artículo por
Luis Méndez

 

L

a mentira es uno de los peores cánceres que puede sufrir la humanidad. Es un mal permanente, proclive a la metástasis. No es simplemente la calumnia o la difamación, o ambas cosas a la vez, alcanza a más. Nos viene el recuerdo de Emilio Zola con su artículo Yo acuso, en el diario L’Aurore (justo es recordarle). En él Zola denuncia la acusación falsa de traición y espionaje contra Dreyfus, lo cual sorprende por el valor que representa. Mentira y miedo se suelen confabular para imponerse. El trasfondo del asunto, entre otros, es el antisemitismo.

Entre los párrafos del artículo se pueden destacar los siguientes:

… Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido…

… Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos…

… Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L’Éclair y en L’Echo de París una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública…

…No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales…

Las represalias no se hicieron esperar. Incluso en el Museo de los Horrores se le caricaturizó como a un cerdo. La mentira cabalgaba libre y ufana.

Sin embargo, nuestras sociedades no son conscientes de los efectos que causa y de su gravedad. Es más, se ha establecido un sistema confesional, mediante el cual (y en algunos casos, no todos), pidiendo perdón se restituye el honor (que palabro) del mentiroso. Pero, ¿a quién se le pide perdón? ¿Cómo se restituye el mal causado? ¿Esa petición de perdón no requeriría como mínimo devolver los réditos materiales e inmateriales obtenidos por la mentira? Sin embargo, en esa inopia a la que nos propenden, hasta somos capaces de calificar como valiente y generoso ese reconocimiento de culpabilidad que se suele dar cuando al mentiroso se le ha pillado.

Es más, la mentira no es solo una no verdad, es una ideología, una filosofía que lo trastoca todo: clases, órdenes, méritos, culpas, etc.

Cuando se quiere justificar un mal suelen hablarnos de la contextualización. Es que en aquellos tiempos… Pues importante es contextualizar el terreno en el cual habita el mentiroso. Si el mentiroso sobrevive a su mentira en el mismo lugar, es que el terreno está abonado para ello, y los que le protegen son tan culpables como él, si no inductores principales.

Como decíamos, la mentira es muchas cosas más. La mentira no es solo situar en la mente de otros un dato irreal. La mentira emitida destruye una verdad que tenía derecho a existir. La mentira causa un doble mal: genera una existencia falsa y destruye una existencia verdadera. ¿Qué pensaban los indígenas de Norteamérica cuando se veían reflejados en los westerns o películas de combois, tal como se decía en su tiempo?

La mentira es la avanzada de otros males: de la desunión por desconfianza; del nihilismo por hastío; de la impunidad por corrupción, de la corrupción por impunidad. Solo basta con adulterar y alterar los papeles. Y esto se produce sobre todo en aquellas mentiras que buscan efectos universales. ¿Cuántas veces no habrán ganado las peores de las ideas porque a los pueblos no se les dio opción a saber cuál era el asunto que se dirimía? Es decir, que la mentira, además es un robo seguido de un asesinato (nocturnidad y alevosía).

La mentira es bifronte: aúpa lo impresentable y derriba lo ejemplar. Qué peligroso es esto último: La verdad cohesiona el descontento, debilita a la debilidad; invita a dar un paso al frente; lleva a la mente la idea de que hay otro mundo que habitar, no solo ciénagas, mientras que la mentira opera conscientemente para que la verdad se hunda en un rincón, silenciada, aislada, desacreditada, impotente. ¿Imaginan un mundo en el cual mediante una mentira todas las frustraciones se convirtieran en éxitos? Pues no, no sería el reino de la paz, sino de colisiones interminables. La idea es producto de la materia. Eso de que la idea es la realidad y lo demás su reflejo suena, como mínimo, a extraño. Tal como se ve, filosofía y vulgar cotidianeidad se entremezclan.

¿Tenemos un derecho inalienable a ver la realidad tal como es? Parece que no. Se ha acuñado una salida muy oportuna para aquellos a quienes no les preocupa especialmente la verdad: mi verdad, dicen, como recurso y derecho a decir lo que sea. Y sin embargo es un razonamiento coherente dentro de sus esquemas privatistas. Pero mientras la verdad es objetiva, la verdad particular, su verdad, es totalmente subjetiva. El subjetivismo es el recurso de los que pretenden beneficiarse de la ventaja, del privi-legio, (ley privada), solo aplicable a ellos. El derecho penal nazi era un derecho de autor; no se aplicaba con carácter de generalidad según el delito cometido, sino según quién fuera el acusado.

Pero no hay tal mí verdad; no son válidas todas estas excusas, no se puede opinar despreocupadamente sin la obligación del previo esfuerzo para averiguar antes cuál es la verdad. No es un problema de vagancia previa, sino de comodidad y de desfachatez, cuando no de cinismo. ¿Cómo cada ciudadano podría tener su propio código de circulación sin afectar a los demás? Es evidente que cuanto mayor es la verdad sorteada, con mayor consciencia ha sido emitida la mentira que la destruye. Dicen que en la guerra la primera víctima es la verdad. Esta es una mentira de las más sutiles y peligrosas: nos lleva a creer que si no hay guerra no hay mentiras. Al revés, muchas veces es la mentira la que lleva a la guerra. Ocurre lo mismo con las llamadas fake news (qué oportuno, en inglés): establecen un círculo luminoso de corto alcance que distrae de las mentiras de calado profundo; mentiras groseras que ocultan las sutiles mentiras del hacer cotidiano de los grandes poderes.

Casualmente las llamadas fake news se han popularizado cuando las verdades incómodas de otros comenzaban a abrirse camino en la selva de la información y de la desinformación. Muy oportuno. Miento tildando la información correcta de mentira.

Como decíamos, la mentira no es un ente etéreo que solo afecta a la palabra. Tiene efectos sobre la verdad material: es una cosa con cuerpo físico. Si se hace una gestión fraudulenta hay víctimas físicas, bienes físicos, puestos, escaños reales, privilegios con falsa justificación.

Esa propensión a la mentira es tan disparatada que incluso recurre a los soportes más peregrinos, como la pornografía. Por ejemplo, vídeos sobre regímenes políticos enemigos, por supuesto, que realizan castigos y torturas sexuales como sistema ideológico de represión. Lo más seguro es que hayan obtenido la idea de sus propias prácticas. El asunto de las violaciones fue muy utilizado en la I Guerra Mundial. Los únicos violadores eran los boches.

La mentira no es solo poner en la realidad algo que no existe, algo que no es así (sin poderlo evitar nos vienen esas frases extrañas, profundísimas, de eximios filósofos, como la de Heideger, la nada nadea; efectivamente). La mentira es un ataque contra el raciocinio, contra la razonabilidad, contra la matemática de un pensamiento coherente, consecuente, correcto. A falta de cualidades reales que puedan vencer al contrincante, se crea una falsa realidad, adversa para el enemigo y propicia para el mentiroso. Es el milagro de crear donde no hay; de destruir donde sí hay. Es convertirse mediante la palabra o la imagen en una especie de dios creador. Si decimos que en tal cueva se cura a los enfermos, los enfermos no serán beneficiados por el milagro, pero sí los creadores del artificio. Sobre estos milagros hay que sorprenderse de que los asistentes sean tan pocos si el milagro se produce, o de que sean tantos si no se produce. En ninguna de estas dos posibilidades, la aritmética cuadra. Pero el mentiroso nunca ha sido amigo de la cuadratura de las cuentas. Si el enemigo mata es por millones; si es el amigo, por unidades dudosas.

Pero la mentira no se produce solo en cuevas situadas en las entrañas de una montaña, para mayor misterio e impresionabilidad de los asistentes. También se produce en grandes despachos de transparentes paredes de cristal. Vean, todo a la luz (las cloacas están abajo).

La mentira bien manejada (manipulada) convierte el éxito en fracaso y el fracaso en éxito; la víctima en verdugo y al verdugo en víctima; la sandez en profundidad y la profundidad en sandez; la esclavización en esclavitud y la esclavitud en esclavización (Rudyard Kipling, La carga del hombre blanco); la causa en efecto y el efecto en causa (hoy día algo muy cotidiano); la denuncia en agresión, y la agresión en reparadora del orden justo; el consecuente en antecedente, y el antecedente borrado de los periódicos, de las hemerotecas, de los libros de historia. Respondes a una bofetada y eres el agresor. En esto, algunos periodistas y bustos parlantes de la televisión son maestros. Aún recordamos a aquel profesional que ornado por el sello de la banalidad justificaba la guerra de Irak explicando que significaba la defensa del spanish way of life, así, con anglicismos y metáforas incorporados. Ignorábamos que nuestro bienestar se produjera tan lejos; en cuanto al petróleo no recibimos ni un solo barril. A ese defensor del modo de vida español, cuando se descubrió la verdad, habría que haberle obligado a escribir diez mil veces (como en los colegios de curas: castigo en realidad familiar, dada la desproporción) Mentiras de Pulitzcer y Hearts para preparar la guerra hispano-norteamericana.

La mentira no es solo una alteración de los hechos, a los que se les da la vuelta, sino una cuestión filosófica entre lo bueno y lo malo, por no decir entre el bien y el mal, que suena a remedo de quienes arrojan sobre los demás sus propios defectos. Uno de los males del hombre moderno es que, por la vía de un supuesto cientificismo, ha anulado los conceptos éticos como elemento importante del pensamiento. Triunfó el no tenemos principios, sino intereses. Paradójicamente, una gran verdad.

Es decir, que la mentira alcanza incluso al mundo científico —susceptible de enfoques muy distintos, al contrario de lo que se pretende—, con una visceralidad que sorprende entre gente cuya labor es precisamente partir de una hipótesis (proposición por debajo de la tesis, es decir, estado de duda) antes de que la investigación la convierta en algo demostrado, en una tesis. Incluso la etimología de la palabra mueve a huir del fanatismo, en cuanto su significado original, tithenai, es archivar, lo cual lleva a pensar en un inteligente equilibrio entre la aceptación y la provisionalidad. Los archivos suelen estar vivos y a la vez muertos. Casos paradigmáticos de linchamiento científico son los de Lamarck o Lysenko. Muy interesante el trabajo de Juan Manuel Olarieta Alberdi El linchamiento de Lysenko, en la Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas de la Universidad Complutense de Madrid. En él se ven los complejos vericuetos del pensamiento y de la investigación, donde los propios pueden enfrentarse entre sí y los extraños apoyar a sus contrarios, salvo cuando llega la visión simplista, superficial, propagandista de quienes no buscan la verdad, sino ganar a cualquier precio, incluido el del empobrecimiento del pensamiento.

Se miente tanto, se deforma y desinforma tan frecuentemente, que al final la mentira se ha naturalizado entre nosotros. Ante semejante panorama ¿cómo distinguirla? ¿Acaso hay unas gotas que, como en las drogas, detecten la calidad de lo que se asevera? Que sepamos, no las hay, por lo que la única forma es investigar los hechos recurriendo a una información plural, contradictoria y de largo alcance; no aislando los hechos ni las fuentes —como tan frecuentemente se hace— sino concatenándolos entre sí y comparándolos con los que realiza quien afirma algo. Nuestro defensor de nuestro modo español de vida debería haber hecho inventario de las guerras de ambos países, de sus antiguas alianzas, de quién le suministró a quien armas de destrucción masiva y dónde se habían agotado antes. Pero hay dos inconvenientes: uno, que así no se triunfa. Dos, que el mentiroso es patológicamente egoísta. Eso es lo que debería haber hecho nuestro informador. Nosotros, no olvidar tan rápidamente.

 


 

Luis Méndez Viñolas. Graduado en derecho. Exfuncionario de carrera. Publicaciones en Diario Sur, de Málaga; Sol de España, época Haro Tecglen; Ideal de Granada, Revista del Ministerio de Educación; Periodistas.es; Xornal de Galicia; Nueva Tribuna; El Obrero Periódico Transversal; Rebelión; autor de El Club de los suicidas o el malestar de la conciencia (Universo de letras/ Planeta).

📨 Contactar con el autor: luis-mv-2018 [at] hotmail.com

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Ilustración: Fotografía por Yomare / Pixabay [dominio público]

 

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