relato por Jesús Greus

 

M

ark conducía su coche a lo largo de las murallas de adobe que flanqueaban, por el este, la casi milenaria medina de Marrakech. Era un inglés cuarentón, alto y flaco, con nariz aguileña y una pelambrera revuelta y rubicunda que le daba un aire de pajarraco garboso. Mientras conducía entre un fárrago de vehículos, motos, bicicletas y carros de mulas, un crepúsculo sanguíneo se abatía sobre la ciudad, que parecía desangrarse por sus viejas puertas.

Poco después, Mark circulaba por la angosta carretera que discurría por la Palmeraie, el extenso palmeral, al este de la ciudad, convertido, en su mayor parte, en urbanización de lujo. Esplendorosas mansiones se alzaban en medio de selváticos jardines con profusión de palmeras datileras. No tardó Mark en detener el coche frente a un imponente portón cerrado. Hizo sonar el claxon, y al minuto asomó un joven guardián sonriente, que abrió las puertas sin dilación. Mark atravesó el vasto jardín y detuvo el vehículo ante una residencia de diseño contemporáneo, de hormigón armado, con sutiles toques de arquitectura marroquí.

Mientras aguardaba a su mujer, Mark se apoltronó, cansado, en un sofá tapizado en terciopelo de color camello en el enorme salón, cuyos muros exhibían pinturas abstractas realizadas por artistas locales. Tapices bereberes y de Mauritania cubrían los suelos. En torno había un gran armario chino de laca roja, así como máscaras y fetiches africanos entre ornadas puertas de cedro. Ante él, una amplia cristalera ofrecía, de suelo a techo, una espléndida vista del jardín cubierto de césped, con la piscina en un extremo y, al fondo, las cumbres aún nevadas del majestuoso Atlas sobre el palmeral. ¡Esto es un sueño!, se dijo el hombre con orgullo. Pero sobre sus pensamientos se cernían oscuros nubarrones. En ese instante sonó su teléfono móvil. Mark lo extrajo del bolsillo de la chaqueta, identificó el nombre del interlocutor en la pantalla y, con una mueca de desagrado, respondió: «Hello». En seguida se puso en pie y se dirigió hacia la escalinata, que ascendió despacio. No advirtió que, de inmediato, la asistenta Rashida emergió por la puerta de la cocina y se apostó bajo la escalera para escuchar su conversación. Era una mujer cincuentona, ajada, de expresión amargada. Se suponía que no entendía mucho inglés, pero, por si acaso, la mujer se quedó ahí plantada, secándose las manos en el delantal.

—Hola, Peter —saludó Mark—. ¿Qué tal por Londres? —y se detuvo a escuchar atento durante varios minutos. Luego dijo—: ¿Tú crees que está todo perdido? En tal caso, me veré obligado a vender esta casa para saldar nuestras deudas. ¡Gosh! Te consta que esta chabola era mi sueño. ¡He luchado tanto por conseguir construirla! Puedes hacerte idea de cómo me siento. Yo… —y se le quebró la voz.

Entonces se dio la vuelta y descubrió a la tal Rashida apostada a los pies de la escalinata. Le preguntó en inglés —por supuesto, apenas hablaba francés ni, mucho menos, árabe— qué hacía ahí y le urgió a regresar a sus tareas. La mujer desapareció acechándolo de reojo. Tenía mirada de bruja. ¿Habrá entendido algo?, se preguntó Mark con aprensión. Por si acaso, una vez llegado al piso alto, se encerró en su dormitorio para proseguir la conversación telefónica.

Poco rato después, Muna, la esposa marroquí de Mark, llegó a la casa en su propio coche y entró por la puerta de la cocina. Acompañada por el chofer, venía cargada de paquetes de golosinas, salsas, condimentos, dulces y otros caprichos comestibles. Muna, de veintisiete años, era morena, guapa aunque menuda, de líneas pronunciadas y moldeadas caderas que hacían perder el hipo a más de uno cuando caminaba contoneándose por la calle. Llevaba esa tarde unos jeans claritos muy ajustados, blusa de seda blanca, zapatos de tacón y pulseras de oro. Con ayuda del guardián, depositó los paquetes sobre la mesa de la cocina. Luego, empezando a extraer botes de los envoltorios, ordenó a Rashida que se ocupara de disponer dodo aquello en los armarios de la cocina. Preguntó si estaba Mark en casa. Al decirle Rashida que acababa de subir a su habitación, Muna iba a ascender las escaleras cuando la otra la siguió y la retuvo asiéndole una muñeca.

—Un momento, querida —le dijo en árabe—. No he podido por menos que escuchar de refilón una conversación telefónica del señor Mark.

—¿Y? —inquirió Muna con expresión de sospecha y contrariedad.

—Ya sabes que no domino el inglés, pero me ha parecido entender que anda mal de dinero y que quizá se vea en la obligación de vender esta casa.

Muna le devolvió una mirada espantada.

—¡Cómo que vender esta casa! —rugió—. ¡Qué se ha creído ese! —y ascendió de dos en dos los escalones hacia el dormitorio.

Irrumpió hecha una furia en el cuarto. Mark estaba tendido, sin zapatos, sobre la colcha a rayas que cubría el enorme lecho conyugal. El móvil yacía a su lado. Oh, my love, here you are! —exclamó saltando de la cama para darle un beso. Muna desvió la cara con frialdad y le ofreció una mejilla. Extrañado, Mark preguntó si le pasaba algo. Ella, sin responder, caminó hacia el ventanal y observó enfurruñada el atardecer. Nubes de color rubí se abatían sobre las cumbres nevadas, tiñéndolas de un tono violáceo, como una pintura impresionista. Mark se acercó a ella, la estrechó por la espalda y olió con placer su hermosa cabellera oscura y larga. Estaba loco por ella. Acaso lo suyo no fuera tanto amor como una salvaje atracción sexual. Aquella mujer tenía el arte de enloquecerlo. Muna se apartó de él y, taconeando sobre el suelo de loza, preguntó sin mirarlo:

—¿No tienes nada que decirme?

Mark la interrogó con la mirada. Ella le devolvió un gesto desafiante. El preguntó qué había hecho mal.

—¿No tienes nada que decirme? —inquirió Muna con expresión dura y la boca torcida. Cuando quería, podía volverse muy desagradable.

Mark hizo un gesto de incomprensión, como un niño inocente. Tras un breve silencio, Muna le reprochó que pretendiera vender la casa y ni siquiera tuviera la mínima intención de confesárselo. Él, cogido por sorpresa, se puso colorado y balbuceó excusas. Preguntó cómo lo había sabido. Ella no respondió. Mark en seguida comprendió: Rashida, claro, ¡quién iba a ser! ¡Esa correveidile! Le había faltado tiempo para irle con el cuento. Se pasaba la vida espiando tras las puertas. Anunció que iba a despedirla en ese mismo instante, por mucho que fuera su tía. Se dirigió hacia la puerta, la abrió intempestivo, salió al descansillo, dominado por una antigua estatua tailandesa de Buda, de bronce ajado, y se asomó a la barandilla. Desde allí llamó perentorio, varias veces seguidas, a la susodicha. Rashida no tardó en asomar su fea geta a los pies de la escalera. Nada más verla, Mark rugió:

—¡Recoja sus cosas y salga ahora mismo de esta casa!

Muna intervino rauda:

—Ni te muevas, Rashida. No le hagas caso. Vuelve a la cocina.

—¡He dicho que se largue! —porfió Mark—. Si la veo aquí mañana al levantarme, el que se marcha soy yo.

—¡Déjala en paz! —le urgió Muna—. Ella no tiene nada que ver con esto.

Y se enzarzaron en una acalorada discusión, especie de batalla por el poder doméstico. Entretanto, la cocinera los miraba como pensando que aquello no era más que una rencilla de enamorados. Regresó a la cocina, cuya puerta cerró de un portazo. Mark, temiendo que aquella pelea tonta llegara a mayores, trató de aproximarse a Muna para abrazarla. Ella se escurrió y se alejó un metro.

—¡Venga, ángel mío! —protestó Mark—. Estás haciendo una montaña de un grano de arena.

—O sea, que vender la casa te parece una minucia —contraatacó ella—. Perdona, pero debo recordarte que me dijiste que esta casa sería para mí. ¡Mía y solo mía!

Mark volvió a intentar arrimársele. Alargó una mano hacia ella, pero Muna lo detuvo con deje histérico: «¡No me toques!», chilló. Él permaneció como alelado, sin saber cómo reaccionar. Muna entró en el gran dormitorio. El la siguió, cerró la puerta tras de sí, se apoyó en ella y se atrevió a insinuar, en tono de decepción, que siempre había creído que su amor estaba por encima de cualquier valor material.

—Pareces tener una idea bastante singular acerca del amor —repuso ella yendo a sentarse al tocador. Por distraerse, emprendió a cepillarse la luenga melena ante el espejo. Despechada, comentó a media voz—: «¡Ha! El tío está dispuesto a vender la propiedad, y todavía pregunta si me pasa algo».

Mark fue a sentarse a los pies de la cama y se deshizo en disculpas, por intentar arreglar la situación. Solo se le ocurrió decir que la situación era compleja, que había una crisis económica en ciernes que amenazaba afectar al mundo entero. De la noche a la mañana, su empresa en Londres había empezado a tener pérdidas, debido a facturas impagadas. «Estoy, de repente, hundido en deudas hasta las cejas», concluyó. Y agregó que su asesor financiero le aconsejaba cubrirlas cuanto antes. Sin molestarse en escucharle, Muna musitó para sí:

—¡Estos nazarenos egoístas! Sois todos iguales. Mucha promesa de que te harías cargo de mi familia; mucha lisonja, sí, hasta que caí en tus redes, pero luego, si te he visto, no me acuerdo. Te dan la patada en cuanto pueden —y se volvió a él para espetarle apretando los dientes—: Pero cometiste un error, querido: te casaste conmigo. ¡Tengo derecho a bienes gananciales!

Y, sin venir a cuento, la chica prorrumpió a sollozar sobre el tocador. Lágrimas de cocodrilo. Era una actriz consumada. Puro teatro. Pero a Mark, que, como todo hombre, era un ingenuo cuando estaba enamorado, le rompió el corazón verla así. Pretendió acercarse a ella para consolarla, pero Muna lo rechazó con una mano. «¡Ni te acerques!».

—Juro que nunca pretendí mentirte —dijo Mark—. Cuanto prometí era cierto. Pero debes hacerte a la idea de que la situación ha cambiado. No es ninguna broma, cariño.

—¡Palabras! —exclamó ella con desprecio.

Mirándole con inquina a través del espejo del tocador, Muna emprendió un sorprendente discurso, preguntando si tenía idea de cuántos nazarenos ricos la habían propuesto matrimonio. Guapa y joven como era, decenas le habían prometido el cielo y la tierra. Y recalcó agresiva:

—¡Y mucho más ricos que tú! Y voy, tonta de mí, y los planto a todos ellos para elegirte a ti. ¡A ti! —hundió ambas manos en su espesa melena azabache y añadió en tono ordinario—: ¡Seré estúpida!

—Pero, cariño —balbuceó Mark con expresión tontaina—, yo…

—Como para que ahora me deje el pollo en la estacada, vamos. ¡No te lo voy a consentir! —el tono era vulgar y ofensivo.

Sin terminar de creer lo que estaba oyendo, Mark volvió a dejarse caer, desmoralizado, a los pies de la cama. Emprendió una letanía en tono triste, asegurando que le constaba que, después de ella, aquella casa era lo que más adoraba en esta vida. ¡Era su sueño hecho realidad! Pero ahora tocaba apretarse el cinturón. No había que darle tanta importancia. En cuanto saldara sus deudas con la venta de la propiedad, comprarían otra casa, quizá menos suntuosa, sí, pero serían igual de felices.

—¿Me puedes explicar qué será de nuestras vidas sin dinero? —replicó ella con aire farruco—. Porque del aire no se come, hijo. De eso sé un poquito más que tú.

Mark se quedó sin palabras.

—Además —siguió ella—, ¿puede saberse qué comprarás con las cuatro libras que te queden tras saldar tus deudas? ¿Un apartamento de mala muerte en un inmundo callejón oscuro de un barrio popular? ¡Vamos, rico! Me muero antes que meterme a vivir en una cueva. ¡Tú sueñas!

—¿Y eso qué más da? Pensaba que, al fin y al cabo, lo esencial era nuestra unión. Contigo a mi lado, yo sería feliz bajo un puente.

Muna le devolvió una mirada colérica.

—¿Ah sí? Pues yo, no. Yo ya viví bajo un puente, como quien dice. Tú no tienes ni idea de lo que supone criarse con veinte personas, entre adultos y niños, en una casucha de la medina, oscura y mísera, comidos de humedad y de escasez. Comprenderás que no me seduce nada volver a guarecerme en un antro infecto. ¡Antes, muerta!

Dicho lo cual, se puso en pie y, con expresión malhumorada, emprendió a patear el dormitorio de un extremo a otro, clavando los tacones en el suelo de baldosa, que resonaban como martillazos en el cerebro de Mark. Seguramente, ni siquiera escuchaba a este mientras se esforzaba por hacerla razonar. Estaba demasiado ocupada en maquinar. No se iba a dar por vencida así como así, se decía. Entretanto, Mark empezó a mirarla bajo una perspectiva inusitada: tal vez no fuera Muna el ser angelical que sus ojos querían ver en ella. Aún hizo lo posible por aplacar su ira. Cortando de repente la letanía de su marido, Muna se quejó en voz alta, asegurando haber creído en su amor, en todo eso de «mi ángel», «mi cielo», «mi bella morita». Y agregó: «Me creí, tonta de mí, toda esa sarta de mentiras. ¡Palabras hueras!». Él se deshizo en disculpas, asegurando que jamás había pretendido ser deshonesto con ella, que nunca tuvo intención de engañarla, solo que ahora debía ella comprender que su situación económica se le había ido de las manos. Era algo inesperado, inaudito, sí, pero tendría solución. Todo fue inútil: su perorata no hizo mella en Muna. Volviéndose a él hecha una pantera, rugió con tono grosero:

—O sea, que todas aquellas promesas no son ahora más que ceniza.

—Esto es serio, cariño —se limitó a murmurar él con gesto de abatimiento—. Si no pago a mis acreedores, podría terminar en prisión.

—¡Me importa un comino!

—Solo te ruego que me concedas un poco de tiempo.

—Si te vas a Londres en las presentes circunstancias, jamás volverás. ¿O te crees que no me doy cuenta? Mucha palabrería, pero os conozco a todos vosotros, nazarenos falaces. Mentís como bellacos. Mucho amor, mucho cariño, mi cielo, mi terroncito de miel, pero, en cuantito recuperes tu pasta, me olvidarás como un trapo usado, y no volveré a verte el pelo. ¡Tú de aquí no te vas!

>Herido, Mark musitó que no dijera esas cosas. No era decente. El jamás le mentiría, ni mucho menos la abandonaría. «¡Ha!», se carcajeó ella con sorna, y reemprendió su exaltada caminata. El tamborileo de los agudos tacones sobre el suelo empezaba a enloquecer a Mark. Rogó que se detuviera, o que, al menos, se quitara los zapatos. Sin prestarle atención y sin dignarse mirarle, Muna amenazó que, si vendía la casa, la perdería para siempre. «Tú eliges». En vano suplicó él que entrara en razón. En un postrer acceso de rabia, ella alegó ser capaz de prender fuego a la casa antes de darle tiempo a venderla. Dicho lo cual, aferró con ambas manos un pequeño tibor Satsuma del siglo XVII y lo arrojó al suelo, haciéndolo añicos.

—¡Estás loca! —se lamentó Mark—. Esa pieza valía una fortuna —y se disparó a recoger los pedazos rotos. Ella lanzó una risotada desagradable, antes de fanfarronear:

—No dejaré piedra sobre piedra de esta casa. Juro por Dios que te lamentarás de esto.

De rodillas en el suelo, ocupado en reunir los fragmentos dispersos del tibor, Mark alzó la vista hacia ella. Semejaba una diosa iracunda y bellísima, un monstruo de egoísmo y destrucción capaz de provocar un cataclismo. Mark casi lloraba mientras reunía los inservibles despojos de la antiquísima cerámica japonesa. En ésas, Muna, aullando que no quería oír nada más, se dirigió a la puerta del cuarto, la abrió de golpe y, antes de salir, se volvió para amenazar entre dientes: «Todavía no me conoces. No eres capaz de imaginar hasta dónde soy capaz de llegar». A continuación, se precipitó escaleras abajo hecha un basilisco, dejando la puerta abierta. De lejos, anunció: «Me voy a casa de mi madre». El repiqueteo de sus tacones se perdió en el piso bajo. Mark, anonadado, se aferró las sienes y se tendió sobre la cama. Lloriqueando, susurró para sí: «Muna, por favor, no te vayas. ¡No quiero perderte!». Un motor rugió en el jardín, y un coche salió disparado.

*        *        *

Muna estaba sentada ante la mesa de la cocina. Con aire reconcentrado, se mordía los labios. Tras pasar una noche de perros en casa de su madre, regresó a la mañana siguiente. Rashida, ocupada en preparar el desayuno de Mark, la miró con lástima y dijo:

—¡Ay, mi niña, qué mala cara tienes! Mi sobrinita favorita. No me gusta verte triste —fue hasta ella, la besó e intentó animarla—: Anda, mírame y sonríe un poquito. El mundo no se acaba aquí, cariño mío.

Muna alzó la vista y la miró con expresión desolada. Luego gimió, diciendo que no podían permitirle vender la casa. ¿Qué sería de ellas dos y del resto de la familia? ¡Se lo iba a contar a ella!, repuso Rashida con los brazos en jarras. Perdería un buen empleo bien remunerado. «Un trabajo como este no se encuentra todos los días, niña», observó, y quedó pensativa. Al poco añadió en tono de misterio: «Pero todo en esta vida tiene su componenda». El tono fue tan particular, que Muna se volvió a mirarla con sorpresa. La interrogó con la mirada. Rashida prosiguió:

—Se me ocurre una solución —Muna siguió observándola en suspenso. ¿Qué tendría en la cabeza su tía? Esta explicó—: Da la casualidad, querida, de que conozco a un alatar experto en toda suerte de hechicerías, hierbas mágicas, ungüentos y potingues para cuanto puedas imaginar. Quizás él pueda confeccionarnos un pequeño hechizo para dominar la voluntad de tu queridísimo esposo.

Muna quedó maravillada ante la idea. Pero luego preguntó, con ansiedad, si no sería peligroso.

—Descuida, hija, una pequeña poción inocua no lo matará —especificó la tía.

—¿Y tú crees que funcionará, mi tía?

Rashida dijo que no podía ni imaginar ella las cosas que había visto hacer al especiero aquel. Era capaz de confeccionar toda clase de pócimas capaces de atraer a un hombre, o de rechazarlo, o de impedirle ser infiel, y, por supuesto, sabía echar un mal de ojo cuando hacía falta. Muna, de pronto reanimada, hundió el rostro en el seno de su tía, diciendo lo buena que había sido siempre con ella. Rashida, con un ojo guiñado, indicó que les haría falta cierta cantidad de dinero. Los servicios del hechicero, cuando se trataba de algo más que vender comino o cúrcuma, no eran que se dijera baratos. Muna repuso que ese mismo día sacaría el dinero a Mark con cualquier pretexto.

—Conviene actuar rápido —señaló la astuta tía Rashida, y le aconsejó subir al dormitorio y hacer las paces con su marido—. Más vale que no sospeche —añadió—. Esta tarde, tú y yo iremos de paseo a la medina.

Muna se puso en pie de un bote, besó a su tía en ambas mejillas y salió disparada escaleras arriba.

*        *        *

Esquivando encantadores de serpientes, cuentacuentos, pitonisas, domadores de monos, acróbatas y vendedores de ungüentos, Muna y su tía Rashida atravesaron, asidas de un brazo, la siempre populosa plaza Yemaa el Fna. Al poco transitaron el zoco Semarín en dirección a Soq el-Ghzal, el antiguo zoco de las Esclavas. La exigua placita interior, sin más salida que el callejón de acceso, estaba abarrotada de mujeres que vendían y compraban lanas y telas de colores. A la izquierda, Rashida se detuvo ante un pequeño comercio de especias, a cuya puerta se exhibían jaulas con camaleones, galápagos y algún halcón, a más de sacos colmados de hierbajos, flores secas, cortezas y pirámides de coloridas especias. «¡Querido señor Mojtar!», saludó Rashida a un anciano enjuto, de barba blanca y puntiaguda, teñida de anaranjada alheña, cubierto con una avejentada chilaba color café. Tras intercambiar las consabidas zalamerías, ambas mujeres entraron al diminuto comercio, donde el alatar les ofreció asiento en un banco recubierto por una apolillada piel de gacela. En torno a ellas se desplegaban, en estanterías, botes de vidrio repletos de exquisitas especias, aparte otros donde languidecían sanguijuelas y siniestros escorpiones negros. Del techo pendían camisas de serpiente, polvorientas pieles de alimañas, alas de pájaros y garras de águila.

«Ustedes dirán», expresó con mirada ladina y expectante el especiero. Imaginaba a por lo que venían. La señora Rashida fue directa al grano y resumió la situación, sin mencionar que se trataba del marido de su sobrina. Se limitó a aludir a «cierto hombre que las quería mal». El anciano se frotó pensativo las manos, se mesó la barba de chivo azafranada y, al cabo, inquirió, bajando la voz, hasta dónde estaban dispuestas a llegar. La tal Rashida repuso sin ambages: «Es necesario anular su voluntad, tenerlo a nuestra merced». El señor Mojtar, muy circunspecto, volvió a mesarse las barbas, se estrujó las manos, pareció calcular los riesgos de semejante petición, y luego expresó, con tacto, que era un asunto delicado y debería confiar en la discreción de ambas damas, pues aquello podría acarrear indeseables consecuencias con la policía. Por supuesto, un hechizo de semejantes características no sería barato. Rashida extrajo de los refajos de su chilaba un atadijo de billetes, que entregó al especiero. El señor Mojtar desató el lío, contó parsimonioso el dinero e indicó a continuación que aquello no bastaba. «Se hará cargo, querida señora Rashida —expresó— de que me juego el pellejo —exageraba, teatral. La artera mujer se vio en el menester de volver a rebuscar en la faltriquera, de donde extrajo otros varios billetes estrujados. El señor Mojtar los contó y, al fin, pareció satisfecho con la cantidad. Muna, que no había osado abrir el pico, dio entonces un codazo a su tía. Esta, comprendiendo, preguntó al alatar cuánto tiempo precisaría para confeccionar el embrujo. El señor Mojtar calculó en silencio, perdidos en el techo astroso del chiringuito sus ojos velados por las cataratas. Al cabo, anunció que podrían regresar dentro de cinco días.

Las dos mujeres abandonaron muy satisfechas la especiería y desandaron el camino, a codazos, por el colorido zoco dedicado a artesanías diversas. Asidas del brazo, reían esperanzadas.

Al cabo de cinco días, ambas regresaron a la especiería del señor Mojtar, quien les entregó un frasquito que contenía un filtro espeso, de un sospechoso color ambarino. Antes de que partieran, indicó que debían verter en las comidas del hombre en cuestión, durante todo un mes, una pequeña porción del mejunje. Bastaban unas pocas gotas. Y advirtió: «Este hechizo es muy potente. Si el susodicho ingiere de golpe una cantidad mayor a la aconsejada, podría morir». Muna tragó saliva. Rashida, más dispuesta, prometió seguir sus indicaciones al pie de la letra. Y allá partieron las mujeres con el bebedizo bien a resguardo entre los refajos de la tía.

*        *        *

Durante los almuerzos y cenas, Muna, alegando hacer régimen, sólo se alimentaba ahora de ensaladas, mientras Mark devoraba los suculentos tayines preparados por Rashida. Cierto que percibía un sabor peculiar desde hacía unos días. Al comentarlo en la mesa, la sagaz cocinera y parienta se apresuró a contestar riendo: «Ah, lo ha notado, ¿eh? ¿A que está rico? Pero no insista, no le voy a descubrir los truquillos de mi cocina. ¡Son recetas de mi abuela, que en paz descanse!». Y Mark se contentó con aquella vaga explicación. Una noche aun tuvo Rashida la desfachatez de anunciarle: «Mañana le prepararé otro exquisito tayín estilo Fes, que nunca ha probado usted, señor Mark. Se chupará los dedos». Mark, a pesar de sus preocupaciones, sonrió contento a Muna. Luego le explicó que, si lograba realizar cierta operación bursátil en Londres, quizá lograra salvar la casa. Muna le devolvió una mirada marrullera.

*        *        *

Tres meses después, la familia entera de Muna estaba sentada en torno a la mesa del comedor. De los muros habían desaparecido las máscaras africanas y los grandes cuadros abstractos. En cuanto a los fetiches antiguos que había sobre el aparador, habían sido remplazados por floripondios de plástico y por un enorme televisor de plasma que emitía una ruidosa serie cómica marroquí. A un extremo, Muna presidía la mesa, en torno a la cual estaban sentados su gruesa madre, envuelta en hopalandas tradicionales, la tía Rashida, el hermano mayor de Muna, un vago redomado sin oficio ni beneficio, dos hermanitas menores y otro hermano adolescente, gordo y medio lelo. Todos hundían las manos, sin pudor, en la fuente central, en la que se había volcado una rica tanyía de cordero.

Al extremo opuesto de la mesa estaba sentado Mark, el pecho cubierto por un gran babero. Parecía haber envejecido diez años. Sin prestar atención a nadie, comía silencioso en plato propio, asiendo con torpeza una cuchara como si nunca hubiera aprendido a servirse de ella. Con la cabeza hundida sobre el plato y expresión boba, masticaba con lentitud. Una baba se le escapó de la comisura de los labios. Nadie le hizo caso. A su alrededor alborotaba la familia. Al ruido del televisor se sumaban los gruñidos de la madre, que reprendía al hijo menor por jugar con su Nintendo en la mesa. El hermano mayor, ajeno a todos, reía y hablaba a voces por su teléfono celular. Las niñas discutían por naderías. Muna propuso ir todos de compras, al día siguiente, a un nuevo centro comercial recién inaugurado. ¡Lo último en modernidad! Luego se volvió a Rashida y le pidió: «Anda, mi tía, lleva a Mark arriba a su habitación. Creo que, por hoy, ya se ha distraído bastante».

Mientras la tía Rashida ayudaba a Mark a ponerse en pie con torpeza y ascender la escalinata, de la que habían desaparecido tibores chinos, el buda y otros suntuosos adornos, Muna lo observó con expresión victoriosa. Sin dar muestra de la menor lástima, no pudo evitar musitar entre dientes con malévola sonrisa: «Te lo advertí, cariño».

 


 

Jesús Greus

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


🖥️ Web del autor: Espejismos (https://librocircular.wordpress.com/)

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Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez Corada ©

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 122 · mayo-junio de 2022

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