relato por
Miguel Ángel Di Giovanni

D

ecir que esta historia está basada en hechos reales es lo de menos. Ni siquiera la pienso como una autobiografía. Pero sí, me pasó a mí aunque no lo pueda creer.

Mi nombre es Alfredo, el viernes cumplí 51 años. Me levanté temprano, me afeité mecánicamente y antes de dejar el baño me miré en el espejo: Esa arruga ayer no estaba.

Desayuné unos mates a las apuradas, maldije al teléfono porque no había cargado la batería. Ya en la oficina, vi sus mensajes que llegaron bien temprano.

¡Por Dios! Ahí vamos de nuevo, pensé con fastidio.

Feliz cumpleaños Alfredo
ojalá nos podamos ver

Opté por solo clavar el visto.

Era Sofía, hasta ahora apenas una molestia.

A Sofía la conocí en el secundario. Yo había terminado el bachiller en 1975 y todo el año siguiente tuve una especie de premio por buen alumno, trabajando como celador en el colegio.

Pasando lista es como supe de Fernández Sofía Andrea, una alumna de tercer año. Después de algún tiempo me enteré que ella me había echado un ojo desde el mismo día en que entró a primer año y yo estaba cursando cuarto.

No sé si dije que nací en Daireaux, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, donde vive mi madre, y si bien todos los fines de semana la visito, esta vez hay un motivo extra: me prometió preparar su especialidad, el lemon pie casero para el festejo.

Al medio día me llegó otro mensaje de Sofía.

Recién me ha dicho tu madre
que si quiero puedo pasar mañana
a la noche a felicitarte por tu
cumpleaños.
Espero q no te moleste si voy.

Volví a clavar el visto. Y alrededor de la cinco de la tarde ya estaba en la ruta.

Todo ese asunto de Sofía me empezaba a cansar. Viajé mascullando explicaciones inútiles, y hasta hice responsable de todo a mi madre. ¿Qué tiene que ver ella?, me dije, cumplís 51, no sabés poner límites. El mérito es tuyo, Alfredo.

Alguna vez le había sugerido a Sofi que Pocha, mi madre, no era lo que parecía, que, si conociera a la verdadera Pocha, saldría corriendo. Nada de eso funcionó para alejarla. Creo que, al revés, eso la encaprichaba. Hasta llegó a decirme «Vas a volver, ya vas a volver».

Bueno al menos esa tensión hizo que apenas pasadas las diez de la noche llegara a Daireaux sin darme cuenta.

Mamá me esperaba con una cena liviana, tal como se lo pedí. Hablamos un rato.

—A los chicos los invité para las ocho ¿está bien?

—Sí, está bien mamá.

Los chicos a que se refiere Pocha, son los tres amigos de toda la vida: El Loco Ernesto y el Petiso Fabián con Eva y Camila, sus respectivas esposas y Claudio, un solterón como yo.

—¡Ah! No te conté —dijo mamá—, le avisé también a Sofi.

—Ya me enteré. Deberías haberme preguntado primero, ¿no te parece?

—Ay, pobre Sofía. ¿Sabés que ahora es recepcionista del doctor Aguirre?

—Sí, mamá, también lo sé. Ella también me manda mensajes, que no siempre contesto.

—Sí, me dijo. Podías ser un poco más condescendiente con ella. Sofi te quiere Alfredito.

—Basta mamá, la bruja esa es una pesada. Ya no sé cómo sacármela de encima. Decí que estás vos siempre en el medio, de otro modo ya la hubiera mandado a la mierda.

—¡Pero Alfredo! No digas eso, por favor.

—Sí, bruja igual que la madre.

—Deberías ser agradecido. Más de una vez le pedí a doña Eve que te curara el ojeo de palabra cuando me llamabas desde Buenos Aires.

—Basta, mamá.

—Bueno, es tu cumpleaños. A tu edad no podés estar paveando. Por ahí ella es tu último tren…

Y no crean que paró ahí, siguió dale que dale mientras lavaba los platos. Yo dejé de contestar y me fui a dormir. Creo que el arrullo de su parloteo, que llegaba desde la cocina, terminó durmiéndome.

Serían las tres de la mañana cuando salté de la cama por culpa de una pesadilla. Viajaba en el auto acompañado por Sofía. Iba amaneciendo y algo pasaba que nos obligaba a estacionar en la banquina. Ni su celular ni el mío tenían señal. Ella empezó a hacerme mimos y me saltó encima, besándome como si fuera la última vez. En un momento, estaba de nuevo manejando a mucha velocidad porque alguien nos perseguía, era Sofi que corría endemoniadamente atrás del auto y la que ahora me acompañaba era Pocha que cantaba el bolero, Bésame mucho.

Me levanté para ir al baño y volví a la cama. Aproveché para verificar si el celular había cargado. Me volví a dormir. Sí, por supuesto escuché a mamá desde su pieza:

—¿Estás bien?

No le contesté.

 

El sábado temprano ya estábamos, tomamos unos mates en la galería del patio.

—¿No dormiste bien? Tenés cara de cansado.

—Creo que tuve una pesadilla.

—Ay, hijo, no la cuentes antes del mediodía, así no se cumple.

¡Perdé cuidado! Pensé para mi adentro y cambié de tema.

—Mamá —dije— si hacemos una lista de compras, ¿vamos al supermercado antes del mediodía? ¿Te parece?

—Sí, Alfredito, ahí busco papel y lápiz.

—Acá tengo, mami —dije, abriendo notas en el celular.

Ella me miró sin terminar de entender del todo, tiene días donde parece desorientada, pero confía plenamente en mí. Caminando por el reino de las góndolas, mamá insistió:

—Alfredo te pido que trates bien a Sofi ¿No te gusta ni un poquito?

—Y dale con la bruja.

—No seas así. Desde que te conté que me tira las cartas estás como loco. No es bruja, che, que no se te vaya a escapar ese comentario. De todas formas, ya no tengo esperanzas, encima vos viviendo tan lejos…

—¡Qué paciencia que te tengo, Pochita! Vos ya sabés, allá en Buenos Aires tengo mi trabajo, responsabilidades de gente madura que no rehuye de sus compromisos —dramaticé mientras le pasaba un brazo sobre el hombro y la abrazaba contra mí—. Y además me tenés acá todas las semanas.

—«Casi» todas las semanas —remarcó mamá.

—Mamá, es al revés, ocasionalmente no vengo.

—Ocasionalmente no venías antes —exageró la palabra antes—, ahora parece que lo hicieras apropósito. Está bien, no le voy a decir más cuándo venís a Sofi. Pero igual ella lo sabe por las cartas, «alguien te va a visitar», dice. ¿Y quién me va a visitar si no es mi Alfredito? Pero bueno, yo comprendo, siempre comprendí, vos sabés que para mí primero estás vos. Debe ser que a mis noventa…

—Mamá, tenés ochenta y ocho.

 

La reunión fue cordial y distendida. Mamá no hizo comentarios que alentaran a Sofía. El Loco Ernesto no paró de contar anécdotas contadas mil veces.

—¿Vos conocías a la bruja? —le pregunté en la cocina a Claudio por lo bajo.

—No, no me acuerdo, che. ¿Fue novia tuya?

—No. En algún baile del colegio sí estuve con ella, pero siempre me gustaron las pibas más grandes. Fue la que un día se apareció en el cole con el primer walkeman que vi en mi vida, uno marca unicef que parecía del futuro. En un recreo me agarró de atrás y me clavó unos auriculares de esponja y me hizo escuchar My eyes adored you.

—¡Qué atrevida! era una mocosa. Ahora que decís tengo un vago recuerdo ¿Así que es bruja?

—Ponele. Le tira el tarot a mi vieja y como la madre de ella era curandera, yo la jodo a mi vieja con eso.

—¿Bruja? no sé, pero es muy guapa ¿no?

Volví a la sala con una bandeja con las copas para brindar, y reojeé a Sofía, ella me devolvió la mirada y Claudio me agarró de atrás y con las manos hizo como que me ponía auriculares.

—Pará boludo que voy a tirar las copas —le dije.

 

La amistad entre mi madre y Sofía creció de a poco sobre todo en los últimos dos años. Eva me contó cuando salimos a fumar al patio, que, hace unos meses, Sofía le dijo a mamá que tiraba las cartas, y ella, sin avisarme, cayó en casi una adicción.

En las primeras sesiones semanales, al contrario de lo esperable en señoras mayores, muy dadas a revelar intimidades, mamá parece que fue reticente con lo que decía. Siempre según palabras de Eva, que suele visitar a mi madre.

—Pocha no es tonta —me dijo Eva—, se cuida muy bien de que algunas cosas lleguen o no a tus oídos.

—Sí, lo sé —dije—. Pero también sé que sus charlas son una mezcla de celos y reproches porque supuestamente soy el hijo que la vuelve a abandonar en Daireaux y Sofía se incluye también como abandonada. No sé dónde va a terminar esto.

Pero últimamente, algo cambió.

—Ahora —siguió Eva—, cada tres o cuatro días tu mamá empezó a llamar a Sofía para pedirle una consulta. Si no puede verla, entonces le ruega cuanto menos una tirada de cartas por teléfono.

—¿Le ruega?

—Le ruega.

 

La afirmación de Eva me dejó pensando. Creo que la soledad de mi madre la hace blanco fácil. Y esta charlatana sin escrúpulos, alimenta fantasías conmigo aprovechando la red de palabras que le teje.

—Mamá, ¿cuándo comenzó esto? —le pregunté tomando unos mates en algún momento.

—Quedate tranquilo Alfredito, ¿te creés que soy estúpida? no me voy a dejar estafar. Lo tomo como un pasatiempo —dijo mamá—. Quizá cuando Sofía dijo ver en los naipes que alguien tenía una deuda muy grande conmigo, me empezó a interesar más, no te voy a negar. Es casi un juego. Sofi me prometió ayudar para poner las cosas en orden y a que vuelva.

Desde entonces mamá empezó a pensar en mi padre. Según ella lo pensaba sin odio y sin amor. Pero lo tenía en mente todo el tiempo. Él nos abandonó ni bien nací. Nunca más supimos de él. Y mamá con poco más de veinte añitos, debió salir adelante sola. No volvió a casarse y así me crió.

Eso sí, no hay momento en que, hablando de aquellos días, no me recrimine, como si yo la hubiera obligado a dejar pasar la vida. ¿A quién podía obligar yo siendo una criatura? Sí, crecí con esos reproches. Como sea, ella aceptó la situación, y claro, no fue fácil en los años sesenta para una mujer sola, en una sociedad pueblerina, enfrentar la vida. Eso la hizo envejecer más rápido que sus amigas. Mantener el trabajo, la casa y la crianza le dejaba poco tiempo para dedicarlo a ella misma. Sí, tengo bien conocido su discurso a lo largo de los años.

Al terminar el secundario quería huir de mamá. Aguanté solo un año trabajando como celador, después viajé a Buenos Aires para estudiar abogacía. Abandoné la carrera en segundo año. Y ya trabajando en una inmobiliaria que administraba consorcios, hice el curso y obtuve mi habilitación como administrador, me independicé y hoy tengo un buen pasar. A mamá solo le quedó esperar mis visitas de fin de semana. Su vida fue una constante de «entrega emocional», que sigo pagando sin saber dónde termina esa cuenta.

Ya de madrugada Sofía pidió un remís, no quiso que la alcanzaran. Claudio fue el último en irse y al despedirnos prometió visitarme.

—Así averiguo en qué anda Fredy —le dijo a Pocha, haciéndome un guiño.

Cuando todos se fueron, levanté la mesa, llevé copas y platos a la cocina, mientras mamá sacudió el mantel en el patio.

—¿No te gusta ni un poco? —quiso saber mamá.

—No es mi tipo. Pero tiene una mirada fuerte, no sé, como de bruja.

—¡Ay, basta Fredy! —dijo mamá usando un tono de burla para ridiculizar la despedida de Claudio.

 

El domingo nos levantamos temprano, desayunamos y la acompañé al cementerio para llevar unas flores a la tumba de la tía Ethel. La tía, si bien nunca fue cariñosa conmigo, sí ayudó de muchas formas a mamá, incluso cuando enfermó irremediablemente ya había dejado los papeles de la cesión de su parte de la casa de mis abuelos donde viví siempre, «para que Pochita no tenga que hacer ningún trámite cuando yo ya no esté».

—Mamá —le dije—, a mí no me entierres, cremame y tirá mis cenizas al río, por favor.

—¡Alfredo! ¿Cómo me decís eso? ¿Me querés matar de angustia? ¿Cuánto pensás que voy a vivir? Vos tenés toda la vida por delante. Eso deberías hablarlo con tu novia, el día que tengas… O con Sofi.

—¡Qué jodida que sos!

—¿Yo?

Volvimos a casa y almorzamos unas sobras de la noche.

En un par de ocasiones ella vio que cuando me sentaba o levantaba lo hacía con alguna dificultad.

—El doctor Aguirre, te recomendaría hacer yoga como a mí —mamá remarcaba sus dichos mientras se agachaba hasta casi tocarse los pies sin doblar las rodillas—. Mirá, mirá.

—Sí, mami, quizás tenga que ver al doctor Aguirre o a alguna bruja ¿no?

—Basta, Alfredito.

Nos despedimos hasta la semana próxima. A la pasada me miré al espejo del recibidor: Esa arruga, ayer tampoco estaba.

En otras visitas a Daireaux, fui notando que, si bien no insistía con Sofía, Pocha daba a entender que sí la veía y solían salir juntas a caminar, incluso la acompañaba a algunas reuniones de jubilados. Y con lo que sí no paraba, era con eso de que hiciera yoga, porque me veía desmejorado. Yo, por el contrario, a ella la veía cada vez mejor.

—¿Te teñiste el pelo? —quise saber en una ocasión.

—Sabes que no, Alfredito. ¿Será que es el shampoo?

La curiosidad me hizo ir al baño a ver que marca de shampoo usaba, cuando salí del baño donde leí inútilmente la etiqueta, noté también que ella caminaba más erguida.

—Se ve que el yoga te hace bien —le dije.

—Sí, y hasta volví usar los zapatos esos que tienen un poquito de taco, ¿sabés?

—Bueno, bien.

—Sabés que los uso para ir a las reuniones de gente mayor que organiza Sofía. Vamos al salón del hotel que está al lado de la mueblería que era del papá de Claudio, frente a las vías. El salón no es muy grande, pero ahora que lo alquilan, lo arreglaron muy lindo. Hasta bailamos.

—Qué buen currito con jubilados cautivos se armó la brujita.

—¡Alfredo! Lo decís de celoso. Si hicieras yoga, vos también podrías venir a bailar.

—Prefiero el teatro, mamá.

—Hacé yoga y andá a bailar, así vas a conseguir novia.

Así podía estar horas.

Lo cierto es que nunca hice yoga. Cada vez con mayor frecuencia cancelaba mi visita a Daireaux. Y ya a los cincuenta y cuatro años, parecía que tenía más de sesenta, al punto de considerar teñirme las canas.

—Hola mamá, ¿cómo estás?, qué milagro llamándome por whatsapp —dije sorprendido por su llamado y aproveché para avisarle—, este fin de semana no puedo ir.

—Ah, qué lástima. Seguro tenés algo más divertido que hacer. ¿Vas al teatro?

—No, mamá.

—Alfredito, ¿vos no estarás saliendo a escondidas con un muchacho y por eso no me contás nada? Y yo como una tonta tratando de darte la buena noticia por whatsapp.

—Mamá, ¿y qué si fuera así?

—Y nos lo tendrías que decir.

—¿A quiénes?

—A mí y a Sofía.

—¡¿Querés parar un poco, mamá?! No tengo ánimos para discutir. No pasa nada, la semana que viene sacaré turno para ir al médico.

—¿Ves? Cómo debes estar si ya pensaste, vos solito, ver un doctor ¿Querés que te vaya a cuidar yo?

—Mamá, te aviso cuando vaya para allá —y le corté.

 

En mi monótona vida, la excusa del cansancio se empezó a repetir, no solo como evasiva, verdaderamente pasaba el fin de semana tirado en la cama. Hasta que un sábado a la mañana…

—¡Pero mamá! —dije cuando abrí la puerta del departamento— ¿Qué hacés acá?

—Ay, hijo pensé que estabas enfermo. Me tranquiliza verte en pie —dijo mientras se metía en mi casa—. ¿Qué está pasando? ¿Estás con alguien?

—Estoy solo. No pasa nada, mamá. Mucho trabajo y me cuesta arrancar para allá con el auto. Hoy pensaba ir a visitarte, pero me quedé dormido, se me pasó.

—Se me pasó, se me pasó. Bueno, Alfredito, no te preocupes, al menos una vez por mes voy a venir yo, si no te molesta ¿no? Dice Sofía que me va a hacer bien pasear un poco —y agregó, mientras dejaba un bolsito sobre el sillón—. Ahora decime qué querés comer hoy, y yo te lo preparo. ¿Sigue estando el supermercado acá a la vuelta? Vos acostate y yo te aviso cuando está la comida.

La despedí cuando salió por las compras, la vi de espalda esperando el ascensor, y no pude más que pensar en la Pocha que recordaba de cuando era chico. No parecía la vieja que es. Volví al sillón, encendí el televisor, y terminé durmiéndome.

Recuerdo que me despertó el aroma a comida casera que inundaba el departamento. Almorzamos las hamburguesas caseritas y puré de papas, y no de sobre.

—Gracias mamá. Cuánta energía. No sé de dónde la sacás.

—¿Viste vos? Yo también me sorprendo. Sofía me está guiando con la armonización de los chakras. Dice que ahora la energía está fluyendo.

—¡Qué raro! Sigue Sofía atrás de todo esto. ¿Qué puso un taller de alineación y balanceo de chakras?

—¡Alfredo! Reíte vos. En vez de burlarte de mí, ocupate un poco de tu salud, ¿fuiste al doctor?

—Sí, estamos esperando los resultados de una serie de análisis.

—¿Será anemia hijo? Seguro es anemia. Esta noche te hago lentejas a la provenzal y santo remedio.

 

Una burda asociación de ideas me hace pensar que mamá, influenciada por el hedonismo de Sofía, aprovechó sus «poderes» para que yo envejeciera mientras ella rejuvenecía. Una suerte de pacto a lo Dorian Gray entre ellas, del que claramente yo era el único perjudicado. Quizá la acumulación de privaciones de mamá al criarme, hoy me pasan factura convirtiéndome en la encarnación de su alma atormentada. Una venganza quizá.

Unos meses más tarde, cuando me internaron por primera vez en la clínica, mamá se instaló unas semanas en Buenos Aires.

—¿Usted es familiar? —preguntó el doctor a la hora darle un parte médico.

—Sí, soy la madre.

El doctor dio un paso atrás y la volvió a mirar detenidamente antes de empezar a leer.

—Este tipo de enfermedades autoinmunes —teorizaba— se ven pocas veces; una en miles. Hay que ser pacientes y ver cómo reacciona al tratamiento. Estos son los valores que deberían mejorar —dijo señalando los números.

Nada mejoró. Me internaban unos días, subía el recuento de los glóbulos rojos, y a casa. Pero después de unos meses, otra vez.

En la última internación, mamá sostuvo mi mano prácticamente todo el tiempo. Se comunicaba con Sofía mañana y tarde, usando con llamativa habilidad el celular. A pesar de mi estado, me llamó también la atención que mamá ya no usaba lentes para leer. Pasó más de una noche sin dormir y casi sin comer. Nada de eso la afectó, bueno, claro que sí estaba triste, pero algo la alimentaba más y más a medida que yo me moría lentamente.

 

Finalmente, a los 62 años morí, yo parecía quince o veinte años mayor. Al funeral solo asistió mamá. Ninguno de los empleados de la casa funeraria pensó que se trataba de mi madre, que, con 99 años, y las artes de Sofía mediante, parecía una hermosa mujer de apenas cincuenta.

Sí me hizo cremar, pero mis cenizas no fueron a parar al río, no.

 

Por lo general, Sofía visita a Pocha los martes a la tarde y los sábados a la mañana. Suele llevar masas secas o alfajores de maicena o tortitas negras de La Buenos Aires, la panadería preferida de mamá; otras veces es Pocha la que le hace a Sofía mí lemon pie. A parte de eso, ella va al consultorio de Sofía para que le tire las cartas y también dedican un tiempo a meditar o hacer respiración consciente, como dice Sofía.

Así siguen ellas con sus vidas. Ahí las veo en la sala de la casa muy de charla.

En fin, a la hora de cumplir, Sofía cumplió. Convenció a mamá de traer mis cenizas a Daireaux, y ahí estoy en el jarrón turquesa, al centro del bahiut de la sala en la casa de mamá.

 


 

Miguel Ángel Di Giovanni (1957). Técnico mecánico, técnico de sonido, artesano, músico amateur y motociclista. Escribe desde siempre, y desde 2013 participa del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco.
Cuentos publicados: Pole position en Fin.el aleph; Travesuras en Revista Cronopio 56; Incursión subterránea, en Revista Cronopio 67; El latigazo, en Revista Axxon; Cerrado por duelo, finalista del ejercicio/juego del programa A cierta hora; María Esther, la heroína, Primer puesto compartido en El Edén de los Novelistas Brutos; Lo que YouTube no muestra, publicado en Revista Digital El Narratorio, n.º 11; No se puede matar a distancia, en Revista Cronopio (agosto-septiembre de 2017); Por la noche vientos moderados del norte, en Revista Digital El Narratorio, n.º 13; Ser malo, publicado en Facebook, Club Literario: Sello de TintaRetiro espiritual, en El Narratorio, n.º 15, bajo el seudónimo Inuel Lattano, sobre un cuento de Inés Ambrosino.
La sorpresa fue tan grande que no se me ocurre ningún título para el relato, fue finalista en el VI Certamen Nacional de Poesía y Cuento Breve de Ediciones Ruinas Circulares. Su relato Por culpa de Nomi fue distinguido con el Primer Premio del Certamen TCyC, Cuento Breve 100 palabras.
Ha publicado Un mar de mieditos (Ed. Peces de Ciudad, 2017), un libro con once relatos infantiles.

📧 Contactar con el autor: alomad [ at ] hotmail.com

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por Elizaveta Mitenkova, en Pexels.

📌 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2006)
El endemoniado (en Daireaux) El endemoniado, por Raúl Roldán García. En Margen Cero («Taller literario de El Comercial», 2003)
En la madriguera (en Daireaux) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2003)

Daireaux

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 141 · 👨‍💻 PmmC · julio-agosto de 2025

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