artículo por César Bisso

 

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ecuerdo una vieja película del director británico Peter Watkins, del año 1967. Su título original era Privilegio, pero en mi país se la conoció como La cumbre y el abismo. La vi un par de veces en el cine club de mi ciudad natal, Santa Fe, a fines de la década del setenta. Ilustraba la vida de un cantante famoso que intenta rebelarse al mandato del poder instituido. Me fascinó aquella historia donde la fama va tejiendo una telaraña que aprisiona a quien la ostenta, pero al querer salir de ella solo aparece el vacío, donde uno cae, irreversiblemente.

Hay una escena impresionante, cuando el artista aparece cantando dentro de una jaula, que cuelga por encima de todos sus fanáticos. Sugiere que los ídolos no pueden tocarse, siempre deben estar lejos, inalcanzables. Y si alguna vez quisieran tocar la tierra, caminar junto a sus idolatrantes, entonces se estrellarán contra una realidad desconocida. Porque ellos, los que desarrollan la fama, no pueden acercarse ni siquiera a los que aman. Solo deben vivir dentro de la jaula, acorralados por el poder político, los intereses económicos, los medios de comunicación, los bufones sumisos. Y, sobre todo, por una egolatría asfixiante.

Conocí a Diego Maradona poco tiempo más tarde. Fue en noviembre de 1980, cuando el astro llegó a mi ciudad a disputar un partido de fútbol con su modesto Argentinos Juniors. Ya era un jugador famoso, campeón mundial juvenil, pretendido por los grandes clubes, como nuestro Boca Juniors o vuestro Barcelona, entre otros. Allí estaba, en el hall del hotel, sentado en un sillón, frente a un par de periodistas del diario local. Uno de ellos era quien escribe. Hablamos largo tiempo con Pelusa, aquel pibe de veinte años recién cumplidos, apocado, corto de palabras, sonriente. Detrás de él ya se apreciaba su entorno de dirigentes, periodistas de principales medios nacionales, amigos de ocasión, personal de seguridad. Un torbellino de miradas, gestos, forcejeos, roces. Y Diego saludando, siempre atento, aceptando su rol de actor principal. Y la historia recién comenzaba.

Después aconteció todo lo que descubrimos, apreciamos, repudiamos o imaginamos de él. La gran transformación de un jugador fantástico en ídolo global. Sus maravillosas jugadas, sus goles increíbles, sus éxitos resonantes. Y mientras se llenaba de gloria deportiva, a la par crecían las mil y una noches plenas de desórdenes. Verdad o consecuencia. Lo bueno y lo malo. La actitud irreverente frente al sistema económicamente incorrecto que lo abastecía holgadamente y la sujeción al relato políticamente correcto que sustentaba su popularidad. Nadie pudo soslayar el traspaso de un niño que sufrió la pobreza, la desnutrición y la desigualdad social, a un hombre dispuesto a sostener por siempre la corona del rey de reyes. Maradona padeció a Maradona. El deportista al ser humano. El ídolo a la historia forjada por sus propios fantasmas. Desde la arrogancia a la demagogia, pero siempre auténtico y transgresor. El enigma del espejo, que muestra lo que se ve y lo que no se quiere ver.

Después, tuve la suerte de estar cerca de Maradona en su último partido oficial. Ocurrió en octubre de 1997. Se jugada el clásico del fútbol argentino en el estadio de River Plate. ¿Por qué estaba allí? Por una jugada del azar. Resulta que en esa época ya no era periodista, sino encargado de prensa de Unicef Argentina. El organismo había organizado por entonces una gran campaña para infundir en la ciudadanía los derechos universales del niño. Entonces nos invitaron a presentar una gran bandera en el campo de juego, minutos antes del partido, con la intención de que el público presente y los televidentes en sus hogares apreciaran la importancia de tan significativos derechos. Y en el preciso momento que flameábamos la bandera en el círculo central apareció el equipo boquense, con su gallardo capitán al frente. Pasó a mi lado, trotando con su franja de cabello teñido de amarillo y su pecho erguido. Le grité fuerza Diego. O tal vez no dije nada. Solo es parte de aquel hechizo.

Cuando dejó el fútbol profesional sucedieron los episodios más trágicos de su vida. La pérdida de sus padres, su lucha contra las adicciones, sus desencuentros con la familia y consigo mismo. Nunca nada es fácil, porque aun los ídolos pueden ser derrotados por las circunstancias o los imponderables. Diego fue vencido sin atenuantes. En los últimos días, el mundo habló de su muerte a través de títulos rutilantes. No fue una noticia más. Aparecieron las anécdotas de periodistas obsecuentes, los políticos oportunistas, la conmoción de los amigos que fueron amigos y también los que aprovecharon su minuto de audiencia para agregar algo más a la hoguera de la idolatría. Desfilaron opiniones de filósofos, psicólogos, médicos, sociólogos, compañeros de andanzas deportivas, directores técnicos, representantes, dirigentes. Todos tenían algo que contar, todos debían llorar, todos necesitaban expresar un sentimiento que superara la razón. El ídolo escapó de su jaula, recorrió el sinuoso camino de la realidad, chocó de frente con su historia de hijos reconocidos y no reconocidos, con sus parejas amadas y las no correspondidas, con su cortejo de aduladores y protectores, con su salud maltrecha y sus adicciones perennes. La cumbre y el abismo. Los dos bordes de una personalidad conflictiva, donde el amor y el odio se cruzaban de vereda a cada instante. Un hombre que ha muerto de repente, desamparado, imbuido de dolor y tristeza.

Pero los que aún no saben pedir perdón piensan que el ídolo no debe morir. Y para que eso nunca ocurra estarán presentes en todo momento, a través del relato político, los intereses empresariales, los medios de comunicación, los formadores de opinión y de una enorme comunidad de hinchas dispuestos a endiosar a Diego en cada uno de los estadios. Porque Maradona se convirtió en una marca para muchos y un mito para todos. De aquí a la eternidad.

Por eso me atrevo a pensar que no vimos la película completa. El último Maradona es el que vendrá. Con relación al hombre surgirán confabulaciones, litigios, causas judiciales, batallas por la herencia, denuncias, amenazas, imputaciones. Respecto al ídolo veremos crecer su figura a través de imágenes, santuarios, rituales, canciones, documentos, filmaciones y publicaciones en todos los géneros. El pueblo argentino —y quizás el resto del mundo— lo recordará en su dimensión de futbolista, con todas sus virtudes y defectos. En mi caso quedará en la crónica de bolsillo aquellos dos fugaces encuentros, con el pibe recién asomado al éxito y con el veterano guerrero queriendo vencer al destino. Pero, esto, poco importa.

 


 

César Bisso. Nació el 8 de junio de 1952 en Santa Fe, República Argentina. Es Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Ha recibido la Faja de Honor de la Asociación Santafesina de Escritores y obtuvo, entre otros, en el género poesía, el Premio Regional «José Cibils» y el Premio Provincial «José Pedroni». Coordinó los talleres de escritura del Rectorado de la Universidad Tecnológica Nacional y fue coorganizador del Primer Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires (1999).

Ilustración: Grafiti Diego Maradona, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons.

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 113 · noviembre-diciembre de 2020 ·  PmmC

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