relato por
Giacomo Perna

 

Una vez muerto, volveré a Nápoles para ser fantasma,
porque aquí la noche es indeciblemente bella.
Hans Christian Andersen

Y

tenía razón. Porque en Nápoles la noche no se confina dentro de los límites tan aburridos que atormentan el resto del mundo, dictados por los atardeceres y las albas, pues arrastra su esencia hasta el paroxismo de su magia. Pero solo algunos afortunados pueden presenciar este milagro. Para los elegidos, la ciudad se resiste a los dogmas del tiempo y del espacio reafirmando su esencia libre y libertina, y los candados y las cadenas pues, simplemente, no pueden influenciar su independencia. Nápoles brega contra toda asechanza que podría perturbar su encanto. Lucha con sus pezuñas y sus colmillos para preservar la libertad que le pertenece. Sus entrañas brotan y se regeneran para hacer frente a los estragos del universo, reinventándose según el discurrir de las estaciones. Nápoles no conoce vejez, pues hace mucho descubrió el secreto de la eterna juventud. Tiene vida propia, y siempre tendrá. Pero no todos llegan a percibir su energía. Nápoles es para todos, pero no todos son para ella. Y los que no carecen de juicio, los que están listos para abrazar su contradicciones, pues no logran desprenderse de su amor. Desde hace siglos, los fantasmas y espectros se dirigen hacia ahí porque frente a la soledad de la muerte, en sus páramos, prefieren la alegría de la vida eterna en Nápoles. Por la noche, no es raro percibir sus hálitos fríos refrescar los callejones hirvientes, divisar sus reflejos espectrales moviéndose según las notas de una guitarra, hasta escuchar sus carcajadas de júbilo desbaratando los hilos de la parca, que ahí no cuentan con jurisdicción. Se trata de un milagro que no tiene parecido alguno. Al llegar, mengana no estaba familiarizada con semejante ímpetu y magia. Pero sí la afinidad de las almas, pues hay espíritus que tienden a interpolarse debido a los azares, a las artimañas del destino y a su parecido existencial. Mengana se parecía mucho a Nápoles. Su espíritu contaba con la misma magia. No tardó mucho en aclimatarse, pues su corazón pulsaba con la misma vivacidad y frenesí que la ciudad. Pronto descubrió que, pese a algunos prejuicios reiterados, las palabras de los poetas callejeros eran ciertas, pues Parténope es más bella que Venus, siempre lo será, y su hechizo iba conquistándola.

Me acuerdo de ti cuando veo el mar —le había dicho fulano tiempo después—, y esto que el mar siempre había estado ahí, a su alcance. Diferentemente de ella, fulano era hijo de aquella tierra. Pese al destierro que se había autoimpuesto, y pese al tiempo pasado, fulano tampoco podía resistirse a aquel encanto, y la pucundria que lo visitaba en las noches de plenilunio, al lado de una fogata chirriante, sus lágrimas perdiéndose en un mar tan distinto del que lo había criado, y la luna mostrándole otra cara, una cara desconocida que aún le recordaba a mengana lejana sentada a la orilla del puerto, sus manos buscando las suyas, sus labios acariciándose para magnificar aún más la noche infinita, y él, fulano igual de lejano, ululando a la luna y a los alegres recuerdos, y a la esperanza de volverse a ver pronto.

El día de su llegada, mengana fue acogida por el sol resplandeciente y el olor a mar. Fue un placer para los sentidos. El frenesí ciudadano la distrajo de todos los pensamientos, y el rompecabezas de encontrar el bus, tartamudeando una que otra palabra en una lengua que todavía no le pertenecía. Nada dejaba presagiar lo que había de causar su llegada. Por el otro lado de la ciudad, en los yermos olvidados por el desconocimiento, la vieja milenaria, achicada por el peso del tiempo, vuelta tan diminuta como una cigarra por las trampas de los dioses, ocupada en contar los granitos de arena que la dividían de la muerte anhelada, abandonó el ostracismo de la soledad y volvió a salir de su cueva. Diferentemente de mengana, el sol y el mar no le causaron ningún espabilo, pues hace mucho que la costumbre había suplantado la sorpresa. Nadie podía remembrar su última aparición, pues la vieja le había sobrevivido hasta al dios que se burló de ella, pero había preferido el aislamiento, paliativo a los cambios incontrastables del mundo y de su cuerpo desgastado. Pero aquella tarde, mientras el avión aterrizaba y un aplauso al piloto por hacer bien su trabajo, la vieja se reincorporó a su oficio eterno. Sus ojos ciegos refulgían bajo el sol, mientras ella, de su propio puño y letra, trazaba las líneas del destino en las hojas muertas. Se demoró meses en redactar su profecía, y solo pudo soltar las hojas en el momento propicio. Luego volvió a su espera de la muerte, pues su trabajo estaba hecho, ahora le tocaba a los demás interpretar sus vaticinios.

Mengana se movía cómoda en las noches. Paseaba por los callejones oscuros, antiguos hogares de alquimistas y revolucionarios, príncipes de la comedia y dioses de la cancha, poetas maldecidos y santos profanos, revelando sus colores, y se sumergía en las plazas repletas adjuntándose a sus alborotos. Las cosas se animaban, volvían a la vida, recobraban sus esencias cuando mengana se asomaba a ellas, impulsadas por el influjo de su espíritu vivaz. Las noches se estiraban acunando su libertad, única verdad absoluta, siguiendo el rumbo de sus sandalias ligeras y sus pantorrillas entrenadas, meciendo sus sorpresas y sus espantos abrumantes, sacudiendo su cadera entre un baile y un brindis y sus ojos verdes escarbando entre los secretos que desbarataban sus sellos para ella y ella solo, mengana afortunada. No le había costado descubrir que en aquel páramo del mundo, la vida era y siempre había sido una tarantela improvisada sin castañuelas. Y mengana bailaba y bailaba hasta que los adoquines se ablandaban bajo sus pisadas, y una alfombra ligera de música y palabras planeando entre las estrellas de la noche. Nápoles ya la había acogido entre sus predilectos.

Fue justo una noche eterna la que juntó fulano y mengana. No podría haber sido de otra forma. No se trató de la fatalidad del destino, pues en Nápoles no hay encuentros casuales. Parténope, sirena misericordiosa, siempre se percata de las almas afines e intenta juntarlas para magnificar sus esplendores. Así que en el alboroto de la noche sus miradas se cruzaron. Fue un momento sin procedencia. Sucedió así de repente que el pasado más próximo no tuvo tiempo para fijarse en la memoria del tiempo, y los ojos verdes de mengana buscando los ojos negros de fulano que buscaban los ojos verdes de mengana en un círculo infinito que solo podía concluirse con el perdurar de una noche para ellos y nadie más. Su unión selló la importancia del momento. La brisa clarividente sorprendió la noche, y la hojarasca del destino los acompañó hasta el término de su encuentro, persiguiéndolos como polillas atraídas por la luz, pero nadie le hizo caso a las palabras escritas en las hojas, porque sus cuerpos ya habían perdido todo tipo de sensibilidad hacia el exterior.

Todavía me acuerdo de ti cuando veo el mar —había de decirle fulano, muchos años después—, pero el hechizo de las noches eternas ya había sucumbido al escarnio de la lejanía de ambos. Nápoles seguía viva en los recuerdos, pero hace mucho que los dos no se asomaban a su magia. Muchas veces, fulano volvía a evocar aquellas noches cálidas, esperando el alba que solo llegaba cuando le concedían permiso, sentados en el muelle oscuro, quemando tabaco y convicciones para abandonarse a ellos mismos, despojándose de toda vanidad y revelando sus más profundas verdades. Y Parténope ahí, eterno testigo de sus desvelos, apaciguando las corrientes y retrasando los navegantes con su canto, para que nadie incomodara su paz. En la picardía de sus insomnios, el muelle existía para ellos y nada más, igual que la noche que solo se concedía a ellos, los fantasmas alegres y los demás dichosos que aprovechaban de la vida. Pero las cosas habían cambiado, y mengana ya no estaba para sentimentalismos de antaño. Lo que había pasado tenía sus consecuencias, y las cicatrices del tiempo resultaban imborrables. De nada valía la exhumación de la felicidad, que solo exacerbaba el ahora de sufrimiento y reproches, arrepentimientos y desengaño. Tampoco servía de algo el bienestar redescubierto, el placer de compartir instantes en la despreocupación de todo lo ajeno, el interregno de ensueño que se volvía a edificar ahora que juntos otra vez, al lado de otro mar pero lejos de aquellas noches, que nunca más podían volver. La realidad reclamaba su espacio cada vez que un beso sellaba el avanzar de la ilusión, y la decepción de fulano, despojado de toda fuerza, y el desencanto de mengana, despojada de todas ganas de creerle.

Pero en otra época, todo era distinto. Las noches barajaban sus casualidades para que los dos siguieran hallándose. Igual que los amantes cortazarianos, no precisaban citas para encontrarse, pues sus almas parecían atraerse como imanes en la muchedumbre frenética. Sus miradas se cruzaban en los lugares más impensables, donde jamás habrían presagiado un encuentro, desatando cada vez la intriga de verse, de desafiar los azares y los imprevistos del mundo para coincidir en el mismo bar, cruzar la misma esquina, juntarse en la certeza de hallarse una y otra vez, porque sus caminos parecían atados por el destino de tenerse. Y cada encuentro casual desataba la alegría del otra vez juntos y terminaba en el muelle desolado que atendía su llegada, preparando las olas y las brisas para mecer su alienación del mundo, sellando el bienestar de sus espíritus en la noche sempiterna, siempre eterna para ellos. Y Parténope testigo tácito, sonriéndole ahí al lado, derritiéndose frente al ímpetu de la pasión.

El tiempo pasa y además de Nápoles y su rebeldía, nadie aguarda bastante autoridad para detener su avance. Tampoco fulano y mengana, pese al ímpetu de sus sentimientos, aguardaban semejante poderío. El tiempo pasaba y fulano y mengana intentaban resistir a los estragos de la lejanía, pero la distancia se hacía más larga y la espera aún más, y sus palabras adquirían tonalidades más oscuras, asemejándose a un nomeolvides ya podrido, salvo en las evocaciones de la memoria. Aun así bregaban y luchaban para mantener vivas sus ganas y sus instintos, avivando el recuerdo borroso de sus pasiones, anhelando el reencuentro merecido en la exasperación de la separación, convencidos de que el tiempo, al fin y al cabo, jugara en su favor. Hasta que el tiempo delató sus trampas, y todo se destiñó.

Aquella noche, después de tantas noches distantes, sus miradas se cruzaron igual que en un tiempo remoto, los ojos verdes de mengana escarbando en los ojos negros de fulano que escarbaban en los de ella, otra vez, fijándose los unos en los otros con la misma intensidad de antaño. Pero el interregno de lágrimas, luego rabia y fingido desinterés, hasta desembocar en el esfuerzo del olvido y la convicción de haberse separado, iba levantando una neblina borrosa de lágrimas y dudas entre sus miradas. El fulano intentó espantar la fosca, pero se estrelló contra una realidad de hormigón. Un abrazo algo forzado para ablandar los candados que los ataban, recuperar la distancia; un beso en la mejilla desenterrando sus perfumes; un qué tal has estado dictado por las circunstancias; la mesa ahíta de un bar para relajar los nervios. Los segundos se estiraban incómodos, pero no se trataba de la magia de la noche, sino la espera inquieta de dos cañas para brindar, brindar al reencuentro y a la esperanza de fulano desplomándose frente al apuro de mengana, que brindaba por su parte al apremio de que todo se acabara rápido. Aun así, los dos intentando ocultar sus inquietudes, amparándose bajo la máscara de la charla sosa y los sorbos desazonados, en el intento de que todo fluya. Pero algo se había interpuesto a la magia que solía unirlos. Errores y reproches y palabras jamás soltadas que rimbombaban en sus sienes, desbaratando las ganas de volverse a ver, de recuperar el tiempo perdido aprovechando del instante, de volver eterna esta noche igual que las demás compartidas. Pero Parténope no estaba ahí para arrimar sus almas.

Fulano volvió a sus quehaceres, aplastado por sus propias culpas, despojado de toda gana de vivir, escarmentado por la certeza de jamás poder amar. Mengana volvió donde su zutano, angustiada por algo de culpa y decepción, y el rencor hacia fulano tan descarado reapareciendo así sin más. La tristeza se arrastró durante días, distintas tristezas desatadas por el mismo encuentro, hasta que los dos se rindieron a convivir con ellas. Nada les quedó sino el recuerdo agridulce de un amor pasado, decepción y desengaño por un lado, rencor y rabia por el otro, y las hojas sueltas de sus destinos todavía rodeando sus auras, pero ni fulano ni mengana se atrevieron a descifrar sus futuros, aterrorizados por el peso del que será y la confusión del podría ser. Y la sibila cansada, rugiendo injurias en su cueva, decepcionada por otra incomprensión.

 


 

Giacomo Perna

Giacomo Perna. Nació en Nápoles, Italia, el 27/06/1993. Se graduó en la Università degli studi di Napoli «L’Orientale», presentando una tesis sobre la relación entre realidad y ficción en la obra Cien años de soledad. Actualmente estudia un Máster de Literatura en la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Cuenta con un libro publicado en Italia por la editorial Bookabook, cuyo título es Caffé Nudo. Desde hace un tiempo se deleita escribiendo en español, y ha publicado varios relatos en revistas españolas y latinoamericanas.

Contactar con el autor: g.perna7 [arroba] gmail [punto] com

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🖼️ Ilustración artículo: Fotografía por victorglory83, en Pixabay [public domain]

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Revista Almiarn.º 121 ▫ marzo-abril de 2022MARGEN CERO™

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