relato por
Alexandro López Baquero

 

I

 

A

llí lo decidimos. Ágatha me insultó a la medianoche porque en mi solapa detectaba —como el hedor de un plato podrido— el crimen de una fragancia. Te has estado viendo con esa bruja… te ha manchado la cara, decía tras horas de obsesa profecía; encabronada, hedionda a cigarrillo, enterrada en los funerarios polvos del cenicero. En esos instantes se convertía en una bestia mítica, sus fauces derramaban un canto soez y maldito, se me acumulaban nubes de frío en la barriga. Y si algún impávido insecto removiera el aire de los momentos, cual ángel mítico de los diablos, caería envenenado como si su palabra tuviera un sentido aniquilador. Cuando decidía batirme frente a sus vilipendios que, recuerdo, ya nada aludían a mi subrepticia llegada de las noches, reproducía un teatro farisaico con el deceso, me asustaba con esa expresión pétrea y similar a la estatua, desdeñada a los rincones, sosteniéndose el corazón como auténtica víctima de dramas.

 

II

 

Para aquella semana que recibimos a la gatita, sabíamos que vernos al rostro era, ya, génesis de la guerra. Sin embargo, el odio acababa de tocar la orilla de un amor sublime que nos impedía abandonar irremisiblemente nuestros contactos. Debíamos estar lejos, sí; pero donde acercarnos fuera rápido… necesariamente rápido.

El consenso fue más complejo de lo que parecía, así habíamos quedado: este lado de la casa (del pasillo para acá), sería mío. Conservaría la poltrona donde, esperándome, me invadía de los terrores con que Perseo llegó a la ruina inhóspita de la Gorgona. Me quedaba con el cofre de fotos, los archivos acumulados de nuestros estudios recientes, y toda memoria de la relación que hacía un truco fantasmal en la bóveda de mis ojos cerrados. El lado de allá, sería el suyo. Se quedaba con un armario de roble, una habitación apretada donde, tiempo atrás —mucho antes de todo eso—, nos gozábamos el cuerpo lleno de saliva, a puerta cerrada como debiendo a la Soledad un respeto. También se quedó con aquella ventana ovalada que nos recibía, recién salidos del coito, casi desnudos, apenas con una bermuda de trapo y la blusa satén que resbalaba de su espalda como los líquidos tiernos.

Solo esa puerta intermedia y barnizada, con un agujero inferior donde la gatita alternaba un horario de caricias intensas… constituía la frontera. Por fortuna ambos lados de la casa desembocaban a las calles de un gueto aterrador y lleno de historias, por lo que la decisión no entorpecía el transcurso de nuestras vidas. Seguí mis estudios (no sé ella), trabajaba para la comida; me reunía con mis compañeros —Bruno, Juan y Mario— después de un recorrido de burdeles y comerciales tugurios, y en las noches me besaba en secreto con la bruja de sus profecías. Me atrevo a presumir que tejía, daba comida a la gatita, escuchaba la música de antiguas baladas, casi desnuda buscaba un marido, pero en las noches deseaba mi pronta llegada en hechizos cristianos y misteriosas letanías. Los escuchaba en la puerta con la oreja sobre la bisagra, fisgona y congelada, como una cucaracha deseando traspasar las sombras de su rendija.

Por un tiempo fue fácil convivir como metidos en dos dimensiones lejanas, muy parecido a lo que nos hacía falta. Mis necesidades se aplacaban con un sexo de pasatiempos, y la compañía de mis amigos. Solo la gata que se arrugaba en mis rincones y se lamía con aires de lujuria felina, suponía un estorbo luego de entrar a su lado con majestuosa insolencia, moviendo su irónica cola de criatura viperina.

No volví a los bares del gueto, los estudios llevaban años concluidos, lo recuerdo muy bien; convertí mi lado en un club de bufones. Conversábamos la vida de otras gentes; en nuestra boca se pudrió la reputación de muchos inocentes. Mencionábamos, en el cenáculo, a Faulkner, inventábamos sobre Cortázar, adorábamos el criollismo de Pietri. Cada vez fuimos hablando menos de ella: siempre que vengo está allí metida, decía Mario, después de una tertulia basada en la belleza mitológica de las mujeres griegas; y casualmente nos traía su recuerdo. Al instante mis ojos sondeaban la puerta fronteriza, y su sombra se movía en el umbral con el ritmo cariñoso de los péndulos. El tiempo viajaba en las reuniones con disfraz de poca existencia, sus minutos imperceptibles se acumulaban en nuestra piel como unos años, las formas del rostro lleno de razón adoptaban terrenos de lustros y agobiada merluza, las expresiones se nos restaban del semblante. Yo era el último en sucumbir a los efectos, me quedaba en vigilia viendo sus ojos apagarse, cantando los pasajes de una escena onírica, esperando los sonidos suaves de la mañana cuando sus rostros anochecían. Pensaba regularmente en las muertes que le pasarían factura a Ágatha, los elementos de su espíritu no eran más que sus venenos. Pronto, de esa rendija ya no saldrían las sombras, sino el olor de su deceso.

 

III

 

Recuerdo que una tarde suave y de poca bulla, me encontraba con la bruja en el sillón. Por un tiempo estuvimos conscientes respecto a la médula de nuestras visitas. Ella era una mujer menor, no merecía desperdiciar su fantasía en mi madurez. Sin embargo, insistía en acercárseme tanto en edad, que parecía cambiarse los años con artes de delicada pintura: dejó las prendas escotadas por telas gruesas y protectoras y los perfumes fueron reemplazados por la crema de las viejas señoras. Mario acababa de marcharse, los cojines quedaban con fotos en las que confirmábamos citas de la memoria. A pesar de que la bruja proponía algunos lugares para la relación, un mensaje subliminal que ignoraba las décadas que teníamos por brecha, nos conducía al sillón donde le quitaba intensamente los camuflajes. En una danza monótona, donde la fuerza era el término de las sensaciones, encima de mí, arrugaba todo lo que escondía mi espalda: las olas de una sábana, y las fotos aplastadas, sus manos de azules venas retorcían el tiempo de las fotos, como si así de fácil se olvidaran. Después de esos momentos la escena se volvía enigmática cuando el letargo se manifestaba. Había algo despierto en aquellos sueños, un elemento encendido entre lo que recién se había apagado, el ascua reciente de los carbones. Y cuando me quedaba analizando a la bruja arropada en las figuras de la mañana, me embarcaba una sensación de vulnerabilidad, una apertura misteriosa del espíritu, esa sencillez sumisa de la flor cuando se abre ante las madrugadas. En ese instante que cualquier cosa podía entrar a mi vida, la bruja se despertó y me acarició la mano. Miré con temor a la puerta de las fronteras por si la sombra de Ágatha delataba previas vigilias, o si la gata aparecía súbita para contemplar las traiciones. Comenzamos a hablar de la vida, la bruja hizo observaciones indiscretas a las fotos y con gusto le conté los detalles de cada historia. Cuando tres fotografías de Ágatha se descubrieron, la bruja sintió un motivo evidente para indagar los misterios de su presencia: ¿quién es ella? Y en el detalle superficial de su vida quiso saber dónde residía. Miré desconcertantemente a la puerta y dije la verdad como una mentira perfecta: Está del otro lado.

Lo siento mucho, mencionó, ¿hace cuánto?, preguntó temerosa. Hace años, respondí. ¿Qué acabó con ella? indagó sin quitar los ojos de las fotos. Ella misma, le correspondí sin quitar los ojos de la puerta. Se veía alegre, apuntó limpiando el lienzo como si la alegría fuera el polvo de las fotos viejas. Todo se ve diferente de este lado, volví a responder.

 

IV

 

Una noche tuve una impresión no menos horrible que impresionante. Quizás ya me había cruzado sus sombras en la parada de la buseta o en la plazoleta del gueto; puede que en las aglomeraciones del mercado, o en el banco dando de comer a los perros. Pero a esas alturas del olvido y de los años, temo que no bastaba una espalda ni una sombra para reconocernos. Estaba solo y me sentía olvidado. Meneaba el whisky, los cubitos de hielo danzaban al azar como los dados. De pronto la manilla de la puerta intermedia trató de girarse y se me cayó el vaso del susto. Una parte poderosa de mí había dejado de creerla. Pensaba que ya no estaba allí, que ya se había marchado. Esa ligera epifanía me hizo pensar en los fantasmas. En su lugar, salió la gata forzosamente; estaba cansada. Se puso a caminar con cierta obligación cuando te empecé a necesitar. Tumbé mi espalda sobre el sofá y lloré. Me hizo falta tu abrazo y acepté que se montara en mis piernas. Le acaricié el lomo apasionadamente, deseaba sentir la última caricia que le habías dado. La gata me miró desorientada, sus ojos eran como dos grises lunas porque de un momento a otro había perdido la vista. Sonreí malévolamente como si en ese par de cristales se borraran las evidencias. Al siguiente día la encontré tiesa en el tapete con los colmillos sobre el labio, y en sus descoloridas pigmentaciones pude comprender que los tiempos ya habían pasado.

 

V

 

Eran discusiones.

Las paredes de mi lado ya no tenían el color, burbujas húmedas se esparcían en ella. Tres días antes fue el velorio de Bruno, el último de mis amigos. La gabardina negra del pantalón estaba en un rincón acicalada, la cazadora negra colgaba de una percha, los oscuros mocasines indecisos en un rincón, como presagiando el advenimiento de próximos lutos. La puerta intermedia reflejaba años de antigüedad. Pegué la oreja. Las discusiones venían del otro lado. Presté atención lo más que pude, queriendo aislar la voz de Ágatha en ellas. Me armé de coraje y abrí la puerta, gritó dolorosamente sobre sus goznes. Del otro lado se coló una nube de polvo desagradable. Entré a la penumbra de una guarida oscura. El armario de roble lo recordé de golpe. El somier de color vino donde hacíamos el amor, me llenó de vacíos y la ventana ovalada me trasladó a los horizontes.

Había tipos extraños discutiendo. Analizaban escrupulosamente el bulto que había sobre las sábanas. Me acerqué al borde de la mesa de noche y contemplé con tristeza su figura: estaba pétrea y tan gris como las estatuas, unos ojos sellados arrugados como dos ciruelas, y las viejas sábanas de romance eran las mantas que cubrían su milenaria figura de momia.

Uno de los tipos, tapándose la nariz, alzó sus ojos hacia los míos. ¿Señor, con el respeto que merece su edad, ha estado todo ese tiempo allí? Me preguntó un poco alarmado. Sentí un remordimiento filoso, el miedo de ser involucrado me hizo decir frases sin sentido: Aunque he permanecido allí… hemos estado muy lejos.

 


 

Alexandro López Baquero

Alexandro López Baquero: «Amante de la lectura desde los nueve años. Fanático indiscutible de la saga literaria de Harry Potter, mediante la cual mi madre inculcó el amor a los libros desde temprano. Destaqué, muy pequeño, en habilidades artísticas: escritura y dibujo. Estudié en el colegio Teresa Carreño de Caracas, donde conocí el ajedrez, cuya influencia accidentalmente cultivó, aún más, el amor a las letras. Estudié ingeniería en la Universidad Simón Bolívar; pude allí labrarme una reputación moderada en algunos docentes; a través de escritos y los cotidianos ensayos de tarea. Dejé mis estudios inconclusos, porque emigré al Ecuador donde actualmente desempeño la carrera de periodismo en la UTPL (Universidad Politécnica Particular de Loja), de la mano con la práctica diaria de escritura».
alex27.lopezb [at] gmail.com

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Ilustración: Detalle de fotografía por CJ, en Pixabay [dominio público]

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 110 · mayo-junio de 2020

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