relato por Jesús Greus

 

En definitiva,
sin fe, cualquier sitio
es otro infierno.
Pedro Juan Gutiérrez

 

¡Y yo solo acá metido! ¡Siempre solo! Enfermo, viejo e inservible. ¡Cómo detesto este apartamento pequeño, interior, carente de ventilación, con esos bombillos blancos en el techo! Luz fría. Luz triste. Ni sé cómo me las arreglo para leer bajo este resplandor mortecino. Pero ¿qué otra cosa me queda por hacer? Mi puerta siempre abierta a ese pasillo de entrada, angosto, sucio, con un muro rojo despintado a un lado, abocado a una escalera tenebrosa y sucísima. ¿Cuánto hará que no se ha pintado ni fregado esa escalera como Dios manda? En fin, que ésta es mi cárcel. ¡Y que hasta la calle tenga que llamarse Soledad! Estaba predestinado. Y aún puedo dar gracias de tener un techo propio donde cobijar mi ancianidad. ¡La vejez, esa infamia!

¡Y mi público, aguardándome! Sueña con mi regreso a los escenarios. Yo también, no vayan a creer. Mi público me adora. Fui un mito. Lázaro Cifuentes fue lo más grande que hubo en el teatro cubano. ¡Entérense! Premio Nacional de Teatro el año… Da igual, no recuerdo. El mundo me adoró. Auditorios enteros caían rendidos a mis pies, hasta más allá de nuestras fronteras. Sin falsa modestia.

No hay nada semejante a la embriaguez provocada por los atronadores aplausos al cabo de una función. Y la salida al escenario, los nervios previos, la emoción. El momento de zambullirse en el círculo de luz de la escena, frente al vacío oscuro de la platea. Aunque apenas se lo distinga, se siente al público ahí presente. Se oyen sus respiraciones. Uno es, en ese instante, dueño y señor. Todos están pendientes de mis labios, de la magia de la ficción escénica a punto de desatarse. Luego, ya es el arrebato.

¿Cuánto falta para el estreno? Tres meses, creo. Ya anda anunciado en los diarios: Lázaro Cifuentes vuelve a los escenarios, a sus setenta y cinco años, tras un lustro de silencio. ¡La más grande estrella de la escena habanera! ¿Hace solo cinco años? Me parecen siglos. Ni recuerdo dónde actué por última vez.

*   *   *

Pero volvamos a la realidad, hijo. Regresemos a lo penoso. ¡Una semana llevamos sin agua en la casa! Se atascó la bomba que la eleva hasta el depósito del tejado, ¡y ya! A saber cuándo la repararán. Porque acá las cosas van al ritmo que van. Como mucho, nos conceden agua una hora al día. ¡Una hora! Apenas da para bañarse ni para baldear la casa. Hay que ver el trabajo que pasé ayer para recoger agua en cuanta cazuela encontré a mano, y en el fregadero, en el lavamanos, hasta en el plato de ducha. Ay, Señor, pero si apenas puedo moverme tras la operación del trombo en la pierna. Todo me cuesta un esfuerzo ímprobo. ¡Y este batallar arriba y abajo! Si no fuera por mi vecina Nely, que me asiste con mil amores, me moriría de asco acá solo, abandonado como un perro. Gracias a que ella va en mi lugar a la bodega y al agro, y me provee de cuatro alimentos básicos, algo de fruta, que está carísima y dificilísima de encontrar, y un cartón de huevos. ¡Oh manjar! Dicen que no se encuentran en toda La Habana. Apenas hay ya ni pan, por falta de harina. Y hasta la gasolina escasea ahora, de suerte que se forma una escandalera en horas punta para conseguir transporte público.

La pobre Nely deambula como una loca a fin de conseguir traerme una jaba de pan por semana. Y para encontrar leche, aunque sea en polvo, hay que recorrer media ciudad preguntando aquí y allá. Esto va de mal en peor. Ni comer podrá uno. Moriremos de inanición. Bueno, de algo habrá que morir, digo yo. Quizá cuanto antes, mejor, en lugar de asistir a esta lenta degradación del cuerpo y del alma. Yo, que fui esbelto, lindo hombre, y con mi voz potente. Tremendo chorro de voz tenía yo. Y mírame ahora, hecho una ruina. ¡Ni la sombra de lo que fui!

¡Ya está bueno de quejas y nostalgias, papi! Pensemos en algo positivo. Que sí, en cuanto se me recupere la voz de esta odiosa carraspera que tengo, comienzo los ensayos con la compañía. ¡Se van a enterar algunos! Mi público enloquecerá. Lázaro Cifuentes volverá a llenar las salas de la ciudad: el Teatro Mella, el Nacional, el Bertol Brecht, el Llauradó, el Trianón, Casa del Alba… Ya verán, ya, todos esos envidiosos que se regocijan a mis espaldas de mi ocaso. Se creerán que no percibo el veneno de sus lenguas afiladas. Estaré viejo, pero no tengo un pelo de tonto. Sí, óiganme: Lázaro Cifuentes no ha perdido ni un ápice del talento que lo hizo célebre hasta más allá de nuestras fronteras. Porque, no vayan a creer, en España me idolatraban, y en Argentina, en Venezuela, en México, en Colombia… Para qué seguir. Voy a proponer a Eric que me organice una gira por toda Latinoamérica. Que vaya gestionando ya con el Ministerio las autorizaciones de salida para la compañía. Ya me veo en los carteles por medio mundo: ¡El regreso triunfal de Lázaro Cifuentes!

*   *   *

Pero ¡ay!, este dolor en la pierna me mata. Casi no puedo descender las escaleras hasta la calle. Ni recuerdo cuándo salí por última vez. Yo creo que fue el día del cumpleaños de Reinecito, ese maricón reprimido. ¡Ay, pero qué bien me la pasé, carajo! Qué clase de festejo organizó Reinecito. Hasta carne de res había, y camarones enchilados, arroz moro, ensalada, viandas. ¡Tremendo festín! Lo que pagaría el singao ese por tanto despilfarro. No quiero ni saberlo. Claro, como él puede… Y qué multitud: lo menos nos juntamos allá treinta gentes. No, y el ron corría como si fuera agua.

Desde ese día no he vuelto a poner los pies en la calle. ¡Acá preso! Hastiado como león enjaulado. Y esta última noche de insomnio, con la luz cortada en la casa, sin un maldito ventilador que aliviara el bochorno del agosto. Me pasé la madrugada dando vueltas en la cama sin pegar el ojo. ¡Ay, Virgen de Regla! ¡Qué tortura! Si pudiera embarcarme en la barquita de Regla e ir a ponerte unas flores, mami… Pero si apenas puedo moverme. Además, el retiro que tengo, de quinientos pesos, apenas me alcanza para comer. ¡Como para pagarme el lujo de comprar flores! La intención es lo que cuenta, mami, ya tú sabes. Y a mí, devoción no me falta.

Ven acá, se terminó la cháchara. Debo hacer acopio de fuerzas y meterme a lavotear la cocina, que la tengo hecha una guarrería. Bueno, mejor dentro de un ratito, que ahora estoy muy fatigado. Como no dormí… Después de la siesta limpio la casa, lo prometo. ¿Y qué me hago hoy de almuerzo? A ver si tengo suerte y mi vecina Nely me trae, como ayer, un poco de potaje. ¿La llamo? No, mejor no la molesto… Sí, la llamo. Al fin y al cabo, estoy impedido. Arrastro mis huesos hasta la escalera y la llamo. ¡Nely! ¡Nely! Nada, ésa ha cogido la calle. Cómo le gusta gastar suela a esa mulata… ¡Nely! Desde luego, no se le caerá la casa encima… Abramos el frío en busca de tesoros: me queda un poco de jamón cocido, algo de queso amarillo, tres tomates, cinco huevos, unas cebollas raquíticas, dos panes. Me puedo hacer un entrepán o una ensalada. Ah, espera, yo creo que aún queda por ahí una lata de atún y media libra de arroz. ¡Ay, qué fatiga! No tengo deseos de pasar trabajo. Me voy a tender un ratico en la cama, bajo el ventilador, y luego decido.

¡Vaya! Otra vez se fue la luz. Aguantaré aquí a oscuras, asistiendo, sudado y desvelado, al terrible y premioso paso de las horas. En silencio. Siempre en silencio.

*   *   *

Anda, Lázaro, reacciona. Sí, sí, me voy a incorporar y me pondré a leer, una vez más, el libreto de la obra. Debo memorizar mi papel, que pronto empezarán los ensayos con la compañía. Así me entretengo en algo y paso el tiempo. ¡Se me hace tan eterna la tarde acá metido, dolorido y solo!

Voy a poner a prueba mi memoria. Recitaré el pasaje del inmortal Virgilio Piñeira sin consultar el libreto. Ejem… «Tabo, te llegó la hora. ¿No me casaste con Tota? Pues te llegó la hora de pagar». Me interrumpo. No consigo memorizar el texto completo… A ver, papi, inténtalo de nuevo. Paseo desesperado por la habitación. De golpe inspirado, continúo de memoria mientras aplaudo: «¡Bravo, Tota, bravo! Eres la muerta perfecta. Te voy a condecorar con la Orden Mortal de la Muerte». Vacilo. Me esfuerzo por recordar. No, no quiero consultar el panfleto. Prosigo: «Cuando uno está muerto, no teme a las consecuencias». ¿O no es así?, me interrumpo de nuevo. Falta algo entremedias. A ver, vuelve a leer el panfleto. Repite, hijo, memoriza. Se me resiste. ¡Esta cabeza mía! ¿Ves? Así el tiempo pasa más veloz, menos doloroso. Así conjuro este atroz aburrimiento que me consume acá metido bajo esta luz blanca que odio con toda mi alma. ¡Qué hastío!

Ya visualizo el cartel a las puertas del teatro: Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñeira, con Lázaro Cifuentes e Idalmis Atienza. El teatro se vendrá abajo del genterío que acudirá. Nuestros nombres son garantía de éxito arrollador. El argumento de la obra es un alegato acerca de la nostalgia del pasado y el miedo a la muerte… Vaya, el asunto me va como anillo al dedo.

Y el teléfono que no suena. ¿Es que nadie se acuerda del amigo? Qué pronto lo entierran a uno. Qué rápido es el olvido. Nos abandonan en la vejez como a tarecos inservibles. Soy un mueble arrinconado.

*   *   *

Después de varios meses sostenido, día a día, por la esperanza de mi retorno a la escena, la visita de Eric, esta tarde, ha supuesto el golpe de gracia. El pobre no sabía cómo anunciármelo. Se lo advertí en la cara nada más entrar por esa puerta. ¡Cómo si no nos conociéramos! No atinaba él a entrar al trapo. Tuve que ayudarle: «No habrá más representaciones, ¿verdad?». Eric asintió. Siguió un penoso silencio. Se me hundió el mundo encima. A decir verdad, los pocos ensayos a los que fui capaz de asistir resultaron un completo fiasco. A cada paso me veía obligado a interrumpirme. Por ejemplo, al llegar a eso de «¿Estás segura, Tota? Yo tengo ojos en la espalda». El director me reconforta: «No se inquiete, maestro. Un ratito de reposo le hará bien. Esperamos por usted. No tenga prisa».

Me sientan, me ofrecen una limonada, me abanican. Al rato recomenzamos el ensayo. Me entra pánico, debo admitirlo, al regresar al escenario vacío: mi aliado de siempre ha pasado a convertirse en mi peor enemigo, responsable de amplificar y evidenciar ante todos mi incapacidad, mi voz ronca, mi falta de aliento, mi desmemoria. De nuevo rompe Idalmis a recitar el papel de Tota, sin una falla, precisa, mesurada, con buena entonación. Prosigo yo y acierto a declamar cuatro o cinco frases seguidas con voz cascada. Todo parece ir bien. El director y los demás asistentes intercambian miradas de satisfacción, sonríen felices. Pero, de repente, me quedo en blanco. Otra vez se me quiebra la voz. Carraspeo, toso. Todo por disimular que no soy capaz de recordar mi papel. Se hace el silencio en mi derredor. Unos a otros se miran de reojo, conmovidos, amustiados. Nadie se atreve a mirarme. La última vez, hará una semana, hube de admitir que prefería regresar a casa. No me encontraba en disposición de proseguir el ensayo. Me disculpé veinte veces. Todo el mundo me daba palmaditas en la espalda. Nada, maestro, esto es cosa de un poquito de reposo, y a la tarea de nuevo. Usted puede, don Lázaro. Ánimo.

Y me dejo llevar por el engaño, día tras día, hasta la tarde del ensayo general. A trancas y barrancas, todo sale más o menos cabal. He logrado memorizar el texto, si bien, al inicio de cada línea, vivo el vértigo de la incertidumbre, el horror a la desmemoria y al vacío. ¿Seré capaz de continuar? ¿Se me borrará todo, de un momento a otro, de la cabeza? Es mejor no pensar y tirar para adelante.

*   *   *

Resuena el eco del ajetreo del público en la sala, abarrotada hasta el extremo de haber gente sentada en los escalones de los pasillos. Y eso que han añadido una fila de sillas junto al escenario. Idalmis y yo somos dos leyendas vivas del teatro. Como de costumbre, el público se ha engalanado a su manera para vernos. Aquí, resabio quizá de tiempos antiguos, no se asiste al teatro vestido de cualquier manera. Mientras aguardo entre bambalinas, cierro los puños para sobrellevar el pánico. Idalmis sonríe y me ase de una mano para comunicarme seguridad. Con el telón aún corrido, salimos ambos a escena y ocupamos nuestros puestos. Ella, en la cama. Yo, arrodillado de espaldas al público. Me concentro, me relajo, hago una seña a mi querida Idalmis, siempre sublime en el papel de Tota. Se descorre la cortina. Empieza ella: «—Tabo / —¿Qué? / —Vamos a jugar».  Todo sale bien, de seguido, sin trabas. Me siento embriagado. ¡Lo conseguí! Pero, poco después, al llegar a eso de «Pues no voy a jugar, Tota. No y no. Tú también, ¿te acuerdas?», me interrumpo, tartamudeo, carraspeo. Miro a lo alto, luego al suelo. Intento concentrarme. El diálogo no me viene a la memoria. Me quedo patitieso, azorado. No sé cómo reaccionar.

Se oyen toses sofocadas entre el público. Un silencio expectante, ávido. Idalmis me susurra que me relaje, que me tome mi tiempo. No hay prisa, susurra. Pero no me viene nada a la cabeza. ¡Qué humillación! ¡En pleno escenario, delante de un público que se muere de ganas de verme actuar! Rendido a la evidencia de mi fracaso, cierro los ojos, como los niños cuando pretenden volverse invisibles. ¡Trágame tierra! Pero permanezco ahí de pie, desmadejado ante los enmudecidos asistentes, en un postrer intento por mantener mi maltratada dignidad. Me brotan lágrimas de los ojos. Idalmis me mira, sonríe, me urge a continuar con un gesto. Y entonces cae de golpe el telón, como una guillotina que me degüella sobre las tablas. Ya desde bambalinas, oigo al director salir a escena y pedir disculpas al público. Alega cansancio tras los duros ensayos, un bajón de tensión, este calor, háganse ustedes cargo. Y en ese mismo instante ocupa mi puesto mi sustituto, ese hijoputa de Albertito Casas. Se reabre el telón y prosigue la representación. ¡Sin mí! Para siempre sin mí.

*   *   *

Y ahora, esta inesperada visita de Eric con cara de cuerno. Él, por disimular, contemporizó: «Verás, Lázaro, no es nada definitivo. Solo pensamos que debes tomarte un descanso. Tu voz no se ha recuperado aún. No debes forzarla. Tienes que darte tiempo… Yo aplazaría tu retorno y la gira cosa de, no sé, un año quizá, a ver si así… Pensaremos en otra reposición digna de tu talento».

No respondí. Era bien patente. ¡A mi edad, un año es una eternidad! Me estaba mandando a la mierda. Para siempre. Él sabe, y yo también, que mi memoria no se va a recuperar. No cabe guardar insensatas esperanzas. Debiera haberlo comprendido antes de embarcarme en esta falacia. ¿Por qué me emperré en creer en esta pantomima de mi triunfal regreso a las tablas? ¡A los setenta y cinco años! Nadie lo creyó jamás, ahora lo veo claro. Tan solo me llevaban la corriente, por mantenerme con la ilusión y aliviar mi creciente desánimo. De hecho, supe pronto que, a espaldas mías, tenían contratado a ese vil reptil de Alberto Casas para que me doblara en caso de indisposición. Tenían que haberlo elegido precisamente a él… ¡Ya quisiera ése llegarme a la suela del zapato! ¿Y qué? ¡Pero si ni siquiera me queda memoria para recordar un diálogo entero! Aunque sean diez minutos seguidos. ¡No puedo! Ésa es la patética realidad. Todo el mundo lo sabe. Si no tengo el papel delante, me atasco al primer parlamento un poco extenso.

Y yo creyéndome que podía volver a pisar un escenario. ¡Iluso!

Bueno, ya está hecho. ¡Se terminó! Estoy fundido. Toda La Habana lo ha visto. No se habla de otra cosa.

*   *   *

Vuelta a mi soledad, pero ahora sin paliativos. Ya no hay esperanza de nada más allá de estos cuatro muros cochambrosos. Mi cárcel para siempre. ¡Y mi carne pudriéndose cachito a cachito! Si al menos perdiera la cabeza y dejara de ser consciente de esta lenta degradación, de esta putrefacción anunciada.

¡Lázaro, levanta! Despierta a la realidad. Hay que recoger agua en cazuelas y lavamanos. La cortarán dentro de un rato hasta mañana temprano. No me puedo quedar sin agua. Al menos, eso. Debo lavarme y asear un poco la casa. Está cada día más dejada, más revuelta, más sucia. Como yo mismo: ya ni me afeito. ¿Para qué? ¿Para galantear a mi vecina Nely? Ella es la única que me visita. De no ser por ella, ni siquiera me alimentaría. ¿Cómo voy a arrastrarme yo hasta la bodega a por los productos de la canasta de ayuda familiar? ¡Esas migajas que nos dan! Y menos aún voy a llegarme hasta el agro de Infanta en busca de un poco de fruta y vianda. Si no puedo con mi alma ni para descender esas escaleras.

*   *   *

¡Ay! De no ser por Julia, me muero sin remedio. Se me acabaron las tabletas que me recetó el médico para la pierna. Y yo con unos dolores, que no me tenía en pie. La pobre Julia ha pataleado durante una semana toda la ciudad en su busca. ¡Imposible! No quedan en ninguna farmacia del Estado, ni siquiera en las internacionales, ni en los mejores hospitales. Andaba yo desesperado cuando se le ocurrió a la buena mujer ponerse a preguntar entre los amigos, y, ¡Oh maravilla!, esta mañana apareció acá con una caja caducada que aún guardaba una amiguita suya. Me la comí a besos. ¡Me ha salvado la vida! Lo que no mata, engorda.

*   *   *

Si tuviera una ventana para asomarme a la calle, sería un entretenimiento ver pasar gente, vivir la vida de los demás, hasta cotillear, por qué no. Pero ni siquiera eso tengo. Este apartamento interior, tétrico y angosto constituye ahora todo mi universo. La pared desconchada, la cocina hecha una ruina, el baño mugriento, la salita con libros revueltos sobre las desfondadas butacas, discos polvorientos en su estantería, que ya no suenan, ajados carteles de mis estrenos teatrales de hace un siglo, y libretos apilados sobre la mesa de comedor donde apenas se come, a falta de manjares. Parlamentos que ya nunca recitaré. Aún no he hecho acopio de energía para poner todo eso en orden. Mañana lo haré, lo prometo. Aunque sea por un último resto de decencia. Lázaro Cifuentes no puede vivir en esta cochambre. ¡Si alguien me viera! ¡Si mis innumerables admiradores sospecharan siquiera mi espantosa decadencia!

Si ya es de por sí difícil sobrevivir en este país, no se diga hacerse viejo. La escasez de agua, el desabastecimiento de los alimentos más elementales, el espantoso calor, la luz que se corta en el momento menos pensado, justo cuando uno anda entretenido con la novela de la televisión. Es para volverse loco. ¿Por qué tanta condena, Señor?

*   *   *

Otra vez me quedé dormido en el sofá. No recuerdo en qué estaba. Ah sí: andaba ensayando Réquiem por Yarini con la compañía. Y qué bien me salió eso de «Palpar, sin ver, como un ciego, tus brazos y caderas…». Ni una coma fallé. Para que luego digan que estoy acabado.

Oye, ven acá. ¿Y no estaba besándome otra vez con Edelmira detrás del cortinaje? Ay, qué linda es, y qué abundantosa. La mulata más explosiva de La Víbora. ¡Puro fuego! Ven, niña ven, que papi te va a dar candela. Y la metí para el camerino inundado de flores.

 


 

Jesús Greus

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


Web del autor: Espejismos (https://librocircular.wordpress.com/)

👁 Leer otros relatos de este autor (en Almiar):
Los jimaguas (cuento cubano) · El bobo y la yuma · Encuentro en la oscuridad · Amor precoz

Ilustración relato: Gran Teatro de la Habana interior, por Thomas Münter from Bonn, Germany [CC BY (https://creativecommons.org/licenses/by/2.0)].

 

biblioteca relato Calle Soledad

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 108 · enero-febrero de 2020

 

(Total lecturas: 74 ♦ Reciente: 1)