relato por
Ignacio López Castellanos

 

Nadie niega que ciertos daños y perjuicios que
en la práctica y en forma visible aquejan a los hombres, animales, frutos de la tierra, y que con frecuencia se producen bajo la influencia de los astros, pueden ser muchas veces provocados por los demonios, cuando Dios les permite que así actúen. Pues como dice San Agustín en el
Cuarto Libro de La ciudad de Dios, los demonios pueden usar el fuego y el aire, si Dios les deja hacerlo. Un Dios castiga por el poder de dos ángeles malos.

(Malleus Maleficarum)

 

Fergus Grey alzó la cabeza del polvoriento libro, y vio para su asombro que la fría noche barría del escenario al cálido sol, aunque rara vez se dejaba ver en aquel cielo plomizo.

El libro que lo había entretenido hasta hacerle olvidar el hambre, era un libro heredado de su tía abuela Nel, del cual no quedaba rastro del título en la maltratada cubierta, pero no tardó en descubrir que trataba sobre seres mitológicos y leyendas locales del norte de Europa.

El libro estaba plagado de demonios, espíritus malignos, duendes burlones e incluso Trolls. La parte que más le atrajo y obsesionó fue el capítulo dedicado a un curioso ser, de rostro similar a un cráneo humano pero sin duda de origen demoníaco. El capítulo contenía numerosos grabados referentes a este demonio; si bien en todos no era exactamente igual, sí había ciertos aspectos de su fisonomía que no cambiaban de uno a otro grabado. En todos ellos poseía un cuerpo alargado, al igual que unas extremidades inhumanamente largas. En algunos grabados caminaba sobre dos piernas, sin embargo en otros tenía hasta cuatro o cinco; lo mismo ocurría con sus brazos, los cuales podía usar como lanzas retractiles, como pudo apreciar Fergus en una de las imágenes en la que aparecía el demonio combatiendo contra un caballero.

Fergus estaba cansado y hambriento, pero el sueño le venció y sus parpados comenzaron a temblar de forma antinatural, hasta que por fin Fergus Grey se durmió sentado en la silla de su estudio.

Sus ojos, tras un tiempo de placida ensoñación y semiinconsciencia, se abrieron de nuevo, aunque no fue su estudio lo que vio, sino un onírico y casi mágico bosque lleno de vida y colores otoñales. Enseguida fue consciente de que se trataba de un sueño; el otoño era su estación favorita. El escenario le resultaba delicioso y encantador, así que se dejó llevar por él.

Caminó durante un periodo corto de tiempo, hasta que se topó con lo que parecía un pergamino clavado en un árbol, en el cual se podía leer «¡Corre, corre!». No hizo mucho caso, ni le resultó sorprendente, pues qué es un sueño si no un montón de ideas inconexas.

Siguió su camino tranquilamente por aquel onírico paisaje. Su corazón casi de forma instintiva comenzó a acelerarse, al ver que el bosque se tornaba oscuro y lúgubre, aunque la luz iba y venía, iluminándolo de forma sobrenatural y, por si el escenario no era ya lo suficientemente estremecedor, le comenzaron a llegar al oído susurros de lo que el creía diferentes personas.

Pero eso no fue lo que le hizo correr, lo que de verdad le hizo correr fue la certeza de que no estaba solo.

Para más desasosiego encontró multitud de pergaminos, que no hicieron sino atemorizarlo más.

Fergus paró en seco al toparse con una escena espantosa: la de un joven caballero bien vestido, tendido sobre una roca cubierta de musgo, sangre y vísceras. Su mano derecha inerte aferraba una hoja amarillenta y sucia.

Fergus hizo acopio de todo el valor que le quedaba, y se acercó para poder coger y leer la hoja. En ella podía leer «Abre los ojos». Antes de que hubiera podido asimilar el mensaje, un sobresalto hizo que tirara el pergamino al suelo. Un grito ahogado salió de su garganta, al ver su muñeca izquierda aferrada por la mano del difunto caballero, que, en contra de toda naturaleza racional, alzó la cabeza y lo miró con unos ojos blancos enmarcados en unas grotescas ojeras, y para asombro e inquietud de Fergus le habló entre estertores; su voz parecía provenir de una gruta o caverna muy lejana.

—¡Por amor de Dios!, ¿estoy muerto? No quiero morir… llevadme con Isabel…

Su voz cesó y el cuerpo quedó inmóvil de nuevo. Fergus no entendía cómo su mente había podido crear tal pesadilla. Y no le daría tiempo a comprenderlo, pues el frío invadió su cuerpo mientras veía cómo su chaleco se teñía de rojo escarlata; antes de caer pudo ver en la espesura una figura desproporcionadamente alta y delgada que lo observaba en silencio…

Fergus despertó en su cama ensangrentado, y antes de espirar pudo ver que en su mano derecha sostenía un pergamino con la frase «Abre los ojos» escrita en él.

 

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Ignacio López Castellanos.
 Autor nacido en Asturias.

  facebook.com/ignacio.lopezcastellanos

 

 

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiarn.º 69 | mayo-junio de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

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