relato por
Pedro Campos Morales

 

I

N

o ha pasado mucho tiempo y sin embargo hoy, ocupados con los muertos de la segunda guerra, recién comenzada y aún sin nombre ni razones, casi nadie se pregunta cómo empezó la primera, negada y desdeñada por los periódicos, envilecida con calificativos turbios, minimizada por eufemismos como serie de atentados, vandalismo accidental, atribuidos sus episodios a grupos dispersos de incontrolados, agitadores a sueldo, simplificada una y otra vez como terrorismo suicida, mientras, entre las clases populares, siempre será recordada como Revolución de Color o, en sus términos más prosaicos y utilitarios, como la Guerra de los Armarios.

Nadie se hace ya preguntas quizá porque nadie va a ser capaz de encontrar las respuestas. Cada habitante de estas tierras, con mucho esfuerzo mental, tal vez alcance a declarar haberse encontrado, de buenas a primeras, con aquellas mujeres retrepadas en los rincones más altos y oscuros, si no de nuestras casas, de alguna otra conocida y, a veces, hasta inconfesablemente frecuentada. Lo cierto es que únicamente una investigación muy concienzuda, con los más avanzados medios informáticos de rastreo y seguimiento a su disposición, sumada a una fortuita destreza para resucitar a tantas víctimas que debieran ser interrogadas, permitiría, caminando hacia atrás, muy hacia atrás aunque no muy lejos en el tiempo, dar con el principio de los principios, único origen de todas las fuentes, de todos los afluentes que arrastraron todos los odios y todos los miedos para verterlos en una sola calamidad, un principio de tan poca entidad, una génesis tan irrisoria si desconocemos su efecto, tan ridícula como una conversación que debió ser condenada al olvido, la que un matrimonio de no muy avanzada edad mantiene durante su cena en un restaurante de carretera.

Si hasta entonces y a lo largo de la larga Historia según dicen todas las guerras fueron económicas, esta Revolución de Color no quiso ser una excepción porque económico fue el diálogo que fue su preámbulo y condición necesaria. En la barra del restaurante un hombre, mediana la edad, la talla y el bigote, representante charcutero, bebe su último whisky del día dando descanso a una barriga redonda sobre sus piernas ancladas al pie de un encumbrado taburete. Una mano en el vaso, la otra en el cigarro que le dejan fumar porque es de la casa, o casi, en cualquier caso todo fiambre que aquí se sirve de su camión procede. El camarero está en lo suyo, el representante en la conferencia de la mesa más cercana, que se resume más o menos en lo siguiente:

La esposa plantea al esposo, aceitunas aloreñas mientras la cena se calienta, la oportunidad de descargar la limpieza diaria del hogar en una muchacha joven y extranjera. El esposo inquiere a la esposa, tabla de embutidos regada con vino de la casa sin etiqueta, ya no las razones de la necesidad de ayuda externa sino sobre todo el fundamento de su esposa para que su elección tenga que incidir en atributos tales como la mocedad o la localización del suelo natal de tal ayuda. La esposa despliega ante el esposo, huevos rotos con chorizo y patatas fritas para ella, para él calamares fritos y fritas las patatas, sin faltar datos ni pormenores, las ventajas de tener a su servicio a un ser con disposición a dejarse la piel por cuatro duros, en su terruño dos duros ya es sueldo de ricos, añadido al hecho de que en este país, el nuestro, la gente minúscula ya no quiere trabajar y aun menos la Juventud, ésta con mayúscula. Un único impedimento aprecia la esposa: el peligro de que la chica, inmigrante sin asistencia sanitaria, sin seguro social y sin papeles con toda seguridad, sufra un accidente en casa cuando limpie los sitios altos. El esposo concluye, café crema contra profiteroles helados, que el problema estará resuelto si no dejan a la chica joven inmigrante limpiar los sitios altos. Dicho esto se limpia la boca y paga la cuenta.

Es curiosa la capacidad de abstracción de la mente humana, capaz de crear lo más sublime pero también inclinada, quizá con más voluntad de la que ante un hipotético espejo de almas nos negaríamos a aceptar, a desencadenar la más absurda de las catástrofes. El hombre retrepado al taburete, proveedor de riquísimos y muy hispánicos primeros platos, tan interesado en la entrevista desarrollada a su lado que alrededor de ella y en torno a su asiento se edificó algo parecido a una cabina insonorizada, tan embebido en la negociación que no podría calcular a qué alturas de la misma su último whisky del día se convirtió en el antepenúltimo, tan hechizado quedó el vendedor de embutidos por un careo matrimonial que, para no engañarnos, en aquellos días se repetía incansablemente en todas las mesas de todos los bares, en todas las cocinas y en todas las oficinas, casi siempre en los mismos términos con variantes en los postres o el colofón, tan aturdido acabó su jornada este hombre de bigote mediano y barriga descansada que, una semana después, sin descuidar la ruta de treinta años atrás y afirmado a su taburete ante el mismo camarero, agarrado a su whisky y cigarrito el primero, el otro a unos vasos que hace circular bajo chorros de agua a mucha la presión y la prisa y muy pocas las fuerzas para seguir trabajando, tan obsesionado, en definitiva, está nuestro vendedor de embutidos con aquella conversación que, habiéndolo meditado cada una de las noches de la semana, le dice al camarero, venciendo por un instante la presión del chorro en el que éste está inmerso:

—Me preocupa que en España no se puede contratar a una inmigrante porque te buscas la ruina si va y se cae cuando limpia los sitios altos.

 

Algo responde el camarero, un sonido, muy corto, no una palabra, no parece formar parte de una lengua conocida, ni siquiera parece humano. No ha terminado con su chorro y su presión de los vasos cuando el comercial se va y su lugar es ocupado por dos camioneros. Sin levantar la cabeza, el camarero les dice:

—Esto que les voy a decir no lo quieren sacar en la tele ni en los periódicos, pero lo digo porque todo el mundo debería saberlo; sepan ustedes que las extranjeras que contratan para limpiar las casas se tiran desde los sitios altos cuando los limpian y así, partiéndose un dedo o un brazo entero, obligan a sus patronos a que las den de alta en la Seguridad Social que pagamos todos los españoles.

 

La noticia corrió como corren las grandes mentiras: con una carrera ligera, adelgazada por su extremada simpleza, deslizándose pura, perfilada, puntiaguda, sin precisar adornos ni absorber interferencias a través de todos los canales de comunicación disponibles, Internet el primero de ellos, la red social, el club que en su guardarropa recoge todas las soledades de los camioneros del mundo para componer con ellas el gemido universal, la sinfonía crepuscular del último de los prostíbulos. Uno de estos camioneros, a la hora en que normalmente, como fin de etapa, hace de vientre, en la red global deposita su primicia:

«No dejes a tu inmigrante limpiar los altillos, tampoco los techos de armario, lámparas ni toldos, no la dejes subir a una escalera ni a una silla para descolgar tus cortinas… porque se tirará al suelo y, con la herida más pequeña, te denunciará para que tengas que darla de alta en la Seguridad Social».

Por decoro aquí se ha reproducido el mensaje cuidando la expresión, mejorando la ortografía, restando mayúsculas, signos de exclamación y un imperativo Pásalo conclusivo que propulsó la confidencia en todas las direcciones y en todas las dimensiones, adquiriendo camuflajes en sus distintas formas analógicas y digitales, firmados a veces por el Ministerio de Interior y en ocasiones visados por una concejalía de alguna ciudad perdida. Correos electrónicos, teléfonos móviles, tuits, guasaps, el boca-oreja tradicional, programas televisivos de entretenimiento, programas televisivos de tertulia y debate, programas televisivos de noticias curiosas, tertulias radiofónicas, programas televisivos de noticias de las que se hacen eco simultáneo todos los canales, periódicos, panfletos digitales y pasquines, algún mitin, avisos a caminantes y a navegantes, señales de peligro en oficinas de desempleo, psicofonías en centros comerciales, rumores en los mercados de abastos y pánicos en los financieros, comisiones ad hoc locales, más tarde regionales y después nacionales, lobbies y recogidas de firmas, foros, manifiestos y manifestaciones, plataformas democráticas, manos blancas, lazos azules, sermones, petitorias, mociones y denuncias, autos sacramentales, federaciones y clamores, movilizaciones, sentadas y cánticos de dignidad y pureza y el decreto como punto final.

Se publicó en el Boletín Oficial del Estado con un número errado, idéntico al de otra disposición, lo que provocó una disculpa de la Administración Central que lo tuvo fácil para justificar el desliz a partir de un supuesto implacablemente cierto: el año se venía mostrando muy productivo en lo relativo a la redacción de decretos leyes y decretos legislativos. La población murmuró, masculló y deliberó durante varios días acerca de la ineficacia de un funcionariado notoriamente incapaz de acertar ni tan siquiera en un número asignado consecutivamente, incompetencia aritmética que originó una rápida reacción del Ejecutivo, tan al quite en estas cuestiones que sacó sin vacilar otro decreto, de 90 páginas, que aumentaba a los privilegiados funcionarios su horario laboral, quizá para darles tiempo a estudiar algunas reglas básicas, y reduciendo a la vez días de asuntos propios, permisos por fallecimiento, pagas extra, sueldos y complementos. Con tanta contundencia actuaron los gobernantes que la población enmudeció impresionada, lo que dio pie a la introducción de ciertas reformas que requería el código penal y animó el debate televisivo a favor de la pena de muerte para los asesinos de niños.

El real decreto, en su declaración de principios, establecía la obligada asunción de nuestras leyes y costumbres por parte de todo extranjero establecido o por establecer, y en lo más polémico de su articulado declaraba:

Artículo 28.

(…) 4. Para hacer cumplir con las obligaciones impuestas en el artículo 7.1.g de esta ley, se impondrán las sanciones económicas previstas en el artículo 26.5.a o, en su defecto y siempre que no se cumpla ninguna de las condiciones relacionadas en los artículos 3.1 a 3.13, se aplicará la pena dispuesta en el artículo 26.5.h, párrafo segundo.

Lo que, reuniendo todas las piezas y poniéndolas en orden como solo pudieron hacer los más sesudos letrados del Estado vino a significar aproximadamente lo siguiente: «A toda persona no española que esté en España trabajando en servicios domésticos o de limpieza: se les prohíbe limpiar cualquier cosa situada a más de 2 metros de altura medidos desde el piso en que se encuentren, bajo penas que, dependiendo de la situación financiera y la fase en curso de regularización de dicha persona, oscilarán entre 5.000 € de multa y la expulsión definitiva del territorio español».

 

II

 

El español es un pueblo de gentes difíciles: seres individualistas, incultos, dispersos, superficiales, un enjambre de eruditos que nunca dejarán de zumbar para nunca tener que oírse, un pueblo poco dado a perder su tiempo en profundizar y, por tanto, hambriento de guías pronto desechables que despejen su camino siempre incierto, pueblo siempre sometido aunque no manso que presume de su lema «¡vivan las caenas!». Tampoco ennoblecieron el nivel intelectivo ni espiritual los que en estos tiempos de otros lugares vinieron a sobrevivir de nuestras sobras pues éstos, no conociendo más que penurias, se podría decir que iban a lo suyo, a trabajar, pasar desapercibidos los más serios y blindarse a lo sumo en pequeños clanes y en plazas públicas disgregadas, asumiendo que la política en nada les beneficiaría porque eternamente estará en manos nativas. En consecuencia, nadie en el territorio español reaccionó aunque nadie a decir verdad quedó satisfecho con el contenido del real decreto, ni los muchos que no lo supieron entender ni los pocos que los descifraron aplicando procedimientos filoarqueológicos científicamente muy heterodoxos. Finalmente unos y otros, a la española, es decir, en medio de un gran silencio, lo que algunos cínicos consideran tácito consenso popular, interpretaron el texto como les dictó la televisión estatal seguida fielmente del resto de las cadenas televisivas: con o sin desenlace trágico, una persona no española asumirá toda la responsabilidad si, en servicio de limpieza, se sube a una altura de más de 2 metros, con lo que por su propia cuenta arriesgará no sólo su integridad física sino también el pan de sus hijos y el estatus de persona libre de circular por este mundo occidental.

Los españoles, y sobre todo las españolas (que, independientemente de su categoría laboral o clase social, parecían tener en todas las regiones prioridad sobre los primeros en materias tales como el ordenamiento de tareas de higiene y limpieza) captaron a la perfección el mensaje oculto en el muy enrevesado decreto y actuaron, aunque no en todos los casos, para ser justos, exactamente como la ley les sugería actuar, lo que significa que no cambiaron un ápice su forma de proceder: sus empleadas domésticas no dejarían de empinarse hasta cualquier punto que se les ordenase, por muy alto que estuviese o por precario que fuese el soporte. De nada sirvieron protestas de empleada a empleadora, ninguna mella hicieron ruegos, razones, súplicas y llantos de sirvienta a servida.

Y claro, hubo accidentes. No muchos, ni pocos, desde luego no más que antes del decreto, quizá algunos menos, por la prudencia, no obstante los suficientes para que las autoridades tuvieran la oportunidad de dar ejemplo. A las multas impuestas solo dos chicas pudieron dar respuesta, y eso con la ayuda de una asociación de inmigrantes y una oportuna campaña recaudatoria. El resto de los accidentados graves, entre ellos un único representante del sexo masculino, fue expulsado del país con todos los honores desplegados a los pies de sus respectivos aviones repatriadores, imágenes pulcramente recogidas por las cámaras de las televisiones debidamente notificadas a tiempo. Todos pudimos ver, con los corazones encogidos, manantiales de lágrimas mojando cabestrillos, pulverizando escayolas, muletas precediendo en su caída a cuerpos desmayados, manos crispadas tratando de anclar al suelo sus sillas de ruedas de cuero desmoronado, agentes de paisano salvando yesos medio descompuestos contra los pasamanos de las escaleras de acceso, sus movimientos ensayados para transformar la coacción física en todo un emblema de apoyo a los inválidos por nuestras fuerzas de orden público. Ante estas escenas el pueblo español calló, su atención volvió sin traumas a los personajes del momento: otros extranjeros hacían equipo con los de nuestra raza, amistosamente se batían en modernos campos de batalla sobre césped, agua o tierra batida, sus vidas narradas al minuto, en cada uno de sus gestos o silencios, como nos contaron los trabajos de Teseo o los llantos de Aquiles por Patroclo en otros tiempos. Algunas oenegés organizaron movilizaciones convenientemente silenciadas bajo las porras, los cíes y nuevos aviones fletados con toda la eficiencia de la burocracia mejor engrasada.

Naima fue la primera rebelde. Después, y casi simultáneamente, Alina, Tatiana, Gabriela y Fátima. Khadija, la primera embarazada, y Saleh, el primer hombre, se unieron el mismo día. Naima declaró la guerra en su primera jornada de trabajo. Mostrándole la casa por limpiar, la señora venció a gritos las resistencias de la chica, haciéndola subir por encima del armario ropero de un vestidor de siete por ocho. Naima subió, sus piernas temblaban, rebasó el último escalón, asustada y solemne pateó la escalera al tiempo que afirmaba las rodillas en el techo del mueble.

—Aquí me quedo, hijaputa —dijo a la dueña—, y ahora que vengan a detenerme.

 

Aterrada, la dueña salió de la estancia. Sentada al borde del armario con los pies colgando, Naima sacó su teléfono móvil del bolsillo del delantal, llamó a un amigo. Este amigo llamó a un contacto, el contacto llamó a alguien de la junta directiva de una asociación de ayuda a inmigrantes, este alguien llamó a una abogada que llamó a Naima antes de que la propietaria volviera impelida por el brazo de su marido. Naima les anunció:

—Ni se les ocurra subir a por mí. Solo aceptaré comida, agua y ropa para dormir. Bajaré cuando su Gobierno dé marcha atrás al decreto. Pueden llamar a la Policía si quieren pero a lo mejor no les sirve de nada. Solo me podrán sacar a la fuerza. Buenas tardes.

 

En pocos minutos se colapsaron las centralitas de Policía de todo el país. Alina, Tatiana, Gabriela, Fátima, Khadija y Saleh pronto se encaramaron a sus armarios más cercanos. Antes de la llegada de la noche fueron cientos las retrepadas en armarios, en una semana cientos de miles, también las hubo que se metieron en altillos o buhardillas, algunos casos de refugiadas en palomares o adosadas a depósitos verticales de agua ocasionaron escenas histéricas en familias que hasta entonces habían vivido sin más sobresaltos que algún lejano tiro en la nuca con mucha la fanfarria, y mucho el eco, de la gran fiesta española de los tiros y los muertos. Al principio estas familias, y otras de más o de menos fortuna, sufrieron el desconcierto y la amargura de comprender que sus cuartos, cocinas o áticos eran tomados por gentes negras o muy blancas, gentes amarillas y también pardas, desde una altura superior a la del español medio. Era grande el desespero y el vértigo invertido de obligarse a mirar a estas chicas desde una perspectiva tal que, acercándose más de la cuenta, las suelas de sus zapatos gastados se les plantaba en las cabezas.

Al principio, decimos, padecieron las familias pero no menos y muy pronto también las empresas. Oficinas de la administración, comercios y fábricas, grandes y medianas empresas (¿gymes?), públicas y privadas, disponían de personal de limpieza dotado por etetés y disponían de grandes y altos archivadores las bien dotadas. Nadie se confundió en este punto, en su artículo 1.3 el decreto lo dejó bien establecido: la prohibición no afectaba a trabajadores, nacionales o extranjeros, legalmente contratados a través de las muy legítimas agencias de colocación y, sin embargo, algunos por solidaridad, los más por intuir grandes cambios y futuras mejoras laborales mediante la consabida unión de las fuerzas, aun dentro de la legalidad estas asalariadas, y algunos asalariados, también se subieron a las alturas. Aquí es donde los historiadores pondrán el dedo para señalar el comienzo de las hostilidades, la declaración de guerra todavía hoy no reconocida, la conocida entre las clases populares como Revolución de Color o, más prosaicamente, como Guerra de los Armarios.

 

III

 

La primera intervención policial coincidió con la primera víctima mortal, Valeria, venezolana muy reivindicativa, alentada y aplaudida desde la calle, encajó sus caderas entre dos montañas de carpetas que remataban las caras superiores de una hilera de archivadores. Sus pies, previamente descalzados, cuelgan sobre el abismo gris y empujan la escalera en un gesto simbólico y estrepitoso recreado en cada conquista desde el primer armario conquistado. Valeria tiene la desgracia de cumplir su servicio de limpieza en una sucursal bancaria. Desde fuera, junto a la puerta de la oficina, decenas de manifestantes la vitorean, vociferan, golpean cazos, corean consignas, levantan puños, manotean. Apiñados en la entrada los antidisturbios les impiden el paso. A varias naciones representan los manifestantes, y a varios colectivos coyunturalmente, parados, funcionarios, desahuciados de sus viviendas por no pagar sus deudas, estudiantes, amas de casa de las que aún limpian sus casas, algún intelectual, algún campesino, algún espontáneo, algún iracundo confundido, todos quieren entrar al banco y subir con Valeria, asaltar los archivadores y ocuparlos junto a Valeria. Las autoridades entienden el reto y para afrontarlo con la debida autoridad resuelven desalojar a Valeria mientras en la calle aporrean, empujan, detienen y gasean a unos insurrectos cuyo número sorprendentemente crece usurpando los huecos que los heridos van dejando. Valeria se ha convertido en un símbolo: procede que sea convenientemente descendida de su santuario y, como ciudadana legal aunque extranjera, enclaustrada en una celda por insurrecta. Tanto empeño ponen los agentes en cumplir la orden recibida que, trazando en el aire una elipse desde una altura de más de 3 metros, el cráneo de la muchacha va a dar contra el suelo por ella misma encerado hace tan sólo media hora. Se puede decir que se les fue de las manos. A continuación, en la calle, hubo otros 4 muertos.

Resistencia pacífica la llamaron de un lado, violación de la propiedad privada, allanamiento fue para el otro bando. Para unos la justicia por encima de las leyes, para otros la democracia por encima de las minorías y del populismo, para unos las personas por encima de todo, para los otros los armarios por encima de los seres humanos. Estos fueron el germen y la esencia de la Guerra de los Armarios. Poco hay que contar de ella porque poco hay que quede por saber de sus lances televisados y a veces teledirigidos, y poco queda por saber de ella porque al fin y al cabo fue como todas las guerras, ya que no hubo más perdedores que las víctimas. Un solo detalle, sin embargo, la hizo especial: en uno de los bandos no hubo armas pero sí muchas víctimas, en el otro las víctimas fueron muy pocas, sólo dos y las dos uniformadas: dos antidisturbios, varones, multiplicados por miles de tanta la repetición en los televisores y tanta la ceremonia, tanta la bandera y la capilla ardiente. En el bando más fuerte hubo comportamientos ejemplares, como no podía ser menos: las propias familias afectadas llevaron alimentos y condujeron a los médicos hasta sus armarios y roperos. Por el contrario en otros frentes la contienda no tuvo treguas: confinamiento de rebeldes en los armarios asaltados, acoso verbal, oscuras violaciones tras las puertas con pestillo, desapariciones, derribos violentos y súbita sustitución de mártires por muchachas autóctonas. Hubo casas donde todos los armarios fueron tomados, casas abandonadas por sus propietarios, casas aseguradas que ardieron en noches de ira como hornos crematorios, casas con extremas medidas de protección. Hubo patentes fabricadas a toda prisa por la industria armamentística, la más popular la de una ametralladora con detector de pigmentación de piel vendida a millares en los programas de Teletienda. Las familias más ricas, una vez desalojadas o eliminadas sus muchachas sublevadas, se apresuraron a construir viviendas y mansiones más discretas, quizá con más pisos pero más bajitos, con menos de 2 metros entre suelo y techo de cada planta para despejar el problema. Otras familias pudientes, aunque no tanto como para permitirles renunciar a sus viviendas, muy escrupulosamente eludieron la cuestión hormigonando la habitación ocupada a dos metros del suelo y de pared a pared, aislando el armario y adornando con zócalos la unión entre armario y falso techo, de modo que, por mucho que lo nieguen las autoridades, casos hubo de mujeres entechadas vivas sin batería en sus teléfonos móviles: dicen que aún hoy, sobre el estrépito de la segunda guerra, como queriendo reclamar sus armas para entrar en combate, en los techos de algunas casas se oyen sus golpes.

Por lo demás, derogado el decreto gubernamental que la originó, silenciados los activistas que la avivaron, exiliados o devueltos a sus países de origen aquellas que la protagonizaron y no sucumbieron, preocupados por sobrevivir todos los matrimonios que cenan en restaurantes de carretera, aturdidos y sin rumbo los vendedores de embutidos, camareros y camioneros, falsificados y enredados en la red absoluta cada uno de los infinitos documentos virtuales que la mencionan, aleccionados o amenazados los comunicadores oficiales, inexplicablemente ausentes los entrometidos que quisieron narrar sus batallas, esta guerra muy rápidamente ha sido olvidada, sobre todo porque los que la sufrieron andan atareados con los muertos de otra guerra de la que no se sabe muy bien qué bandos ni qué territorios, recién comenzada y aún sin nombre, ni razones.

 


 

Pedro Campos Morales. Nació en Málaga en 1968. Ingeniero informático, fotógrafo y escritor. Casi toda su obra es inédita: relatos, guiones cinematográficos y teatrales, poemas, novelas. Ha obtenido premios o menciones en: IV Certamen Internacional de Poesía La Lectora Impaciente (Valencia). III Concurso de poesía Fiesta Mayor de Gracia (Barcelona). III Premio Poeta de Cabra (Madrid). Certamen Internacional de Poesía El País de Ofelia (Las Palmas de Gran Canaria). I Premio de Relatos El Espejo Roto (Sevilla). IX Certamen de Relato Corto Huétor Vega Gráfico (Granada). Concurso Internacional de microrrelatos Abriendo Puertas (Cuba). I Premio de Narrativa Breve de la Cátedra Miguel Delibes (Valladolid-Nueva York): Historias mínimas.Estudios teóricos y aplicaciones didácticas del microrrelato. I Premio Águilas de Relato Breve (Murcia). 8.º Certamen «Picapedreros» de Guión (Zaragoza).

Con Lo que no nos contaron de la Guerra de los Armarios, resultó ganador del III Concurso de Relatos Cortos ANTONIA RUÍZ BUJALANCE «LA ZAGALLA» (2016), dicho relato se puede escuchar (en MP3) en la web: http://www.juntoshacemosdoñamencia.es/100-documentos/concursos/175-fallo-del-iii-concurso-de-relatos-cortos-antonia-ruiz-bujalance-la-zagalla

Contactar con el autor: pcamposmorales [at] yahoo.es

De Pedro Campos puedes leer dos poemas publicados en el n.º 32 de nuestra revista

 Ilustración relato: Fotografía por Alexandra_Koch; Pixabay [dominio público].

 

biblioteca relato Pedro Campos Morales

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 107 · noviembre-diciembre de 2019

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