relato por

Ignacio López Castellanos

 

No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas.

La llamada de Cthulhu
Howard Phillips Lovecraft

 

A mis oídos llegan ecos de susurros, gritos y lamentos, de naturaleza tan aberrante y desconcertante que apenas consigo sostener la pluma entre mis dedos.

Mientras escribo estas líneas, los horrores mas putrefactos y primigenios, se desparraman sobre techos, paredes y suelos, en lo que hasta no hace mucho fuera una casa de aspecto amable, propiedad del ahora, a juzgar por los acontecimientos, difunto tío.

La luz de las lámparas de aceite va y viene, dificultándome la tarea de transcribir lo sucedido en este viaje fatídico y de pesadilla, con el fugaz y fútil deseo de que tales líneas lleguen hasta mi esposa.

Resulta perturbador, a la vez que tranquilizador, saber que lo más probable es que ahora te encuentres en nuestro hogar, allá a lo lejos entre verdes y bucólicos paisajes, lejos de este pandemonio, libre de maldad y bañada por la ahora anhelada ignorancia, además de poseer la errónea certeza de que volverás a verme.

En estos momentos convulsos, recuerdo con no poca dificultad el día en que llegara con mi tío y el equipo de excavación a Israel.

El transcurso de los días sucedió de forma tranquila, placentera y emocionante. Desde que emplazáramos nuestro campamento en las costas del Mar de Galilea, hasta el día en que fuéramos guiados por un famoso etnólogo, amigo íntimo de mi tío.

Alentados por las habladurías y las leyendas que giraban entorno a unas extrañas edificaciones, nos dejamos llevar por la euforia y el éxtasis al ser espectadores privilegiados de un hallazgo singular, el descubrimiento de unas curiosas columnas de mampostería grisácea y recubierta de légamo pegajoso.

Solo dimos con el antediluviano emplazamiento gracias a la bajada de nivel del agua en uno de los días más calurosos de la expedición.

La pesadilla dio comienzo el día que descubrimos unas tablillas de terrible mármol esculpido y cincelado, con motivos que recordaban a algún tipo de escritura cuneiforme; muchas de las tablillas estaban repletas de figuras antropomorfas; todas estas formas espigadas, recordaban vagamente a la de humanos graves y barbados adorando en grupos numerosos a deformes deidades desconocidas, las cuales para nuestro desconcierto no recordaban a ningún panteón de dioses conocido.

Las semanas transcurridas desde el descubrimiento se me antojan difusas e inalcanzables; solo consigo vislumbrar pinceladas de escenas en las que oigo gritos, deserciones de trabajadores en masa, mi tío llamando a la calma, y una explosión, un trabajador desquiciado y fuera de sí, autoinmolándose, valiéndose de la barata dinamita, destrozando su cuerpo junto con las demoníacas ruinas.

Mi tío temeroso de perder no solo los restos conservados, sino también la vida, me urgió a realizar de forma apresurada un inventario de todo aquello que tuviera algo de valor y cierta relevancia para futuras investigaciones. Tras terminar tan tedioso trabajo nos embarcamos rumbo a la isla de Malta, junto con el etnógrafo que nos indicara el lugar del maldito hallazgo arqueológico.

Ambos ancianos me informaron, para mi asombro y desconcierto, de que me abstuviera de mantener correspondencia con persona alguna, ya que la empresa que llevábamos entre manos era de una importancia y relevancia inimaginable para el perezoso y codicioso cerebro humano; aun con semejantes advertencias, no hice caso alguno a sus extrañas recomendaciones; ahora sé con certeza que ninguna carta te ha sido entregada: debes saber que en ningún momento he dejado de tenerte en mi pensamiento, bien sabe dios que mis palabras son sinceras, aun cuando los horrores más espantosos y desgarradores me aguardan tras estas paredes.

Tras nuestra llegada a la isla, los días transcurrieron veloces estudiando legajos, revisando diversas lenguas muertas en busca de algún punto en común por lejano que fuera con las extrañas inscripciones.

Dispusimos el amplio ático a modo de estudio y biblioteca, mientras que las estancias inferiores se reservaron como laboratorio, en el cual ambos ancianos pasaban la mayor parte del día.

Demasiado tarde soy consciente de lo ignorante e ingenuo que fui, pues ellos hacía tiempo que dominaban a la perfección aquella forma de escritura primigenia.

Los sorprendí un día en que llegaron a mis oídos unas extrañas voces que se me antojaban monstruosas y lastimosas, hacían éstas que un sudor frío recorriera mi espalda.

Ignorando fríamente tales circunstancias descendí de manera silenciosa las vetustas escaleras de piedra, y escuché para mi asombro cómo ambos ancianos parloteaban en una arcaica e irreproducible lengua; solo un nombre se repetía, un nombre que me perseguirá, temo, incluso más allá de la muerte carnal: Tsoelhae…, Tsoelhae…, sus voces se fueron perdiendo paulatinamente al descender a las cavernosas estancias inferiores.

Este descubrimiento lejos de ser revelador solo me creó más incógnitas alrededor de ambos ancianos.

En contra de todo aquello de lo que me creyera capaz, cuando el astro rey no llevaba más de un cuarto de su camino en el horizonte, descendí portando una lámpara de aceite al laboratorio acondicionado en el amplio y húmedo sótano, antaño bodega singular.

Al bajar por las decrépitas escaleras metálicas que llevaban al sótano, pude ver cómo unas tuberías transparentes y reforzadas en bronce serpenteaban por el techo y se desparramaban en diversas direcciones y cavidades artificiales, en los más de los casos dichas tuberías transportaban un líquido, pútrido, pastoso y rojizo. Mayor sorpresa recibí al vislumbrar lo que parecían ser cuatro puertas de marco reforzado en acero, todas ellas abiertas dando paso a amplios pasillos de aspecto siniestro y sucio, debo decir además que el olor era inaguantable en dicha estancia, un olor que lejos de atenuarse se volvía irrespirable en cuanto atravesé una de las puertas de acero.

Según proseguía mi avance la atmósfera se espesaba hasta niveles casi inhumanos; el túnel se bifurcaba de forma aleatoria en calles más amplias, pero mi endeble valor flaqueó cuando llegaron a mis oídos el sonido de extraños y diversos gemidos de procedencia desconocida, los cuales a mi juicio no eran de origen humano.

Con rapidez volví a mi estudio donde me agazapé con el corazón desbocado y mi cerebro a punto de explotar y arder.

No tardé en volver a oír después de mi apresurada huida a los dos ancianos, aunque esta vez en un idioma que me era familiar pero no por ello más tranquilizador, pues sus palabras junto con el macabro hallazgo nocturno me hacen enloquecer y babear cual demente retardado.

Sus palabras ahora resuenan en los pasillos, solo consigo distinguir frases sueltas tales como (materia prima… el dios echó carne sobre la tierra… aquel que mora en las estrellas… Tsoelhae… Tsoelhae… el que destruyera el reino de los Mothzral y sus ciclópeos zigurat bajo los océanos congelados hace incontables eones…) estas palabras reverberan en mis oídos y mente, como si ecos lastimeros del pasado resonaran en mi cerebro, más allá del tiempo, los astros y la existencia humana.

Rezo por que conozcas la verdad ahora que aún poseo cierta cordura… espero no vivir lo suficiente para ver aquello que de forma sinuoso se desliza y carcome la puerta de mi cámara, aunque no sé si rezar posee algún sentido en este efímero y frágil mundo. Ya vienen… las luces se extinguen… el fuego se enciende… rostros en la oscuridad…

 

motivo separación párrafos Pesadilla en el Mar de Galilea

Ignacio López Castellanos. Autor nacido en Asturias.

Contactar: facebook.com/ignacio.lopezcastellanos

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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