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relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

La locura es el sentido común un poco enfermo;
el genio es la mayor cordura del espíritu.
Vladímir Nabokov

D

e nueva cuenta y por enésima ocasión, aquí estaban sentados los dos. Uno frente al otro: el psicólogo en su mullido sillón; él, semisentado en ese mueble que podía ser un sofá o una silla larga y estrecha.

—Que te encuentres contigo mismo —dijo el terapeuta, mientras se acomodaba el mechón de cabello que le caía sobre el ojo izquierdo.

¿Qué máscara usaré esta tarde?, pensó el escritor para sus adentros.

Y enseguida, como tantas otras veces, comenzó el desfile. Soltó ráfagas de su infancia. Fragmentos puros, sin aduanas. Las tardes de pesca. La luna que para él había sido la más brillante del mundo. Sus lecturas, solitarias y prolongadas hasta la madrugada. Sus desvelos y sus desmañanadas observando el firmamento, descubriendo una a una las constelaciones en el límpido cielo. El calor, un infierno sofocante. Para él, esos recuerdos tenían el mismo peso específico, la misma textura densa o diáfana. Pero para el profesional, visto desde la comodidad de su sillón, eran solo piezas de un rompecabezas, tiradas al azar.

—¡Orden! —exclamó el psicólogo—. Que pongas un orden. No puedes ir soltando ideas sin un hilo conductor —agregó, mirándolo con fijeza.

Un hilo conductor, pensó el narrador. La tiranía de la secuencia. La obsesión neurotípica por la línea recta, por el «primero esto y luego aquello». Él no entiende que mi mente no es un hilo; es un mapa tridimensional de nodos hiperconectados donde los relatos se desbordan sin pedir permiso. Pesca, luna, calor, constelaciones… no son anécdotas: son atmósferas vivas. Mi cerebro no divaga; se hiperconcentra en la periferia, ahí donde el cuentista mide el peso exacto de una palabra. Es la misma obsesión geométrica con la que busco la simetría en el caos.

—Pero mi vida no tiene uno —exclamó.

—Todo relato tiene un orden —insistió el terapeuta, cruzando las piernas—. Hasta el caos de la memoria se puede engarzar en una cronología. Busca el principio.

El principio. Qué concepto tan artificial para quien percibe el tiempo como un volumen y no como una flecha.

El terapeuta veía su aparente desorden como una resistencia, una neurosis. Él, un hombre entrenado para etiquetar anomalías pretendía encajonar una mente donde la ficción y la realidad convivían sin fronteras. Mientras el psicólogo diseccionaba teorías flotantes, el cuentista sabía lo que era verse superado por su propia creación. No entendía que cuando el escritor entraba en una etapa de liberación, los personajes se le escapaban: cobraban vida propia, saltaban de las páginas y corrían libres por los rincones de su cabeza, rompiendo cualquier intento de estructura. En cambio, en otras ocasiones, esos mismos personajes se replegaban y se regocijaban en un remanso de quietud absoluta, suspendidos en un silencio nítido que el terapeuta llamaría bloqueo, pero que el narrador reconocía como pura gestación.

No sabía el esfuerzo que le costaba al cuentista procesar el ruido del mundo. No sabía que ahora mismo el consultorio lo agredía. Su hiperosmia estaba al límite. El olor rancio de la madera vieja del librero. El rastro químico del detergente de las cortinas. El perfume dulzón pegado a la ropa del psicólogo. Todo lo invadía. Lo saturaba. Lo asfixiaba. La verborrea del terapeuta era un ruido blanco comparado con la nitidez con la que su nariz registraba el polvo acumulado en los rincones. Su mente, desgastada por el desvelo crónico, carecía de filtros. Necesitaba diques, anclas.

Por eso lo hacía. Por eso, cuando estaba en una mesa rodeado de sus amigos o de sus hijos, mientras los platos exudaban un universo de aromas cruzados que nadie más percibía, sus manos buscaban el papel. Necesitaba romper las esquinas de las servilletas. Desgarrar la fibra. Enrollarla minuciosamente entre las yemas de sus dedos. Convertir el caos sensorial en pequeños churritos perfectos. Irlos acumulando cerca de sí, formando una barricada blanca, un ejército de cilindros de papel que ordenaban el espacio que sus ojos y su nariz no podían controlar. Era su ritual de supervivencia táctil, un método riguroso, una arquitectura nocturna y manual de los relatos que el hombre del sillón jamás comprendería.

—El orden es una convención, doctor —dijo en voz alta, forzando sus ojos a sostenerle la mirada durante tres segundos exactos, un conteo mecánico que se imponía para parecer funcional—. En la literatura, si te aferras al esquema cuando la historia cobra vida propia y se desborda, el relato muere. Hay que escribir la realidad de la intuición, no el manual de estilo. Mis recuerdos son tejido vivo. No los voy a disecar para que quepan en su teoría.

—Pero aquí no estamos escribiendo, estás contando tus recuerdos —replicó el terapeuta, con esa sonrisa de manual que pretendía ser empática—. Déjame entrar a tu estructura.

Entrar. Como si hubiera una puerta y no un laberinto de espejos limpios, pensó.

El psicólogo quería ser el editor de una historia que no sabía leer. No captaba que la luna de su infancia tenía el mismo diámetro exacto que el foco que ilumina las tarjetas de apuntes donde organiza sus noches. Mientras el terapeuta se obsesionaba con los porqués, el cuentista controlaba los cómo. El calor sofocante de la infancia era el mismo rigor que lo estrujaba cuando una frase no tenía la tensión adecuada, o el mismo alivio que buscaba al moldear el papel entre sus dedos para contener el torrente de voces que querían escapar. Frente a la vaguedad de la psicología, él oponía la exactitud implacable de la palabra y el silencio de sus personajes dormidos. Todo estaba encendido a la vez en su cabeza. No había antes ni después.

Se acomodó en la silla larga y estrecha. Buscó instintivamente en sus bolsillos el roce de algo que pudiera enrollar, pero se contuvo, frotando las yemas de sus dedos contra la textura del cuero para anclarse. Decidió que ya había gastado suficiente energía traduciendo su mundo al idioma del otro. El psicólogo seguía esperando una confesión lineal; él solo tenía para ofrecerle el latido indomable de sus ficciones.

—El hilo conductor es que no hay hilo, doctor —dijo, y sintió cómo la presión en el pecho cedía, dando paso a una fijeza limpia—. Hay constelaciones. La luna, la pesca, el cuento, los personajes que huyen o descansan, y los dobleces que hago para sostenerme habitan el mismo espacio. Si los uno con una línea recta, destruyo el patrón.

El psicólogo se inclinó hacia adelante, intentando descifrar el cambio en el tono de su paciente. Buscó una respuesta en su bloc de notas, pero el silencio se interpuso, denso y definitivo. Por fin, el bucle del pensamiento del cuentista dejó de girar en falso. El ancla no se soltó porque hubiera encontrado la salida que el terapeuta buscaba, sino porque la mente se reconoció a sí misma, inmóvil y exacta en su propia periferia. El relato estaba completo, no porque tuviera un final, sino porque había dejado de necesitar un principio.

 


 

Óscar Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 6 de marzo de 1958). Residente de la ciudad de México. Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil). Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica, Literatura y violencia en el Cuento Contemporáneo de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM y del curso de cuentos de la Escuela de escritores Sogem. Formó parte de los autores en la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Sus cuentos, El viejo profesor de narrativa, Posesos de lujuria, y el Grito de Independencia de México, fueron publicados en la revista El Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila. Los libros: Aromas de café (colección de cuentos) y Le juro que fue la luna (colección de cuentos) actualmente publicados en Amazon. Recientemente su libro Le juro que fue la luna, fue presentado como parte del proyecto «Coyoacán en tus letras», por parte de la Dirección de Cultura de la alcaldía de Coyoacán en la ciudad de México.

🖥️ Web del autor: http://medicosmexicanosporlacultura.blogspot.com/

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Ilustración del relato: Fotografía por Miguel Á. Padriñán en Pixabay

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Revista Almiar (Margen Cero™ · 👨‍💻 PmmC) · n.º 148 · septiembre-octubre de 2026

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