relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

El arte de reparar roturas
y embellecer cicatrices

 

1

Ni mi hija ni mi exmujer esperaban que llegara solo; a decir verdad creía que la celebración y la comida por la graduación, sería un acto de convivencia entre los tres. A mi hija la veo por lo menos una vez al año; desde el divorcio, al cumplir catorce años de edad, llegamos al acuerdo de que pasara conmigo sus vacaciones. La ruptura del matrimonio se dio de una manera rápida pero muy ríspida y particularmente violenta. En lo único que coincidimos fue que, después de diez años de casados, el infierno pintaba más sereno.

Se remontó al pasado, aquel largo noviazgo que los mantuvo unidos durante la época universitaria. Los maratónicos días de cine, las películas italianas delirio de ella y, las rusas admiradas por él. Todo el cine de De Sica y de Tarkovsky, las largas discusiones en torno a los personajes, al argumento, a la fotografía, y por supuesto a la música. El desvelo entre las tazas de café, entre los vapores del vino, entre el humo de los cigarrillos, tantas madrugadas que los pilló el sol, haciendo el amor. Llegarían después los tiempos aciagos del matrimonio, pequeñas disputas que poco a poco iban subiendo de tono, escenas de celos, arrebatos, estrechez en los dineros. A veces miradas de enojo que desembocaron en gritos, al final el caos…

—¿Irán solos? —preguntó mi actual esposa, mientras me acompañaba al aeropuerto. Le respondí que sí. Vivimos en Lima, soy profesor de literatura, escritor galardonado.

Pero no, al término de la ceremonia —muy formal—, busqué a mi hija. Estaba rodeada de parientes del lado de su madre, a quienes no veía desde aquellos tormentosos días y de pronto ella, mi exesposa y su actual marido.

—Hola Amelia —dije y extendí la mano, saludando. El disparo de mi memoria. Habían pasado, por lo menos, quince años de no vernos.

—Hola Arturo —respondió ella y enseguida me presentó a su esposo—. Sebastián —dijo este, y me alejé para abrazar a mi hija.

Nuevamente el recuerdo desde los recónditos rincones de su memoria, las largas caminatas por calles de la Roma y la condesa, el parnaso en Coyoacán, el hábito compartido de buscar y devorar libros, la narrativa de Rulfo y Faulkner, las ficciones de Borges, el descubrimiento de los escritores japoneses, Mishima, Kawabata, Kenzaburo Oe, el encuentro con Julio Cortázar en una sala repleta de jóvenes ansiosos. Las lecturas entre risas al imitar las erres de Julito… 

Con disimulo, a ratos observo a Amelia y puedo sentir que ella también me busca, hemos coincidido dos o tres veces en ese cruce de miradas. La descubro muy guapa, aprecio en su porte una espléndida madurez. Ella, al igual que yo, tiene cuarenta y ocho años. Por momentos, y quizá solo sea una estúpida percepción mía, encuentro una risa coqueta. Del marido pocas señas, es bajo de estatura, seguramente contemporáneo nuestro, sin embargo, es de aquellos que se niegan a la realidad y a leguas se nota el peluquín mal disimulado por el tinte que se mezcla con sus ralos cabellos, tinte que se extiende también por el bigote recortado y por las cejas. Luce cómico.

El mejor acto de mi hija fue sentarse justo en medio de nosotros, se volvió barrera entre mi exmujer y yo. La conversación de la que participo muy poco, y de pronto alguna pregunta vaga sobre la vocación de Mariana, nuestra hija. La que responde es Amelia. Dibujos y pequeñas maquetas desde muy chica, era un torbellino que entraba a la recámara, sobre todo los sábados o domingos, nos despertaba para mostrarlos… y se fue llenando de detalles, y cerró, asomándose por delante de nuestra hija, para verme y preguntarme: —Te acuerdas, Arturo —dijo, mientras me veía a los ojos. Asentí con un ligero movimiento de cabeza. Unas pocas frases dichas por mi exmujer, me habían regresado a la intimidad de la recámara. Recuerdos que dormían y que ahora se asomaban. Sábados eternos bajo la fuerte lluvia de junio, ciudad de México, el canturreo de las gotas. El rito maravilloso de hacer locuras con mi mujer, con Amelia, casi atrapados por las intempestivas entradas de Mariana. No recordaba esos despertares con lluvia, al sur de la ciudad, con Amelia desnuda entre mis brazos. Con esta Amelia que me interroga ahora con la mirada.

—Sí, desde pequeña —repito, para afirmar lo que ha contado su mamá.

Después de la comida, el formalismo. ¿Cuánto tiempo estarás en México? Leí tu último libro, ¡súper!, Mariana me compartió la entrevista. Finalmente te has encaramado en la ola, felicitaciones… a todo esto, su marido hacía algunas afirmaciones.

De vuelta al hotel la imagen de Amelia, no aquella de los tiempos idos si no la Amelia de esta mañana, la que he descubierto con una seguridad y un desparpajo, la que se mostró con esa exquisita plenitud de mujer madura. Suspiro delante del espejo. Mi cabello largo, sin canas, el cuidadoso arreglo de mi barba.

Había quedado con mi hija para vernos antes de mi regreso a Lima.

—Alguna visita por Bellas artes, una interesante exposición de arte japonés —había comentado para salir al paso. Mi hotel quedaba muy cerca.

Desayuné en el hotel. Alrededor de las once de la mañana me hallé caminando por la avenida Juárez, paseé por la alameda, las parejas sentadas, las parejas abrazándose, el interminable ir y venir de la gente de esta inmensa urbe. Al fondo el maravilloso palacio de las artes. A los costados de la entrada principal, pendían sendos carteles, coloridas fotos de la cultura japonesa, y con grandes letras y en sentido longitudinal la palabra Kintsugi. En occidente la cultura de lo fugaz, del úsese y deséchese, el total desapego. Kintsugi el arte de recuperar lo que se rompe, Kintsugi la cuidadosa curación de las heridas, el orgullo de mostrar las cicatrices. Después de la taquilla y el ticket subí las escaleras reviviendo el asombro de la vista de los murales, y la majestuosidad de este palacio del que he sido asiduo visitante, y justo al dejar las escaleras está allí ella; Amelia y su porte ajustándose a los pantalones de mezclilla, una sencilla blusa y a la cintura el suéter. Ese hola que, al igual que su presencia, me toma desprevenido. Leemos juntos la reseña que da la bienvenida a la exposición. La filosofía es así de sencilla, las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto, que deben mostrarse en lugar de ocultarse, transformar un objeto roto, recuperarlo, embellecerlo para que nos cuente su historia.

—Las heridas y las cicatrices, forjan también la historia de los hombres —dije y Amelia sonrió.

La muestra es maravillosa, varias decenas de objetos de cerámica reparados, embellecidos con barniz de resina mezclado con polvo de oro, plata o platino. Cada pieza con la descripción de su historia.

—Recuperadas con barniz y oro o plata —dice Amelia—. Cómo se hará la recuperación de las heridas del alma —agrega, y voltea a verme. Allí esos ojos cafés, las pestañas largas, ese brevísimo chasquido de sus labios manía de siempre que había olvidado.

—Puede ser que con un tequila —apunté como de pasada.

Amelia se había enterado de mi deseo de visitar Bellas Artes y particularmente esta muestra, lo escuchó cuando le dije a nuestra hija, el resto lo intuyó del pasado. Siempre nuestras visitas a los museos eran en el horario más temprano, para que hubiera lo menos posible de gente. Kintsugi, y las fotografías para llevarme de regreso a casa, dos o tres folletos, el libro de la exposición. Caminamos por Madero. La casa de los azulejos. Un café para oír cada uno el silencio del otro. Primero la plática sobre Mariana, los planes que, tanto ella como yo, sabemos. De nuevo ese abismo entre ambos, ese silencio que muerde, esa mirada que clama, esa sonrisa apenas esbozada. Después del café de nuevo el paseo, el museo del estanquillo, la Catedral Metropolitana y por supuesto un imperdible de aquellos años, el bar La Ópera.

—Lo del tequila debe ser cierto—exclamó Amelia—. Don Julio, platino —pedí al mesero.

2

Fueron dos los tequilas puestos durante la comida, caracoles al ajillo, chamorro a la gallega, y las risas desinhibidas. Así como esas cerámicas japonesas reparadas con resina del árbol urushi, y, enriquecidas con polvo de oro, nuestras heridas parecían verse reparadas por la resina del tiempo, regadas con los vapores del tequila. Esa tarde descubrimos el hilo perdido de la confianza, no éramos dos desconocidos, no éramos tampoco un cazador y una presa. Éramos dos personas que se habían enamorado y que habían intimado infinidad de veces durante toda una década, que conocían uno del otro cada centímetro cuadrado de su cuerpo. Que se habían entregado, que se habían volcado en tantos arrebatos y tantas locuras. Esa mujer hermosa que había hecho que, hombres y mujeres, al entrar al bar voltearan a verla y a la que de repente volví a mirarla como mía.

—¿Otro tequila? —pregunté y nostálgicamente, respondió ella:

—En el último trago nos vamos.

3

Tomo nota, la libreta de bolsillo se va llenando de frases cortas, esbozos de historias, abreviaturas, detalles de las calles, nombres de los hoteles, fechas. —Apuesto a que hace mucho que no le cuenta a nadie los asuntos de familia. —Llegadas a cierta edad, las mujeres ya no tienen edad, son hermosas. —Hay esposos sin ambiciones, solo se conforman con la rutina. —Y después de ser amantes qué sigue. —Supongo que después de los setenta, el sexo debe ser una especie de nostalgia. —De las vasijas pasamos al bric-á-brac, esa rara manía de coleccionar figuritas de cerámica. —Con este frío y tener que dejarte partir, afuera llueve. —Después de una década, los vuelos de Lima a México y viceversa. —Mis cabellos, antes oscuros ahora cenizos y nieve. —Bella, bella, bella Amelia.

Escribí el cuento y lo envié al concurso de una revista cultural de España. El seudónimo que usé fue Don Julio, cierto, como el tequila. Ganó el primer lugar, cuatro mil euros nada despreciables, el premio solamente se entregaría en forma presencial. En la plica puse el nombre combinado de mis alumnos, un correo creado a modo. Uno nunca piensa que pueda ganar, uno siempre piensa que estos premios están amañados.

Después del bar la ópera y los tequilas, caminamos un poco, Amelia era otra, no era la del día de ayer, ni la de aquellos años pasados. Era una mujer que sostenía mi mirada, que de pronto tomaba mi brazo, que reía con una plena y festiva libertad.

A las seis de la tarde el repique del teléfono de mi cuarto.

—Señor Arturo, Mariana su hija, está aquí en el lobby —escuché la voz de la recepcionista— enseguida sube —agregó.

Amelia desnuda, recostada sobre mi pecho, tan hermosa, tan deslumbrante, tan delicada…

—¡Mariana! Está subiendo… —exclamé.

4

De alguna manera puedo decir que la libramos; aquella tarde Mariana llegó a la puerta de la habitación y dio tres discretos toquidos. Respondí que abriría en un momento. Amelia tuvo un ataque de nervios y empezó a reír, hacía aspavientos con las manos, estaba desnuda y se había puesto de pie, cubriéndose con la sábana. Con señas aceptó esconderse en el clóset.

El cuento, además de haber sido enviado con el seudónimo y con la falsa referencia, está escrito con nombres y escenarios ficticios, lo de la cultura Kintsugi y la exposición, son ciertas. Lo de la reparación de nuestras heridas y el embellecimiento de nuestras cicatrices también. Desde aquel encuentro Amelia y yo somos amantes, viajo de Lima a la ciudad de México por motivos de trabajo dos veces al año. Renuncié al premio, renuncié a la autoría del cuento. Amelia es una revelación que ya no me atormenta, me alivia. Es una explosión de risas, es un manojo de nervios cuando, astutamente, le digo a mi hija que vine a la ciudad, que se asome, que suba precipitada al cuarto del hotel, que nos sorprenda, que nos lleve de vuelta a la recámara de la casa cuando, como un torbellino, arrasaba los pudores de Amelia para mostrarnos sus dibujos. Mariana no sabe nada, Amelia corre a esconderse, a veces solo se envuelve entre los edredones.

Después de todo, la tonada sigue sonando como aquella tarde. Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos… Hay amantes, hombres y mujeres que como las vasijas embellecidas del Kintsugi, se rompen una vez y vuelven a curarse, y de nuevo se rompen y se curan, amantes que son eternas heridas o crudas y sensibles cicatrices.

 

©2021 by Oscar Mtz. Molina

 


 

Óscar Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 6 de marzo de 1958). Residente de la ciudad de México. Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil). Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica, Literatura y violencia en el Cuento Contemporáneo de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM y del curso de cuentos de la Escuela de escritores Sogem. Formó parte de los autores en la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Sus cuentos, El viejo profesor de narrativa, Posesos de lujuria, y el Grito de Independencia de México, fueron publicados en la revista El Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila. Los libros: Aromas de café (colección de cuentos) y Le juro que fue la luna (colección de cuentos) actualmente publicados en Amazon. Recientemente su libro Le juro que fue la luna, fue presentado como parte del proyecto «Coyoacán en tus letras», por parte de la Dirección de Cultura de la alcaldía de Coyoacán en la ciudad de México.

🖥️ Web del autor: http://medicosmexicanosporlacultura.blogspot.com/

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🖼️ Ilustración relato: Kintsugi art, martinjhoward2, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

 

Relato Kintsugi

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 120 · enero-febrero de 2022

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