relato por
Ignacio López Castellanos

 

Los que digan que en la juventud no hay violencia,
es que no recuerdan su juventud.

Stephen King (Rabia)

 

N

o lo vi venir. El primer golpe me dio en el hombro derecho. Me movió y me hizo perder el equilibrio, pero no caí. Estaban casi todos mirando, aunque en lugar de mi clase me parecían mil monstruos gordos esperando arrancarme las tripas como en mis sueños. Miraban intrigados, esperando, paladeando la escena de violencia, querían ver hasta dónde era capaz de llegar Alberto, el líder, el macho alfa por excelencia de la clase, pequeño cosmos y reflejo a nivel primario del mundo «adulto» sin disfraces, pudiendo así el psiquiatra moderno aficionado observar de lo que es capaz una persona libre de ataduras morales. Moral… bien me jodió mi familia educándome en creencias morales, mejor me hubieran dado una pistola y munición en lugar de libros y una mochila.

 

—Marica…

 

Alberto escupía las palabras mientras se pasaba la mano por el pelo repeinado. También se sorbía los mocos y se tocaba de vez en cuando su mierda de entrepierna, como hacían algunos hombres, nunca entendí por qué, siempre me pareció una asquerosidad y en ese momento lo odiaba con todas mis ganas.

Acabábamos de salir al patio del colegio, por lo que no había dado tiempo a que nos disgregáramos en pequeñas tribus. Ningún profesor había salido aún. (Aunque lo mismo daba. Nunca entendí muy bien para qué sirven. Los hijos de puta como Alberto y el resto de la manada seguirán existiendo, y supongo que lo seguirán haciendo hasta el fin de los tiempos. Follando y pariendo nuevos cabrones…).

Alberto me dio un capón, sonoro, fuerte, no demasiado doloroso, aunque quizá ya no lo sentía igual. Sus seguidores de secta, aspirantes a machitos, deseosos de comer las migas mugrientas de su líder, se rieron.

 

—Hijo de puta… —mascullé.

 

Mi padrastro, un macho como ninguno, de consejos de macho de manual (es increíble la de machos que me rodean) me había dicho en toda su flatulenta sabiduría.

—Tienes que plantarles cara, son cobardes, si les plantas cara no querrán pelear —y apostilló—: hay que echarle huevos a la vida.

¡Eureka! cómo no se me había ocurrido antes. No me jodas. Le tengo estima, porque es un simplón sin mala intención. Seguro que con once años no era un macho alfa, sería más bien uno beta, de los que ríen y no hacen nada.

En fin, era una mierda de consejo. Un niño delgado y del montón contra uno que le saca cabeza y media y pesa como mínimo diez kilos más. ¡Claro! Qué podía salir mal. Pero como dije, tengo once años y todavía me interesa creer en los cuentos falsos pero con buena intención de los adultos. Así que ahí fui, y a la primera colleja que me dieron, mascullé un tímido hijo de puta…

—¿Qué? —había preguntado, sonriendo, Alberto.

Sus machos beta no sonreían.

Sin darme cuenta, solté un gallo a la vez que grité: —¡HIJO DE PUTA, COBARDE, SUBNORMAL!

Todo de seguido como un imbécil. Fue entonces cuando la tribu entera detuvo el paso y se quedó mirando. Alberto primero se quedó con cara de bobalicón, se sorbió el moco, se acicaló, miro alrededor, los lacayos se rieron, se tocó el nabo y vino hacia mí. Me empujó y gruñó su insulto preferido: marica.

Yo lo miraba fijamente sin decir nada. La clase me miraba fija sin decir nada. Me volvió a empujar y esta vez caí en el asfalto. No me dolió, pero sí me dolió ver que Laura, con sus vaqueros desgastados, su blusa blanca impoluta, abierta por el cuello en uve dejando notar una incipiente sexualidad adolescente, miraba con ojos de admiradora al macho alfa. Ahora sí que odiaba a ese cabronazo, lo odiaba con toda mi alma, y los odiaba a todos ellos, por cobardes.

Me levanté, lo miré fijamente, y otra vez lo llamé ¡Hijo de puta! En alto pero sin ningún insulto más que lo siguiera.

Los lacayos ya no reían. Laura seguía mirando con bobalicona admiración a Alberto que se volvía a colocar el paquete mientras se sorbía el moco. No entendía cómo una chica con semejante cara de ángel podía observar con ese deleite a una bestia como Alberto. La tribu observaba de manera alterna a uno y otro pero sin hacer ni decir nada.

Alberto se puso rojo, sacó media lengua, obtusa, gorda y asquerosa entre aquella ristra de dientes blancos e impecables. Pero como si mi mano hubiera sido poseída por la ira implacable de Dios, se cerró en un puño y fue directo a la cara de Alberto.

Fallé. Y vaya si fallé. Me cogió del cuello y me lanzó al suelo. Empezaron las patadas, Me hice un ovillo. Me dije: En algún momento vendrá algún profesor, espero… Pero lo que más me jodía es que Laura seguía mirándolo con admiración mientras los machos beta lo animaban. Su moco empezó a caer. Ya no se lo sorbía. La tribu miraba y no hacía nada. A lo lejos oí unos silbatos.

 

Hay que echarle huevos a la vida. Menudos cuentos nos sueltan.

 


 

Ignacio López Castellanos

Ignacio López Castellanos. Autor nacido en Asturias.

facebook.com/ignacio.lopezcastellanos

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Ilustración: Fotografía por Bruno Nascimento on Unsplash  [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 102 • enero-febrero de 2019

 

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