relato por
Javier Garrido B.

 

E

n los intervalos del insomnio, una pesadilla recurrente me asedia. En la habitación desmantelada, por cuyas paredes filtran hilos de agua sucia, está una mujer alta, de cabello rojo. Permanece de pie, completamente desnuda, pero me observa con unos ojos que no son humanos, ojos de animal de rapiña, ojos amarillos de lechuza. Por su piel demasiado blanca corren frías vetas azules y el triángulo negrísimo de vello pubiano le confiere a su presencia un carácter perentorio. A sus pies retoza un gato y en otro lugar alguien llora.

Para obviar la mirada de la mujer intento volverme, pero es inútil, pues estoy frente al espejo y en él se repite puntual toda la escena. Ella ríe, burlándose de la futilidad de mis esfuerzos. Por la garganta siento subir las patas rasposas de un insecto y es que voy a vomitar, pero logro contenerme y entonces escupo al escarabajo de élitros dorados que vuela hasta ir a enredarse en el cabello rojo de la mujer. Entonces advierto que en mi inconsciencia han avanzado desde la oscuridad dos sombras, dos íncubos de mediocre estatura y brazos muy largos, semihombres y semimonos que sin una palabra flanquean a la hechicera. En sus rasgos simiescos veo un odio inmemorial, que se reconcentra cuando a una señal convenida se despojan de las máscaras y exponen sin pudor sus rostros sin rostros, meras masas de carne sanguinolenta en la que tajos horizontales hacen las veces de ojos y bocas.

Y una vez más, la mujer ríe, en tanto que en algún lugar persiste el llanto bajo y entrecortado, remotamente pueril.

«Esto es un sueño» repito sin convicción, porque comprendo bien que la trampa se ha cerrado y que la gota ambarina seguirá cayendo sin fin hacia la jaula de cristal, incansable y rotunda como una locura premeditada.

De un salto el gato trepa a los brazos de la mujer, para hundir la cabeza entre sus pechos. Lúdico y lascivo, comienza a mordisquearle los pezones rosados, pero ella desdeña esta caricia y con un golpe seco le quiebra el cuello y procede a devorar el cadáver con dentelladas precisas.

«Esto es un sueño», repito, sin convicción, sin esperanza.

«Repites, sin convicción», interviene la segunda voz a mis espaldas.

«En verdad, es lamentable», recapitula el otro.

La hechicera de cabello rojo ahora echa la cabeza hacia atrás, los labios distendidos, abiertos en una mueca cruel que descubre los dientes blanquísimos y sangrientos, una carcajada inmóvil y silenciosa, mientras sus secuaces se precipitan a atenazarme por brazos y piernas. El hedor que me lacera y en otro lugar el llanto sereno y apacible y el rumor acompasado de los latidos del corazón y de la sangre pulsátil en las arterias como ríos incontenibles, que me sofocan, y ante el abrazo mortal me debato sin fuerza, de antemano vencido por el sortilegio de un sueño.

«De antemano vencido», repite la segunda voz.

«En verdad, es lamentable», interviene el otro.

Y prosiguen en su metódica conversación, aunque ya no veo a la mujer, pero en mi mente persiste la imagen insoportable del triángulo de vello oscuro contra la piel lechosa y veteada de azul como un silencio de pez rojo en la presencia viscosa de unas manos o garras que me precipitan al pozo y que ya no me dejan oír ese llanto desde otro lugar, algún lugar, mientras mis carnes se disuelven en una caída sin fin aunque desde muy atrás las voces indiferentes prosigan en su conversación tan metódica.

«Mala suerte», repite alguien.

«Lamentable», le responden.

«Como un pez rojo».

«Así es».

Me despierto.

Estoy bañado en una transpiración viscosa y seminal, maloliente, y la luz sesgada de la luna me hiere desde la persiana mal cerrada. Las aspas del ventilador giran perezosamente, produciendo un rumor entrecortado, hipante. Aún no muy seguro, tanteo entre la ropa de cama. Estoy solo. En la penumbra refulge la esfera del reloj despertador.

Puedo respirar con tranquilidad. O, quizás no, aún.

Una puerta se cierra, despacio. Luego, pasos furtivos.

¿Ha entrado alguien?

Me levanto y escucho atentamente. Ningún ruido extraño. Apago el ventilador y un silencio espeso, ominoso. Nada. ¿O sí? Por fin distingo aquel llanto quedo, pudoroso. ¿Dónde? Lejos, acaso en el apartamento de al lado, o cerca, en el corredor. Impaciente, empujo la puerta. No hay nadie, pero mis pies tropiezan el cuerpo exánime del animal, aún en las postreras convulsiones de la agonía. Es un gato negro al que le han fracturado el cuello, como lo demuestra la antinatural posición de la cabeza. No me detengo a observarlo.

¿Por qué está ahí ese animal?

A lo lejos, la puerta que se abre. Vuelvo a mi cuarto sin esperar más.

—Fue sólo un sueño —repito en voz alta, sin comprender bien por qué.

—Tienes razón. Lástima que lo hayas olvidado —me responde el otro.

 


 

Javier Garrido Boquete. (Caracas, 1964). Médico graduado en la UCV, Pediatra e Intensivista Pediatra. Actualmente residenciado en Nueva Esparta. Primer Premio del II Concurso de Narrativa «Miguel de Unamuno» del ICIV. Cuento: Máscaras. (1989). II Premio del VIII Concurso de Cuentos «Lola de Fuenmayor». Cuento: Problema digestivo. (1989). II Premio del IX Concurso de Cuentos «Lola de Fuenmayor». Cuento: Lectura interrumpida (1990). Primer Premio, mención Narrativa, en el Primer Concurso Literario «Simón Bolívar» (Juan Griego). Libro de cuentos Viernes (1990). Primer Premio, mención Narrativa, en el Concurso Literario de FONDENE (Nueva Esparta). Libro de cuentos: La muñeca descalza (1991). Ganador en Mención Narrativa del Concurso Municipal de Literatura de la Alcaldía de Porlamar. Libro de cuentos: Invitación a la danza (1992). Mención en el II Concurso de Cuentos «Salvador Garmendia» (2007). Publicaciones: Viernes (cuentos). Porlamar, 1992. La muñeca descalza (cuentos). Porlamar, 1993.

🔗 Web del autor: https://esoslibrosqueheleido.blogspot.com/

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Ilustración: Fotografía por David Gomes (Pexels) · Public domain

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Revista Almiar (Margen Cero) n.º 116 mayo-junio de 2021

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