poemario de Miguel Sánchez Gatell
reseña por María Eugenia Alava

 

Mar múltiple… pide silencio, junto a mí, en este día en que las sierpes obtendrán gran placer con mi llanto, pues muero en la desnudez para siempre.
(Sánchez Gatell, 2014, p. 69)

 

P

remio Adonais en 1988 con La soledad absoluta de la tierra, en 2014 Miguel Sánchez Gatell presentó La lucidez del número. En mitad de la lírica actual donde todo son preocupaciones personales y cantos sensuales al amor boyante, parecía imposible que un autor contemporáneo retornara al surrealismo con tanta avidez de contar lo que le rodea solo a aquellos que quieran comprenderlo.

Por alusiones a comentarios del propio autor cabe matizar que con surrealismo, en este caso, no me refiero a ese cajón de sastre donde se puede «ocultar […] una inconsistencia poética» (Sánchez Gatell, 2014b), sino más bien, también en palabras de Miguel Sánchez, a ese «movimiento rico que permite ver las cosas vueltas del revés» (Sánchez Gatell, 2014b).

Escrito durante un periodo de tres años, y tras varias relecturas de poetas tan complejos como Gamoneda —a quien se presta reconocido homenaje en el libro, abriendo el primer capítulo con unos versos del mismo—, Miguel Sánchez Gatell no buscaba la venta fácil, no buscaba al público que se deja engatusar con dos sonetillos en verso libre sino que trataba de comprender la realidad a través de una certeza muy poco cierta: la poesía.

En La lucidez del número el poeta se mueve en el terreno del heptasílabo y el endecasílabo, aunque a menudo se deja llevar hacia composiciones libérrimas de los más variados ritmos internos. La lucidez del número trata ante todo de autoexplicarle la realidad al propio poeta. No es un libro concluso, igual que las certezas vitales están lejos de serlo.

Los poemas que lo integran, sin organicidad aparente, vienen titulados, correlativamente, tanto por números romanos como por títulos compuestos de palabras y frases, combinando así lo cierto con lo incierto y haciendo del propio poemario una experiencia surrealista de lo que es exactamente la vida: la pugna entre lo que creemos saber con certeza y lo que, efectivamente, desconocemos.

Resulta curioso leer el primer poema y encontrar una composición titulada a raíz de un verso de Paul Éluard —quien aparecerá más veces—, pero al menos el poeta es sincero desde el inicio. Se presenta un viaje, un buceo por el subconsciente del poeta que nos llevará, o no —de hecho, seguramente no— a esclarecer aquello que creemos cierto. Comenzar con la lectura del primer poema implica aceptar un ticket solo de ida.

Sí que se percibe un salto notable entre la temática del primer capítulo y la del segundo. Al comienzo, el poeta bucea por su subconsciente y trata de encontrar certezas sin éxito. A partir del segundo capítulo empieza una pugna por el recuerdo, se homenajea a la memoria y se denuncia el olvido, y todo ello a la vez que se establece un camino claro de búsqueda de la poesía pura mezclada con el prosaísmo de los años cincuenta. Comencemos ahora por el primer capítulo.

Con simbología compleja derivada de la aritmética, Sánchez Gatell prepara un territorio difícilmente expugnable, prácticamente fruto de una escritura automática en algunos puntos, donde «Acordarse del mundo/ da siempre decimales» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 15) y donde «Morir es inexacto» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 15).

Abundan también las imágenes fantasmagóricas, el máximo exponente del surrealismo, la traducción a palabras de los relojes blandos de Dalí. En “VIII”, por ejemplo, el poeta sale por su propia boca convertido en una sombra de sí mismo: «No es el sudor ni el mar/ lo que resbala de unos labios. […]// Es un cuerpo/ que me arranca del sueño,/ me regresa al mañana me regresa a los límites./ Soy yo, mortal y herido, altamente improbable,/ habitante carnal que me sume en las sombras» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 17). La simbología es tragicómica constantemente e incluso llega a generar terror en algunos puntos. Sin embargo, después de esos clímax, siempre llega la desilusión, la nada.

Quizás es demasiado afirmar un cierto nihilismo en el libro dado que a menudo el poeta se detiene a reflexionar sobre la capacidad humana del recuerdo y la necesidad de la revisión de la propia vida a modo casi machadiano: «Soy tiempo transcurrido» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 27).

Él mismo diría, en una entrevista concedida el 2 de noviembre de 2014 a la radio OndaRegional, que su libro estaba llamado precisamente a criticar la duda constante, la duda manifiesta, en pos de la búsqueda de una certeza que, efectivamente, solo los números pueden darnos (Sánchez Gatell, 2014b).

Pero todos estos esfuerzos parecen conducirle siempre al vacío: “sin embargo vosotros/ habéis cerrado la puerta de la historia/ y tirado la llave al mar océano al mar inconfundible» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 27). Parece que estuviera continuamente esperando a Godot:

La palabra emoción

viene del latín

y de nuestros corazones incompletos

pero no es la arcilla de los sueños

ni la luz cenital de los sucesos:

no es nada que dé origen, principio, fundamento.

 

Son pequeños cadáveres,

océanos de ceniza que se quedan ya siempre con nosotros

cuando el minuto atroz ha transcurrido.

(Sánchez Gatell, “Emotio”, 2014a, p. 31)

No me sorprendería, para nada, que el poeta estuviera jugando con el hastío existencial. Al fin y al cabo después de un silencio de 16 años, ¿por qué volver a escribir? Parece que solo el fin de la Segunda Guerra Mundial pudo hace surgir esa maravilla que se denominó Teatro del Absurdo.

El final de una crisis financiera resulta incluso peor para un país que ha vivido en la inopia prácticamente desde la Transición. Una crisis financiera parece tragedia suficiente para generar sentimiento de nihilismo, para escribir en forma dadá, y parece que el poeta lo sabe y juega con los márgenes de la ironía. Pues efectivamente, el perder mucho dinero supone una tragedia en la vida de una persona.

De otro lado, no puede negarse tampoco que el poeta vislumbra siempre la esperanza, tal y como él mismo aduce en la citada entrevista. El número uno, el indivisible, es también su corazón, su esencia. Y eso, aunque pisoteado, nunca le abandona: «Sin embargo no crece, no se reproduce./ Sigue siendo un solo corazón,/ mínimo número,/ unidad sin remedio» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 16). En la entrevista en OndaRegional Sánchez Gatell diría: «Es un libro […] en el que se parte de la base de que el mundo es un lugar no demasiado grato pero […] no es un libro de decepción sino todo lo contrario» (Sánchez Gatell, 2014b).

No pueden dejar de mencionarse, por su parte, los ejercicios metaliterarios hechos con maestría, combinando la tónica general del libro con el conocimiento más concreto de lo que es el hecho poético. Una reflexión surrealista de lo surrealista del proceso de producción poética: «En cambio tener dos verbos es una maldición/ como tener dos soles o dos sombras» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 29). A pesar de que hay lugar para el sol y la carne de Rimbaud en algún punto, el poeta simpatiza más con un Rimbaud desencantando, escarmentado por la vida. Y desdeña a las musas, cree en una manera nueva de convocar al hecho poético —o, ¿no cree?— y deja de lado la inspiración de esos crédulos simbolistas: «Ser es espiga, mecimiento./ En cierto modo valle, abismo de uno./ Fuga imposible, pero la sueñan águilas» (Sánchez Gatell, 2014a, p. 29).

El segundo capítulo conforma, sin embargo, una explosión de inconformismo. El nihilismo se va desvaneciendo y queda desbancado por la certeza de que el progreso no siempre conduce a buen puerto. Hay denuncias del crecimiento desorbitado de los recursos tecnológicos —¡qué diría ahora el poeta!— y hay quejas ante la cultura del olvido histórico que viene conformándose con el fin del siglo XX.

Parece haber dos momentos diferenciados dentro de este segundo capítulo. La queja existencial, derivada de la previa pérdida de fe, hace primero un repaso simbólico por la historia ayudada de imágenes míticas y de los propios números. Y, en un punto, el olvido se hace cargo de toda esa escalada donde se vislumbraba algo de reivindicación y acaba de nuevo con toda esperanza posible. Pero el poeta no se rinde y va más allá. Ya no le sirve el surrealismo, ni el nihilismo. Éstos han sido solo la vía del aprendizaje y ahora el poeta pugnará por algo mayor: la poesía pura.

Los números siguen siendo su fuente de información primordial en esta búsqueda guilleniana, y el prosaísmo de la definición concreta se acompaña en momentos de un heptasílabo contenido que ansía buscar la pureza de las cosas, la pureza de la poesía: «El agua me propone/ que sea cuerpo puro./ No hay milagros: es vida por lo alto» (Sánchez Gatell, 2014, p. 62). ¿La encontrará? Júzguenlo ustedes mismos:

Desnudez del número

Sí. Cuerpo total cuerpo inmenso en el suceso de la

                                                                              desnudez.

Piel que no se interrumpe,

primavera redonda.

Oledme. Respiro sin descanso.

Amadme: soy dureza.

En mí duerme la luz                               

un sueño de volúmenes perfectos.

(Sánchez Gatell, 2014a, p. 63)

Para ir terminando, diremos que La lucidez del número supone una novedad notable al recientemente afamado tema de la memoria histórica colectiva. Evidentemente, Miguel Sánchez Gatell, hijo de poeta, está preocupado por ello. El olvido es el principal responsable de cavar las tumbas de nuestros antepasados aún más profundas, y él lo sabe con certeza, y lo denuncia. Pero en ningún momento permite que su poesía se impulse exclusivamente por su fin último, porque sus poemas son algo más. Ante la incomprensión generalizada por el hecho poético, el propio hecho poético es quien le guía en sus búsquedas vitales:

Ahora debería llegar el silencio.

Debería llegar un silencio sin cuerdas un silencio

                                               consciente

una tormenta que desmintiera

una negación de mi palabra y un vencimiento de mi rabia

un mundo en el que yo fuera un amigo muerto.

[…]

(Sánchez Gatell, 2014a, p. 68)

 

REFERENCIAS:

 

· Sánchez Gatell, M. (2014a). La lucidez del número. Barcelona: Bartleby.

· Sánchez Gatell, M. (2014b). Las personas del verbo: La lucidez del número. OndaRegional. Revisado el 10/02/2019

 


 

María Eugenia Alava Carrascal

María Eugenia Alava Carrascal. Grado en Lenguas Modernas Universidad de Deusto; Máster en Formación del Profesorado de Secundaria con Especialidad en Lengua y Literatura Castellana y en Literatura comparada y estudios literarios Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Actualmente prepara el Doctorado en Literatura comparada y estudios literarios de la citada Universidad del País Vasco.

📩 maru.alava [ at ] opendeusto.es

 

La lucidez del número
Bartleby (2014) • I.S.B.N.: 978-84-92799-74-9 • 77 págs. • Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©.

Adquirir el libro:
todostuslibros.com/libros/la-lucidez-del-numero _978-84-92799-74-9

 

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Revista Almiar · n.º 103 / marzo-abril de 2019 · MARGEN CERO™

 

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