, nerviosos. Incluso podrían haberse parecido a los muchachos blancos con los que alguna vez se cruzaban, mirándose de reojo, aunque manteniendo siempre las distancias, temerosos de verse unos a otros. Esos chicos, los blancos, les resultaban muy extraños. Caminaban igual que sus mayores, se paraban donde ellos, llevaban las mismas ropas. Ebrima estaba convencido de que eran adultos encogidos. Lo había visto así en un sueño, con sus padres blancos podándolos todas las noches para que no crecieran y se mantuvieran siempre así, inalterables. Pero los otros dos hacía tiempo que ya no se creían nada ni de sueños, ni de magia, ni en el fondo de ninguna otra cosa. Resultaba imposible negar, en todo caso, que los pequeños blancos se comportaban igual que sus padres, excepto cuando en alguno de los pocos lugares despejados que quedaban en Labruna encontraban una pelota y se ponían a darle patadas, jugando, corriendo, saltando, sudando, enfadándose, siempre riendo al final. Si alguna vez, casi por inercia, se habían acercado a ellos, entonces el sueño de Ebrima se les contagiaba a todos y eran incapaces de ponerse a darle unas cuantas patadas a la pelota.

Así que a Bakary, Ebrima y Dembo únicamente les quedaba continuar vagando por la ciudad, a no ser que, por la razón que fuese, algún chico blanco insistiese en reclutarlos como futbolistas improvisados. Solo que un día se tropezaron con una tapia, medio escondida entre dos edificios, constreñida por tanto hormigón. Habían corrido a través de los montes, habían saltado árboles, habían atravesado países que parecían desconocer el agua, habían cruzado el mar en patera y se habían escondido entre los campos para que no los encontrara la policía, nada más llegar a Labruna. Eso sin contar que habían sido capaces también de acercarse a un lugar llamado colegio, donde muy pronto tendrían que ir todos los días, para aprender algo de español y otras cosas que ellos no acertaban a imaginar en ese momento. Incluso habían llegado a atreverse a cruzar las calles como los otros habitantes de Labruna, sin asustarse, esperando a que se pusiera de color verde el muñeco colgante que los observaba desde el otro lado. ¿Por qué no iban a poder con una tapia como aquella, que tampoco era tan gran cosa?

Y pudieron, desde luego, primero Bakary, el más ligero, después Ebrima y el último Dembo, que para eso dirigía la operación. Y mereció la pena. Allí detrás había un mundo mágico, escondido, o quizá oculto a los ojos de los árboles de hormigón y las fieras metálicas. Encontraron un jardín, sin plantas gigantescas ni aguas fluyendo a su alrededor, es verdad, pero lo suficientemente desordenado e imprevisible como para sentirlo salvaje, hermosamente salvaje por fin. Y, dentro de él, todavía más recóndita, había una mansión que a pesar de estar casi derruida y desvencijada, no podía ocultar que en otro tiempo había sido magnífica, imponente como un palacio.

Si alguien les hubiese explicado que, en realidad, habían tropezado con el jardín desahuciado de uno de los viejos caserones de Labruna, decidido a venirse abajo de un momento a otro, tampoco se lo hubiesen creído. Aquello era el sueño que reemplazaba al de los bosques frondosos de su tierra. Además, esta vez no necesitaban sentarse y cerrar los ojos. Lo tenían delante de ellos, lo podían tocar, correr entre sus zarzas o abrir la cristalera ajada que daba acceso desde el jardín a la casa y entrar en ella. Decididamente, era irremediable sentirlo como un paraíso secreto, lleno de magia y de enigmas que descifrar. Por si fuera poco, el nuevo sueño les permitía hacer muchas cosas, recuperar el brillo perdido cada vez que limpiaban el polvo de las maderas, reencontrar el color de los suelos, colocar los muebles en el sitio adecuado o devolver todo lo diseminado por cualquier parte a lo que debió ser su ubicación. La casa estaba contenta con ellos. Lo decía sin palabras, pero no dejaba de decirlo, recobrando día a día la vida que debió haber tenido tiempo atrás.

Desde aquel momento encontraron uso para la mochila que había encontrado Bakary en un descampado. La llenaron con los objetos más diversos que pudieran serles de utilidad en la casa, bayetas roídas, clavos y puntillas medio oxidados, el martillo mocho que había dejado el padre de Ebrima en casa, una brocha, incluso media lata de pintura blanca que había sobrado en una obra cercana. Así, todas las tardes se encaminaban hacia la tapia, livianos y emocionados, sin ver a los transeúntes con los que se cruzaban, sintiéndose a la vez invisibles para ellos.

Algunos, como Enrique, tampoco es que tuvieran demasiado interés en verlos. Lo mismo se había cruzado en alguna ocasión con ellos, quién sabe, en las ciudades cualquier cosa puede suceder sin percatarse demasiado, o nada, de ello. Pero, en caso de que lo hubiese hecho, lo único cierto es que habría mirado en otra dirección. Enrique había decidido no aguantar tantos negros como habían llegado a Labruna en los últimos tiempos. Entre otras cosas, porque estaba repleta de negros de todas las clases posibles. Había negros de verdad, los que venían del sur de África, pero también otros encubiertos. Para Enrique los moros y los sudamericanos eran negros disimulados, y los mulatos negros incompletos, y los gitanos negros estropeados, y las gentes de los pueblos de la sierra, cetrinos por el trabajo en el campo, también eran negros, o como mínimo estaban en camino de convertirse en negros. Cada vez que veía uno de ellos giraba la cara para otro lugar, tratando de evitar una realidad que, sin embargo, lo angustiaba, cada vez más.

Sencillamente tenía ya muchos años para aguantar todo aquello. Es verdad que tampoco salía demasiado a la calle. Los años de los viajes continuos fuera de la ciudad quedaban ya muy lejos. Entre sus achaques y la televisión prefería pasar la mayor parte del día en casa, tranquilamente acomodado en su sillón, cobijado por los retratos de sus hijos y sus nietos, cada uno en su ciudad y sus tareas, siempre frente a la fotografía de Carmen encima del televisor, que lo había dejado demasiado pronto. Cuando se veía obligado a pisar la calle, certificaba la sospecha de que los negros habían aumentado en la ciudad desde la última vez que se atrevió a salir. Cada vez crecía más en él una especie de pavor enfermizo, derrotado ante la inminente certeza de que Labruna se convertiría en una ciudad de negros, con lo que él pasaría a ser un extranjero en la ciudad donde había nacido y vivido la mayor parte de su tiempo. Para eso no faltaba nada, apenas un segundo, se podía ver y oler en el ambiente. Si por Enrique hubiera sido, los habría echado a todos, a los de todas las clases, de cualquier manera, los habría devuelto al mar, a los caminos polvorientos, a sus pueblos, adonde fuera, daba igual. El caso es que se marcharan de allí. A veces su disgusto era tan grande que, cuando por fin se decidía a flanquear la puerta de su casa, de repente se le olvidaba lo que había salido a hacer. Entonces cambiaba inmediatamente su ruta, como quien recibe una llamada telúrica que los demás no pueden ni tan siquiera descifrar, aceleraba el paso, para irse a la vieja mansión de sus abuelos, una de aquellas viviendas que todavía subsistía medio asfixiada entre los rascacielos de la ciudad. A pesar de que cada visita le suponía comprobar cómo se había desprendido un trozo de fachada o cómo se había oxidado otra reja, para Enrique la mansión de su familia continuaba siendo un auténtico símbolo de la auténtica Labruna, de lo que debería continuar siendo, como en tiempos de sus mayores, casi como un emblema capaz de sobreponerse al tiempo y a sus circunstancias.

Aquella tarde había resultado singularmente molesta para Enrique. Nada más salir se había topado con un grupo de escolares de vuelta a casa. Casi la mitad eran negros. De distintas clases, es verdad, unos más oscuros que otros como siempre, pero negros todos a fin de cuentas, conforme a sus particulares criterios. Luego había entrado en la ferretería de Manuel que, al menos hasta ese momento, había sido un hombre honrado, instalado desde toda la vida en aquel barrio. Recordaba perfectamente cuando llegó, en medio de un océano de bultos y bolsas variadas, siguiendo los rituales inamovibles de los lugareños de los pueblos, al trasladarse a la capital. Poco a poco la tienda de Manuel fue acomodándose a la ciudad, despoblándose de cachivaches y especializándose en cosas de ferretería. Por eso acudió a ella Enrique aquella mañana, en busca de unos tornillos para fijar la lámpara de casa, que andaba tan renqueante como él. Pero salió de allí inmediatamente, nada más poner los pies, sin comprarlos. A Manuel no se le había ocurrido cosa mejor que contratar a un dependiente negro. En realidad era un marroquí, moreno como la sombra de una higuera; esto es, negro para el caso, conforme a la percepción racial de Enrique. Para colmo, al volver a la calle, se topó de frente con un negro que no tuvo mejor ocurrencia que dedicarse a perseguirlo, contándole que tenía cuatro hijos, que apenas si comían, que estaban mal cobijados en un cobertizo y que necesitaba una limosna, la que fuera.

Enrique se angustió, sitiado y perseguido. Necesitaba huir, sin mayores preámbulos ni excusas, hacia la mansión de los abuelos para aislarse unas horas de todo aquello. La fachada había perdido unos cuantos sillares desde la última vez, amenazando una ruina más que seria e inmediata. Por fortuna no se separaba de las llaves de aquella casa. Las llevaba siempre encima, como si continuara habitándola, quizá porque nunca había terminado de abandonarla. Por eso, el mero hecho de tomar la llave para encarar la cerradura le suponía el principio de la vuelta al orden de las cosas, de un principio de paz profundo al que inevitablemente volvía siempre. Solo que, cuando terminó de girarla en el bombín detrás de la puerta estaban ellos, allí: uno, dos, tres negritos, tan inmóviles como él, mirándolo fijamente, como él a ellos. Entonces el pasado se hizo presente. Y no cualquier pasado, sino el peor pasado posible. Le había dicho mil veces a su padre, e incluso al abuelo, que el ventanal del jardín, tan exageradamente grande, algún día les daría un disgusto. Y ese día había llegado, cuando ya Enrique había pasado de padre a abuelo, solitario y ceñudo. Y, sí, los peores presagios imaginables estaban mirándolo ahora, tan aterrorizados como se había quedado él, con las cuencas de sus ojos desencajadas, blanquísimas entre su piel negra, la más negra de todas las posibles.

Se produjo un silencio prolongado, muy prolongado, que a los cuatro les pareció interminable, casi eterno. Nadie parecía estar en condiciones de moverse ni un solo milímetro. Lo mismo se habrían pasado toda la tarde así de no haberse descolgado un cuadro de la pared. Parecía condenado sin remedio a caerse y partirse en dos. Entonces Dembo abandonó a sus compañeros sin dejar de mirar a Enrique. Terminó de descolgar el cuadro y lo apoyó con sumo cuidado en el suelo, contra la pared. Tomó el martillo de la mochila y aseguró los clavos que andaban un poco sueltos. Luego volvió a colocar el cuadro en su sitio. Perfecto. Dembo recuperó su lugar, al frente de la formación. Continuó mirándolo a los ojos, fijamente, sin traslucir sentimiento alguno, más allá de una sorpresa infinita.

Fue en ese momento cuando Enrique recobró algo de movilidad. La suficiente como para mirar la habitación en la que estaba, la casa que su familia había levantado, en la que su padre y luego él habían nacido. Desde los mejores tiempos del abuelo, cuando él era muy niño, no había estado así. Tenía que reconocer que le gustaba, que hasta se emocionó al verlo todo en orden, tan hermosamente limpio. Transmitía de nuevo aquel aroma apacible, luminoso y calmo, que él nunca acertó a recordar mientras aquellas paredes estuvieron llenas de telarañas y polvo. Ahora era otra cosa, lo que tenía que ser, para lo que fue construida. Miró a los niños, uno, dos, tres, y negritos. Habían sido ellos, no cabía duda. Dembo continuaba fijo en él, sin un gesto ni malo ni bueno, sencillamente esperando a que se pronunciase, con una mezcla de respeto, expectación y súplica en sus ojos. Enrique agachó la cabeza, dio la vuelta y se fue, sin decirles una sola palabra, hablándose a sí mismo, o a alguien que ellos no acertaban a ver.

—¿Has visto eso, Carmen? Está justo como la dejó el abuelo. Han sido ellos. El abuelo estaría orgulloso de ver su casa así. Seguro. Mi padre fue demasiado apático en esto. Bueno, en esto y en todo, con su teoría del dejar fluir las cosas hacia su esencialidad. En lo tocante a vivienda eso se traducía en su manía de trasladarse a un piso. O lo que viene a ser lo mismo, en huir del caserón, del trabajo del jardín, de tantos pequeños detalles. Sus cosas. Su practicismo. Y yo también lo hice mal. Por respeto a mi padre, porque nosotros teníamos nuestra familia, por mis cosas, que también he sido un puñetero. Y mira que tú me repetiste siempre que era más que una casa, que era el espíritu del abuelo. ¿Tú crees que ellos habrán sentido algo así? Y son negros, Carmen, negros, aunque pequeñitos, es verdad.

El sonido de la puerta de la calle cerrándose no activó a los críos. Bakary y Ebrima observaban en silencio a Dembo, esperando alguna indicación, un simple gesto, algo que los orientara ante aquel imprevisto que los había despertado del último sueño. Dembo tardó un rato en reaccionar. Se fue hacia el ventanal, se detuvo frente a él y se puso a aspirar el aire que le cabía en sus pulmones, como queriendo embeber toda la esencia del lugar para transportarla a sus nuevos sueños, por si volvían a sentarse en una esquina, espalda con espalda. Luego continuó por todas y cada una de las paredes de la mansión, en un ritual que sus compañeros imitaron en silencio.

Cuando recogían sus cosas para marcharse, los interrumpió de nuevo el ruido de las llaves en la cerradura de la puerta. Esta vez Enrique atravesó rápido el pasillo y no se detuvo a la entrada del salón. Al parecer, ya no quedaba el más mínimo rastro de aquella frontera infranqueable que los había separado tan solo unos instantes antes. Volvía con una bolsa que se bamboleaba en su mano izquierda. Cruzó por delante de los muchachos y la depositó en la mesa que miraba al jardín. Se sentó, también sin muchos miramientos, y empezó a sacar, primero unos batidos, después una bandeja con cruasanes, recién hechos en el horno de Juan, otro sitio de la toda la vida.

—Bueno, si vamos a terminar de arreglar esto, tendremos al menos que merendar, ¿no os parece? Eso sí, a condición de que no me hagáis aprender vuestros nombres que serán dificilísimos, seguro. Yo os llamaré Víctor, Javi y Álvaro.

Les pareció. Los cruasanes eran uno de los pocos inventos de la selva de rascacielos que les habían llamado agradablemente la atención. Y los batidos de chocolate eran ya un recuerdo imborrable de Labruna. Tenían grabada en su memoria la tarde en que el padre de Bakary los trajo para celebrar con los pequeños que había cobrado su primer sueldo en la ciudad.

—¿Sabéis? Cuando tenía más o menos vuestra edad, me encantaba salir con mi abuelo de esta casa. Subíamos hasta el final de la calle y allí, como ahora, en la misma esquina frente a la plaza, el padre del señor Juan tenía también una tahona. Armando, se llamaba Armando, y el señor Juan era un mocoso que apenas llegaba a ayudarle. Eso sí, ya hacían entonces estos cruasanes. Exquisitos. Son realmente únicos en toda Labruna. Los mejores, no cabe duda.

Los pequeños comprendían a medias lo que les estaba diciendo. Pero se acercaron en silencio, prudentes, cada vez menos temerosos, hasta la mesa, aunque no tomaron asiento. La rodearon puestos en pie, observando muy ceremoniosos a Enrique que parecía un gurú entre sus discípulos. Entonces levantó la bandeja de la mesa y se la ofreció a los pequeños.

—Nunca los tomé allí, en casa del señor Armando. A mi abuelo le gustaba traerlos aquí, sentarse en este mismo lugar y contarme cosas de cuando era niño mientras yo merendaba.

Mordieron los cruasanes y, realmente, comprobaron que estaban tan sabrosos como sugería el olor que desprendían. Después abrieron los batidos. Eran los mismos, como la tarde con el padre de Bakary. La combinación de cruasanes y batidos de chocolate era todavía mejor. Nada podía compararse con eso.

—Yo nunca terminé de comprender aquello del todo, cosas de mi abuelo. Y es que para mí era impensable que mi abuelo hubiera sido niño alguna vez. Yo creía que había sido abuelo desde siempre. Y ya veis, ahora estoy yo aquí sentado, contándoos historias de cuando era niño. Así es la vida, hijos. Espero que algún día contéis esto a vuestros nietos.

Dejaron vacíos los batidos sobre la mesa. Bakary se limpió la boca con su brazo izquierdo. Así, impregnado de batido, su piel negra relucía con el último sol de la tarde que se filtraba a través del ventanal. Dembo lo miró recriminatoriamente, antes de cerrar la fila con la que se encaminaban hacia la puerta de la calle. Se volvió para dar las gracias cuando iban a alcanzar la puerta de salida. Mientras recogía los restos de la merienda, Enrique les dijo sin mirarlos:

—Mañana podéis volver. Yo me encargo de los cruasanes y los batidos, no padezcáis. Y venid por la puerta. Yo os estaré esperando, que os vais a matar con la tapia esa. Pero dejad que me eche una siestecita antes de venir, que ya estoy viejo. A las cinco y media es buena hora.

Intuyeron lo que les quería decir. Y volvieron. Lo esperaban junto a la puerta, en una fila perfecta encabezada por Dembo. Merendaban antes que nada, para después continuar arreglando la vieja mansión. Enrique suministraba los materiales y dirigía las operaciones, daba instrucciones, recordaba cómo estaba todo cuando él vivía allí, con sus padres y el abuelo. De noche, sentado en su sofá, después de cenar, frente al retrato de su esposa, Enrique tenía puesta la televisión, aunque en los últimos tiempos no le hacía caso.

—Carmen, me paso el día esperando que lleguen las cinco y media. Tiene narices la vida. Están dejando el jardín impecable. En eso son auténticos expertos. No te puedes figurar lo pronto que han aprendido a manejar las herramientas que les he comprado. Además, yo creo que cada vez están menos negros.

Al principio solo Dembo se atrevía a mirarlo y a dirigirle la palabra, siempre respetuoso, aunque firme en sus observaciones.

—Este color no tan claro como Vd. cuenta, señor Enrique.

—¿Tú crees, Álvaro? Puede. Ahora que recuerdo el abuelo era un hombre de tonos más crudos. A ver, Javi y Víctor, dad un par de brochazos para que los veamos sobre la pared. Pues llevas razón, hijo. ¡Qué buena imaginación tienes, puñetero! Hay que aclarar un pelín.

Con el tiempo, Bakary y Ebrima se unieron a las conversaciones. Enrique también incluso se permitió intercambiar bromas con ellos.

—Víctor y Javi, dejad de hacer piruetas, que esto es Labruna, ya no estáis en la jungla. Anda Dembo, díselo tú en vuestra lengua, a ver si te hacen caso, que un día de estos se van a partir la crisma.

Cuando empezó el colegio acordaron no trabajar hasta el fin de semana. Los días de clase iban allí al salir de la escuela, para hacer sus tareas con Enrique. Se sentían protegidos mientras la voz de su amigo los enseñaba a leer y escribir, o los adentraba en los misterios recónditos de los números. Enrique al principio se ponía muy ceremonioso, levantaba el dedo índice y los miraba en silencio. Después, cuando ellos lo comprendían, esbozaba una medio sonrisa, satisfecho, orgulloso, aunque nunca se lo dijese a ellos.

—Enrique, ¿tú eras maestro, verdad? —le preguntó un día Dembo, prudente como quien se adentra en un secreto celosamente guardado durante muchísimo tiempo.

Enrique rio como hacía tiempo que no conseguía hacerlo. Luego puso su mano sobre la cabeza del muchacho, comprobando cómo lo miraba con picardía.

—Es muy listo el señorito Álvaro. Pero esta vez se ha equivocado. Yo fui arquitecto, construía monstruosidades como esas tan altas que llegan a oscurecer el cielo. Aunque nunca en Labruna, las cosas como son. Claro que eso no es un consuelo, ¿verdad, Álvaro?

Dembo lo miró un tanto extrañado e incrédulo. No acertaba a saber si lo comprendía del todo.

—Sencillo, Álvaro, lo importante es no hacer nunca el mal, ni a nadie ni en ningún sitio. Sí, yo nunca quise contribuir a destrozar Labruna. Pero destrocé otros sitios. Para el caso es lo mismo, ¿no crees?

—De todas formas, es que explicas muy bien.

—Claro, como que he sido padre. Eso también lo entenderás cuando te toque a ti. Ya verás.

Había pensado contarle a sus hijos lo de la mansión del abuelo. Pero temió que volvieran con lo de que estaba perdiendo facultades, que vendiera el piso, y por supuesto la casa, para buscarse una buena residencia. Eso si no le mandaban a los de asuntos sociales. O a la policía. Capaces eran. No hacía falta contar nada. La verdad es que entre los cuatro estaban dejando una casa preciosa, hasta mejor que en los tiempos del abuelo de Enrique.

 


 

Francisco García Marcos. Es profesor de Lingüística General en la Universidad de Almería. Ha publicado libros sobre dicha temática y, también, ensayos como La Divinidad Políglota o La Trastienda de la enseñanza de lenguas.

📩 Contactar con el autor: fgarcos [ at ] gmail[dot]com

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🖼️ Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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