relato por
Francisco García Marcos

 

D

e entre las muchas virtudes de Lluís Bartrina, como es natural, mi preferida era la que inventó, especialmente para mí, aquella delicada precisión para acariciar mi nariz con la yema de su índice, llamándome «patufet» y esbozando una sonrisa tenue, casi imperceptible. Todas y cada una de las imágenes que conservo de él están asociadas a esa sonrisa, siempre un punto melancólica, invariablemente apacible y cauta. Yo aprovechaba su sonrisa para adentrarme en lo más recóndito de Lluís, deslizándome a través de un tobogán invisible que siempre me proyectaba hacia una atmósfera imaginaria, cálida y tierna, en la que yo soñaba flotar durante horas y horas. Pero todo eso sucedía casi en secreto, como si no debiéramos molestar demasiado al mundo que quedaba fuera de nosotros dos. Y es que en mi mente infantil, aunque fuera de manera nebulosa e imprecisa, había empezado a percibirlo tal cual era. Porque Lluís Bartrina transitó por la vida desde una modestia consustancial, sin distorsiones, educado y afable, siempre enfundado en un traje —beige, gris, azul marino, dependía de la estación—, con la corbata que parecía recién anudada a cualquier hora del día, las impecables gafas doradas, el pelo hacia atrás, sujeto con una pizca de gomina, la mirada marrón, amable y discreta, en cualquier circunstancia y momento. Lo recuerdo ya así desde que yo era realmente un patufet como el del cuento popular catalán, un niño que casi debía cantar por la calle para no ser atropellado por los transeúntes.

Lluís Bartrina llegó a Terralló siendo él mismo un patufet, recién concluida la Guerra Civil Española, cuando su madre emigró desde una comarca del interior de Cataluña para servir en casa de un industrial textil. En aquellos momentos Eulalia era una viuda perseguida por todo, por el hambre, por la ruina de las tierras, por las ausencias de los suyos, incluso por los dos bandos que habían estado en conflicto. Cuando conoció a su marido, Felíu ya militaba en el Bloc Obrer i Camperol. Siempre se dedicó en cuerpo y alma a cuanto la vida fue poniéndole por delante, sobre todo a la tierra, a su familia y a la causa revolucionaria de los campesinos. Recién nacido Lluís, en 1935, siguió a los camaradas que fundaron el Partido Obrero de Unificación Marxista, firmemente convencido de que estaban alumbrando un auténtico embrión revolucionario que cambiaría España entera. A partir de entonces, en el comedor de casa presidieron las fotos de Joaquín Maurín y Andreu Nin, los dos emblemas del POUM. Maurín parecía estar en un páramo, protegido del viento por un jersey bajo la americana, con el pelo revuelto y los ojos entornados. Nin, en cambio, los miraba serenamente desde el otro lado de unas gafas redondas que le daban un aire rebelde e intelectual. Nada más tener noticias del inicio de la Guerra Civil, Felíu se alistó de inmediato en las milicias populares de la República. Combatió a los fascistas en el frente de Aragón, aunque pronto la dirección del partido prefirió trasladarlo a Barcelona, para que se encargase de formar a nuevos cuadros, tan necesarios en aquellos momentos. Todo cambió en junio de 1937, muy lejos de las tropas enemigas, del estruendo de las armas y del frente. Los comunistas catalanes decidieron aplicar las órdenes de Moscú y limpiar la retaguardia de anarquistas y trotskistas, entre los que el partido de Felíu encabezaba la lista de sospechosos por sus críticas acérrimas a Stalin. Detuvieron a Felíu en el despacho de Andreu Nin, aunque a él no lo trasladaron a Madrid. Lo ajusticiaron en una cuneta a la salida de Barcelona, junto a otros dirigentes del POUM, esa misma tarde. Luego hicieron desaparecer su cuerpo, sin que el episodio llegase a constar nunca en registro alguno. A Eulalia tampoco le dieron mayores detalles. Un buen día dejó de ser la compañera de un revolucionario heroico para convertirse en la esposa de un traidor a la causa. Requisaron su vivienda, quemaron las cosas de Felíu y le retiraron la documentación republicana. Más tarde no hubo sitio ni para ella ni para el pequeño Lluís en ninguna de las columnas que se encaminaron hacia Francia, huyendo del avance inminente de los fascistas. Y, cuando estos llegaron, Eulalia volvió a ser una republicana confesa, a la que raparon y obligaron a beber aceite de ricino hasta que ya no pudo tenerse en pie. Después la pasearon por todo el pueblo, defecando como un animal a causa del purgante, al tiempo que la banda municipal interpretaba los acordes de una marcha circense. No derramó una sola lágrima ni le oyeron la más mínima queja. Esperó, lo justo, hasta que el primer furor de la victoria se aplacase, porque todo en este mundo termina antes o después. Tocaba sobrevivir como fuese. Con Lluís muy pequeño, sin amparo de nadie, con más tumbas que vivos en su pueblo, Eulalia optó por lo más sensato. Puso tierra de por medio y se difuminó con su hijo en la masa desconocida de una gran ciudad que, a pesar de la posguerra, tarde o temprano habría de expandirse, incontrolada y anónima al ritmo de las oleadas incasables de inmigrantes que iban llegando desde todas partes. Allí pudo crecer Lluís, como un niño más, al menos en apariencia, aunque en casa siempre conservaran una distancia contenida, un miedo latente, que terminó por convertirse en un modo de ser. Cantó todas las mañanas el Cara al sol en la escuela nacional, recitó de memoria el Padrenuestro y los Principios del Movimiento Nacional de Franco, hizo la Primera Comunión y durante años asistió como monaguillo en la parroquia del barrio. Lo inscribieron en el Frente de Juventudes y vistió sin estridencias su camisa azul con el emblema fascista del yugo y las flechas bordados en rojo. Nunca perdió de vista, sin embargo, que todo aquello constituía una impostura tan mayúscula y repetida, como inevitable para seguir adelante. Y esa fue su divisa durante el resto de sus días, proseguir, sortear las adversidades sin estridencias porque, a fin de cuenta, la vida era una sucesión ininterrumpida de ellas. A partir de los catorce años fue a vendimiar a Francia, todos los años, en septiembre, enlazando con las cuadrillas que venían del Sur de España y se detenían en Barcelona para hacer la última escala de su viaje. A Eulalia la convenció diciéndole que quería aportar algo a casa. Y era verdad. Aunque en él también latía el deseo, inconfesable y a la vez difuso, de conocer por fin aquel mundo tan distinto al que no habían podido tener acceso y que se había quedado ahí, flotando como un anhelo, envuelto en un aura de lugar prometeico y liberador. Con el tiempo, las visitas a Francia terminarían siendo jalones indispensables que encauzaron el rumbo de su vida. El francés que aprendió durante las campañas de otoño le sirvió para conseguir traducciones en el mundo editorial que empezó a resurgir tímidamente en Barcelona durante su primera juventud. Con esos ingresos, con el trabajo de camarero los fines de semana en el Paralelo, Lluís se trasladó a la capital donde estudió Derecho en la Universidad Central. Fue un buen alumno, regular, sistemático y también comedido. Nada más licenciarse, empezó a preparar unas oposiciones a secretaría de ayuntamiento. Las aprobó con un número prudente, ni destacado ni postrero, suficiente en todo caso para elegir Teralló como destino. Volvió una mañana de verano, en el primer tren, con un traje beige recién estrenado y una pequeña maleta en la que cabían todos sus años de estudiante. Antes de tomar posesión en el despacho del alcalde, tuvo tiempo de apalabrar la compra de una casa en la Plaza de la Cruz Grande, en el norte de la ciudad, dentro de lo que fue un antiguo pueblo absorbido por el desarrollo urbano de los años 20. Aquellas callejas, cortas y silenciosas, todavía conservaban un cierto aroma rural, no tan distinto al pueblo que en el fondo su madre añoraba, aunque no se atreviera a reconocérselo ni tan siquiera a sí misma. En el ayuntamiento fue breve y efectivo. La felicitación formal y distante del alcalde, un alguacil conduciéndolo a través de aquellos pasillos, su despacho y una jornada de trabajo completa, como si no hubiera pasado nada señalado apenas unos momentos antes. Al terminar puntualmente la jornada, abrió el balcón del despacho que iba a ocupar el resto de su vida. Observó un instante el bullicio de la Plaza Mayor y se fue a buscar directamente a su madre. Le enseñó su nueva casa y la invitó a comer en un restaurante cercano, que todavía conservaba recetas de cocina tradicional en su carta. Aquella misma noche durmieron allí, como el resto de sus días a partir de entonces. Eulalia nunca más volvió a trabajar fuera de su casa.

Su nueva vida no le hizo variar un ápice su forma de ser, ni dentro ni fuera de su despacho oficial. Diligente, impecable en el trato y el trabajo, afable con sus vecinos, atento con cualquiera que se acercara a pedirle no importaba qué cosa, siempre sutilmente generoso en la calle. Pronto alcanzó un prestigio intangible, un aprecio sin adjetivos concretos que lo acompañaba en cualquier lugar donde se encontrara. Cierto que obtuvo reconocimientos oficiales que, en todo caso, siempre declinó hacer públicos. Incluso recibió una carta del palacio de El Pardo, con una foto autógrafa del Caudillo, en la que Franco lo felicitaba por la impoluta organización de una de sus visitas a la ciudad. Los reconocimientos oficiales tampoco podían afectarle demasiado, entre otros motivos, porque ya lo acompañaba una autoridad moral, amable e intangible, que se había transmitido casi por contagio entre todos los  habitantes de Terralló.

En el ayuntamiento tuvo que coincidir necesariamente con mi padre. No sé cuántas veces se cruzarían por la mañana en el vestíbulo, cuántos pasillos compartieron o cuántos saludos formales intercambiaron antes de ser amigos. Seguro que no fueron muchos porque estaban predestinados a estimarse, sobre todo y principalmente, porque ambos fueron personas de bondad integra, sin fisuras. Así fue cómo desde siempre, desde que me recuerdo a mí mismo, viví con un índice sedoso acariciándome de vez en cuando la nariz, recordándome que era un patufet.

Claro que eso fue sólo el principio. Más adelante siguieron otras cosas, todas generosas y sentidas. Porque cuando enfermé de bronquitis, todavía muy niño, Lluís consagró sus vacaciones a purificar mis pulmones. Aquel verano renunció a viajar a Francia. Se perdió con nosotros en una pequeña aldea del Pirineo, entre pinares que habían de limpiar mi maltrecha salud. A Javier, mi hermano mayor, no le gustaban las montañas. Se pasó el verano enfadado, leyendo cómics y protestando por cualquier cosa, excepto cuando salía a la plaza para jugar a la pelota con los niños del pueblo. Yo no participaba de aquellas sesiones que podían durar una mañana o una tarde entera. Los chicos mayores me habrían atropellado a las primeras de cambio. Y, encima, para mí Lluís tenía preparada otra actividad. Me compró un sombrero de paja y todos los días trepaba con él por los montes. Fue allí donde me enseñó a orientarme en la naturaleza, a escuchar sus matices, a reconocer sus olores, a desentrañar sus direcciones ocultas entre la vegetación.

Desde aquellos días nunca dejó de enseñarme algo, siempre de acuerdo con su ritmo distendido y espontáneo, capaz de insuflarle un toque de alegría a la cosa más extraña de este mundo, para convertirla de inmediato en algo tan asequible, que realmente parecía lo más fácil de este mundo. Bastaba con que la sonrisa apacible de Lluís rozara una materia, cualquier materia, para que empezara a desfilar, como una danza cadenciosa y discreta, ya fuera la historia de la pintura, las especies del reino animal, las tablas de multiplicar, las cuatro reglas matemáticas o los fundamentos de la física moderna. Aparte de enseñar, Lluís compartía su entusiasmo por conocer hasta el más minúsculo escondrijo de la vida, con una clarividencia inmediata, que después he vuelto a encontrar una sola vez en toda mi vida. Y es que unos años más tarde apareció por casa Werner Müller, un duplicado casi perfecto de Lluís, aunque estuviera envuelto en un cuerpo absolutamente distinto. Diferían en la carcasa, y también en la sonrisa, porque la de Werner se desparramaba a través de una carcajada explosiva, estruendosa; era un castillo de fuegos artificiales capaz de iluminar todo cuanto quedara a su alrededor. Y en las caricias, también diferían en las caricias, porque a la humanidad desbordante de Werner no le bastaba con la minúscula yema de un dedo. Él me cogía la mejilla entera, con su mano como un cuenco cálido, para repetirme que era un patufet y entonces, ya sí, reírse con estruendo de la ocurrencia de Lluís.

Werner era un ingeniero industrial alemán al que enviaron para instalar la primera planta de AEG en España. Sólo que, después de eso, se quedó en Teralló. Le ofrecieron un puesto de docente en la Escuela Industrial y de inmediato escribió para que le enviaran sus cosas. Aunque perdía dinero, su nuevo sueldo le bastó para costearse un pequeño apartamento en pleno centro, justo donde venían a confluir todas las callejas del casco viejo en la Plaza Mayor, frente a la puerta del ayuntamiento. Probablemente no necesitaba nada más en esta vida. Y probablemente el balcón de su casa era casi una señal del destino que lo puso frente al inevitable encuentro con Bernardino Martínez, mi padre, y con Lluís Bartrina, mi tutor invisible. Era tan íntegro como ellos dos, compartía su afán tenaz por conocer con detalle cualquier cosa; sólo que, donde mi padre y Lluís ponían gravedad y contención, Werner empleaba un pincel gigante lleno de colores. No le recuerdo ni una sola americana, tampoco un solo instante en que su frondosa mata de pelo rubio estuviera medianamente peinada, ni una vez que dejase de conocer a todas cuantas personas nos cruzásemos, para las que tenía siempre un gesto amable, una sonrisa, un recuerdo para algún familiar próximo. Sólo debió vivir un instante grave y constreñido, aunque yo no llegara a verlo. Fue cuando murió la señora Eulalia. Él había ido a pasar unos días a Alemania, Lluís ultimaba su viaje anual a Francia y mi hermano Javi acababa de despedirse de nosotros, camino de su primer campamento de verano. Una noche Eulalia decidió que Felíu llevaba demasiado tiempo esperándola allá donde estuviese. Y murió de repente, con la misma determinación con la que había vivido. Werner escribió un telegrama larguísimo que parecía una carta. Se lo envió a mi padre, seguro de que Lluís sería incapaz de leerlo él solo. Así que lo escuchó en el salón de mi casa, sentado junto a mi madre, mientras mi padre leía sin dejar de mirarlo a los ojos. Todos sentimos que Werner estaba muy lejos, y al mismo tiempo muy cerca, por una vez sin su carcajada desplegada a los cuatro vientos.

Fuera de ese momento, en todos los demás era como si Werner te cogiera de la mano, tú cerraras confiado los ojos y empezaras a correr como un poseso, en busca de un destino misterioso, aunque invariablemente mágico. Desde luego que lo fue cuando me hizo conocer la música clásica, cuando me adiestró en el manejo de las herramientas domésticas, cuando me enseñó a equilibrar el cuerpo encima de su motocicleta o cuando me permitió ayudarle a preparar una tarta de chocolate y vainilla, antes de que llegaran todos los demás para merendar, medio embutidos, en su casa. Pero, sobre todo, Werner me mostró que la vida era una sinfonía colorística y que había que disfrutar hasta de sus últimos tonos. Para escucharla bastaba con descorrer las cortinas de las ventanas, porque ella sabe penetrar sola, porque inevitablemente fluye y te alcanza.

Supongo que cada cual transcribe esos sonidos vitales según su propio compás. La música de la vida en Werner sonaba a alegría, alteridad y ruido de motor. La propagaba por la ciudad al ritmo que marcaba su motocicleta, la única máquina alemana que entonces había en Teralló, al margen naturalmente de los electrodomésticos fabricados en la AEG. Mi música cotidiana bogaba conforme a la reposada cadencia que marcaban Lluís, mi madre o mi padre. Javier había introducido alguna que otra estridencia, sólo que ya de lleno en la adolescencia, se había construido su mundo particular, y por fortuna hermético. En cuanto a María, de momento carecía de música porque tardaría unos cuantos años en llegar a este mundo. Probablemente por eso yo disfrutaba cada segundo que pasaba con Werner, adentrándome en esa constante e imprevisible aventura que, por fuerza, apasiona a todo niño. Con él cualquier cosa se convertía en algo excepcional, y yo por descontado lo percibía así. Después todo volvía a su cauce, a los consejos siempre ponderados de mi padre, a la rutina sistemática de mi madre, a la tutela imperceptible de Lluís.

En vida de la señora Eulalia, los domingos siempre almorzaban todos en casa. A mí me parecía lo más natural de este mundo, sencillamente porque lo había vivido siempre así, porque no conocía un domingo sin Lluís y su madre allí, porque era inimaginable que Werner no estuviera entre nosotros desde que llegó a Teralló. Tras la sobremesa, la señora Eulalia y mi abuela se instalaban en el salón, charlando de los años difíciles, de la guerra, de sus pueblos y de sus campos. Para Werner llegaba la hora de coger la moto, con toda la tarde por delante, y recorrer en solitario las escarpadas carreteras de montaña que circunvalan Teralló. Los demás salíamos de paseo o al cine y, cuando hacía mal tiempo, jugábamos al parchís, dejando que los mayores hablaran de cualquier cosa.

Tras la muerte de la señora Eulalia, la rutina de los domingos empezó a variar, para mí con cierto desencanto. Werner nunca abandonó sus excursiones motorizadas, ni mi abuela sus historias del campo, que a partir de entonces empezó a contar a todos los demás. Lluís, en cambio, prefirió cobijarse en un soledad contenida, como si ahuyentase el recuerdo de otras tardes en que saludábamos a su madre y a él desde el balcón de casa, viéndolos recorrer la estirada hilera de farolas que tachonan la calle Ancha, hasta perderse a lo lejos, camino de la Plaza de la Cruz Grande. Fue entonces cuando decidió concederse algún exceso, siempre comedido; un puro, una copa de brandy, la lectura pausada del periódico en un rincón discreto del bar de Manel, alguna parrafada improvisada en las tertulias que se formaban dejando para agotar las últimas horas del domingo. Aquellas tardes transcurrieron largas, muy largas, con mi cara pegada al cristal de la ventana que daba a la plaza de abastos, esperando el momento en que saliera, rodeara nuestro edificio y enfilara la calle Ancha. Aunque ya nunca más volvió a girarse, yo seguí saludándolo, como siempre. Hasta que un buen día decidió que el exceso dominical por una vez iba a consistir en desvelarme otro de sus rincones silenciosos de su vida. Esa tarde pidió permiso a mis padres para llevarme de paseo, los dos solos. Todavía hacía calor en la calle, esa humedad hirviente que no desaparece nunca en verano, ni de noche, un día y otro. Pero con Lluís era capaz de evadirme de todo, incluido el calor, sobre todo si por el camino encontrábamos un carrito de helados. Lluís recordaba que de pequeño le encantaban también los cucuruchos, pero no los de helado, sino los de merengue. Eulalia se los compraba siempre cuando iban al centro, el día que ella libraba de su trabajo con el industrial textil. Y así, entre los recuerdos de Lluís, casi sin darnos cuenta, terminamos llegando a su casa y a la puerta de su biblioteca, tan distinta de la nuestra. Forrando la oscuridad de una habitación interior, se olía el barniz de las estanterías, impecables y relucientes, dentro de las que Lluís había ido confeccionando una réplica detallada de su mundo interior a través de los libros. Allí era posible encontrar prácticamente cualquier cosa, ediciones antiguas, modernas, populares o de lujo, todo ordenado conforme a un sereno rigor tan propio de Lluís. Los volúmenes de derecho y contabilidad financiera quedaban justo detrás de su escritorio, con sus lomos amplios y dorados, esperando quizá una consulta en cualquier momento. A su derecha, la literatura ocupaba más de media pared, mostrando preferencias muy clásicas y selectas, dispuestas cronológicamente del Renacimiento hasta nuestros días. Junto a ella figuraba el resto de artes, con las correspondientes biografías de los grandes músicos y artistas de la cultura occidental. En la pared de la izquierda estaban situadas las ciencias naturales, los tratados de físicas, de química, de astronomía y mis favoritos, los libros de biología. El frontal opuesto contenía un extraordinario repertorio de obras históricas, junto con una exhaustiva colección de filósofos y pensadores. Muchos de esos libros, o estaban prohibidos o nunca habían existido en aquella España. Lo intuí desde el primer momento, sin saber por qué motivo exacto, igual que tuve la clara consciencia de que aquello era cosa nuestra, de nosotros dos, y como mucho de mi padre. Nunca antes de ahora lo había mencionado, ni tan siquiera a Werner o a mi madre.

Desde que tenía memoria había ido recibiendo cosas de Lluís. Sólo que a partir de entonces fue como si empezara a transmitirme un legado intangible de ideas, actitudes, formas de mirar al mundo. En aquel momento yo estaba empezando a asomarme a la adolescencia y, acompañando a Lluís por las calles de Teralló, me sentía como un discípulo peripatético junto a su maestro en las playas del Egeo. A partir de aquella tarde recorrimos librerías, plazas recónditas, claustros de iglesias, estaciones de tren, cualquier cosa. Y en cualquier cosa siempre había algo que aprender, algo que Lluís apuntaba sobre la marcha, sin concederle tampoco demasiada importancia, como un lance más de nuestro paseo vespertino. Mi instrucción creo que terminó una tarde como la de hoy, cálida y radiante, uno de esos momentos huecos en los que no hay demasiado que hacer, con las clases ya concluidas, sólo a la espera de recoger el boletín de calificaciones finales del colegio, sintiendo el inmediato comienzo de las vacaciones y con ellas del auténtico verano. Como tantas otras veces, callejeamos por la ciudad, aunque en realidad estábamos recorriendo la inmensa humanidad de Lluís a través de Teralló, mostrándome los últimos resquicios que me quedaban por conocer de él. El caso es que alguna vez me había preguntado qué hacía Lluís después del trabajo, en las prolongadas tardes fuera del ayuntamiento, sobre todo después de que la señora Eulalia dejara vacía su casa, tan ponderada en el mobiliario y los tonos, tan clásica y detallista, tan francesa. Y Lluís me respondió cuando llegamos a la puerta del orfanato que apadrinaba, invariablemente fiel a su estilo, sin que hicieran falta las palabras. Después de aquello, ya no podía sorprenderme que Lluís saliera siempre con el sol empezando a ponerse, cuando los niños vuelven del colegio y  las madres completan las últimas compras antes de la cena. Entonces tomaba su lista mental de urgencias y procedía a cumplir con ellas, invariablemente, sin aspavientos, pero también sin desmayo. Podían ser sábanas para un hospicio, vacunas distribuidas entre los chabolistas del extrarradio, camisetas para un equipo modesto que intentaba despegar en cualquier barrio, comida que alguien se encargaría de hacer llegar a los presos hacinados en la Modelo de Barcelona o, en fin, cualquier necesidad que fuera surgiendo, grande, mediana o pequeña, en no importa qué parte de la ciudad. Como en la biblioteca, comprendí que aquello volvía a ser estrictamente nuestro. De ese modo fui asumiendo que entre Lluís y yo desde siempre, había existido un infinito de pequeñas complicidades. Mi edad probablemente me hizo exagerarlo todo, sentirlo como exclusivo. Aunque el tiempo terminó por aclararme que los matices eran mínimos. En aquel mundo profundo e intenso de Lluís pudieron acceder muy pocos seres que, como yo, debieron sentirse unos privilegiados. Yo me sentía entre ese universo selecto, probablemente desde que nací. Lo supe con toda certeza cuando murió Werner. Solo mi padre y Lluís mantuvieron el rictus impasible en el pequeño cortejo que lo acompañó al cementerio. Mi padre se adelantó para acompañar a mi madre hasta el coche. Estaba embarazada de mi hermana y llevaba toda la noche de velatorio. Cuando nos quedamos Lluís y yo solos entre los cipreses, rompió a llorar, desconsolado. Lo abracé, callé y permanecí mirando al cielo.

—Patufet, perdona que te haga pasar este mal rato. Pero es que hay cosas que sólo puedes vivir con quien merece compartirlas.

Al instante me hizo prometerle que nunca cogería una moto, aunque guardamos la de Werner en el trastero de su casa, con el manillar destrozado y el faro colgante, tal y como la había sostenido él, incluso después de estrellarse con ella, ya muerto.

No volví a ver descompuesto a Lluís Bartrina nunca más. Ni tan siquiera cuando años después me despidieron mis padres y él en la estación, rumbo a Francia. A diferencia de Lluís, yo iba para quedarme una larga estancia, todo lo que duraran mis estudios de medicina. Por supuesto que los meses previos a mi partida había pertrechado a mis padres de la información necesaria, hasta del más minúsculo detalle, para que sobreviviera holgadamente en su París: la dirección de una residencia estudiantil cerca de la facultad, planos del metro, librerías especializadas, lugares de menús populares, teléfonos de confianza en caso de urgencia, una peluquería, supermercados con alimentación española y un pase para el Louvre. En el mismo andén, con la megafonía anunciando la partida inminente de mi tren, nos citamos para el verano siguiente, cuando yo concluyera mis exámenes, en un bistró frente al hotel Castille, entre la rue Rivoli y el Olimpia.

Nunca acudió a la cita. Le faltaron tres semanas. Aquella fue la última vez que vi a Lluís con vida, entre los andenes, al otro lado de la ventanilla de mi compartimento, saludándome con la mano, esbozando aquella sonrisa delicada, tan suya. Mi madre me contó por teléfono que fue por la mañana, con un sol radiante, casi de pleno verano, como si el cielo quisiera desprenderse de sus mejores luces para acompañarlo. Nadie supo que tenía un cáncer terminal hasta que fue inevitable ingresarlo tres días antes de su fallecimiento. Era imposible que yo llegara a su entierro. Tan sólo me limité a vagar por la calles del viejo París, buscando los rastros que había ido dejando allí durante todos aquellos años. A mi vuelta en Navidad hube de hacerme cargo de todas sus cosas. Supe entonces que era su heredero universal desde el mismo día de mi nacimiento. Sentado en su biblioteca, mi padre creyó justo contarme que, mientras preparaba la visita del Caudillo al Ayuntamiento de Teralló, confeccionó las octavillas clandestinas que cayeron a la mañana siguiente sobre el coche del dictador. Nadie fue capaz de averiguar el lugar exacto desde el que se precipitaron contra su parabrisas, ni la mano que había movido todo aquello.

—Y al decir nadie, quiero decir exactamente nadie, ni los activistas de la clandestinidad. Yo le decía que en aquel país del general Franco, además de cara oculta de la luna, también había una cara oculta del sol, que era él. ¿No me entiendes del todo, verdad Julio?

—No sé, papá.

—El himno oficial de los fascistas era el Cara al Sol. Todos debíamos saber cantarlo. Todos vivíamos cara al sol, por eso Lluís era su cara oculta, la que nadie acertó a ver, pero que estaba allí, actuando con una constancia y una fe impresionantes.

Según me siguió contando mi padre, también se las ingenió para reconstruir una logia masónica, que estuvo reuniéndose durante más de una década en la mismísima sala de plenos del ayuntamiento franquista, sin dejar huella, con la misma sutil transparencia que le permitió reorganizar el Partido Socialista, sacarlo de las catacumbas de la historia y abandonarlo con la llegada de la Democracia para evitar tener que desempeñar algún cargo. Lluís prefería desenvolverse así, en silencio y sin esperar nada a cambio. A su estilo pensaba como Werner, que la vida había de fluir libremente. Y para que fuera así, también fue el mayor distribuidor de libros prohibidos durante el franquismo en España. Cómo lo hacía, ni mis padres llegaron a saberlo nunca. Al volver de Francia después de sus años de vendimiador, las primeras veces lo registraron sistemáticamente en la aduana española. Tan sólo fueron capaces de encontrar unos folletos de la Alliançe Francaise, libros de aprendizaje de francés para extranjeros y publicidad de sus cursos en París. Terminaría consiguiendo que no fuera necesario ir tan lejos para aprender su amada lengua francesa, porque se las ingenió para que la Alliançe  situara su primera delegación española, aquí, en Teralló, en su ciudad, donde humildemente había trabajado, propagado y defendido sus ideas, donde se había entregado a los suyos y donde había amado.

—¿Amó, papá?

—Sí, patufet, amó profunda y felizmente.

No me dijo más. El tiempo me aclaró que tampoco hacían falta muchos más detalles. Han pasado los años suficientes para que me dejen enterrarlos en el mismo nicho, juntos, a Werner y a Lluís.

Descorro las cortinas de la ventana de mi consulta, oigo la sinfonía sutil de un potente sol de verano deshaciéndose en el horizonte, fluyendo como la vida. Abro la ventana, acaricio con mi mano en forma de cuenco una mejilla y luego mi dedo se desliza por una nariz también volátil.

—¡Patufets!

 

línea relato Francisco García Marcos
Francisco García Marcos. Es profesor de Lingüística General en la Universidad de Almería. Ha publicado libros sobre dicha temática y, también, ensayos como La Divinidad Políglota o La Trastienda de la enseñanza de lenguas. El relato aquí publicado forma parte de un libro coral de relatos titulado El canon áureo.

Contactar con el autor: fgarcos [ at ] gmail.com

 Ilustración relato: Fotografía por DariuszSankowski, [Pixabay; public domain]

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