relato por
Miguel Ángel Di Giovanni

 

R

ubén, como cada sábado de principio de mes, salvo que lloviera, dejó unas flores en el cementerio.

Ya había arreglado con una remisería del barrio para ir a buscarla a Ezeiza.

 

—Lili querida.

—¡Negritooo!

Por fin el abrazo interminable y real. Fueron en el hall del aeropuerto un obstáculo para los pasajeros que buscaban ansiosos la salida.

Después de tanto tiempo, igual que en el cine de ciencia ficción, las redes sociales se empecinaron en implantar vagos recuerdos para unir lo que Dios había separado. Y dos corazones para nada virtuales, pero solitarios, ocuparon esos roles sin más opción.

En el viaje desde Ezeiza a Colegiales, no hablaron mucho: se hacían manitos, se miraban, se redescubrían, ¿o descubrían? Vaya uno a saber qué pasaba por esas cabezas.

Las promesas por Whatsapp, a medida que se acercaba el día, fueron subiendo de temperatura. Pero tenerse cara a cara era otra cosa. Había cierto recule.

En el departamento de Rubén generalmente limpio y ordenado, hoy se notaba, además, la excitación.

Lili no reconocía el vestíbulo ni el pasillo. Claro, más de veinte años habían pasado. Pero una vez adentro, se sentía familiarizada con la casa. O casi.

—Debe ser por las reformas de la cocina y el baño —decía Rubén, y se disculpaba porque venía demorando la pintura del departamento.

A Lili nada de eso le importó. Lo abrazó, y lo besó, un buen rato, sin más trámite.

Rubén había hecho lugar en la pieza de su hijo.

—Ay, Negro —decía Lili en un tono andaluz que maravillaba a Rubén—. Pobre tu niño, que lo vengo a molestar, coño.

—No hay problema —la tranquilizó el—, en la semana no viene, y el próximo fin de semana va a estar de campamento con el club. Ni se va a acordar de mí.

Acomodaron la valija —maleta, insistía en llamarla, Lili—, sobre la cama del hijo.

Después, Lili le contó que tenía que hablar con urgencia a Adriana, una antigua amiga de estudio. Quería, necesitaba a toda costa conseguir, un certificado de la facultad de psicología, para la vuelta a España. Obligada por su trabajo en la clínica  debía hacer un máster, y le faltaba ese documento. Solo tenía una semana. Era necesario encarar el trámite lo antes posible. Así que llamó a su amiga, y combinaron para  verse a la tarde siguiente.

Por lo demás, fue una semana movida. En moto fueron al Tigre, excursión en lancha, asado criollo. Al cine con una de Darín, héroe máximo de los exiliados argentos en España. Pizza en Las Cuartetas, con explicación del porqué del nombre y todo. También fueron al teatro, fueron a escuchar música, y a ver a Dolina. Una semana concentrada en lo que pudo haber sido más de un año de cuando se recordaban como novios.

Llegaban cansados a la noche, tan cansados que solo hicieron el amor… no, solo cogieron un par de veces. Y siempre de fondo, la música de ayer, y la nueva, esa aprendida en estos tiempos de doce mil kilómetros.

En la apretada agenda, Lili mechó un par de reuniones con su amiga, Adriana.

Las cosas no estaban fluyendo como Lili esperaba con el trámite de la facultad. Que la secretaria académica esto, que la secretaria lo otro. Que no puedo un certificado, que mejor una constancia. Que en papel, que en pdf, y así mientras se acercaba la fecha de la vuelta.

En la segunda reunión de Lili con su amiga, Adriana pudo hacer la pregunta que tenía atragantada desde hacía tres meses, cuando Lili le contó que viajaba a Buenos Aires.

Lili amaneció triste, quizás extrañaba a su hijo, quizás intuía algo. Rubén la abrazó y consoló. Después de unos mates estuvo lista para salir en busca de Adriana.

Como cuando eran compañeras de estudio y de café, se metieron en el histórico bar de la esquina de la facu. Eligieron la mesa pegada a la ventana que da a Hipólito Yrigoyen.

—¿Quién es éste Rubén, Lili? —preguntó Adriana.

—Rubén, el Negro, ¿Quién si no, tía?

—Lili, ¿vos hablás siempre de Rubén Varela? ¿Ese Negro?

—Sí, gilipolla. Vamos tía, que acá la única gilipolla soy yo —decía Lili—. Mira que ahora a la distancia, me vengo a dar cuenta después de veinte años, que es el amor de mi vida. Joder. Ese: el Negro Varela. Rubén. Sí, ese.

—Lili, el Negro Rubén murió. Tu Rubén murió hace ocho años. Un paro cardíaco.

—…

—Yo me enteré de casualidad, por unas amistades en común. Vos parecías tan, tan en familia, para qué te iba a contar.

Para Lili todo se puso en cámara lenta. Soltó la cucharita dentro del café, y salpicó el borde del pocillo. La gota de café fue la única lágrima, Lili no lloró. Su mirada se perdió por Hipólito Yrigoyen hacia Congreso.

 

Al rato se despidieron. Adriana le ayudaría a presentar la nota en el rectorado al día siguiente, y a cruzar los dedos. Dependían de la buena voluntad de una empleada de la facultad de psicología, y eso era peor que esperar un milagro.

—¿Te alcanzo con el auto, Lili?

—No, Adriana, gracias.

Lili, a pesar del whatsapp de Rubén, prefirió caminar un poco antes de usar la sube prestada para el bus.

—Colectivo, colectivo, bondi —se corrigió avergonzada en el mensaje de voz.

Más tarde, Rubén la iba a «retar» mientras le besaba el cuello.

—Hablame en gallego, dale, porfi.

 

Lili llegó a la casa. Algo iba a decir, pero Rubén tenía todo listo. Quesito cortado, unos boquerones de la costa, que Lili había traído como un presente, aceitunas y cubitos de mortadela bocha, que él recordaba como su fiambre preferido. Unas velas y música, esta vez, Sade.

—Mmm, tío, que rico todo —dijo Lili.

—¿Te sirvo más tinto?

—Que sí tío, por favor, sí —dijo Lili—. Hasta la mortadela está rica —agregó— y mira que nunca me ha gustao, coño.

Rubén miró los prolijos cubitos de mortadela, y a Lili, y otra vez los cubitos. Prefirió pasar por alto el momento, y llenó las copas una vez más.

Lili sucumbió a la música de fondo, al tinto, a los besitos en el cuello, y cómo interrumpir el camino a la cama para buscar una explicación a lo que, Adriana, le había dicho unas horas antes.

Amaneció un día patológicamente primaveral, en pleno agosto del hemisferio sur. Armaron el equipo de mate, y se fueron en la moto a la costanera.

Se cagaron de risa recordando una comunicación de videollamada donde, unas semanas atrás, habían tenido sexo a distancia. Se cagaron de risa, y se felicitaron mutuamente, porque mal que les pese a los imbéciles conservadores, habían logrado tacto, sabores y olores, aun en esas circunstancias.

—La fantasía los crea, tío —decía Lili—. La mente es poderosa. Más poderosa de lo que esos gilipollas piensan: nazis sin saberlo, que nunca entienden nada, que no luchan por nada que esté en el futuro, que tienen «agua de costumbre» en las venas. A tomar por culo, tío. —decía Lili, moviendo las manos como una bailaora.

Rubén no recordaba tan combativa a la Lili del pasado. Pero eso que tenía en carne y hueso delante de él, esa argentina con aires de andaluza y gitana, le gustaba. Alucinaba.

A un día y medio para el regreso, Lili le mandó el famoso correo a la secretaria académica, y cruzó los dedos.

Tuvieron una última cena, un último desayuno y un último almuerzo.

Esa tarde, Adriana y otras dos viejas amigas pasaron a buscar a Lili por la casa de Rubén.

En el Corsa desvencijado de dos puertas, no había más lugar que para Lili y la «maleta». Igual ya lo habían hablado. Él no quería más que una corta despedida en la puerta de su casa.

Las «chicas», obviamente saludaron a Rubén un poco incómodas, y no por la falta de espacio en el auto.

—Cuídenmela éstas últimas horas —dijo Rubén moviendo la manito como un nene desde el umbral de su casa. El auto dobló la esquina.

Veintidós horas más tarde, Lili estaba en Sevilla.

A la mañana siguiente, la despertó un mail de la facultad española: Le avisaban que habían aceptado el documento. Estaba inscripta.

Rubén en esas veintidós horas no hizo más que recordar el accidente con la moto.

Al otro día, y aunque no era el primer sábado de mes, fue a la Chacarita a dejar un ramito de flores en la tumba de la Lili, que veinte años atrás había muerto en aquel accidente.

 


 

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🖼️ Ilustración relato: Imagen por Comfreak / Pixabay [dominio público]

 

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Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 119 · noviembre-diciembre de 2021

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