relato por
Óscar A. Martínez Molina

M

ientras le miro a la cara poco a poco voy teniéndole lastima en vez de miedo, es como si aquel gran coraje que me causaba, sin darme cuenta lo he ido perdiendo, a pesar de que la imagen aquella —la de hace dos años cuando tenía yo trece años—, se quedó fija en mi memoria y se repite ahora, aunque en vez de aquel coraje, les digo, siento como una paz que me tranquiliza aquí dentro, y, por dios, aquello no fue para menos.

Veníamos mi padre y yo corriendo para llegar al mercado. Mi padre cargando el tercio de leña, yo, gallinas y huevos. Justo al llegar al camino real, una vez dejamos la vereda desde casa, nos topó el engendro aquel, Damián de nombre, pero el mismito demonio. Sin terciar palabra alguna y sin ningún motivo le arrienda un chingadazo a mi padre. Hasta allá rodó con todo y su tercio de leños, y ya en el suelo la patada que le sacó el aire. Mi padre por más intentos que hacía nomás no podía levantarse, solté las gallinas, rompí los huevos, hasta allí fui a parar del empellón que me dio Damián. Después se sacó el cinto y como si fuera su hijo se fue de nuevo contra mi padre. ¡Duro y dale! ¡Duro y dale! Hasta que se cansó y yo nada más viendo. Después entre risa y risa, cogió camino insultando.

Corrí donde estaba mi padre, intenté levantarlo metiendo mis manos por los sobacos y entonces, me empujó y me dio un golpe con el brazo, entendí en aquella mirada la rabia y la vergüenza en sus ojos. Poco después nos acurrucamos ocultándonos de las miradas uno del otro, breves miradas de reojo con la ansiedad y la pregunta del por qué ha pasado todo esto. Enseguida, mi padre me ordenó recoger las gallinas y lo que quedaba de los huevos. ¿El tercio de leña? Eso se quedó regado por el suelo. Conforme volvemos a casa, entre arbustos y recovecos del terreno solo alcanzo a ver un bulto blanco y encorvado que va subiendo con paso lento. Por la noche, por más que intento dormir no puedo hacerlo. Por suerte llueve y el sonido de las gotas sobre la lámina cubre mi llanto. Al día siguiente, de aquel llanto apagado solamente quedan las huellas al morderme los labios y las uñas encajadas en las palmas de mis manos y ese cabrón coraje que muerde mi alma, y esta impotencia y sobre todo este pinche miedo. También a mi padre lo oí llorar, cuchichiaba a mi madre y de pronto algún sollozo que se le escapaba sin querer o alguna maldición.

—Lo voy a madrear —decía, y luego muy despacito—, lo voy a chingar al cabrón —murmuraba.

Y mi madre también en un susurro: ¡solo Dios, viejo, solo Él! Y el llanto de nuevo.

Mi padre es un hombre bueno, no sé si lo olvido, nunca le pregunté. Ahora bajamos al pueblo por otro camino.

—Es más vuelta —me dijo un día mi padre—, pero está más parejo el terreno.

Tiempo después, y por mediación de mi madre, me enteré de que el coraje del Damián fue porque había pensado que mi padre estaba sacando leña de su parcela. La verdad es que a él nadie lo quiere y muchos le tienen miedo por sus arranques y desmanes. Que ya mató los perritos del vecino, que ya desapareció alguna gallina, que ya le anda insinuando cosas a Francisca, otra vecina y así las cosas con este hombre; yo cuando lo veo por allí, de plano le saco la vuelta, aunque a pesar del tiempo vengan de nuevo las imágenes de aquel día, y el temor y el coraje.

Pero ahora, allí acostado como está, con los ojos cerrados y sin resuello, le miro la cara y por dios que ya no le tengo miedo, y miro a mi padre que se acerca, y miro que lo quiere tocar o pellizcar para saber que aquello es cierto y no un sueño, y, en ratos, hasta me parece que veo a mi padre sonreír, pero no.

En cuanto lo bajaron al pueblo la voz corrió luego, luego.

¡Se murió el Damián! Y los detalles enseguida: lo hallaron con las piernas rotas, todito tieso. Que se desbarrancó con su caballo, que le pasó encima el animal, que al pobre animal también lo mataron porque tenía rotas las patas, que diosito lo tenga en su santa gloria, que diosito le dio su escarmiento, que no era tan malora, que qué se yo cuántas cosas más y cuánto misterio.

 

Esa tarde iba yo de vuelta a casa, pardeaba el día —tanto rodeo, me dije— y entonces jalé por el camino viejo, en silencio. En mi morral los costales recién zurcidos, mi aguja de arria, el pumpo con agua. Los quejidos que llegan hasta mis oídos, lejanos primero, y más cerca luego. El camino es resbaloso por el mal tiempo. Primero veo el caballo allá abajo, patas para arriba, mientras me acerco parpadea los grandes ojotes, sacude la cabeza, enseguida se calma y se recuesta y se queda quieto, allí cerca está Damián. Me reconoce y me dice con pocas fuerzas: «Gracias, hijo». Yo me acurruco como a un metro de él. Miro una pierna toda desguanzada, la otra con una astilla de hueso que sale de la canilla y rompe la carne y empapa de sangre la ropa. La mano derecha la deja pegada al cuerpo y la izquierda, la más buena, haciendo señas de que me acerque, ¡no queda nada de aquel engendro!, pienso entre mí.

No sé por qué pero aquí en el monte siempre se acaba el día antes que en el pueblo, la claridad, poco a poco se esfuma.

Saco del morral mi pumpo y con calma me tomo un trago de agua, luego se lo acerco al Damián y ansioso bebe también. Ya no le tengo miedo, otro trago de agua, ahora nos estamos sonriendo y entonces, todavía con mayor calma, y, ahora que la claridad aún lo permite, cojo mi aguja de arria y allí donde yo pienso que está el corazón, o más o menos, poco a poco se la voy hundiendo.

 

© 2007 By Oscar Mtz. Molina

 


 

Óscar Antonio Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958). Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Profesor de posgrado del curso de Ortopedia y Traumatología de la facultad de Medicina, UNAM. Autor de artículos de la especialidad en revistas indexadas. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil) Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. En el de cuento de la Escuela de escritores Sogem. Y Literatura y Violencia en el Cuento Contemporáneo, de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Formó parte de los autores en la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Sus cuentos, El viejo profesor de narrativa, y Posesos de lujuria, fueron publicados en los números 169 y 170 de los meses de marzo y abril del 2015, en la Revista el Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila. Dos colecciones de cuentos publicados por Amazon.com: (1) Aromas de café y (2) Le juro que fue la luna.


🔗 Web del autor: http://medicosmexicanosporlacultura.blogspot.com/

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🖌 Ilustración relato: Niña con flor. óleo sobre tela, Lau Mendoza Rodríguez, Ciudad de México, 2020 ©

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 116 · 🛠 PmmC · mayo-junio de 2021

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