reseña del libro de Héctor Zabala, por
Pedro M. Martínez
Porque esta vida no es
—como probaros espero—,
más que un difuso tablero
de complicado ajedrez.
Omar Khayyam
M
e agradan los libros cuyo título tiene dos frases. Pienso ante la portada de estas obras en las motivaciones que ha podido tener su autor para incluir el subtítulo: quizás ha querido dar una visión más profunda a sus lectores sobre lo que ha escrito; tal vez, un resumen sobre el contenido de la obra, o, sencillamente, detallar de qué va el libro que tenemos entre nuestras manos; es posible que, en otras ocasiones, el citado subtítulo pueda considerarse como el verdadero título de la obra, con lo cual tendremos una especial sensación ante la cubierta (o la primera pantalla si estamos ante una obra digital).
Dicho lo dicho, Pateando tableros. Relatos con algo más que ajedrez, título del libro del escritor argentino Héctor Zabala, anuncia en su subtítulo a los lectores legos en las normas de dicho juego maravilloso que hay «algo más» en sus páginas que historias sobre él, algo que, sin duda, añade más interés todavía para leerlo, abriendo asimismo un amplio escenario en donde, además de todos los lectores en general, puedan sentirse representados los que saben jugar al ajedrez, que querrán disfrutar de historias relacionadas o inspiradas en «su» juego, y los que solo conocen «cómo se mueven las fichas» a quienes, debo suponer, les picará la curiosidad por saber qué tipo de cuento puede salir de, por ejemplo, «centralizar un caballo en quinta posición».
Más polisémica, si cabe, es la frase hecha «patear el tablero», que Zabala utiliza para iniciar el título de su libro. En España, esta frase significa que es hacer algo que busca romper con lo establecido, como ocurrió, por ejemplo, con el movimiento de los indignados, el 15-M, que estuvo en el origen del final del bipartidismo en el país, pero también es una expresión ambigua que se asocia, en primer lugar, con el juego del ajedrez, aunque sirve para otros juegos y situaciones concretas como recorrer un lugar, y así, el autor patea, transita, en este libro, por historias que son de sumo interés para la memoria ajedrecística: camina entre los sentimientos de unos chavales con deseos de aprender y alrededor de la miseria sentimental de los que quieren impedirlo, por la alegría de la victoria y por la rabia y la melancolía de la derrota; patea entre la niebla de un sistema económico abstruso que no funciona y acompaña los esfuerzos de gente corriente que trabaja por mantener viva su afición al milenario juego de estrategia. Este camino que el lector va a patear, se inicia con la magia de una historia cuya protagonista es una diosa: Caissa, una preciosa ninfa de Tracia, protectora del ajedrez, que el pintor Doménico Maria Fratta recreó cerca de un árbol frondoso, a punto de bañarse en un río, mientras observa un tablero con escaques de color azul y amarillo.

Luego del encuentro con nuestra diosa, siguiendo el viaje por el laberinto de los trebejos blancos y negros, nos encontraremos con una prisión en donde el endiablado juego servirá para que un preso consuele los días de su condena. Un hiperbreve en el que Héctor Zabala maneja, hábilmente, la masa en que se convierte el tiempo dentro de los muros de una cárcel…, el mismo tiempo que, convertido en recuerdos, nos llevará a la visita que unos chavales realizan para conocer un club de ajedrez de barrio, uno de esos centros que no tienen portero para pedir el carné de socio a quien llega. Allí observan a otros dos muchachos jugando una partida en la que las negras tenían la victoria a su alcance, sin embargo no es eso lo que sucede debido a que juegan de una manera peculiar y los jóvenes visitantes comprenden de primera mano el deber de conocer y respetar las reglas: «Las cosas que pasan por no leer, nos dijimos con Julito, mientras huíamos de ese club».
En «Narciso», un jovencísimo aprendiz de nueve años se enfrenta todos los domingos a un maduro y experto jugador, quien además de sus impresionantes piezas, traídas de Cuba, despliega ante el novato un imponente aspecto y una implacable estrategia de armar los peones en el centro del tablero para luego enrocarse y atacar, siendo esto último definitivo para que el muchachín no tuviera nada que rascar. Pasan los años y el chaval vuelve a encontrarse con el arrogante jugador, el mejor del barrio, el poseedor de un precioso tablero y unas piezas no menos bellas traídas desde la Perla del Caribe, y ya se imaginarán ustedes lo que sucede… A Zabala no le importa que el título de este relato anticipe el perfil de uno de sus protagonistas, porque la historia del mismo fluye por diferentes raudales de la psicología del ser humano. En tiempos de falsarios y locos prepotentes, como los que ahora vivimos, tener un pensamiento crítico es lo principal que le puede pasar a alguien, es lo mejor que le pasa al crío que aprendió trabajosamente sobre táctica y estrategia en el ajedrez durante años: «Muchas veces perdía, pero al menos sabía por qué. En otras, ganaba, y también sabía por qué».
Michel de Certeau dijo que «todo relato es un relato de viaje». Seguimos viajando por Pateando tableros y nos encontramos analizando jugadas en «Teoría y práctica», un relato lleno de humor y compañerismo; en «Salomónico» confirmamos y celebramos la habilidad de Héctor Zabala para utilizar la antifrasis: el Dipa era un jugador temible, ganador de varias copas «… que deben seguir relucientes en la vitrina del querido colegio, si es que ningún salvador de la patria se las llevó a casa». En «Jugando a los espías», uno de los relatos destacados del libro en opinión de este comentarista, Zabala explica con sencillez por qué no se llegó a la guerra por el Canal Beagle como telón de fondo de una partida de ajedrez por correspondencia, como «Napoleón acostumbrara [jugar] con Phillidor o con algunas de sus admiradoras». La geopolítica tiene sus reglas, como el ajedrez, y aquellos generales que «las malas lenguas aseveraban que no tenían cerebro» se enfrentaron a un doble zugzwang, una posición sumamente complicada de este y otros juegos.
A todos nos ha pasado, pienso, tener que asistir a un acto y disponer del tiempo justo para llegar al mismo. Sería singular, sin embargo, que nuestro coche fuera detenido por exceso de velocidad y el policía resultara ser aficionado al ajedrez como nosotros. Es improbable una coincidencia así, pero en «Carrera contra reloj» leerán cómo se produjo el hecho… Más adelante de nuestro recorrido, sabremos cómo se puede dirigir económicamente un club de ajedrez en tiempos de inflación; conoceremos en «To be, or not to be» la razón de que un tipo estuviera con «una bronca negra», debido a que su abuelo llegó tarde a su propia boda «por culpa del puto ajedrez»; asistiremos en «A contracorriente» a las quejas de una mujer porque le ganan siempre la partida, pero jugaba todos los días y «tenía el tesón del clavo enmohecido» y, ya acercándonos al final del camino, Zabala nos confirma lo que «cualquier cristiano de a pie puede ver»: que «la burocracia hace imposible lo simple»; los protagonistas de «Cuando lo barato sale caro» no sabían que la burocracia privada «puede arreglárselas para ser peor que la pública», el corolario de este cuento no puede ser más clarificador: «Ahora se entiende mucho mejor por qué Argentina económicamente está como está».
El final de este brillante libro es un cuento tan redondo como el que relata en primera persona Caissa, la bella y marginada ninfa, al comienzo de la compilación. En «El vero origen del ajedrez» la diosa recuerda que prometió volver, y así lo hace contando una divertidísima historia que observa al hacerse invisible —por eso es diosa—, un relato que parte de una inteligente visión sobre la conocida petición de un sabio a su rey en pago por un servicio prestado. En la pomposa sala del trono, el rey le dice al sabio que le pida lo que quiera por haber inventado para él un maravilloso juego que ha decidido llamar shatranj, el nombre, como ya saben, de una antigua forma del ajedrez. El sabio, entonces, toma el tablero de su juego y le pide al rey un grano de trigo en el primer cuadro, dos en el segundo, cuatro en el siguiente y así sucesivamente…
Caissa relata esta historia de forma sucinta pero precisa, deambula por el palacio sin que la vean, recuerden que se ha vuelto invisible, y escucha los pensamientos de los dos protagonistas sobre un pago que empieza a parecer imposible: «Ay, por mis dioses, encima eso. Está loco, pero ¿quién le dice a un rey que está loco?»… Es posible que la diosa, al conocer el desenlace de la historia, decidiera investirse como musa del shatranj, sintiéndose más fuerte que nunca y reafirmándose en su lucha por vencer el desprecio de los dioses del Olimpo: ahora tenía la ayuda de un ejército compuesto por ocho peones, dos torres, dos caballos, dos alfiles, un rey y una reina. Ella, la más pequeña de las diosas, la «ninguneada» por los habitantes de la montaña sagrada, reitera su desafío a Palas Atenea —la «diosa terrible a la que importan las acciones bélicas, las ciudades saqueadas, el griterío y las batallas», según los Himnos homéricos, la que nació de la frente de Zeus ya armada por completo—, para reafirmar su dignidad y deslumbrar «no por su sexo sino por su seso».
Quizá Héctor Zabala nos cuente algún día, en una indispensable segunda entrega de cuentos con «algo más que ajedrez», si se produjo el enfrentamiento y quién ganó el desafío. Yo me reservo, con el permiso de ustedes, el nombre de quien deseo que triunfe en el lance.

Trabajos no forzados
Estuvo modelando en miga de pan las treinta y dos piezas del juego de ajedrez. Tarde y noche, año tras año. Un buen día terminó. Satisfecho, contempló su obra. Los demás presos aplaudían. Era bella: las blancas superaban el marfil; las negras, el ébano. Solo entonces recordó que jamás había podido aprender las reglas de ese endiablado juego.
ℹ️ Cuento hiperbreve perteneciente al libro Pateando tableros. Relatos con algo más que ajedrez, de Héctor Zabala. Prólogo por Luis Benítez. ISBN 978-620-0-10708-4 (JustFiction! Edition, Mauritius, 2019)

Héctor Zabala. Narrador y ensayista argentino (Villa Ballester, Buenos Aires, 1946). Dirige la revista literaria Realidades y Ficciones y su suplemento desde 2010. Fue redactor de la revista literaria Sesam, de la Sociedad de Escritores de General San Martín (2007-2010). Reside en la ciudad de Buenos Aires.
Ha sido distinguido con varios premios nacionales e internacionales en narrativa corta y fue jurado literario en diversas ocasiones. Ha publicado en 2016 los libros de cuentos Rollos sacrílegos, Unos cuantos cuentos y El trotalibros y algunos mitos. También, en 2016, la obra teatral Diván en crisis, en colaboración con Diana Decunto y Alicia Zabala. En 2019 publicó Pateando tableros, relatos con algo más que ajedrez. Tiene varios libros pendientes de publicación.
Obras de su autoría han sido publicadas en diversas revistas literarias, como Letralia, Alga, La Bella Varsovia, entre otras.
Es contador público nacional por la Universidad de Buenos Aires (UBA), maestro internacional de ajedrez (IM-ICCF, 1999 y SIM-ICCF, 2001), medalla de plata (ICCF, 2002) y fue el VIII campeón latinoamericano de ajedrez postal (CADAP, 1994).
zab_he[at]hotmail{.}com
🖥️ REALIDADES Y FICCIONES – Revista Literaria (ISSN 2250-4281):
https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/
🔖 SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES (ISSN 2250-5385):
https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
🔖 Literatura y algo más… (IBSN 2250-17-06-46):
https://hector-zabala.blogspot.com/
👉 Lee otro relato de este autor (en Almiar): Demasiada luz
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Pedro M. Martínez, es escritor, fotógrafo y locutor en sus ratos libres. Dirige y edita la Revista Almiar.
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Ilustraciones: (Portada) Círculo de Ajedrez de Villa Ballester (CAVB), fotografía remitida por Héctor Zabala © ▫️ (En el texto, de arriba a abajo) Caissa, UnknownUnknown Original uploader: Paul Barlow, Public domain, via Wikimedia Commons ▫️ Imagen realizada a partir de una fotografía de Pedro M. Martínez mediante técnicas de IA.
Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 145 · marzo-abril de 2026 ·👨💻 PmmC
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¡Felicitaciones! Me encantó el libro Pateando tableros. Es un verdadero orgullo argentino. Nuestro querido padre, además de su faceta como escritor, contador y Maestro Internacional de ajedrez, es nuestra gran inspiración. Como hija, puedo dar fe de que su calidad humana y su humildad son un ejemplo a seguir.
Eso es lo que transmite en cada relato de este libro, donde logra amalgamar la historia con los personajes de una forma que nos transporta en el tiempo y el espacio, haciéndonos sentir parte de la obra. Muchas gracias, papá; es un orgullo ser tu hija. Un abrazo grande, Alicia.