artículo por
Giacomo Perna

 

L

os relatos no deberían llevar ni títulos ni fechas. En efecto, no deberían llevar nada más sino las palabras con las que se quieren revelar a los demás, despojándose de las superficialidades. Pero lo que pasa es que todos los relatos tienen su propia personalidad, lo que obviamente influye sobre la manera en que le aparecen al público. Sería injusto y algo cruel obligarlos a no expresar su yo, e iría seguramente en contra de los dictámenes teóricos de la sociedad contemporánea pseudoacogedora y liberal, que esgrime su espada afilada en favor de la libertad de expresión (pero no desdeña una sana y satisfactoria crítica irracional y destructiva hacia los que se expresan). Fuertes de su libre albedrío, los relatos se deleitan en estrenar sus poliédricas peculiaridades según sus gustos recónditos. Muchos de ellos se bautizan con títulos pomposos y llamativos, embriagándose en los revuelcos de su propia vanidad y narcisismo, aun sabiendo que un nombre propio es cualquier pendejada, y no hace falta para definir las cosas. Otros deciden registrar su nacimiento, tal vez buscando la afirmación de su existencia en la proclamación irrefutable de su origen en el tiempo, a pesar de haber constatado desde antaño la inutilidad cósmica de las fechas, que solo adquieren a las cosas adjetivos tipo «nuevo» o «viejo» o «futuro» o «remoto» (qué inutilidad). Otros, perturbados por la incertidumbre, afilian su esencia a nombres famosos para alcanzar la gloria, relegando su procedencia a una firma de tinta negra en papel blanco, tal vez para alcanzar la notoriedad o para el menester de un parentesco, ligándose eternamente a una figura de carne y huesos, denegando su independencia identitaria y su pertenencia a la vastedad del infinito sin ságomas. Algunos relatos, tal vez los más engreídos, se arropan de joyas y pendientes, collares aristocráticos y vestimentas de noche de gala, esmoquin y trajes de domingo, faldas y camisas firmadas, brillantina para el cabello y cera para las mejillas, celando sus cuerpos detrás de los espejismos del barroco más rebuscado. Semejante actitud podría reconducirse a la soberbia o a la simple necesidad de embellecerse. De todas formas, igual que los demás ejemplos, resulta un engaño muy sensual para la muchedumbre frívola que los admira desfilar en la alfombra roja sin fin ni comienzo de la literatura. Todos estos adornos germinan de la necesidad de afirmarse, y resultan imprescindibles en un mundo víctima de las manifestaciones del hedonismo y sus encantos (aunque la nouvelle vague de los gustos privilegia lo diferente y lo bizarro, repudiando los cánones clásicos de la belleza (será una expresión de rebeldía de los abyectos, para revertir la predilección de lo objetivamente hermoso, según algunos).

Los relatos no solo se manifiestan por el placer de hacerlo. En efecto son muy pocos los que se revelan por puro deleite, pues los demás conciben su presencia como una tarea indispensable y necesaria. Su labor no es nada sencilla y no respecta descansos ni siestas, ni tampoco contempla vacaciones o días feriados. De hecho, la mayoría están muy cansados —y con razón. El estrés no les hace bien a los relatos, pues se frustran y se acongojan y se afligen, y los menos estoicos precipitan fácilmente en el abismo de los excesos, que siempre les resulta el paliativo más intrigante y fácil de alcanzar. En los momentos de tranquilidad que se les concede —aunque esto depende de los relatos: algunos se resguardan del desgaste debido a su poca notoriedad, pero hay otros que no gozan ni de un instante libre, pues el imperio por donde se desplazan es tan vasto que no conoce el sosiego del crepúsculo— se desvisten de sus ornamentos y arrebatan sus pautas y obligaciones, tiran al piso joyas y pendientes, camisas y trajes y mandan al carajo los patrones adquiridos y lectores, para tumbarse en el canapé tapizado que todavía no ha memorizado la forma de sus traseros, y gozan de su merecido descanso. «Y a la verga todo», exclaman con ardor goliardesco mientras buscan el control de la tele. Su cansancio es fácilmente comprensible: imagínense el estropeo continuo que padecen, los miles de ojos encima, y además la constante preocupación de ser apreciados. Es una tarea apremiante. Es por esto que los relatos no deberían de necesitar de nada más sino de las herramientas indispensables para decir lo que quieren decir, aunque perderían buena parte de su atractivo. Esto varía según el relato y su eje, por supuesto. Deberían de expresarse con frases breves y concisas, ciñendo su opinión en nada más que tres líneas, para asegurarse de no perder la atención ajena. Cada relato elegiría así lo que mejor lo define, y dejaría muy poco espacio a las especulaciones. A pesar de la diferencia de los relatos, algo sí es universal: sus voces, al fin y al cabo, siempre son las palabras que deciden para sí mismos. Éstas sí son importantes, hasta fundamentales. La elección léxica es imprescindible por lo que concierne la percepción de sus esencia literaria. Una mala decisión podría generar malinterpretaciones e incomprensiones desagradables —y esto pasa muy a menudo, miren al pobre Anticristo, que todavía esparce sollozos de pésame después de las condenas recibidas por medio siglo de incomprensión— viciando el pobre relato que, frente a los estigmas de sus lectores, no tendría otra oportunidad sino hundirse en la soledad laberíntica de la vergüenza y la condena social, pues cada tentativa de explicación resultaría inconcluyente y mal recibida. Es que la mayoría de los lectores y leyentes —a diferencia de los mismos relatos, familiarizados con todos los átomos camaleónicos de su propio ser y conscientes de las innumerables posibilidades de jugar con ellos— no suelen concebir la precariedad de los lemas, creyéndolos unas etiquetas inmutables y estrictamente fijadas en la invariabilidad. Es un error de juicio y percepción, pero es una idea difundida entre la mayoría. Para defenderse de dicha falta de cognición, los relatos más exuberantes se ven obligados a embridar sus propias ganas, frenando sus instintos juguetones y encajando cada concepto en un lema específico, para minimizar las confusiones (qué pereza, se quejan afligidos). Así cambian sus formas, interviniendo sobre las moléculas más anárquicas y fustigándolas hasta que se conformen con las apariencias del sentido común. Muy a menudo se arrepienten de su operar, pues les parece muy aburrido tener que actuar así, más aún en la sociedad hodierna, que profetiza su abertura total y elogia la libertad individual —será verdad o moda o simple pretexto, porque al fin y al cabo esta abertura sin fronteras está delimitada por unos pilares decididamente limitantes. Así que los relatos se transforman, buscando la justa forma de expresarse y muy a menudo, en el silencio de su propia creación, se les escapan palabrotas y quejas, y entre las palabras atentamente elegidas los de oídos finos pueden escuchar un «carajo, qué flojera» o un «por dios siempre lo mismo», y hasta los más groseros debutan con un «puta la huevada» ya desde las primeras líneas. Y aun así, todos —lectores y leyentes— terminan extrapolando de los relatos, desahuciados y fatigados por los esfuerzos, los elementos que prefieren, cambiándolos según sus antojos (qué barbaridad). Sus intentos de resguardarse de la incomprensión resultan, al fin y al cabo, inútil. Es increíble. Uno de los problemas es que los relatos no cuentan con un sindicato ni algún grupo que los defienda de las malinterpretaciones. Esto pasa porque, igual que los demás seres, los relatos no son unidos. Hay hastíos, recelos y rencores entre ellos. Algunos se dividen en grupos, encontrando en los demás algún sentimiento identitario común. Otros deambulan solos por un tiempo, hasta rendirse a su existencia de ermitaños, pues no encuentran amistades sino repudios y patadas en el culo. Es que el hecho de ser relato no genera obligatoriamente simpatía en los demás relatos y (es sabido) que marginalizar es una de las virtudes —eh— de los seres, especialmente los que anhelan juntarse en grupos. Algunos relatos muy deprimidos o cansados de las malinterpretaciones intentaron pegarse un tiro, cortarse las muñecas o ahorcarse en sus hogares, pero no les fue bien, pues no pueden morirse así de fácil porque siguen viviendo en las mentes de todos los lectores (pero desaparecen de las de los leyentes) y en los papeles impresos (muchos relatos se cagan en Gutenberg y su diabólica invención). Por esto, algunos de los más tercos empezaron una especie de guerrilla de tintas y palabras, cuyo eje era buscar su propia desaparición. Intentaron persuadir sus lectores y leyentes a tirarse del balcón, a envenenar su propia comida, a estrellarse contra un muro de hormigón a cien millas la hora, a morirse por amor y suicidarse por desamor, a irse a vivir con los orangutanes convenciéndoles de su bondad y miles de subterfugios más, buscando la muerte ajena para encontrar la propia, pero les resultó muy complicado. A veces funciona con los lectores más comprometidos, los que romantizan la literatura y glorifican sus propias hazañas comparándolas con las de la ficción —sigh— como si los relatos no tuvieran nada más que hacer que contar las gestas de justamente este o aquel pendejo que ande por ahí —¡por favor!— pero muy a menudo pasa que estos también malinterpretan sus revelaciones, y acarician a los relatos frustrados y nerviosos (y asesinos incapaces) cumplimentándose de su esmero y su destreza literaria, y los presentan a los demás con elogios y halagos que solo incrementan su vitalidad. Además, esta táctica homicida no sirve con los leyentes, pues estos simplemente aplauden al relato para olvidarse de todo menos su título al dejar de hacerle caso.

Entonces, para evitar el estrés y los malentendidos, los relatos tendrían que salir a la calle sin ropa y ya. Se tendrían que despojar de títulos y fechas, escupir en su autoría y cagarse en los adornos rebuscados. Es lo único que podrían hacer. Tendrían que preocuparse solo y exclusivamente de ser entendidos, pues a pesar de su autonomía, su existencia no puede prescindir de los lectores y leyentes (menuda condena). Así obviarían a las faltas de cognición ajena, revelándose de la manera más sencilla y diáfana. Obviamente, no todos los relatos serían bien recibidos, pues hay muchos que aguardan maldad y malicia. Pero aun así, desnudándose completamente serían comprendidos por lo que realmente son —y además gozarían del privilegio de andar sin ropa (menudo placer). ¿Y si lo hicieran de verdad? Imagínense un mogollón de relatos revelándose por lo que son, dejando de un lado a las frases crípticas y los juegos, abandonando lo controversial y lo encantador para llegar al grano y nada más. Seguro que aun así habría alguien tan genial como para extraviar sus significados, pues al fin y al cabo cada uno hace lo que quiere con los relatos. Además pues, qué lástima para ellos y qué pereza para algunos lectores.

 


 

Giacomo Perna

Giacomo Perna. Nació en Nápoles, Italia, el 27/06/1993. Se graduó en la Università degli studi di Napoli «L’Orientale», presentando una tesis sobre la relación entre realidad y ficción en la obra Cien años de soledad. Actualmente estudia un Máster de Literatura en la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Cuenta con un libro publicado en Italia por la editorial Bookabook, cuyo título es Caffé Nudo. Desde hace un tiempo se deleita escribiendo en español, y ha publicado un breve relato en la Revista Sinfín.

 

Contactar con el autor: g.perna7[arroba]gmail[punto]com

🖼 Ilustración artículo: Fotografía por Negative Space, en Pexels [public domain]

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Revista Almiarn.º 114 ▫ enero/febrero de 2021MARGEN CERO™

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