relato por
Amalia Hoya

 

V

i el anuncio cuando hojeaba el periódico: vendían un piso en la calle Leire 34. Era una casualidad increíble; en aquella dirección había vivido con mis padres hasta los cinco años, aunque no recordaba nada porque ellos murieron poco después y el resto de la familia no los mencionaba nunca.

Sopesé durante varios días la conveniencia de ir a visitarlo y la curiosidad venció al fin. Concerté una cita con el agente de la inmobiliaria, tenía que comprobar si se trataba de la misma casa, no podía dejar pasar la oportunidad de ver de nuevo el lugar donde transcurrió mi primera infancia.

El edificio no tenía ascensor, y la escalera resultaba fría y oscura. Cuando llegamos arriba y el agente abrió la puerta, me detuve un instante en el umbral como si temiera entrar y, una vez dentro, me asaltaron unos recuerdos imprecisos, pero suficientes para saber que, efectivamente, aquel había sido mi hogar.

El piso estaba vacío y listo para habitar; tenía un pasillo muy largo cerrado al fondo por una puerta y con varias más a ambos lados del mismo que, en ese momento, estaban abiertas, igual que las ventanas, por lo que una luz blanca, casi cegadora, lo iluminaba todo con alegría. Al posible recuerdo sentimental, el apartamento añadía espacio y excelentes posibilidades decorativas. Sin saber muy bien lo que hacía, decidí que quería comprarlo; aunque no sin ciertas dudas pues percibía una inquietud que achaqué a la emoción de encontrar mi antiguo hogar y a la decisión precipitada.

A Inés, la amiga con la que compartía casa desde hacía tiempo, no le pareció buena idea la compra repentina.

—No hay necesidad de tener gastos y complicaciones. Estamos bien viviendo las dos juntas. ¿De verdad quieres comprarlo? Tú nunca has querido tener un espacio propio.

—¡Quién sabe! —dije—. A lo mejor es el momento de independizarme. Tengo bastante dinero ahorrado y una casa siempre es buena inversión.

—No sé —decía Inés cada vez más contrariada—. Esa idea tuya, a la larga, puede distanciarnos.

—¡Qué tontería! Tú y yo nunca dejaremos de estar unidas, aunque vivamos en lugares diferentes.

—¿Por qué comprar lo primero que ves? Y ese, precisamente —insistía Inés—. Habrá otros más cercanos al mío, puedes seguir buscando. La compra me parece precipitada.

—Tienes que comprenderlo, Inés. Esta casa tiene un lazo sentimental, el deseo de recuperar una infancia de la que no recuerdo nada. Además, cuando veas el pisazo, estoy segura de que comprenderás mejor mi ilusión; es grande, bonito, bien comunicado. Perfecto.

Inés no tuvo nada que hacer, la decisión estaba tomada.

Las primeras semanas pasaron deprisa: los arreglos, la mudanza, las compras. Inés me ayudaba de mala gana, resignada ante lo inevitable. Intentaba tranquilizarla, le aseguraba que tener una casa cada una, lejos de separarnos, nos daría mayor libertad y posibilidades y no conseguía convencerla.

Pasada la vorágine del cambio y de la emoción inicial, no tardé en volver a notar la sensación de angustia en el estómago. El piso era demasiado silencioso y, no obstante, a veces creía escuchar voces lejanas, que parecían provenir de otros tiempos, y sonidos de pasos que hacían crujir el suelo de madera; unos ruidos familiares que intentaban abrirse paso en mi cerebro. Me asomaba precipitadamente al pasillo, como si pretendiera sorprender a alguien, y recorría una a una las habitaciones desiertas, con el ánimo encogido y miedo a que no estuvieran tan vacías como debían estar. Todo a mi alrededor tenía un aire estancado, inmóvil, o eso me parecía.

Lo peor empezó con los sueños, mejor dicho, con las pesadillas. En ellas era incapaz de distinguir nada ni a nadie, solo percibía sombras borrosas vislumbradas como a través de una tela, siluetas teatrales que peleaban, lloraban. Me provocaban pánico sus voces, sus gritos; gemían cosas ininteligibles que no conseguía entender lo que las hacía aún más inquietantes.

Inés empezó a preocuparse por mí, por mi mala cara, por aquel agobio que no me dejaba vivir.

—Véndelo —me decía—. Ese lugar tiene algo malsano. Te volverás loca si sigues así. Vuelve conmigo.

Yo quería y no quería dejar la casa. Cuando estaba dentro de él deseaba escapar y, sin embargo, cuando estaba fuera, un impulso morboso me obligaba a regresar de nuevo. Necesitaba saber qué recuerdo oculto latía entre aquellas paredes y recuperar de nuevo mi tranquilidad.

Día a día, los sueños tomaban cuerpo. Cuando me sentaba ante el televisor, notaba como si alguien estuviera apostado a mi espalda, giraba entonces la cabeza y me parecía ver que una sombra familiar cruzaba veloz el pasillo y yo notaba que los pelitos de mi nuca se erizaban. Enseguida oía el llanto. El sonido a veces provenía de la cocina, o quién sabe si del dormitorio; los gritos se mezclaban con el golpeteo de puertas y un entrechocar de platos en el comedor. ¡No podía más! Inés tenía razón, me estaba volviendo loca.

Salí al pasillo, cogí el abrigo y el bolso y escapé de allí, a todo correr. El aire helado de la noche me serenó un poco, aunque mis lágrimas brotaban incontenibles y no dejaba de temblar, si bien no por el frío sino porque, sin duda, había tocado fondo. Yo era una persona hipersensible, muy fácil de sugestionar, por tanto había llegado el momento de poner remedio a la situación, antes de que acabara con mi salud.

Puse en venta el piso al día siguiente y esa misma tarde empecé a empaquetar mis cosas con ayuda de Inés que, muy contenta, no paraba de felicitarme por mi decisión.

Habíamos terminado la mudanza y, cuando me disponía a subir al coche, me di cuenta de que me había olvidado el móvil en la encimera de la cocina. Inés se ofreció a ir a buscarlo, pero rechacé la oferta. Daría una última ojeada.

En cuanto metí la llave en la cerradura, algo en mi interior me advirtió que no había sido buena idea volver. Abrí la puerta casi con temor. Habíamos dejado las contraventanas entornadas y casi todas las puertas cerradas, por lo que el pasillo no tenía la luz cegadora de mi primera visita ni la que solía tener habitualmente, tampoco estaban ya mis muebles que tanto animaban su aspecto.

Y la penumbra iluminó mis tinieblas con un chispazo revelador; de repente, creí ver de nuevo a mi madre, caída en el suelo del pasillo; mejor dicho, solo alcanzaba a ver sus piernas, sobresaliendo de la puerta de la cocina

Empecé a temblar, a llorar. Al fin comprendía el significado de las pesadillas, de los ruidos que llenaban mis sueños, de los fantasmas que me acosaban. Era otra vez la niña pequeña que volvía del colegio de la mano de su abuela, una tarde oscura.

Contuve la respiración con los ojos fijos en las piernas imaginadas, mientras esperaba y temía oír de nuevo un pistoletazo en la habitación del fondo; el sonido que apagó mi luz y me dejó sin recuerdos durante tantos años.

 


 

Amalia Hoya

Amalia HoyaNatural de Béjar (Salamanca) y residente en Madrid desde 1975. Es fotógrafa y también escritora. En alguna ocasión, ha usado el seudónimo ‘Amalia Álvarez San Pedro’ para sus escritos.

Estudios realizados: Filología Española en la UNED.  Fotografía analógica profesional en el CEI de Madrid (1978)

Como escritora:

  • En 2015 publicó su primer libro de relatos titulado: La Sombra y otros relatos. (El relato publicado en esta página pertenece al citado libro).
  • El mismo año, fue seleccionado uno de sus microrrelatos en el concurso convocado por Diversidad Literaria. Incluido en la antología: Inspiraciones nocturnas II.
  • 2016 – 2017 La revista Almiar (Grupo Margen Cero) ha publicado otros dos relatos contenidos en el libro La sombra y otros relatos. Titulados: La risa y El verdadero significado de la palabra fin.
  • 2016 – 2017 La revista Moon Magazine de San Sebastián ha publicado tres de sus artículos de crítica fotográfica sobre exposiciones en Madrid de los fotógrafos: Bruce Davidson, Terry O’Neill y Philippe Halsman
  • Finalista en enero 2017 del concurso convocado por la editorial Luna Moon y la revista Moon Magazine con el relato titulado: Vacaciones en el paraíso. La antología de estos relatos ha sido publicada a finales del 2017.
  • Publicado por la Editorial Amarante de Salamanca su segundo libro titulado: Seis personajes y un cantante.

Como fotógrafa:

  • Comenzó su trayectoria en fotografía de reportajes y eventos sociales
  • Hasta 2007, trabajó para una multinacional alemana realizando, además de otros trabajos, fotografía industrial y vídeos.
  • Ganadora del primer premio en dos concursos fotográficos:
  • 2002 Valle de Oscos (Asturias) y en 2012 Barrio de Santiago (Madrid)
  • Desde 2011 ha expuesto sus fotografías en diversas salas de Madrid. Ha realizado doce exposiciones hasta la fecha.
  • En 2012 formó parte del jurado de un concurso nacional de fotografía. Fue ganador de este certamen el fotógrafo Eric Crana.
  • Desde 2008 realiza un voluntariado como guía de la Biblioteca Nacional de España.

Obra escrita:

  • Libro de relatos: La Sombra y otros relatos (Publicado en junio 2015)
  • Segundo libro de relatos: Seis personajes y un cantante (publicado por la Editorial Amarante (Salamanca), en septiembre de 2017)
  • Tercer volumen de relatos: Inquietudes (Pendiente de publicación)
  • Libro de fotografías de reportaje titulado: Ver y ser mirado (presentado al concurso de Foto libros convocado por La Fábrica en 2016)

 Contactar: amaliahoya [at] yahoo.es · Facebookanalia.gade7 (Amalia Hoya)

Ilustración relato: Fotografía por Amalia Hoya ©

 

biblioteca relato Amalia Álvarez

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero)  n.º 107  noviembre-diciembre de 2019

 

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