crónica por
Shannon E. Casallas

 

E

stamos en un cuarto negro, igual de grande al baño en una tienda de un barrio popular. La luz amarilla viene de un bombillo pequeño sobre el marco de la puerta. No hay sillas. No hay una ventana que nos permita ver lo que pasa en el gran salón tras la puerta, que todavía está cerrada. Apenas hay espacio para mover los brazos. La sensación de claustrofobia e irritación aumenta, pero no puede permitirse uno pensar en desvanecer por la falta de espacio o aire. Solo se puede pensar en el toro al que hay que domar en esa arena roja y negra. Una conspiración de la vida por hacer que la tapicería del gran salón sea de cuero negro, brillante e impoluto mientras los pasillos de color rojo, que asemejan ríos de sangre, corren libres entre las sillas y escritorios, creando una plaza a la que vamos esperando una faena victoriosa.

Tan lejos en la historia como en la Edad de Bronce, la corrida ha sido el más directo de los enfrentamientos entre el hombre y la naturaleza indomable. La victoria en la arena demuestra la superioridad del torero, su destreza en el ruedo, y sus dotes como un contendor digno. Por mucho tiempo, el hombre se ha enfrentado al toro salvaje en acto solemne para ofrecerlo como sacrificio al vulgo y la nobleza por igual, en una contienda donde se mide el honor, la valía y la hombría del torero frente a una bestia capaz de acabarlo todo en una embestida y con un cuerno bien puesto. No es el toro un enemigo, pero la corrida se trata de vivir o morir. Un enfrentamiento que significa ganar y dominar lo indomable, o perder sin honores o réquiems que recuerden al caído. Este debe ser el día en el que el matador está presto a torear la bestia con sus arrebatos y embestidas, mientras se adueña de la arena para embarrarla con la sangre del toro. La lidia de hoy solo puede dejar un vencedor: el torero que ahora espera tras la puerta para salir al ruedo y probar su valía ante la multitud.

Ver a Jacinto en este espacio reducido donde nos ocultamos por ahora del toro, es como ver un brote a orillas del río, que amenaza con dejarse llevar a medida que pasa la tormenta. Uno espera que no se quiebre, pero la esperanza es lo único que parece mantenerle en pie. Está serio, y solo mira hacia abajo. Estoy preparado para darle una voz de ánimo, pero la luz arriba del marco de la puerta es ahora roja. La señal antes de salir a la arena y empezar la corrida. Mi señal para salir por atrás y ubicarme entre la multitud para ver el evento. Cuando abro la puerta posterior y entra la luz del pasillo, enceguecedora después de estar en la oscuridad por unos quince minutos, escucho a Jacinto murmurar: «Debí haberme puesto el traje hoy».

Salgo del pequeño y reducido cuarto, y doy la vuelta a mi izquierda buscando la puerta del gran salón para encontrar un lugar donde ver a Jacinto y escuchar su discurso. La encuentro por fin, adornada con cuatro soldados, dos a cada lado, cada uno con una ametralladora M240 entre ambos brazos, lista para ser descargada y reemplazar el ruido imposible de tacones acercándose y alejándose en el pasillo. Sé que es la puerta correcta porque en las demás puertas del edificio solo hay un soldado, o ninguno. Les muestro mi carnet dentro de un protector de plástico que traje porque en el congreso solo dan un papel con letra a mano y faltas de ortografía. Me dejan entrar después de leer invitado/periodista. Es todo lo que se necesita para poder entrar al recinto donde se vende este país al mejor postor. La arena en donde esperamos que se rediman los agravios cometidos hacia las víctimas en el día de su conmemoración, el 9 de abril, cuando también se conmemora el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán.

 

* * *

 

Ruido. Ruido y desorden. Desorden y caos. Caos y duda. No sé si me dieron la dirección correcta. La secretaria la corroboró dos veces ayer y me entregó un papel con letra que no entiendo. El taxista, desde que le di el papel dijo que tan lejos no iba, aunque atravesó la ciudad, y me dejó en la falda de la loma. Al levantar la cabeza y ver el camino empinado, se ven edificios de ladrillo y cemento sostenidos de columnas frágiles donde hay pilas de basura. En una esquina, después de caminar por al menos diez minutos en subida, los perros están en un frenesí por una bolsa con restos de comida con olor fétido. No hay nadie en la pendiente ni en los corredores estrechos que se forman entre las construcciones. Además, todas las casas parecen contener tesoros, a juzgar por las rejas en las ventanas y la triple cerradura en las puertas principales.

Incluso cuando parece un lugar desolado, se respira un aire pesado y se pueden sentir los ojos curiosos tras las cortinas descoloridas y amarillentas, que buscan esconder la intimidad de los habitantes de este barrio, ubicado en una de las tantas lomas olvidadas de la ciudad. Después de veinte minutos en la pendiente, con la camisa empapada de sudor, por el esfuerzo físico inesperado, y sintiendo que la desesperación crece porque no encuentro la dirección, mi celular suena y escucho a Jacinto:

—Doctor Cano, ¿ya casi llega?, ¿vio el poste torcido en la esquina? Acuérdese que después del poste es media cuadra. La casa azul clarita a la izquierda. El timbre no sirve, entonces golpee duro que yo lo estoy esperando.

—¡El poste! —le repito para que no sea tan evidente mi frustración—. Ya voy llegando. ¿Por qué no me espera a la entrada? Así no tengo que golpear la puerta, y no me equivoco.

—Bueno, doctor. Yo lo espero afuera mientras me fumo un cigarrillo. Ya lo veo llegando. La subida es buen ejercicio, ¿cierto? No se me desmaye que aquí le tengo tinto caliente.

Veo a Jacinto después de caminar dos cuadras hacia arriba. Es alto y delgado, pero se percibe que fue musculoso en algún momento. Está iniciando sus treinta, pero el cansancio en su rostro y la severidad de su voz dejan ver una historia que le ha cobrado su juventud. Parece un abuelo. Es de un color negro que resalta contra el azul de la casa donde vive, viste con unos pantalones que le quedan grandes a simple vista y los sostiene en su lugar con una riata vieja. Lleva una camiseta de color verde, desgastada por las lavadas, y una chaqueta de cuero en la que se pueden ver los remiendos hechos con betún. También se nota a simple vista que le queda grande. Me saluda de forma efusiva y apaga el cigarrillo sobre el andén arenoso. Las casas de más arriba no tienen cemento, solo una mezcla de arena y tierra para nivelar los andenes.

—Doctor Cano, mucho gusto. Jacinto. ¿Encontró la casa fácil?

—La dirección es fácil, pero la subida es el problema. ¿Todos los días sube y baja de la loma?

—¡Así se mantiene uno, doctor! Entre subida y bajada hace uno ejercicio y no corre el riesgo de que le roben la cicla. Además, ¿usted sabe quién sube por aquí? ¡Nadie! Primero viene Cristo que un taxi. Y le cobran a uno como si no fuera de este pueblo.

—Difícil que suba un carro por aquí incluso si les ofrece uno el doble de la carrera.

—¿Quiere un tinto o un cigarro, o quiere ambos?

—Le recibo el tinto. El cigarrillo lo estoy dejando. Mucho cáncer de pulmón entre los amigos. Aunque después de tres décadas fumando, la diferencia no importa mucho. Pero esto último solo lo pienso, porque suena grosero.

—A mí me sirve para calmar los nervios, doctor Cano. El olor es fuerte y tengo manchas en los dedos y los dientes, pero últimamente es lo único que me ayuda. Además, que, si uno fuma, no le da hambre. Y como se acerca el día, solo con eso aguanto.

Entramos a la casa que es igual a estar afuera. El piso es de cemento, bien barrido, sin una mota de polvo o chiquero. Las paredes de ladrillos de construcción sin empañetar, con puntillas en donde está el cemento que los une, de donde cuelgan cuadros de la virgen, el divino niño y los abuelos de la dueña de la casa, cuando se casaron el en campo, por allá en los cuarenta. El color gris predomina incluso en un día soleado como hoy, y no alcanza a diluir la atmósfera de tristeza y desamparo. La imagen es desoladora y al mismo tiempo esperanzadora porque entre volver a la zona rural, seguir desplazado, o hacer parte de las filas de paramilitares, creo que cualquier rincón por pequeño que sea es una mejoría.

—¿Usted arrienda todo el piso, o solo un espacio? —le pregunto porque así no molestamos a nadie. Lo menos que quiero es causarle algún problema.

—Me quedo en un cuarto pequeño. Por ahora no hay de otra, pero nunca más en la calle, o debajo de un puente, o durmiendo a cielo abierto en el campo sin saber con quién se encuentra uno, o si un animal va y lo pica. ¿Adónde va a correr uno si no hay ni salud?

Jacinto ha vivido tres años en Bogotá. Trabajando como mulero, vendedor ambulante, ruso en las construcciones donde otros amigos lo recomiendan. Cualquier trabajo que salga y pague el cuarto que ocupa en esta casa le sirve y lo hace. Durante el último año, entre 2017 y 2018, ha sido activista político, miembro de colectivos que trabajan con las víctimas del conflicto en la capital y regiones apartadas. No se considera un líder social, pero tiene más convicción para llevar la distinción que muchos de sus compañeros.

—La señora Consuelo me recibió porque yo termine el bachillerato en el pueblo y me pueden dar trabajo más fácil. Entonces ella sabe que yo le pago lo del mes. Lo que me sobra es para la comida y para ahorrar. Nada más. Sin familia. No tengo adonde ir, pero tampoco a quien mantener. Está uno tranquilo, pero no tiene quien lo cuide.

Hace cinco años le tocó salir corriendo de su pueblo cuando tenía a los paramilitares encima. No le dio tiempo para llevarse nada ni despedirse de nadie. Salió por detrás de la casa y se perdió entre la maleza y el bosque, caminando cerca al río, pero con cautela de no mostrarse en los claros para que no le dispararan.

—Ya sabíamos que venían, pero mi papá no quiso irse, y mi mamá no se iba sola. «A mí no me sacan de mi tierra», decía. Y terminó asesinado en su pedazo de tierra, con su ganado y sus tres árboles de mango. Eso me contaron unos meses después cuando el amigo de un amigo que me conocía me reconoció en otro pueblo. No se sabe nada de mi mamá o mis tres hermanos. No creo que estén vivos. Cuando esa gente llega es a matar, no a preguntar.

Después de varios meses con los paramilitares rondando el pueblo y sacando gente que no pagaba las vacunas, o matando a los que decían que tenían negocios con las FARC, se fueron acercando a la parcela de don Gustavo, papá de Jacinto. Varias veces les advirtieron que si no pagaban por protección los mataban ellos mismos, pero don Gustavo se negó a pagar. Unos meses después, un día en la mañana, solo escucharon los tiros acercándose por la trocha. Doña Antonia, mamá de Jacinto, no corrió, solo le dijo al mayor de sus hijos que se perdiera por el monte y no volviera.

—Eso es lo que hacen los paramilitares, los guerrilleros, los policías y los militares. Todos quieren controlar a las malas. Si uno iba a hablar con el alcalde del pueblo porque la guerrilla o los paras estaban cerca, lo devolvían a uno diciéndole que dejara de hacer escándalo, que fuera hombre y defendiera lo suyo con machete. Si uno iba a denunciar porque la policía le estaba robando a uno el producido, a los dos días llegaba la misma policía a molerlo a golpes, y no solo a usted sino al que estuviera con usted. Si eso no funcionaba, lo acusaban de ser guerrillero. Subversivo le decían a uno y hacían correr el chisme por el pueblo. Después de eso nadie le compraba el producido, nadie iba a su casa. Usted no podía ir a ninguna parte, ni en la iglesia lo recibía el cura. Lo cercan a uno hasta que se va por voluntad propia, abandonando la tierra y el ganado para que alguien más lo coja, o le llega el chisme a los paras, y eso es tener la tumba a cuestas. Eso pasó con mi familia. Por ir a quejarme con el alcalde porque los militares estaban pidiendo parte del producido y matando el ganado, dijeron que yo era guerrillero, un revoltoso buscando problemas, y que mi familia cultivaba coca. Nos acabaron a todos un día cualquiera.

Después de salir del pueblo, Jacinto duró varios días en el monte comiendo frutas de árboles que encontraba por el camino, cazando zorros, apartándose de los senderos y las casuchas escondidas porque como se dice en el pueblo: «Si no hay brujas, hay hijueputas». Al llegar a una cabecera municipal se dio cuenta que le venían siguiendo el paso.

—Uno se da cuenta de que regaron el chisme porque nadie lo mira a uno a los ojos cuando llega a un lugar nuevo, que parece estar siempre cerca del pueblo. No le regalan un vaso de agua ni le venden un pan. Cierran las puertas cuando llega un desconocido que se viste igual a ellos y tiene la misma cara de susto. ¿No le parece cruel? Ver a alguien igual de pobre que usted, con la pena en los ojos, el hambre en la cara, y cerrarle la puerta para que no lo vengan a matar a usted también. Esa es la ley de un pueblo pequeño donde el que manda es el que tiene el revólver, el que dice quién sí y quién no.

No se quedó. Se metió al monte hasta que llegó a Ibagué. Pero Ibagué todavía estaba cerca del pueblo y no hay mucho que hacer para los desplazados, no en esta ciudad, no en ninguna otra ciudad del país. Para 2018, según cifras entregadas por el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro de Memoria Histórica para el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, en la que se considera la base de datos más completa sobre el conflicto armado en Colombia, que documenta desde 1958 a julio de 2018, se cuentan un total de alrededor de ocho millones de desplazados a lo largo de la historia. Más de la mitad de ese número no han accedido a las garantías de reparación ofrecidas no solo a partir del acuerdo con las antiguas FARC, sino de gobiernos anteriores a 1990.

Adicionalmente, en el informe, se identificaron diez modalidades principales de violencia durante el conflicto armado, usadas tanto por los grupos ilegales como por los entes estatales para vulnerar a la población civil. Acciones bélicas, ataques a poblados, asesinatos selectivos, atentados terroristas, secuestros, desapariciones forzadas, violencia sexual, daños a bienes civiles, reclutamiento de niños y niñas, y uso de minas antipersona. Todas prácticas implementadas para materializar la violencia y volverla un instrumento de reclamación no solo de territorios sino de seres humanos, considerados en este conflicto simples daños colaterales.

—Pasé casi dos años yendo y viniendo entre pueblos y veredas buscando trabajo. A veces me contrataban por el día. Usted sabe. Para recoger la siembra y empacarla. El Quindío y Risaralda son las tierras más bonitas, donde más trabajo se consigue. Me gustaba el café. Los cultivos en el eje cafetero son largos, uno no ve el final. Las matas de café son como arbustos con racimos rojos. Usted va con una cesta y desgrana la mata. Solo los frutos rojos, la cereza, como le dicen. Los demás los deja para que terminen de madurar. Cuando se le llena la cesta, uno se va a la entrada del cafetal y voltea la cesta en sacos de 70 a 100 kilos. Y repite eso todo el día. Está asándose debajo del sol, y el almuerzo es cualquier cosa que se pueda conseguir o que le regalen los compañeros, pero la calma que siente uno en el sembrado es lo que más importa. Otras veces me contrataban para arrear el ganado, allá en el oriente, por Vichada y Guainía. Esa tierra es de machos. Allá aguanta el que tiene güevas porque todo lo que hay lo quiere matar a uno: cunaguaros, culebras, lagartos, jaguares, tigrillos, el tigre blanco y el negro son los que dan más miedo, eso y el perro de agua. Esa vaina es de espanto. Si uno se duerme hasta los chigüiros se le tiran. Pero lo que hay es ganado en fincas donde se llega solo montando caballo o mula. Allá donde la ley es el patrón y usted sigue las órdenes sin chistar. Yo aprendí a montar a caballo como a los trece. Mi papá me enseñó con una mula primero y después un caballo flaco que teníamos. La clave, me decía mi papá, es que las nalgas le queden exactas con la columna del animal, así cuando usted aprieta, el animal lo siente y le entiende. No necesita de un látigo, eso solo le causa miedo al caballo y lo que quiere es botarlo al piso y patearlo como si fuera una serpiente. Todos quieren ir rápido para trasladar al ganado, pero el animal va a su ritmo. Usted solo tiene que tenerle cuidado al paso de las crías y los que están heridos. Puede adelantarse un poco o quedarse atrás para pullar a los que van lento. Los que se creen muy machos le gritan al hato, y usan látigo para todo. ¿Cómo esperan que se mueva el ganado si le tienen miedo? Esa lógica es única en el llano, por eso cuando conseguí el trabajo me la montaban y me trataban de mujer. Después se dieron cuenta que así funciona mejor. Pero en la época dura, ya no tenía trabajo. Nos echaban de las fincas porque el ganado lo mataban los guerrilleros y extorsionaban al patrón. Un día cualquiera llegaban camionetas blindadas, jeeps, o carros con las placas cubiertas, pedían reunirse con el dueño, dos o tres horas, y después se iban. Entonces pasaban unos días con más gente viniendo: amigos, familia, el alcalde del pueblo, la policía. Luego vendían las fincas o las abandonaban y en tierra de nadie, mejor no quedarse. De aquí para allá, dos años. Sin familia. Sin acordarme de ellos a veces. Así es más fácil, sabe. A veces pensaba en volver, pero ¿para qué? Cuando llega alguien al pueblo, todos se enteran. Los buenos, los malos, los sapos. Y termina usted muerto porque a la segunda ya no hay perdón.

 

* * *

 

En 2015, apenas un año antes de que el gobierno Santos firmara el Acuerdo de Paz con las FARC, Jacinto llegó a Bogotá, estrellándose de frente con la realidad capitalina. Desde la entrada por el sur se abre el panorama: la periferia es donde viven los pobres y los desplazados bien sean colombianos o venezolanos. Este fenómeno social ha provocado el surgimiento de una nueva clase social, no reconocida oficialmente, pero legitimada por las formas de trato y aproximación desde la estatalidad y la ciudadanía.

—Los pobres están por encima de los desplazados. Y los desplazados colombianos están si no al mismo nivel, por debajo de los venezolanos, porque son el resultado de una guerra que los de la ciudad no creen, y que los políticos niegan, pero con la que se siguen llenando los bolsillos. Ser colombiano le ayuda, pero cuando le preguntan a uno de dónde viene y por qué no está en su pueblo, hasta ahí llega todo. Decir que uno es desplazado es como si tuviera lepra. La gente no lo quiere, y si lo quieren es porque creen que pueden ofrecerle miseria para vivir porque como uno no tiene, si no trabaja no come.

En las lomas que rodean la ciudad por el oriente y el sur, las diferencias son sutiles, pero marcan los límites de forma definitiva entre los de aquí y lo que se refugian aquí. Los que nacen en Bogotá saben a dónde ir, saben de los procesos, y conocen a los funcionarios. Tienen experiencia de sobra para contactarse con los salones comunales, los programas de ayudas comunitarias, jardines infantiles gratuitos, programas de beneficios que por su condición de vulnerabilidad les prestan ayudas para vivienda, educación, salud, alimentación incluso. Todo en un porcentaje mínimo pero significativo para las madres solteras, los niños abandonados, las abuelas cabeza de hogar, familias de recicladores, abuelos dejados a su suerte por familiares que no pueden o no quieren cuidar de ellos. Sin embargo, para los extranjeros nacionales, los mal llamados migrantes internos, las condiciones son diferentes. Llegar a Bogotá supone que el proceso de ayuda se agilice puesto que, como centro de poder, no hay necesidad de los intermediarios usuales: gobernadores, representantes, alcaldes, jueces, abogados. Todos queriendo plata para mover un papel, para hablar con alguien que conocen adentro y acelerar el proceso, para conseguir la firma que falta o agendar la audiencia que dictamine sentencia. Nada más distante de la realidad.

Pocas veces se imaginan que estar en la capital no contribuye en nada. Las oportunidades hay que pelearlas con los otros siete millones de oriundos con una mejor pero no por eso alta calidad de vida.

—Si uno va a pedir ayuda lo primero que le preguntan es: ¿De dónde es?, y si usted no es de aquí, porque en la cédula dice de donde es uno, ahí empieza el calvario. Usted no es pobre, es desplazado, y si es desplazado colombiano, tiene que ir a oficinas para desplazados, como la Unidad de víctimas, la Unidad para la atención y reparación integral a las víctimas, la Unidad de búsqueda de personas dadas por desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado, la Unidad de gestión de restitución de tierras, el Consejo de Estado, la Procuraduría o la Defensoría del pueblo, incluso puede pedir audiencia con un Juez civil especializado en restitución de tierras. Es tan bueno el servicio que le dan a uno una lista si está de buenas. Pero, ¿usted sabe quién lo atiende allá y le da una ayuda de verdad?, ¿con urgencia? ¡Nadie! A nadie le importa que le hayan matado a la mamá, al papá, a los hermanos. A uno lo mataron cuando le jodieron la vida así. Para lo demás usted no cuenta ni sirve. Ahí tiene que llenar formularios, documentos, sacar copias, hacer fila todo el día y nada se mueve. Las secretarias no hacen nada ni ayudan para nada. Si usted quiere hablar con el jefe de la oficina nunca está, o está almorzando, y si lo aborda usted cuando llega o cuando sale del edificio, usted es un grosero salvaje que no sabe las reglas de los civilizados. Dígame usted: ¿Con qué plata saco copias?, ¿con qué internet lleno el formulario para imprimirlo si las páginas nunca funcionan?, ¿con qué ayuda respondo preguntas que no sé cómo responder?, ¿de dónde me saco pruebas de que asesinaron a mi familia mientras corría pal ́monte? Ni siquiera sé si mis papás tenían escrituras de esa tierra, pero la trabajaron desde que se casaron. Era de ellos. Yo terminé la primaria y hasta la básica, grado noveno. Yo sé leer y escribir. No soy estúpido. Entiendo los gestos de fastidio cuando lo ven llegar a uno sin idea de qué hacer, pero con toda la voluntad. Pregunto con amabilidad hasta que me queda todo claro, pero después de eso, ya no me atienden. Me dejan esperando hasta que se me parte la voluntad y me voy. Por eso es que la plata no se la entregan a los que la necesitan, sino que se la reparten entre el que la entrega y el que la recibe. Después de un mes intentando me fui y no volví.

Luego de que se firmaran los acuerdos de Paz, los cinco acuerdos sobre las víctimas: 1) Acuerdo Agrario, 2) Acuerdo sobre drogas ilícitas, 3) Acuerdo de participación política, 4) Acuerdo de víctimas del conflicto, y 5) Acuerdo Fin del conflicto, debían garantizar por medio de la creación de entidades, jurisdicciones, reglamentaciones y nuevos procesos el tránsito de la guerra al posconflicto para los campesinos y desplazados, volviendo a sus tierras, y garantizando no solo su protección sino sus derechos, de los cuales fueron despojados durante el Conflicto Armado. El acuerdo cuatro, enfocado en los compromisos en Derechos Humanos, y el Sistema integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, es el acuerdo por medio del cual el ciudadano que ha sido víctima de la violencia puede acceder a la justicia desde cualquier rincón del país, además de ser garantizados sus derechos en términos de seguridad y acceso a los beneficios del acuerdo, para poder tener una transición satisfactoria a la vida civil.

De acuerdo a los avances estadísticos en la reparación de víctimas, lo cual no solo significa una indemnización monetaria o la restitución de sus bienes, sino un acompañamiento del Estado que garantice el goce efectivo de derechos en materia de salud, educación, vivienda, programas de empleo y generación de ingresos, así como acciones para devolverles su dignidad, memoria, recuperar la verdad y crear las condiciones para que los hechos que sufrieron no vuelvan a repetirse, hacen falta todavía $357,4 billones de pesos para seguir ejecutando las más de 14 medidas dirigidas a garantizar derechos a la indemnización individual y colectiva, a vivienda urbana y rural, a alimentación, a retornos y reubicaciones, a educación y salud, entre otras. Lo que llevaría un poco más de cincuenta años, puesto que hasta 2018, menos del 5% de víctimas han sido reparadas.

—Cuando me di cuenta que ser desplazado no servía para nada en Bogotá, o en ninguna otra parte, entendí que el sistema está hecho para fallar sin importar las intenciones con las que lo crearon. No es el propósito, es la parte humana la que falla porque todo se vuelve un negocio. A la gente se le corrompe el corazón cuando tiene poder, cuando tiene plata detrás respaldándolos, incluso si esa plata no es de ellos. El discurso de las víctimas les sirve cuando están arriba peleándose por la atención del pueblo, para ver quién causa más lastima, más odio. Todo lo que está tocado por los políticos está podrido.

Cuando escucho a Jacinto hablar de los políticos y la politiquería, tengo una sensación de incomodidad y desencanto. Esto es un déjà vu de otros tiempos, otras historias, otros aspirantes a líderes cuyo discurso empezó así y terminaron aferrándose al poder o asesinados por el poder. Una enfermedad social que todavía nos tiene postrados en cama. Quiero preguntarle de la forma más sensata por qué entonces quiere dar un discurso en un par de días en el Congreso de la República, representando a víctimas que no conoce, para ganar el favor de los amos de este país, pero el escándalo de la ironía de esta situación me delata. Una carcajada silenciosa que va entre lo siniestro y la sorpresa mientras tomo el café produce un sonido de ahogo que me hace poner de lado el pocillo desportillado, tosiendo y pidiendo disculpas torpemente mientras mojo un poco la camisa con saliva. Por un momento siento su mirada de impotencia y decepción. Un joven más que cree en cambiar este país se encuentra de frente con los comentarios de uno de los miembros de la generación que solo contribuyó a llevarlo al precipicio.

—Pasé más de dos años en Bogotá reventándome todos los días para salir de las lomas del sur y venir a las lomas del nororiente. Dejé de decir que era desplazado porque vivir con esa etiqueta encima es condenarse no solo en esta ciudad sino en este país. Pero si uno escucha a la gente que se encuentra en el trabajo, en la calle, en el Transmilenio ese, se da cuenta de que lo que hay es problemas para arreglar y no suficiente atención porque parece que la cadena se rompe después de que eligen al señor alcalde, al senador, al presidente. Si puede uno ser parte de algo grande, tiene más posibilidades de que lo escuchen. Uno solo no llega lejos.

 

* * *

 

Estoy en el gran salón y veo la puerta del cuarto oscuro donde ciegan al torero antes de salir a la corrida. Resguardado de una bestia que a tantos otros ha vencido en esta arena mientras que el morbo de los asistentes crece con cada matanza. Un espectáculo que se repite cada vez que un nuevo torero se lanza y prueba suerte con su capote y movimientos ejecutados a precisión, pero el toreo de capa con el que el torero expone al animal se extravía entre los gritos de los observadores por el furor que llena el salón, mientras el toro arremete una y otra vez sin dar tregua. Son pocos los que alcanzan el último tercio, la muerte del toro, usando su muleta para domar a la bestia con pases que apenas lo separan por milímetros de los cuernos del animal. Danzando con movimientos que lo acercan cada vez más a su contendiente hasta que alcanza el pase del tirón y da la estocada final. Un espectáculo pocas veces visto en esta plaza, que se reserva para los más experimentados, los que no tienen ya miedo de las advertencias o las corneadas por la espalda porque saben cómo trabajar la lidia cuando el hervor lleva a la audiencia a pedir el indulto del monstruo y la muerte del torero.

No solo se necesita experiencia en esta plaza, se necesita del favor de la muchedumbre. Pero en este caso, el favor se ha comprado mucho antes de siquiera empezar la corrida. No importa cuán bueno sea el torero, su sentencia ha sido dictada a puerta cerrada, en consejo privado. Así que, a Jacinto, el torero primerizo, solo lo guardan y le animan para mantener las apariencias, mientras dejan que el toro marque su arena, por la que se pasea y la cual conoce.

Y cuando sale, lo hace de frente contra la bestia indomable, sin ningún tipo de protección. Un solo hombre contra un toro que no duda ni un momento en acabarlo con una cornada directa, precisa, limpia y definitiva. No hay ningún amigo al que acudir excepto al lado izquierdo de la gran sala, si lo miro desde mi perspectiva. La minoría. Unos diez senadores sentados, atentos, pidiendo orden mientras todos los demás están en sus asientos hablando, carcajeándose cuando en realidad no hay nada gracioso, mirando sus celulares o haciendo planes para tomarse un café. La sección de la prensa, a mi derecha, es otro frenesí donde se insta con preguntas que calientan el ánimo y preparan la atmósfera para la matanza. En esta arena donde se elige el futuro de cincuenta millones de personas, no hay ni Dios ni ley, solo un pandemonio donde todos danzamos al ritmo de la incompetencia de los de cuello blanco. Una arena que fue sagrada y que ha sido maculada repetidamente con la sangre de aquellos que buscando justicia son sacrificados ante el monstruo indomable de cuernos que lidera un país con escasa memoria y regentes eternos. Una arena prejuiciada en donde el presidente único de la plaza otorga indultos una y otra vez al toro de baja casta, bravura vulgar y temperamento impetuoso que se ha apoderado del ruedo.

Pienso en Jacinto, en su historia, y en las otras historias que cuentan con su voz para ser al menos reconocidas, porque ahora nos enfrentamos al negacionismo de las élites y la clase política. En cifras ofrecidas por el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1958 y 2008 se registraron al menos 94.579 víctimas por parte de los paramilitares, 36.382 víctimas por parte de la guerrilla, 27.707 por parte de grupos ilegales no identificados que bien podrían ser de cualquier grupo responsable aquí mencionado o gatillero a sueldo, 9.937 víctimas por parte de agentes del estado cuando la cifra debería ser cero, y 5.184 por parte de grupos desmovilizados. Pero todos sabemos que son más. Las noticias dicen que nunca vivimos un Conflicto Armado sino terrorismo por parte de grupos ilegales. El verdadero y único terrorismo ha sido el del Estado, al que día a día se le descubren muertos, y que desde su inicio ha estado bajo el lastre de líderes egoístas que dan más importancia a su ego y sus rencillas personales, que al bienestar común, como lo demostró la campaña por el no en el plebiscito por la paz. Las regiones más afectadas por la violencia dijeron sí al perdón mientras que los territorios que pueden considerarse mayormente ajenos al conflicto como Bogotá, Antioquia, Quindío, Risaralda, Caldas, Santander, Tolima, Meta, Huila, entre otros, votaron no. La participación fue del 37.47%, solo 13.006.047 de 34.899.954 votantes habilitados participaron en la toma de la decisión más importante de la historia reciente de este país. Una muestra contundente de la idiosincrasia colombiana: los políticos tienen más control sobre el pueblo cuando el discurso es de guerra, y el abstencionismo termina decidiendo por todos, incluso si la decisión nos perjudica a todos.

Pienso por un momento en el discurso que a Jacinto le llevó tanto tiempo redactar y corregir. Lo ensayó en su casa cuando fui a visitarlo y entrevistarlo. Preguntaba si las palabras eran adecuadas, si las pausas causaban el impacto que quería lograr, si sus gestos eran llamativos para capturar la atención de la sala, pero sutiles para demostrar el punto. Quería estar preparado para sortear cada ataque del toro indomable con lances bien planeados hasta llegar al último tercio, pero no llegó a completar el primero.

El discurso se construyó con la información recolectada de primera mano en veredas y cabeceras municipales después de viajes interminables por carretera. Todo en lugares donde la ayuda no llega, donde todos los días sus habitantes están preparados para la guerra, y la mención a la paz que firmaron en la capital es solo un murmullo que apenas se escucha y trae la muerte para los que la promulgan.

El resultado del trabajo de un año con grupos de desplazados y víctimas en lugares donde no llegan ni los carros ni los periodistas. Ni siquiera los políticos populistas en campaña asoman la cabeza por las trochas destapadas o los terrenos baldíos, pero sí envían a sus representantes a invitar a las familias para que escuchen sus discursos llenos de promesas vacías, mientras se consagran con unos y otros, sobre todo con los que tienen la plata. Gritando a cuatro vientos con la parranda vallenata de fondo, en tarima improvisada con estibas frente a la iglesia, en la única plaza del pueblo. Todos comen lechona y beben cerveza, incluyendo el párroco y el alcalde, a cambio de un voto.

Las amenazas que ha recibido Jacinto por ser activista empezaron un mes después de ser reconocido en el colectivo. Cuando le llegó la primera, una carta con letras recortadas al estilo secuestrador de los noventa, se quedó escondido en su habitación, botado en un colchón en el piso, pensando que al salir estaría esperándolo un sicario con un arma y un tiro de gracia. Después de tres días, salió de la casa, paranoico, sintiendo las miradas de todos en el barrio. Una semana después salió del sur y se fue al nororiente de Bogotá. Las amenazas no pararon, pero ya no lo asustan, solo le molesta tener que coger una ruta diferente cada día para hacérselo más difícil al matón que le pisa la sombra.

Después de que se firmara el Acuerdo de Paz, las víctimas, pero en mayor porcentaje los líderes sociales y defensores de Derechos Humanos, se convirtieron en el objetivo militar de la justicia sicarial y contra estatal. Sin protección alguna por parte del gobierno nacional, que desde presidencia y con apoyo de militantes del partido de gobierno los cataloga como exguerrilleros, los expuso y dejó a su suerte puesto que los servicios de protección no garantizan camionetas blindadas, escoltas, reubicación gratuita en cualquier lugar del país o estatus político, a diferencia de los alcaldes, gobernadores, senadores, jueces, representantes, etc., quienes cuentan con estos servicios de forma permanente. Como consecuencia, entre marzo de 2016 y mayo de 2018, 385 líderes sociales han sido asesinados, aunque estas cifras no son oficiales y solo se han obtenido por el cruce de información de entidades gubernamentales neutrales como Indepaz y Marcha Patriótica, concentrándose estos asesinatos en la región pacífica del país donde funcionan los corredores para transportar la droga. Territorios históricamente olvidados por los diferentes gobiernos salvo para la explotación de sus recursos naturales.

Mientras pienso en todo eso lo veo salir. El momento que ha estado esperando por meses, e infinitos minutos en la soledad de ese cuarto oscuro, está frente a él. Su cara se desdibuja. El ruido de la muchedumbre desbordada que preside la arena lo aturde. La luz le quita unos segundos para encontrar su lugar en el ruedo enardecido. El torero ha sido embestido en la primera parte de la lidia sin esfuerzo alguno del contrincante, pero sigue dando un espectáculo digno que anima la fiesta brava. Toma las hojas en sus manos, su capote, acomoda el micrófono y empieza a hablar con una voz dura e infalible, mientras colegas de la asociación de víctimas pasan de forma silenciosa pero contundente por los pasillos rojos del gran salón con carteles que cuelgan de sus hombros rectos y orgullosos. Carteles que no alcanzan para las cifras de desaparecidos durante el conflicto, los muertos que todavía no se han encontrado, la plata que se han robado del proceso de reparación, las víctimas que todavía falta por reparar, los años que este proceso tiene por delante. Un momento que debería ser para honrar a las víctimas y escucharlas en el recinto donde por tantas décadas se ha decidido su destino ha sido un momento en el que los políticos han ofrecido como sacrificio a las víctimas una tras otra, a la bestia que controla este país.

Esta arena nunca ha sido manchada con la sangre del toro pues pocas veces se ha permitido una corrida limpia. La sangre que corre por los pasillos es consecuencia de los toreros corneados y descartados por la bestia. En el país del realismo mágico, el castigo por el atrevimiento de emprender una lidia se le aplica al torero, a quien se le aplica la muerte de su linaje, la desaparición de su nombre. Con eso basta para redimir la ofensa del torero, y a los asistentes, quienes siempre piden más.

Impotencia. Es todo lo que sentiría cualquier ser humano en una situación tan bochornosa y aberrante como la que ahora se dibuja en el recinto. Una arena alborotada cual estadio a reventar por hinchas enardecidos. Jacinto está leyendo su discurso, habla de cómo las víctimas buscando la paz, decidieron hacer lo que los políticos nunca han podido hacer: perdonar, porque son ellos los que han vivido en carne propia el exterminio. Pero algo detiene la lectura de un discurso cuidadosamente redactado. Un observador que viendo al torero acorralado demanda desde ya que se acabe la corrida y se le sacrifique por el agravio.

Todos voltean a ver, interrumpidos en sus pasatiempos por la risa estruendosa. Jacinto baja las hojas. Se limpia los ojos en un gesto que no termina de develar si hay lágrimas en la proximidad, o si la frustración está alcanzando un punto límite. Cualquiera de las dos, o las dos, lo hacen cambiar el discurso por algo más, unas palabras que son ahogadas por el eco del bullicio de la fiesta brava que asciende a cada segundo mientras la muchedumbre pide sangre.

Luego de un breve silencio de su parte, Jacinto se da la vuelta, baja del atril y busca la puerta del cuarto oscuro por donde entró al recinto. Se ha ido. La lidia ha terminado con la suerte del volapié. El torero se ha puesto enfrente del toro esperando el momento para darle muerte con su estoque, pero ha salido corneado. Todos en la sala siguen con sus conversaciones y cuchicheos, yendo y viniendo como si nada hubiera ocurrido. Otro sacrificio con el que la arena se tiñe de rojo. Un día más que el toro consigue seguir viviendo.

El torero se recupera de las cornadas, de lo que significó este día, quedan cicatrices abiertas. A la salida del Congreso no hay palabras que alivien lo que acaba de pasar. Cualquier cosa dicha es una ofensa que se suma a la masacre que tuvo lugar en esa arena, ahora vacía. Una vez más, Jacinto ha sido disminuido y eliminado de la ecuación, solo que no por las armas que se anuncian en la entrada de la parcela, su hogar, amenazándolo con una muerte sádica o con ser reclutado contra su voluntad. Esta vez la violencia vino de aquellos que se hacen llamar civilizados, superiores, conocedores. La violencia vino en forma de fragor, en una sala reservada a las élites que no saben callar.

Cruzamos la Plaza de Bolívar, a reventar con víctimas y colectivos de muchachos y viejos que entonan cantos y lamentos con megáfonos. Carteles y telas blancas con letras rojas y negras que traen a la memoria los muertos, los desaparecidos, las víctimas y los que dieron la orden. Jacinto solo mira hacia abajo. Otra vez. Imagino que siente tristeza, rabia, vergüenza de estar en esta posición. Haber perdido la corrida es un golpe suficiente. Tener que encarar a aquellos que tenían sus esperanzas en él es revivir el viacrucis del líder que fue a la guerra y perdió antes de empezar la batalla.

Hay júbilo en el ambiente. Las personas se ven más alegres y sonríen mientras van en dirección opuesta, hacia la Plaza, el lugar de congregación de la gente del común, mientras nosotros intentamos huir de ella. Un día cotidiano con una extraña sensación de fiesta que llena el alma y procura la esperanza del cambio, pero la esperanza muere cada día con cada nuevo escándalo, con cada nueva misiva que niega el conflicto, niega las víctimas, niega la posibilidad de superar esta vaina. Encontramos un café. Entramos y vemos una hilera de mesas que forman un camino hasta la mesa en donde nos sentamos. En un rincón oscuro, donde no hay luz. Reconozco el sentimiento de Jacinto, aunque no lo haya dicho ya. La vergüenza de un hombre caído se expresa en la necesidad de huir y esconderse.

Llamamos al mesero, un joven lleno de tatuajes y poco hablador. Dos cafés negros llegan con rapidez acompañados de paquetes individuales de azúcar blanca, azúcar morena, estevia y panela. El noticiero avanza en un televisor más grande que una ventana común, a todo volumen, noticias de fútbol y videos repetidos de un partido de ayer de la Champions League, pero todavía no hay ninguna noticia del horror que acabo de presenciar. Están guardando la hazaña suicida para la noche, después de hacer edición y construir una narrativa que venda otra historia. Y mientras estoy pensando en cómo empezar un discurso alentador, poniendo palabras en orden que dejen ver la significación del hecho en sí y de lo que buscaba, en vez de la derrota frente al monstruo, Jacinto recobra por un momento la postura, me mira y dice:

—Debí haber usado el traje hoy. Ellos solo reconocen a los iguales, no a los de abajo.

Solo puedo pensar, pero no decirle que, en esta ciudad y en este país no solo basta con vestirse igual, con ropa y reloj caros, porque los de traje han aprendido a oler a los de abajo por encima de las pretensiones de clase. Lo que se necesita para que lo vean a uno a los ojos y lo traten como un igual, es tener plata, y la plata es limitada. A los que no tienen traje ni hacen parte del círculo de amigos, conocidos, o de amigos de amigos, les toca acumular mártires en corridas viciadas para que algo cambie. La arena debe estar teñida de rojo por un largo tiempo a causa de los sacrificios y los crímenes que se cometen en el ruedo y fuera de este, antes de encontrar a un torero que pueda cambiar el favor de los espectadores, y aunque el toro siempre estará presto para la corrida, el tiempo es la única esperanza, y cuando llega la última hora, es implacable. Vendrá el final con la suerte a un tiempo, cuando un torero logre empuñar la espada de hoja larga y de la estocada final, matando al monstruo y liberando la arena para una nueva corrida. Eso es lo que nos queda esperar.

 


 

Shannon Estefannia Casallas Duque

Shannon Estefannia Casallas Duque. Es una autora colombiana Licenciada en Educación Básica con Énfasis en Inglés y Especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo por la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (Bogotá).

​ Contactar con la autora: shannonecd [at] gmail [dot] com

Imágenes: (portada) Oxi. En Instagram, https://www.instagram.com/p/COqu7rjtgjI/ [Creative Commons Atribución]  ▫ (en el texto, por orden descendente) Mural por las personas desaparecidas en Colombia, Tefita228, CC BY-SA 4, via Wikimedia Commons ▫ Oxi. En Instagram, https://www.instagram.com/p/CORgGJEDCXb/, [Creative Commons Atribución] ▫ Paro Nacional Colombia, Oxi.Ap from Medellín, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons

 

Colombia: Crónica por Shannon Estefannia Casallas

Artículos y reportajes en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 123 · julio-agosto de 2022

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