artículo por
Luis Méndez

 

E

milio Zola dice: El destino de los animales es de mayor importancia para mí que el miedo a parecer ridículo, en cuanto está indisolublemente ligado a la suerte de los hombres. Dos ideas resaltan en esta frase: la del ridículo y la del destino de los hombres.

Ciertamente, abordar este asunto, sobre todo si es en un medio amistoso, puede terminar en una reacción entre tolerante y jocosa. El tal defensor de los animales, considerado como un «enfermito», un «bambi» emocional, haría bien en tratarse psicológicamente. Esta reacción es más bien espontánea, y no conlleva ningún cálculo; simplemente es producto de una siembra de tópicos milenaria, como en otras tantas cosas. Sin embargo, si se profundiza en el análisis, se verá que el asunto no es tan emocional como parece, que está incardinado en la filosofía práctica —no especulativa— y que en él hay implicados muchos intereses a los cuales el destino de los animales les resulta totalmente indiferente. Una inhumanidad más de la humanidad.

Participar en un debate sobre el asunto suele ser desesperante. Si algo brilla en él es la ausencia de racionalidad, la abundancia de argumentos regurgitados y manidos, incluso la insinceridad. No se puede decir otra cosa, por muy respetuoso y comprensivo que se quiera ser.

De entrada, dichos debates parten de una base antropocentrista que lo prejuzga todo. El mundo se divide en animales racionales y animales irracionales, por lo cual la razón ha de dominar sin límites sobre la ausencia de razón que se presume en los animales. Encima con el apoyo de una Biblia que establece extrañamente que el hombre «ejerza dominio» sobre el resto de las especies. Decimos extrañamente porque lo normal habría sido que un creador bondadoso hubiera establecido, con sentido protector, el respeto de todos sobre todo lo sensible por él creado. Con razón Alfonso X el Sabio decía que si él hubiera asistido a la creación del mundo, el ordenamiento de los cielos se habría hecho de manera diferente. Y si se nos permite una digresión, ahora que el asunto está de moda ¿se justificaría que una especie alienígena superior nos maltratara solo por causa de su superioridad? Parece una pregunta extravagante, pero en el razonamiento caben estas hipótesis. Tomás de Aquino preguntaba si Dios podría crear una piedra que él mismo no pudiera levantar.

Volviendo al antropocentrismo, este se basa sobre todo en un narcisismo intelectual que parece lleva a la conclusión de que a la inteligencia superior le está permitido todo cuando se trata de seres con ausencia de inteligencia. No nos llevemos las manos a la cabeza, sorprendidos; en la esclavitud, en el colonialismo, hubo mucho de esto. Descartes, defensor de la razón, de la duda, de la existencia de Dios, sostenía que los animales eran objetos mecánicos y que atribuirles mente y capacidad de dolor no era sino un «prejuicio de la infancia».

Para que las reglas y las gradaciones de las teorías sean legítimas han de ser generales, aplicables a todos los casos. Dada tal jerarquización ¿se puede deducir que doctores, graduados, bachilleres, graduados en la ESO, analfabetos, pueden realizar y recibir tratos discriminatorios entre sí? La persona en coma y por lo tanto sin inteligencia activa ¿ve suprimidos sus derechos?

Decíamos que es un asunto de filosofía práctica. Lo que se hace contra un humano, se hace contra la humanidad; y lo que se hace contra una especie, se hace contra toda la creación. Ignorar estas cosas lleva a teorías demenciales sobre razas supuestamente desiguales, eugenesias necesarias, calidades autoconferidas, etc. Aparte de que es un ejercicio de razón y de sinrazón.

Cuando se trata este asunto no es extraño que los no animalistas se pongan solemnes, legales y aparentemente conciliadores: vale, nosotros respetamos su derecho a no asistir a actos contra animales, por lo cual ustedes habrán de respetar el nuestro a asistir. Tal proposición ¿es sincera? ¿Acaso no ven que no se trata del derecho de unos y otros, sino del derecho del propio animal sacrificado. Pero, ¡cómo!, ¿derechos a un ser que no es inteligente? Por supuesto, protección a todo ser con capacidad de dolor, de sufrimiento, de sentimientos, los cuales son muchos en ellos.

Afortunadamente esto no es nuevo. Maupertuis, Bentham o Mill sostenían que los animales son seres sensibles por lo que causarles el más mínimo dolor sin necesidad era, es, una crueldad, una injusticia y una actuación que va contra la ética. Cuando al gran Leonardo da Vinci le preguntaban por qué no comía carne, respondía: ¿voy a comerme a mis amigos?

Aquí cabe una salvedad esencial: somos conscientes de que la sociedad no puede cambiar radicalmente. Lamentablemente hay toda una industria que lo impide. Lo que planteamos son dos cosas básicas: que su dolor nunca pueda servir para disfrute de los humanos, y que cuando su muerte sea necesaria, sea indolora. No caben justificaciones de ahorro para eludir tales obligaciones éticas.

Estas premisas nos llevan a ese contraargumento que trata de limitar el frente animalista so exigencia de purismo y congruencia: se ha de vivir tal como se predica (ojalá esta exigencia se planteara en todos los casos). Pero no, los derechos de los animales son propios de ellos, y no están sujetos a ninguna condición. Sería como decir que un trabajador de la empresa privada no puede defender el trabajo público. ¿Y qué va a hacer si no ha podido ganar una plaza? Esa imposibilidad, esa incongruencia entre lo que hace y lo que desea no debilita en nada la razón de los que defienden lo público.

Este asunto no hay que verlo solo como una concesión al animal, sino a nosotros mismos. ¿Qué tipo de raza superior es esa que carece de empatía, de capacidad de ponerse en el dolor, en el miedo ajenos? ¿Hemos reflexionado sobre qué significa permanecer impasibles ante el dolor ajeno? Se dice, tal afición es cultura. ¿La cultura del dolor? Cuántos atavismos no hemos abandonado por injustos, por inhumanos. No entender algo tan simple no es precisamente una demostración de superioridad. Ojalá llegue pronto el día en que logremos salirnos de nuestro yo, de nuestros intereses, a veces miserables, y apliquemos esa máxima tan cacareada y tan poco aplicada de no querer para el otro —cualquiera que sea su nivel de inteligencia—, lo que no queremos para nosotros mismos.

 


 

Luis Méndez Viñolas. Graduado en derecho. Exfuncionario de carrera. Publicaciones en Diario Sur, de Málaga; Sol de España, época Haro Tecglen; Ideal de Granada, Revista del Ministerio de Educación; Periodistas.es; Xornal de Galicia; Nueva Tribuna; El Obrero Periódico Transversal; Rebelión; autor de El Club de los suicidas o el malestar de la conciencia (Universo de letras/ Planeta).

📨 Contactar con el autor: luis-mv-2018 [at] hotmail.com

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Ilustración: Fotografía por Alexas_Fotos / Pixabay [dominio público]

 

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