relato por Jesús Greus

 

E

n el momento mismo en que Jenny se llevaba su taza de té a los labios, a eso de las seis de la tarde de un húmedo y bochornoso día de julio, irrumpió Harry en el salón para anunciar sin perder su flema:

—Me parece que Adam está muerto —y, tras esperar a ver el efecto que su declaración causaría, más bien nulo, añadió—: Creo que alguien debería ir a comprobarlo.

El pelirrojo Jamie, apoltronado en el sofá del fondo, con una taza de té en una mano y un libro abierto sobre el regazo, se defendió raudo:

—Conmigo no contéis. Me espeluznan esas cosas. Además, ¿a santo de qué va a estar muerto? —se quedó pensativo y agregó—: Por si acaso, yo no subo. ¡Si lo estuviera de verdad, me da un patatús!

Harry insistió aturdido:

—Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero me ha dado la impresión de que no respira.

—Estará dormido como un ceporro, hombre —profirió Jamie con indiferencia.

Nadie parecía dispuesto a ocuparse del asunto. Volviéndose a Jenny, Harry indicó entonces:

—Al fin y al cabo, darling, ésta es tu casa. Opino que deberías ir a ver.

Jenny, mientras sorbía su té, se quejó:

—¡O Gosh! ¿No podría ocuparse algún otro? ¡Pretendo tomar el té! ¿Es que siempre me tiene que tocar hacer todo?

—Ya sabes que Adam es como un niño —atacó Jamie mordaz desde su rincón—. Con tal de llamar la atención, es capaz de cualquier cosa, hasta de hacerse el muerto. Así conseguirá congregar a todo el mundo a su alrededor y sentirse protagonista.

—¿Qué sucede? —preguntó en ésas el anciano Joss desde su silla de ruedas. Estaba bastante sordete. Mientras leía el periódico, tenía a mano una copa de vino rosado sobre la mesita contigua.

—Nada, sweetie —lo tranquilizó Jenny alzando la voz—. Parece que Adam está un poco indispuesto. No te preocupes —y añadió en voz baja dirigiéndose a Harry—: Quizá ya haya despertado Adam de su sopor. Anda, sube a ver.

Haciendo oídos sordos, Harry, provisto de una baraja de cartas, fue a sentarse ante una mesa al otro extremo del salón, donde se enfrascó en un solitario. Ni se dignó responder, como si el asunto no fuera con él. Jenny, sin terminar de creerse la escena, observó vacilante a los tres hombres, cada uno sentado en una esquina de la sala: uno, abstraído en el diario; el otro, concentrado en su libro; y el último, impertérrito ante sus cartas. Airada, Jenny preguntó en tono irritado:

—¿Os dais cuenta de que, a lo mejor, hay un hombre muerto en esta casa?

Como si nada. Los dos más jóvenes emitieron murmullos imprecisos, cada cual a lo suyo. Tras un tiempo indefinido, Jenny suspiró con cansancio, posó la taza de té sobre el plato y aceptó lo inevitable.

—¡Oh, qué contrariedad! —resopló—. Está bien. Tendré que ocuparme yo para variar.

Resignada, Jenny se incorporó con gesto perezoso, se dirigió sin prisa a las escaleras enmoquetadas que conducían al piso superior y empezó a ascender con notoria dejadez. La moqueta color tierra de la escalera se hallaba en un estado lamentable, despellejada, manchada y agujereada. ¡Esa pasión tan inglesa por las moquetas!, solía quejarse Jamie, no sin razón. Mientras ascendía, Jenny iba murmurando inaudibles protestas: «¡Estoy harta! Algún día los mandaré a todos a freír espárragos, me largaré de una vez de aquí y no volverán a verme el pelo. Que se apañe sola toda esta caterva de vagos e inútiles. Es lo que se merecen todos. ¡Garrapatas chupasangres!».

Jenny y Joss eran dos ingleses residentes, desde muy jóvenes, en la isla de Mallorca. Jenny se había criado en Colombia, en una plantación de café, donde transcurrió una infancia feliz junto a sus padres y a su hermano John. Tendría ella unos veinte años cuando la familia se trasladó a las islas Baleares. ¡Todo menos la bruma inglesa!, proclamó exaltado su padre. Y ahí permanecieron para siempre jamás. El padre de Jenny adquirió un terreno en los montes que dominaban el valle de Andratx, al oeste de la isla, en medio de un bosque de pinos, algarrobos, escuálidas encinas y matas de lentisco y de brezo. Era un terreno bastante abandonado, pero aislado e idílico. Se accedía a él por medio de una angosta carretera que serpenteaba en aguda pendiente entre el bosque mediterráneo. Desde allá arriba se dominaba con la vista todo el boscoso valle que descendía hacia el mar. Al fondo, el pequeño puerto pesquero refulgía plateado bajo el incendio solar.

Nada más poner sus ojos en aquel rincón dejado de la mano de Dios, el padre de Jenny se enamoró de él, compró la finca y convirtió la casita de aperos, situada a unos cuarenta metros de la estrecha carretera, en una vivienda espaciosa, capaz de acoger a toda la familia. La sala más llamativa de la vivienda era, sin duda, la biblioteca de dos pisos, abarrotada con todos los libros acumulados a lo largo de una vida errante. Una escalera de caracol daba acceso al piso superior de la biblioteca, provisto de un corredor con barandilla de madera. Era algo inusitado en aquellos parajes.

El hermano de Jenny se trasladó pronto a residir a Inglaterra. Ella, en cambio, permaneció en la isla, se casó con un joven inglés, Joss Branson, se instalaron ambos en una casita alquilada a las afueras del pueblo de Andratx y tuvieron dos hijos. Eran jóvenes hippies, y vivían en un lugar encantador, rodeados de huertos y algarrobos. ¡Adoraban la isla! Joss trabajaba como electricista, y era muy solicitado en su trabajo, conque no les faltaba de nada. Además, la vida era ideal mientras no hubiera necesidad de salir de la órbita de Andratx y su pequeño y acogedor puerto, a tan solo cuatro kilómetros de distancia del pueblo. El día que tenían que ir hasta Palma por motivo de algún papeleo legal o para proveerse de algo imprescindible que no hubiera en el pueblo, lo hacían quejándose por la pérdida de tiempo, como si se tratara de una distancia infranqueable, cuando no había más de treinta kilómetros. Y es que ya se sabe que las distancias, en las islas, adquieren una dimensión muy diferente a la del continente. Y no digamos si, debido a alguna invitación, debían los Branson cruzarse la isla para llegar hasta Pollensa o Artá, al otro extremo de la isla. ¡Aquello suponía poco menos que un viaje internacional! Hora y media de coche dando tumbos por esas carreteras de Dios. ¡Una vez al año bastaba para acometer semejante aventura!

A la muerte de sus padres, Jenny y Joss se trasladaron a la casa familiar del monte. Ahora, a sus sesenta y pico años, Jenny no concebía su vida fuera de la isla. ¿Inglaterra? Sí, la pisaba una vez, cada dos o tres años, para visitar unos cuantos días a su hermano John, un solterón bastante forrado de pasta. Con eso tenía suficiente de la madre patria. Además, Joss se había hecho mayor. «Hace nada éramos un par de jóvenes alocados», solía rememorar Jenny con incredulidad. «¡O God! ¡Cómo pasa la vida!». Desde que se jubiló, el pobre Joss inició una fulgurante decadencia física a la que acaso no fuera ajeno el abuso alcohólico.

El hecho era que al matrimonio Branson no le sobraba hoy día el dinero. La pensión de Joss era escasa, y Jenny no trabajaba. Pero iban tirando, y no era gente de gustos exigentes. Un puñado más o menos de alubias no me va a quitar el sueño, se decía Jenny con filosofía y resignación. La verdad, a ella casi nada le quitaba el sueño. Tenía esa suerte.

Como buenos anglosajones, los dos hijos de Jenny y Joss volaron del nido paterno a edad temprana. Trabajaban y vivían ambos en la isla, aunque sólo visitaban a sus padres de tarde en tarde. ¡Ah, pero los Branson no vivían solos en la casa del monte! Muy lejos de ello, tenían squatters consentidos, por así decir. Sí, amigos que ocupaban su casa sin pagar un duro por ello. Y es que Jenny era más buena que el pan. Con tal de no decir que no a nadie, o de ahorrarse una mala impresión, era capaz de dejar que invadieran su hogar. Y, en efecto, le ocuparon la casa parientes y amigos: un primo de Jenny y dos cincuentones sin oficio ni beneficio. El primo, Adam, era un solterón fin de raza, de cuarenta y pico años, un bribón de un metro noventa de estatura y gordo como un tudesco. Otro que vivía empapado en alcohol. Había llevado así mismo con sus padres una vida errante por medio mundo, hasta que recaló en la isla sin una perra en el bolsillo. Se había gastado hasta el último penique de su herencia viviendo a cuerpo de rey en Sudamérica. Y, cómo no, solicitó a la queridísima prima Jenny —You know I love you sooo much!— que lo acogiera por un tiempo. «Solo hasta que encuentre un lugar donde reposar mis baqueteados huesos —alegó el perdido con alevosía—. Estoy pendiente de cobrar una herencia de mi ancianísima madrina en Sussex. ¿Recuerdas a tía Mary? Pues ella misma». Pero el tiempo pasaba y, ni Adam heredaba un duro de la tía Mary, ni, en consecuencia, parecía darse mucha prisa por buscar otro alojamiento. «¡Los precios están tan exorbitantes en esta isla!», aducía como excusa. Y así transcurrieron cinco largos años hasta el día de autos. Un lustro entero viviendo de gorra a costa de los sufridos Branson. La buenaza de Jenny era incapaz de ponerlo de patitas en la calle, según la apremiaba su marido Joss envalentonado por tres o cuatro copas de vino de cualquier color. «Pobrecito Adam —lo defendía la santa de Jenny—. ¿Adónde irá si lo echamos de casa? Ten un poco de paciencia, Joss. Dentro de nada volverá a nadar en la abundancia en cuanto herede a la pobre tía Mary». Pero ésta no parecía tener mucha prisa por cascar.

Los otros dos soi-disant inquilinos eran Jamie, delgado, abstemio, miope y pelirrojo. Para colmo de beldad, tenía dientes de conejo. Íntimo amigo del matrimonio Branson desde su juventud, cuando llegaron todos a la isla procedentes de distintos lugares, Jamie había trabajado con Joss. Viudo, sobrevivía ahora de una pequeña pensión por incapacidad, lograda gracias a una afección cervical y mediante mucho teatro. Apenas le daba ésta para mucho más que sus gastos menudos. Pero tenía su carácter peculiar el tal Jamie: encima de vivir gratis et amore a expensas de los Branson, se quejaba de todo. Como suele decirse, se ahogaba en un vaso de agua. El menor contratiempo lo sumía en un desánimo del que solo se reponía a base de sopitas de pollo preparadas por Jenny y mucha cama. Era un devorador de libros, que leía sobre todo en posición horizontal. En cuanto se incorporaba o ponía de pie, decía que se mareaba. «Mi cogote, ya sabes, querida». Con lo cual, y por mor de su precaria salud, no daba golpe ni echaba una mano en la casa. En cuanto se le proponía fregar los platos tras el almuerzo, se quejaba de un horroroso vértigo. ¡Y a la cama a sestear y leer toda la santa tarde!

Por fin, el tercer y último parásito consentido era Harry, pintor de paisajes, tacaño y egoísta como él solo. ¡Otro amigo de toda la vida! Fue en su día un rapaz divertido, ingenioso, incluso dotado de cierto talento pictórico. Pero se había convertido en un cincuentón asmático, maniático y malhumorado. Era esquelético y, por decir las cosas claras, chocantemente feo. Desgarbado, mal hecho. Con una cara como recompuesta a cachos. Corría el bulo de que guardaba atesorados en una maleta algunos dineritos producto de la venta, en el pasado, de unos cuantos cuadros, pero aquello era un misterio. Harry no aludía jamás a ese asunto. Y nunca sacaba a relucir ni una mísera peseta, aunque fuese para colaborar siquiera al pan del día. Joss, hasta las narices de su gorronería, en cuanto Harry salía a dar su paseo habitual por el bosque, inducía a su mujer a que entrara a rebuscar en su cuarto.

—Esconde su tesoro en algún agujero —aseguraba Joss—, y el muy bellaco no lo comparte.

—No pienso incurrir en semejante falta de corrección —rehusaba Jenny—. Mis padres, por mucho que viviéramos en los trópicos, me educaron de acuerdo a reglas muy estrictas, y no tengo la menor intención de faltar a ellas. Además, todo eso de que Harry oculta dinero es puro cuento. ¡No tiene un duro partido por dos, por favor! Sería incapaz de mentirme.

—Si tú lo dices —concluía Joss con escepticismo.

Conque allá fue la pobre Jenny, renunciando a su taza de té de las seis de la tarde, a averiguar qué aquejaba al pobre primo Adam. En el piso alto había un pasillo largo con tres puertas a la derecha que daban acceso a las habitaciones ocupadas por los tres «inquilinos». Jenny llamó con los nudillos a la segunda puerta. Lo hizo con suavidad, no fuera a despertar al primo Adam. Al no obtener respuesta, repitió los golpes con mayor intensidad. ¡Nada! ¿Qué hacer? ¿Debería violar la intimidad de su huésped? Dada la suposición de Harry, se vio en el menester de hacerlo. ¡Qué remedio!, se dijo mientras giraba despacio el pomo de la puerta y asomaba la cabeza. La habitación estaba en penumbra. Adam yacía sobre la cama, con las manos cruzadas sobre el abultado regazo, la cabeza ladeada hacia su izquierda de manera peculiar, caída fuera de la almohada. Eso no daba buena espina. Jenny se aproximó de puntillas al lecho. Llamó a Adam, pero éste no hizo el menor gesto. Ella repitió su llamada, más fuerte, con intención de despertarlo. No hubo la menor reacción por parte del susodicho. Entonces Jenny se inclinó sobre el rostro congestionado a fin de escuchar la respiración. La verdad, aquel hombre no parecía respirar. Jenny vaciló. ¿Qué hacer? Se sintió tentada de escabullirse como si nada sucediera, pero comprendió que debería realizar antes un examen más profundo. No sin aprensión, se atrevió a tocar una mano de Adam. Estaba templada. La sacudió y repitió su llamada, que no obtuvo respuesta. Jenny palpó el cuello de su primo. Estaba caliente. Resuelta, aferró entonces una muñeca de Adam para tomarle el pulso. Lo había hecho cientos de veces cuando los niños eran pequeños y tenían fiebre. Allí no había pulso ninguno. Aquel hombre estaba muerto. Horrorizada, Jenny dio un paso atrás. Abandonó la habitación de puntillas, cerró la puerta tras de sí y descendió a la sala sintiéndose desfallecida. Los demás seguían desperdigados por el salón. Jamie se quejaba en ese momento de la mala calidad del té.

—A ver cuándo nos envía un buen té inglés tu cuñado John —decía Jamie a Joss—. ¡Esto es imbebible!

—¿Y si nos procurases tú un té decente —contratacó el aludido de mal humor—, en lugar de consumir el nuestro?

Jamie puso una expresión de absoluta vejación. ¡Decirle eso a él! ¡Qué grosería! No merecía semejante trato.

Jenny pidió silencio y anunció:

—Adam ha muerto.

Los tres hombres alzaron las cabezas y la observaron como si no hubieran comprendido lo que había dicho. Jenny se vio obligada a repetir la noticia. Cundió entonces la estupefacción general. Nadie pronunció una palabra. Al cabo de un par de minutos, Joss exclamó:

—¡Oh, siempre tan suyo! ¡Tenía que hacer una cosa así! ¡Qué trastorno!

Y, de repente, todos emprendieron a hablar a la vez. Jamie consideró que Adam bebía demasiado.

—Su hígado por fin ha explotado —aseveró ajustándose las gafas sobre el rostro sonrosado y pecoso—. Esto se veía venir. Bastante ha durado en tales condiciones.

Joss, tras pensarlo brevemente, estimó que Adam había muerto «de aburrimiento».

—La gente no se muere de aburrimiento —objetó Jamie.

—Que te crees tú eso —insistió Joss—. Adam estaba cansado de la vida. Esa es la pura verdad. Se ha dejado morir.

Jamie no pudo reprimir una observación impertinente:

—¿Y cómo? ¿Por combustión interna?

Joss lo miró con expresión de odio. Jenny declaró a su vez con sarcasmo:

—Pues de inanición no murió, ¡vive Dios! Porque hay que ver cómo jamaba el primito.

Harry aventuró entonces otro original diagnóstico:

—Dejad de decir tonterías. Ha muerto de obesidad.

—¿Qué? —saltó Jamie—. Nadie muere de obesidad, Harry.

—Claro que sí —persistió Harry—. Se llama muerte súbita, y es frecuente en personas que padecen obesidad mórbida. Lo leí hace tiempo en la prensa.

—¡Qué bobada! —lo rebatió Joss—. Lo suyo no era obesidad mórbida Simplemente, estaba gordo. Nadie muere por tener unos kilos de más.

—Cuando se trata de treinta kilos de más… —manifestó Harry.

Fue en ese instante cuando a Jenny, cubriéndose la boca con ambas manos, se le ocurrió una atroz posibilidad:

—¡No se habrá suicidado!

—¿En nuestra casa? —saltó Joss—. ¡Qué falta de consideración! Eso no se hace, hombre.

—Pues habrá que comprobarlo del algún modo —porfió Jenny.

—¿Y con qué se iba a suicidar? —preguntó Joss, y añadió mirando a su mujer—: ¿Has visto indicios de que se haya pegado un tiro? ¿Hay sangre derramada sobre el piso?

Jenny negó con la cabeza. Además, se vio en el menester de recordar a su marido que no había armas en la casa. Joss resopló, se llevó las manos a las sienes y, en tono de desesperación, dijo que necesitaba urgentemente una copa de vino rosado. A Harry le pareció buena idea, y se ofreció a ir al refrigerador en busca de una botella. Tras alegar que la conmoción le había alterado los nervios, pegó un salto y desapareció como un rayo en dirección a la cocina. «¡Vaya!, —exclamó Joss—. Para eso sí que reacciona el pollo. Si fuera para trabajar, otro gallo cantaría». Una vez regresó Harry provisto de una botella de vino, escanció éste. Joss y él paladearon unos instantes el caldo fresco con delectación.

—Prefiero el Rueda a los vinos del Penedés —expuso Joss mientras cataba su copa—. Es más fino.

—Bueno, eso depende de gustos —lo contradijo Harry poco convencido.

Jenny seguía de pie, sin terminar de creerse la actitud de aquella gente. ¿Es que no les importaba que hubiera un muerto en la casa? ¡El primo Adam yacía rígido en su habitación, y ellos discutían de vinos! Estaba hecha un mar de dudas. En ésas, Jamie, que llevaba un rato pensativo, propuso de golpe y porrazo:

—¡Veneno! ¿Qué otra cosa podría ser?

—¿Veneno? —repitieron a una Joss y Harry.

—Oh, pero entonces le saldría baba de la boca —dijo este último—. Es una muerte espantosa. ¿Habéis visto alguna vez agonizar a una rata envenenada? ¡Es un horror! Se revuelca de dolores.

—¡Por favor, Harry! —lo reprendió Joss. Y añadió tras una breve reflexión—: Nunca hubiera deseado eso al pobre Adam. ¡Tan sensible! Sería un pelma, pero no merecía semejante calvario.

Todos indagaron atropellados a Jenny si había babas en la boca de Adam. Ella, aterrada, negó con la cabeza. Siguieron una consternación general y un profundo silencio. La gata Ofelia, negra y despeluchada, atravesó la sala lanzando un maullido hambriento. Nadie le hizo caso. No se dijo una sola palabra hasta que Jenny, más sensata que todos ellos, concluyó lo que era evidente:

—Creo que habrá que llamar a la policía.

—¿A la policía? —exclamaron todos a una.

—¡Qué ocurrencia! —prorrumpió Joss—. Pondrán la casa patas arriba. Nos someterán a un siniestro interrogatorio. Hasta puede que nos acusen de asesinato. Es lo más seguro. Será una pesadilla. ¡Ni se te ocurra!

—En mi cuarto no entra nadie —saltó furibundo Jamie—. Tengo jaqueca debido a las cervicales. Necesito reposo. No estoy dispuesto a someterme a un interrogatorio policial, y mucho menos a que anden toquiteando mis cosas con sus sucias manos.

—La policía usa guantes para los registros —le recordó Joss en tono cínico.

—¡Me trae sin cuidado! —rezongó Jamie—. Mi cuarto no lo toca nadie, y basta.

Harry propuso entonces una opción desesperada: ¿No podrían enterrar tranquilamente al finado sin decir nada a nadie? Sería la única manera de quitárselo de encima sin policías, ni médicos, ni forenses, ni sospechosos, etc.

—Luego, si alguien viniera a preguntarnos por Adam —añadió tan pancho—, diremos que al fin heredó a la tía Mary y partió al extranjero.

Unos y otros lo miraron como si fuera idiota.

—¿Y  dónde  propones  que  lo  enterremos? —preguntó  Jamie  con  sorna—. ¿Debajo del viejo algarrobo?

—¡Cómo le gustaba a Adam sentarse a leer bajo ese árbol centenario! —recordó Jenny melancólica.

Aquello dio lugar a una nueva y acalorada discusión general. Hubo propuestas para todos los gustos. Alguien estimó, con buen juicio, que deberían buscar un rincón del bosque lo más alejado posible de la casa, al otro extremo de la finca. Así, entre otras razones, no sería tan notoria la excavación de la tumba.

—Pero ¿se os ha ocurrido pensar —intervino Joss— cómo vais a sacar a Adam de su cuarto, bajarlo hasta el jardín y transportarlo hasta su última morada a través de un bosque abrupto plagado de pedruscos y matorrales? ¡Menuda odisea!

Los otros dos se miraron entre sí abochornados. No dándose por vencido, el primero en lanzarse fue Harry, más bien enfurruñado:

—Bueno, tampoco será tan difícil, digo yo. Tendremos que actuar entre Jamie, Jenny y yo, puesto que tú, lo siento Joss, no estás en condiciones de echar una mano. Somos tres para izar el cuerpo. Creo que nos bastaremos.

—¿Yo también? —preguntó Jenny desasosegada.

—Sí, querida, tú también —corroboró Jamie, y luego se revolvió contra Harry para preguntar—: ¿Tú tienes la más remota idea de lo que pesa un cuerpo muerto? Y más un cuerpo como el de Adam.

—¡Ciento veinte kilos! —concretó Joss desde su silla de ruedas con sonrisa maliciosa. Aquello le divertía cada vez más.

Siguió un consternado mutismo. Luego, por abundar en el tema, atizó Joss con perfidia:

—Ciento veinte kilos de peso muerto arrastrado por una mujer y dos tipos enclenques a lo largo de una larga y estrecha escalera en la que apenas cabréis todos juntos con el fiambre.

Cundió un abatimiento general. Joss se limitó a mirarlos con satisfacción de viejo quisquilloso. Porque, en el fondo, le jodía soberanamente ser un inválido y no poder intervenir en el divertido sainete que supondría arrastrar la obesa humanidad de su primo político Adam fuera de la casa y hasta lo alto del bosque. Por unos instantes, se pintó la escena en su imaginación, y no pudo remediar estallar en una sonora carcajada. Aún llorando de risa, rellenó su copa de vino rosado y se echó un buen trago al coleto. En ésas, Harry, herido en su amor propio, descargó:

—Está bien, admito que no será tarea fácil, pero no nos vamos a desalentar ante la primera dificultad que surja. ¿O propones algo mejor?

—Ahora  que  lo  mencionas,  Harry  —descargó  Joss  un  último  golpe  bajo—, podríais envolver al pobrecito primo Adam en uno de tus lienzos. Ya que no los vendes, al menos serviría de mortaja.

Harry le lanzó una mirada furibunda. Iba a responder cuando Jamie lo atajó para sugerir una nueva opción:

—¡Lo descolgaremos por la ventana! Es lo más sencillo. En el garaje hay una estupenda polea que nos vendrá al pelo. La instalamos en la ventana, atamos al pobrecito Adam con sogas y lo descolgamos hasta el jardín. El resto del recorrido lo realizaremos en la carretilla, turnándonos para empujarla.

Joss se limitó a aplaudir. Luego manifestó:

—Me gustará mucho asistir a la operación. Ciento veinte kilos de carne descolgados desde la ventana de un segundo piso por tres individuos ineptos. ¡Es para descojonarse de la risa!

Los otros, sumidos en un detallado análisis de aquella opción descabellada, no sabían qué cara poner. Jamie se mordía las uñas y se reajustaba las gafas. Harry se mesaba los escasos cabellos con expresión rencorosa. Jenny se sentó ante el escritorio del rincón y hundió la cabeza entre las manos. ¡Señor!, se dijo. ¿Por qué tenía que haberse muerto el pobre Adam en su casa? Estaba claro que, en semejantes circunstancias, el único que parecía divertirse era el viejo Joss. De pronto, éste lanzó un nuevo dardo envenenado:

—Muy bien pensado lo de la polea, Jamie. Pero, a propósito, en el supuesto de que fueseis finalmente capaces de sacar al finado de la casa, mediante el procedimiento que sea, ¿quién de vosotros se prestará a cavar la tumba bajo esta sofocante y tórrida calina? Tendréis que turnaros vosotros dos. ¡Ni se os ocurra pensar que mi pobre Jenny vaya a echaros una mano! Me niego en rotundo.

—¡Oh! Yo… —musitó Jenny pasmada. Ni se le había pasado por la imaginación verse jamás obligada a cavar una tumba en su propia finca. ¡Qué diría papá!

Harry y Jamie, a su vez, se miraron estupefactos. ¿Cavar ellos una fosa? ¿Pero estaba loco este tío?

—Por supuesto, habrá que hacerlo de noche —concluyó Joss, satisfecho de la consternación provocada por su comentario en aquellos dos vagos redomados. Se tragó de golpe el resto de vino de su copa mientras aguardaba a las reacciones de los dos «inquilinos». Y, de nuevo, comenzó a desternillarse de risa.

Harry y Jamie miraban ambos al suelo, como un par de críos azorados.

—La verdad —confesó Joss—, no os imagino a vosotros dos cavando la tierra. ¿Vosotros sabéis lo compacto que está ese terreno plagado de pedruscos? No llueve hace lo menos cuatro meses. Esa tierra está dura como si fuera roca viva. Y, por si eso fuera poco, ¿se os ha ocurrido pensar en la profundidad a que se debe enterrar un cadáver? Lo mínimo son dos metros de hondo. A menos de esa profundidad lo olerá Whisky y lo desenterrará. Y, si no es él, lo hará cualquier otro perro que lo olisquee a un kilómetro de distancia —y volvió a mondarse de risa imaginándolos en aquella tétrica faena.

Harry y Jamie miraban cada uno a otro lado con cara de circunstancias.

—Os harán falta lo menos tres días para completar la fosa —calculó Joss mientras se secaba las lágrimas de risa con el dorso de una mano—. Eso me gustará verlo: dos pájaros como vosotros, que no habéis dado golpe en vuestra vida, sudando la gota gorda mientras excaváis por turnos.

Contagiada por su marido, Jenny hubo de esforzarse por contener la risa. No deseaba herir la susceptibilidad de sus amigos, pero la verdad era que aquello resultaba cómico.

Harry, con expresión amoscada, sugirió la posibilidad de encargar el trabajo al jardinero boliviano de su vecino Hugh. Podrían decirle que el hoyo sería destinado a basurero o algo por el estilo. Ya se les ocurriría alguna idea para justificar aquello. Jenny dio pataditas impacientes sobre el suelo de baldosa desportillada. No podía creer lo que estaba oyendo. Pedir a Antonio que cavara una fosa alargada de un metro noventa de longitud por un metro de anchura. ¡Qué peculiar basurero! Y precisamente cuando el primo Adam acababa de desaparecer del mapa. ¡Genial! Eso no se lo tragaba nadie. ¿Es que aquella gente estaba en su sano juicio?

—¡Lo tengo! —pegó un bote Harry—. Lo más sencillo, para desembarazarnos de nuestro adorado y llorado Adam, es meterlo en el coche y bajarlo al consultorio de la seguridad social en el pueblo.

Todos se volvieron a mirarlo boquiabiertos.

—¿Así como así? —preguntó Jenny con socarronería—. ¿Y qué dirás cuando llegues allí con un cadáver sentado en el coche?

Harry la miró como si fuese tonta, y explicó en el tono en que se habla a una niña:

—Haremos ver que estaba enfermo, lo quisimos llevar a urgencias y se nos murió por el camino. Tampoco es tan raro, ¿no? La gente muere a veces en los coches. Lo vi en una película.

Con santa paciencia, Jenny hubo de recordarle que el forense determinaría la hora aproximada de la muerte. ¿Y cómo iban a justificar ellos andar paseando a un cadáver por esa carretera llena de baches y plagada de curvas? ¿Adónde llevaban ustedes al muerto? ¿A tomar el aire? La sucesión de preguntas sería interminable, y los haría sin duda sospechosos de asesinato.

Harry quedó en suspenso, con cara de bobo. Se oyó entonces ladrar desaforado en el jardín al viejo labrador Whisky. Estaba afónico, así que a nadie asustarían sus berridos.

Por fin, sin alterarse, con notorio cansancio e indecible asqueo, Jenny se puso en pie y preguntó si alguien conocía el número de la policía. Los demás se miraron de soslayo desconcertados. Tuvo que ser ella misma, por supuesto, quien fuera en busca del listín telefónico, perdido en algún remoto rincón de la casa. Le costó lo menos media hora dar con él. Al fin apareció en el lugar más insospechado: entre los desencuadernados libros de recetas de su madre, arrumbados en una alhacena de la destartalada y desordenadísima cocina. Aún yacían los platos y vasos del almuerzo sin fregar en la pila, a la espera de un voluntario que les pasara un agua. Jenny ojeó las primeras páginas del listín y se dirigió al teléfono. Respiró hondo antes de hablar por el aparato en su español con notorio acento inglés:

—Buenas. ¿Es la Guardia Civil? —y, tras una pausa, agregó—: Creo que hay un muerto en casa. ¿Podría acudir alguien?

Los tres hombres la escucharon patidifusos. La gata Ofelia maulló con apatía, se alzó hasta el alféizar de la ventana abierta, donde se acomodó y se dedicó, con parsimonia, a su toilette vespertina.

—Ahora sí estamos jodidos —musitó Joss, y apuró su copa de vino rosado.

 

(Relato inspirado en un hecho verídico)

 


 

Jesús Greus

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


Web del autor: Espejismos (https://librocircular.wordpress.com/)

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