relato por
Juan J. Sánchez González

 

N

o sabía qué pensar. Permanecía con la mirada fija en el techo, en la sucia penumbra que oscurecía el amarillento cielo raso surcado por los fugaces destellos que de los faros de los coches se colaba por los agujeros de la persiana. El silencio era ligero, estremecido por el tráfico de la cercana carretera y alguna que otra voz ahogada procedente de otras habitaciones. No quería moverme, no tanto por despertarla como por comprobar que estaba despierta. «¿Eso era todo?». Me pregunté, sabiendo de sobra que sí, que eso era todo, esa sensación como de vaciedad sucia que tanto había estado temiendo. Estaba convencido de que también ella debía pensar lo mismo mientras miraba al techo y se hacía la dormida. Sin embargo, un breve gruñido a mi lado me indicó que Laura dormía de verdad. Giré un poco la cabeza, lo suficiente como para advertir que dormía de lado, mostrándome su espalda desnuda y sus despeinados cabellos negros alborotados sobre la almohada.

«¿Qué coño hago aquí?», me pregunté. No eran escrúpulos morales los que me hacían dudar, era solo la reacción al lacerante sentimiento de absurdidad que me agobiaba. Me hubiera gustado levantarme, vestirme y salir corriendo. Pero no era una forma decente de actuar con una mujer que acababa de ponerle los cuernos a su marido, y mucho menos tratándose de la que consideraba el amor de mi vida.

Seguí tendido en la cama, despierto, pensando. Tenía la sensación de que la ilusión se había deshecho repentinamente, sin tiempo para que llegase a desgastarse siquiera. Lo que quedaba era solo un encuentro furtivo en la habitación de un hotel barato. Apenas unas horas antes había revestido ese encuentro con toda la ñoña poesía de este mundo. El sexo había estado bien, era otra cosa lo que había fallado, lo que suponía que haría de aquella cita algo diferente a un polvo cualquiera con una mujer a la que apenas me ligaba nada. Era toda esa ilusión la que me había inflamado desde que hacía unas cuantas semanas había comenzado a hablar con ella a través de una red social. Habíamos tenido una de esas relaciones excitantes y tormentosas de la adolescencia sobre las que el recuerdo construye una maravillosa novela y cuya luz irreal se difunde sobre aquellos años, haciéndolos inolvidables, aunque sea a costa de olvidar muchos aspectos sombríos. Cortamos nuestra relación al poco de iniciar la universidad. Habíamos elegido carreras distintas en universidades diferentes y el ardor de la sangre juvenil en aquel ambiente en el que un adolescente probaba por primera vez la verdadera libertad dio al traste con todo romanticismo. Con los años nos perdimos la pista y prácticamente cada uno se olvidó de que existía el otro. Ella volvió a Villaumbría tras acabar LADE, donde comenzó a trabajar en la gestoría de su tío. Yo tuve que buscarme la vida por media Europa con mi licenciatura en Biología hasta que me cansé de ser un extranjero en todas partes y regresé al pueblo con poco dinero y sin ningún futuro.

En principio solo sería una parada temporal en el camino, un descanso para recobrar fuerzas, pero lo cierto es que pasaron varias semanas y varios meses y las ganas no volvían. En el paisaje de mi juventud pude comprobar con asombro hasta qué punto había cambiado sin darme cuenta. Recordaba con algo de vergüenza las tontas ilusiones de mi adolescencia, las que me habían llevado a la universidad y más tarde a conocer mundo. De todo eso ya no quedaba nada. Los días pasaban sin ningún propósito, completamente vacíos, muy parecidos unos a otros. Ni siquiera era capaz de sentirme mal por no hacer nada. La verdad es que me había cansado de ser útil, no me había servido de gran cosa. El futuro podía esperar. De momento disfrutaba de la vagancia irresponsable de la que no había disfrutado a su debido tiempo. Siempre había sido un tipo demasiado responsable. En el instituto me angustiaba no hacer o hacer mal los deberes, o llegar tarde a clase. En la universidad un suspenso me causaba terror. En el trabajo siempre estaba preocupado por tener contentos a mis jefes. Tenía la sensación de que me habían estado tomando el pelo durante demasiado tiempo.

En ese estado de ánimo supe de nuevo de Laura. Fue de casualidad. Aunque llevaba viviendo ya un tiempo en el pueblo no me había cruzado nunca con ella, al menos que yo fuera consciente. De haberlo hecho dudo que me hubiera atrevido a decirle algo. Nos habíamos convertido en dos completos desconocidos con solo un inolvidable pasado en común. Fue precisamente un destello de ese pasado lo que nos hizo retomar el contacto. Alguien había compartido en su red social una canción de aquellos tiempos. Entre los muchos nostálgicos que comentamos algo estábamos los dos. Empezamos a hablar. Yo me inventé algunas mentiras para disimular mi fracaso. Ella me contó la verdad. Se había casado hacía varios años con Miguel, un tipo al que siempre tuvimos por un pardillo, pero que había estudiado derecho y aprobado unas oposiciones y ahora era un alto funcionario de la administración regional. No tenían hijos todavía. Vivían en un bonito dúplex a las afueras del pueblo, en una urbanización de nueva construcción poblada por profesores, abogados, médicos e ingenieros. Ese detalle me desanimó. Era un golpe de realidad contra mis ensueños. Ambos éramos hijos de familia obrera, eso hizo que en nuestra relación las cuestiones sociales carecieran de importancia. Al recordar aquel tiempo, parecíamos haber vivido sobre un fondo socialmente abstracto. Ahora era como si la hubieran arrancado de aquel escenario minimalista para trasplantarla a un barroco entorno de clase media provinciana en donde aquella Laura que yo conocí se desdibujaba entre prejuicios y clichés, y en el que yo no tenía ningún papel que desempeñar.

Sin embargo, fue ella la que se empeñó en que nos viéramos. Quedamos un jueves por la tarde, en una cafetería del centro. Era hacia principios de abril y llovía mucho. Recuerdo las ventanas chorreando agua y el fuerte viento haciéndolas estremecer. Dentro había unas cuantas mujeres tomando café mientras esperaban la hora de ir a recoger a sus hijos a la escuela. Yo llegué un poco antes que ella. Estaba nervioso. Pensaba que llegaría, vería en qué me había convertido y se marcharía decepcionada. Había decidido no contar más mentiras. La verdad es que tampoco sabía qué esperar de aquel reencuentro ni me aventuraba a suponer cuáles eran sus intenciones. El lugar en el que nos habíamos citado no daba ocasión a pensar en cosas extrañas.

Llegó y me saludó con un par de besos en las mejillas, después se sentó frente a mí y comenzó a hablar con toda naturalidad. A través de las fotos ya me había hecho idea de cómo había cambiado. Había engordado y hasta parecía un poco más baja. Los afinados rasgos de su cara adolescente se habían difuminado bajo la exuberante carnalidad de sus treinta y cuatro años. Los ojos castaños conservaban la mirada risueña y como abstraída que yo recordaba. Había dejado de usar tintes para el pelo, que ahora llevaba con su negro natural, un poco ondulado y cayéndole sobre los hombros. Lo que de verdad temía era comprobar cómo había cambiado por dentro, que se hubiera convertido en una mujer convencida de su papel en el mundo, papel incompatible con el del tipo decepcionado que yo era. Sin embargo, durante una hora más o menos solo hablamos de tonterías, entre las que de vez en cuando se deslizaba algún viejo recuerdo. Sin decírselo abiertamente le dejé entrever cuál era mi verdadera situación, pero no pareció importarle. Nos despedimos tan amigos y con la intención de volver a vernos.

Quedamos otras veces, en la misma cafetería o en otros sitios. Poco a poco nuestras conversaciones se fueron haciendo más íntimas. A veces me daba por exponer algunas de mis negras ideas sobre la vida o la política, a lo que ella solo respondía con una mirada risueña y tolerante que parecía permanentemente fijada en su rostro y que revelaba la madurez de la buena muchacha que había sido. No creo que me tomara en serio, pero tampoco parecía decepcionada. Apenas hablaba de su vida actual y de su marido. Se limitaba a decir que todo estaba bien, aunque se aburría un poco. Era evidente que nos habíamos convertido en amigos, aunque en amigos que se ven de vez en cuando frente a un café o una cerveza, un poco de manera furtiva, no en la clase de amigos a los que uno presenta a la familia.

La verdad es que en aquel amodorrado vacío en que se había convertido mi vida esa relación era lo único capaz de despertar alguna emoción en mí. Decididamente la Laura que yo había conocido, a pesar de los cambios naturales producidos por la edad y la experiencia, conservaba su familiar perfil incluso en el escenario de clase media en que yo la situaba, aunque los detalles concretos de ese escenario me eran por completo desconocidos. No, no se había convertido en una señora pagada de sí misma y de su posición social. Esa mirada risueña con la que atendía a mis estúpidas lecciones de anarquismo pesimista revelaba una capacidad de tolerancia infinita o más bien una completa incapacidad para tomar algo realmente en serio. En mi imaginación trataba de reconstruir aquellos aspectos de su vida que me mantenía ocultos. Intentaba imaginarme la vida de aquel matrimonio con los pocos datos que tenía. Al pardillo de Miguel me lo imaginaba, no sé por qué, como un hombrecillo bajo, regordete y calvo, vestido siempre con impecables trajes negros, mirando a todo el mundo con desdén, tratando de compensar el lamentable infierno que fue su adolescencia, cuando era un muchachote esmirriado y tímido con el que todo el mundo se metía en clase. Y a su lado la Laura carnal y descreída diciéndose que lo mismo hubiera sido estar ahí con ese hombrecillo ridículo, convencido de la superioridad que le daban sus estudios, su cargo y su dinero, que junto a su antiguo novio, compensando con estériles ideas la cruda realidad de su fracaso mientras mataba el tiempo sin hacer nada.

Eso no me impedía pensar en ella con una emoción creciente. Poco a poco sentía chisporrotear el fuego de viejas pasiones. Aquel pasado se agrandaba en contraste con la lastimosa vaciedad de mi presente y proyectaba su luz irreal sobre aquella Laura de pasiones dominadas y mirada abstraída. Supongo que necesitaba desesperadamente una emoción y me agarré a la que tenía más a mano. A fin de cuentas soñar era una de las pocas cosas que me permitía mi precaria economía y lo cierto es que aquel sueño, que se alimentaba de las migajas de realidad que nuestras esporádicas citas le proporcionaba, se iba convirtiendo en el punto de gravedad sobre el que comenzaba a girar tanto tiempo desperdiciado.

Me daba miedo dar un paso más en aquella relación que parecía estancada para siempre en una fraternal amistad y, sin embargo, necesitaba darlo. Cada vez evocaba con más énfasis nuestros amores adolescentes pero mi sentimentalismo desbordado siempre chocaba con la alegre indiferencia de su mirada. Al fin, una de aquellas tardes, decidí confesarle mis sentimientos actuales. Fue más fácil de lo que había creído. Simplemente le dije que había vuelto a sentir las mismas cosas que antes y que de nuevo estaba enamorado de ella. En verdad no tenía indicios que me indicasen que sería correspondido. Quizás se enfadase o simplemente considerase más conveniente romper una relación que podía acabar comprometiendo su matrimonio. Ella, sin embargo, me escuchó con la misma risueña apatía a la que ya me tenía acostumbrado. Me contestó con toda la calma del mundo que me tenía mucho cariño y que a lo mejor también estaba un poco enamorada, pero que no sabía qué se podía hacer con eso. Yo estaba preparado para la aceptación o el rechazo, pero no para esa especie de salida intermedia completamente desapasionada. Nos quedamos en silencio un rato. Después volví a la carga. Le dije que me gustaría que volviéramos a ser novios, eludí intencionadamente la palabra amantes. Ella se rió tan tranquila como siempre. Solo me dijo que ya no teníamos dieciocho años. Le dije que era consciente de todas las cosas que se interponían entre nosotros, pero que a lo mejor merecía la pena romper con ellas si así conseguíamos ser felices. Su expresión no variaba con nada. Me daba la sensación de que me contemplaba como una madre sensata mira las apasionadas tonterías de su hijo. Al fin me contestó que no merecía la pena romper nada. Como es lógico, interpreté aquellas palabras como un rechazo, pero enseguida me dijo que estaría bien quedar alguna vez para echar un polvo. Lo dijo con esas mismas palabras, sin adornarlas con un gesto diferente a los que le eran habituales, por lo que al principio pensé que la había entendido mal. Eso le hizo reír con ganas. Me dijo que no me creía tan puritano. Yo le respondí que no la creía a ella tan… fui incapaz de terminar la frase, no encontré la palabra adecuada. Ella no lo tomó a mal y rió de nuevo. Después, como si me contase algo sin importancia me explicó el modo que tenían los del pueblo para verse a escondidas de sus parejas. Me aseguró que ella no lo había hecho nunca pero que tenía amigas que sí. Quedaban en el hotel de la carretera. Me dijo que me encargara yo de reservar una habitación para un sábado por la noche, porque era posible que de no hacerlo no encontrásemos ninguna de tan concurrido como estaba los fines de semana. Yo estaba realmente perplejo, hasta el punto que hube de confesarle que me sorprendía su reacción. Ella me preguntó que si estaba decepcionado por no poder interpretar el papel de machote que seduce a las ingenuas esposas a otros hombres. No, no era eso, era esa inverosímil familiaridad con la indecencia lo que me sorprendía. La palabra indecencia le causó mucha risa viniendo de un anarquista pesimista, según me dijo, y me acusó de ser un moralista puritano, un verdadero burgués de los de antes. No sé por qué llegué a preguntarle que qué pensaba de lo que iba a hacer, pero ella solo me contestó que hasta que no lo hiciera no pensaba nada.

Fue así como acabamos en aquella habitación de hotel un par de sábados más tarde. El hotel de la carretera es un viejo edificio de dos plantas al que un equívoco color rosado en las paredes trata de insuflarle una modernidad que deriva peligrosamente en sordidez. Yo había llegado antes. Me crucé en la recepción con gente que conocía y que no ocultaba la razón por la que estaba allí. Trataban con toda familiaridad al joven de la recepción e incluso intercambiaban consejos sobre las muchas aplicaciones de móviles que existían para ponerle los cuernos a las parejas. Yo tuve que esperar un poco a que me atendieran y apenas crucé algunas palabras con nadie. Me sentía incómodo entre aquella gente y hasta llegué a pensar que quizás Laura se volvería para su casa si al entrar en el hotel encontraba aquel desenfadado ambiente de burdel. Un cuarto de hora más tarde llamaron a la habitación. Era ella, tan serena y risueña como siempre, indiferente al sórdido ambiente que nos rodeaba.

Se sentó en la cama y echó un rápido vistazo a la habitación. Era pequeña y sin lujos, en el centro un par de camas estrechas juntas, con sus respectivas mesillas de noche a cada lado, una ventana en la pared del fondo, un armario empotrado frente a los pies de las camas, una mesa con su silla y el cuarto de baño junto a la entrada. Una reproducción de El Beso de Klimt, colocada en posición horizontal sobre los cabeceros de las camas, llamó su atención.

—Quién puso eso pensaba que estaban follando dentro de un lujoso saco de dormir —dijo riéndose.

Yo no prestaba atención al cuadro, solo la miraba intensamente a ella. Me inquietaba su calma. Paradójicamente me hubiera sentido más tranquilo si ante mí tuviese una mujer corroída por remordimientos y dudas. A pesar del modo tan frío en que habíamos acordado nuestra cita, eso no me impidió montarme durante las dos semanas siguientes una bonita película romántica con todos los clichés del género. El guión exigía una esposa atormentada por los remordimientos y la mala conciencia y un amante dispuesto a todo por recuperar el amor de su juventud. Por un momento pensé que estaba loca. Dejó de mirar el cuadro y posó en mí su mirada satisfecha y tranquila. Sonrió, dijo que aquella habitación no se parecía en nada a aquella tienda de campaña del camping en que nos acostamos por primera vez siendo vírgenes. Yo respondí que no, pero no pude añadir nada más.

—Por lo que veo tú estás igual de nervioso que entonces.

—Ya veo que tú no.

Hizo un gesto de desdén y se sacó el vestido azul que llevaba puesto, quedándose en ropa interior. Después arrastró las sábanas de una de las camas hasta los pies y se echó en ella. Yo permanecía quieto ante la cama, sin desvestirme.

—Parece que no quieres —me dijo, desperezándose en la cama, estirando su cuerpo blando y carnoso.

—Sí… claro que quiero… lo que pasa es que tengo demasiado cine en la cabeza.

—Ya…

Al fin me decidí y echamos un buen polvo. Fue después cuando los pensamientos volvieron a mi cabeza, mientras miraba el techo y escuchaba los coches huyendo por la carretera y Laura dormía plácidamente. La borrachera sentimental con la que había logrado atravesar las últimas semanas se había disipado y de repente me encontraba tan desolado y vacío como antes de reencontrarme con Laura. Tenía miedo de que todo hubiera sido solo un espejismo.

Tan absorbido estaba entonces con mis pensamientos que no me di cuenta de que Laura se había girado en la cama y, despierta, me había estado observando en la penumbra. Una risa ahogada me hizo volverme hacia ella.

—¿De qué te ríes?

—De esa seriedad tan trágica con la que miras al techo…

—¿Qué sientes? —le pregunté de repente. Ella se desperezó y se incorporó hasta apoyar la espalda en el cabecero de la cama.

—¿Quieres saber si me ha gustado?

—No… no es eso, es qué sientes ahora mismo.

Se alzó de hombros y respondió «nada», aunque la alegría soñolienta de sus ojos, brillantes en la semioscuridad de la habitación, enmascaraba un tanto la sólida dureza de su palabra.

—No sé… yo esperaba otra cosa.

—Oh, sí, tu comedia romántica.

—No te sientas ofendida.

—No me ofendo.

—No es lo que crees… no sé, es algo que tengo aquí dentro —me señalé la cabeza—, supongo que estoy tan aburrido de todo que me busco historias donde no las hay. Tenía mucho miedo a esto… a que después de llegar hasta aquí no me importase y a que todo siguiera siendo la misma mierda de siempre.

Ella permaneció callada, con la mirada perdida en alguna parte. Pensé que al fin se estaba enfadando.

—Eres tú el que te has montado esa historia… a mí solo me apetecía echarte un polvo… no busco nada en esto… esto no va a llenar mi vida… nada va a llenarla, está vacía… como la tuya, como la de todos… yo solo quería echarte un polvo… solo eso.

Su amable semblante no había cambiado, no estaba enfadada ni decepcionada, solo sonreía tranquila y satisfecha en la turbia penumbra que nos rodeaba, mientras las huidizas luces de los coches surcaban fugaces el oscuro lienzo del techo, perdiéndose hacia ninguna parte.

 


 

Juan José Sánchez González: «Relacionado con mi profesión como Historiador del Arte he publicado dos libros y varios artículos en revistas científicas. Además soy presidente de la Asociación de Amigos del Museo Histórico de Villafranca de los Barros, desde la que publicamos la revista digital El Hinojal (ISSN 2341-3093). Tengo publicados diversos relatos en las revistas literarias Ariadna RC, Almiar, Letralia, Narrativas, En Sentido Figurado, Relatos sin Contrato (RSC) y Pluma y Tintero, además de en antologías como El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura en 2015 y 2016, en la 1.ª y 2.ª Antología de relato corto publicada por Serial Ediciones y Palabras Contadas de La Fragua del Trovador».

 Contactar con el autor: ret50jon[at]hotmail.com

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 Ilustración: Fotografía por congerdesign / Pixabay [Public domain]

 

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Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 98 · mayo-junio de 2018

 

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