relato por Jesús Greus

 

Al Abad Gregorovius Paniuaguensis el Hierosolimitano
Año de 1412, 814 de la Hégira
Fecit Aísa el Kasbaui

 

E

n el muy ilustre y sacro Monasterio de Camorritos os escribo a vos, Serenísima Eminencia, Hierofante del Cairo y Jerife de La Meca, para advertiros de mis andanzas por este ancho e inabarcable mundo donde la Rueda de la vida y la muerte nos ha concedido la oportunidad de nascer para mayor gloria de nuestros Profetas y de cuantos iluminados han alzado su voz para remediar el malestar y las precariedades de esta humana criatura. ¡Sean Alá, así como la Trinidad cristiana, el irascible Jehová y todos los dioses paganos, misericordiosos de sus almas!

Heme aquí retirado del mundo, tras muy azarosas mudanzas, en este apartado monasterio que vuestra Serenísima Eminencia me ha brindado con tan alta donosura y gracejo, y para mayor bien de mi atribulada alma. Nascí hace 115 años en la muy sagrada y eminente ciudad de Fez, reinando los sultanes benimerines en el reino del Magreb o del Sol Poniente. Estudié en mi adolescencia astronomía, música, geografía, alquimia, ciencias ocultas, adivinación por el vuelo de las aves y alguna otra disciplina que mi recato me impide mencionar. A mis veinte años escribí un lapidario que incluía un tratado sobre las piedras que algunos llaman bicaruquid, larmices, capcia, azde y caldamuquida. Al poco me inicié en la universal y nunca suficientemente ponderada ciencia del amor, de la mano de la bella Sumurrut y junto a la mezquita de Qarauiyín. Fui luego marino en las costas de Ifriquia, Al-Ándalus, Sicilia y el Bósforo, adivino en Alejandría, orfebre en Tánger, cantor en la hermosa ciudad de Córdoba, donde fui discípulo de un descendiente del mismísimo Abu al-Hassan Alí ibn Nafí, más conocido como Ziryab. He amado a mujeres sin nombre en el desierto de Libia, he cantado para caprichosos sultanes en Qairuán y en Mosul, he abandonado hijos a orillas del Nilo y del Tigris, he orado ante el Muro de las Lamentaciones, he meditado junto a la Cúpula de La Roca en Jerusalén, he llorado en ciudades y medinas más allá del bien y del mal, he reído y gozado hasta hastiarme de dicha. ¡Me he creído inmortal!

Permitidme ahora, Serenísimo Taumaturgo de Camorritos, que os describa algunas de mis andanzas por el bello Reino de Hispania, Al-Ándalus o Iberia, que son en sí muchos reinos de infieles y de creyentes, y donde hay más herejes que amapolas en los campos. Es Qúrtuba ciudad muy maravillosa y noble, antigua capital de los Benu Omeya. Tuvo en su día no menos de quinientas mezquitas, seiscientas fuentes de mármol y de jaspe, y trescientos baños públicos. Su gran mezquita Aljama es maravilla que no puede ser descripta: mil y quinientas columnas de mármol, un millar de lámparas de bronce, cada una con un centenar de bujías, y un mihrab de ónice jaspeado. Paseé por los Jardines de Placer de la Arruzafa, por el Palacio de la Alegría, por el Campo de los Ladrones y por los Vergeles del Placer Ilimitado. Mas es su presente exigua sombra de su pasado. Pregunté a los pájaros y a las fuentes qué había sido de la hermosa ciudadela de Madinat Zahra, mas solo obtuve el silencio por respuesta, y no hallé sino ruinas donde antaño los mármoles cobijaban a las más hermosas concubinas de los califas andaluces. Nada queda de la biblioteca de Alhakén II el Sabio, que dicen llegó a tener inventariados hasta cuatro cientos mil volúmenes de ciencias diversas. De las siete puertas de Córdoba, solo alguna permanece en pie, obstinada ante el paso del tiempo que todo lo arrasa. Los reinos mueren, amigo Abad, porque se avejentan y marchitan como los hombres que los edifican y los padescen. Nada hay en este mundo que no sea mutable y perecedero.

Sí, canté en las tabernas de Qúrtuba, me embriagué en sus bodegas de mozárabes, ¡Alá me perdone!, y yací a menudo en su mancebía, en manos de hetairas gasconas y gallegas. Aprendí que el amor es caprichoso y que perdura lo que demoran en caer las estrellas del cielo en el estío. De allí viajé a la muy antigua ciudad de Toledo, donde adquirí un mulo en el Zocodover y cabalgué en busca del tesoro del último rey godo, pero, en lugar del atril de Salomón o Sulayman, hallé guijarros y alacranes, así que salí de Toledo más pobre aún de lo que había entrado. Un día admiré allí, por cierto, en un recoleto jardín, una famosa y muy antigua clepsidra que se vacía y se llena de agua según las fases lunares. Como no hallé ningún tesoro de los que hubo en la antigüedad ni en Castilla ni en Al Ándalus, partí de sus costas en busca de otras aventuras que me aportaran mayor fortuna.

Me enrolé, pues, como tripulante en una nave de carga en el puerto de Al-Mariyat o Almería, con destino a Alejandría. Transportábamos mercaderías españolas a puertos de ultramar. Más he aquí, egregio Abad y generoso anfitrión de mis cansados huesos, que, hallándonos mediada nuestra ruta a lo largo del Mare Nostrum, nos abordó una nave de piratas berberiscos. Quiso así la fatalidad apartarnos de nuestro objetivo y torcer el rumbo de nuestras vidas, conduciéndonos a la isla de Chipre, donde los piratas, ¡Alá confunda a sus almas corrompidas!, nos vendieron como esclavos. Caprichos de la fatalidad determinaron que yo fuera adquirido por un discreto señor llamado Nicéforo, quien residía en la ínsula de Creta, adonde me condujo para emplearme como mozo de labranza en su hermosa casa: una villa griega restaurada que se alzaba a orillas del mar. Tenía un jardín que descendía en terrazas hasta la playa, plantado de cipreses, mirtos y laureles, árboles sagrados en tiempos de los griegos antiguos. Tengo para mí que aquel señor era mahometano en secreto, descendiente de rebeldes cordobeses desterrados de Al Ándalus en el siglo noveno, reinando el primer Alhakén.

Pues resultó que tenía este hombre una esposa, la más joven de sus cinco damas, que era un portento de hermosura. El dueño de la casa, que me daba el tufo de que debía de andar metido en oscuros negocios, solía ausentarse por largas temporadas, embarcándose en una nave de su propiedad hacia ignotos destinos. Su joven concubina se encariñó conmigo, pues descubrió que era yo hombre instruido, y empezó a elevarme de categoría entre el cuerpo de casa, lo cual ya procuré yo haciéndome valer, hasta acabar convertido en administrador de la finca. Solo entonces advertí que mi joven ama hacía todo aquello movida por el amor inconfeso que habíale yo inspirado sin apercibirme. Como cabía esperar, terminamos amancebados bajo el mismo techo, aprovechándonos de las frecuentes y prolongadas ausencias de su esposo y de momentos de esparcimiento de las otras mujeres de la casa. Gracias a mi relativa libertad, pude así visitar el resto de la isla. A menudo paseaba por el arruinado palacio de Cnosos, entre cuyas rojas columnas soñaba con librarme de mi cautiverio. Un día me introduje en el laberinto del Rey Minos. Me perdí, y temí la aparición del Minotauro. Solo cuando logré salir entendí la alegoría y comprendí la gesta de Teseo. El laberinto simboliza nuestra propia existencia, enrevesada e incomprensible, y el Minotauro representa nuestros temores interiores, nuestros fantasmas y tormentos espirituales. Somos almas perdidas en el laberinto de la existencia, criaturas efímeras y perplejas ante nuestro inevitable destino de mortales. Como Teseo, hemos de hallar cada cual nuestro Hilo de Ariadna que nos ayude a escapar del enredo de la incertidumbre y la nesciencia, para descubrir, allá en lo más hondo de nosotros mismos, la luz, la dicha, el verdadero conocimiento. Excusadme, inmarcesible Derviche de la Torre de los Lotones, por hablaros de asuntos que ya conocéis en vuestra sabiduría, y por exponeros esta filosofía personal que quizá nada os interese.

Proseguiré, pues, con mi historia. Aconteció que, al cabo de tres años de aquella circunstancia de cautiverio y sinsabores, que de todo había en ella, solicité de mi dueña y señora que me ayudara a escapar, a lo cual accedió ella con la única condición de acompañarme. Pareciome ésta una empresa asaz arriesgada, pues, de atraparnos el esposo con su nave en nuestra huida, quién sabe lo que hubiera sido capaz de hacer de mí por robarle a su favorita. ¡Y no digo de ella! Mas aquí los dioses tuvieron a bien responder a mis oraciones, así que logramos escapar de la ínsula en un pequeño y frágil esquife, en compañía de tres marineros sobornados por mi señora. Siendo ella, como era, cristiana, deseó regresar a su isla natal de Sicilia, en cuyas playas fue apresada por piratas a la tierna edad de trece años. Hacia Siracusa pusimos rumbo pues cuando, una noche de luna llena, desatose tal tempestad, que hizo zozobrar en poco tiempo nuestra embarcación. Tal fue la furia de las olas, que partieron la nave en dos mitades. Todos perecieron ahogados salvo yo, que, asido a un tonel vacío, logré flotar sobre las aguas y sobrevivir durante toda la noche, hasta que, inconsciente, sediento y medio muerto, arribé al amanecer a una playa desierta. Allí me hallaron, exánime, unos hombres de raza italiana, por quienes supe que hallábame en el extremo sur de la Península Itálica, región que llaman la Calabria. Quisieron ellos lincharme por ser yo de traza moruna, aunque descendiente de andaluces emigrados a Fez hace muchas generaciones. Aquí vino en mi ayuda mi condición de hombre políglota. Gracias a mi suficiente conocimiento de la lengua italiana, si bien mi dialecto era más toscano que calabrés, pude entenderme con ellos, apaciguar sus ánimos e inducirles a considerar que les sería ventajoso por mis diversos saberes de ciencia. Así, viví entre ellos durante algunos meses, enseñándoles cosas útiles acerca del cultivo de los huertos, la obtención de agua de manantiales subálveos, la preparación culinaria de algunos alimentos especiados, la elaboración de ungüentos medicinales y algún otro conocimiento práctico. A cambio, me recompensaron ellos con algunos maravedíes, gracias a los cuales pude pagarme pasaje en un paquebote con destino a Venecia.

Una vez arribado a la República de Venecia, y por intermediación de un viejo amigo, judío sefardí, entré a ejercer el oficio de administrador de un rico comerciante, padre de una recua de hijos y residente en un bello palacio renacentista vecino a la Accademia, cuyos ventanales góticos caían sobre el Gran Canal. Era cosa digna de verse la cantidad de ricas mercaderías que atesoraba aquel señor De Contini en el piso bajo de su palacio, y no menos dignas de mención las cantidades de doblones de plata y de oro que pasaban por mis manos para su contabilidad, minuciosamente reflejada en grandes libros de teneduría. Otra de mis ocupaciones consistía en responder, por mor de mi dominio de las más peregrinas lenguas, a su profusa correspondencia con clientes y proveedores. Si bien mi señor, aun siendo enormemente acaudalado, se distinguía por su cicatería, me tomó querencia, pues jamás sustraje un cequí de sus caudales, y me pagaba con justicia. Disfrutaba yo de tan provechosa ocupación, y no hubiera albergado la menor intención de abandonar ésta de no ser porque, al cabo de dos años de vida regalada, mi señor el mercachifle, desconfiado y celoso de su gallinero, me pilló infraganti, cierta noche, en los brazos de la menor de sus hijas, llamada Amaranta. No tendría la niña más allá de dieciséis años cumplidos, pero anda y que no era coqueta ni fogosa. ¡Insaciable la chiquilla! En cosa de dos minutos me vi forzado a saltar por una ventana a fin de poner pies en polvorosa, con las primeras luces del alba, jugándome el físico sobre los resbaladizos y empinados tejados venecianos. A punto estuve de romperme la crisma más de una vez, o de terminar chapoteando en las pútridas aguas de algún canal. Ya de mañana, y en lugar de huir de la bella ciudad lacustre, cometí el imperdonable error de permanecer en ella, y aun de ir a ofrecer mis servicios como laudista a una modesta orquesta y coral, dirigida por un piadoso pater, que interpretaba tanto música religiosa como laica en la modesta iglesia de Sant Alvise, allá por el sestiere de Cannaregio. No era éste, que se diga, un barrio frecuentado por los grandes señores y mercaderes de la República, con lo que creíme a salvo de mi antiguo señor De Contini. Recuerdo que aquel otoño ensayamos e interpretamos, con bastante éxito de público, variaciones sobre La Folía de la España. Mas no conté yo con la larga mano de los poderosos de aquella República suspicaz, conque una mañana de domingo, en plena misa dominical y hallándome en ejercicio de mis modestas artes musicales, vime arrestado y conducido, oprobiosamente maniatado además, hasta el mismísimo Palacio Ducal. En breve, y para no cansar vuestros oídos, Eminencia, fui condenado por conducta impropia. Un año entero pasé confinado en los bochornosos calabozos de I Piombi, bajo los mismos techos del gran palacio de los dogos, cuya hospitalidad solo logré abandonar gracias a la oportuna intervención de mi amigo el sefardí, quien logró, tras muchos dimes y diretes, que se me conmutara la pena de prisión por la de destierro perpetuo de la Serenísima República.

Una mañana de otoño, difuminados los canales por una espesa y fría niebla opalina, contristado abandoné aquella ciudad bella y melancólica. Aún pesaba en mi ánimo el cariño por la niña Amaranta, a quien no había logrado olvidar a pesar de mis torturas y reconcomios en mi ardiente prisión. Provisto de un pequeño caudal, tomado en préstamo de mi amigo judío, encaminé mis pasos, resuelto el ánimo, hacia la Ciudad Santa, urbe de las Siete Colinas y capital del Papa Rey. Iba provisto de una carta de presentación, escrita de mano de mi amigo hebreo, a fin de optar a la plaza vacante de bibliotecario en el palacio de Monseñor el cardenal Tramontini, hombre erudito, epicúreo y devorador de libros tanto religiosos como profanos. Poseía el santo varón una fabulosa biblioteca de dos pisos, rigurosamente inventariada, que contaba no menos de nueve mil volúmenes redactados en diversas lenguas. Versaban éstos sobre ciencias varias, teología, filosofía, arte, poesía y, perdóneseme por mencionarlo, había también una discreta estantería dedicada toda ella a literatura indecorosa. Como inclinado que soy al estudio, no podía hallar mayor dicha que aquélla de verme rodeado, en riguroso silencio, de opúsculos científicos, códices árabes antiquísimos, entre otros el Algebra de Al Juarismí, pergaminos hebreos, legajos viejos, monografías, opúsculos científicos, colecciones de grabados y xilografías, mamotretos de cantos mozárabe y gregoriano, iluminados con polícromas estampas y sostenidos por dorados facistoles, a más de ciertas obritas indecentes, repletas de ilustraciones que representaban a hombres y mujeres haciendo el amor de maneras que yo ni siquiera hubiera imaginado que existieran. Más parecían ejercicios acrobáticos que actitudes amorosas.

No es, pues, de extrañar que pasara yo las horas sumido en la lectura con el mayor de los placeres, y dedicado a inventariar, en buena caligrafía y en tinta color violeta, las nuevas adquisiciones secretas de Monseñor. Contaba con el auxilio de un escribiente mozuelo. Me alojaba yo en los altos de la residencia, dicho sea de paso, y vivía como un cura, bien dormido y mejor alimentado, si bien no alcanzaban a nuestras cocinas las excelentes vituallas, los mejores caldos del país y otras exquisiteces que colmaban la mesa del santo varón, hombre de pico fino, como suele decirse. En tan buen acomodo andaba uno cuando quiso mi mala pata que, una noche de ardores estivales en pleno ferragosto, hallándome solo y sumido en mi silente trabajo, irrumpiera en la biblioteca el santo prelado hecho un basilisco, a eso de la hora de Vísperas, para acusarme acto seguido, con sobrada cólera y expresiones impropias de su condición, del robo de varios originales escritos de puño y letra de Petrarca y del mismísimo Dante, a más de inapreciables manuscritos de Tito Livio, Catón el Viejo, Cipriano de Cartago y Agustín de Hipona. Según di en saber demasiado tarde, el infame cleptómano no fue otro que mi ayudante, aquel imberbe trastiberino de dudosa catadura. Tuve la fortuna, en medio de todo, de fugarme a tiempo de las garras del anciano prelado cuando ya resonaban en la escalinata los pasos de la guardia vaticana que venía a prenderme. Solo, acobardado y desamparado en las malolientes callejas de la Ciudad Santa, mi único consuelo fue el haber podido al menos salvar, cosido a mis refajos, un bolsillo repleto con un puñado de escudos de plata merecidamente ganados por mis desvelos como archivero.

Para no cansaros, eximio Señor, os resumiré que, tras algún que otro lance, acabé instalado en la muy hermosa ciudad de Alepo, donde, haciéndome pasar por judío francón, abrí, mediante crédito obtenido merced a garantías ficticias, supuestamente otorgadas por la Serenísima República de Venecia, y en realidad confeccionadas por mí mismo, un negocio de telas, alcatifas y brocados. Arruinado al cabo de un año, fui a continuación, por avatares del caprichoso azar, mercader de alfombras en el desierto de Libia, donde contemplé un día la Fata Morgana de Heródoto; bibliotecario en Alejandría, donde traduje al árabe la Tabla Esmeraldina de Hermes Trismegisto; escribiente en El Cairo, donde tuve el alto honor de contribuir a la redacción de un nuevo cuento para ese libro de origen indio y persa titulado Las mil noches y una noche; alfaquí en la santa ciudad de Medina; tratante de blancas en Etiopía, ¡Dios me perdone!; mercader de esclavos negros en el Sudán, ¡merezca mi alma por ello ciento y un latigazos en el infierno!; comerciante de especias en la Arabia Feliz, donde hasta el aire huele a perfume de azándar, almizcle, áloe y benjuí; cantor en el «país donde vuela la arena», también llamado Reino de Saba, donde dicen que un rey chino muy antiguo vino de visita hace incontables siglos, y tan bien tratado fue por su sabia Reina Balkis, que olvidó regresar a su patria. En fin, para qué contaros, Excelencia, mi biografía prosiguió en una errancia constante. ¡Eterno desterrado! Fugitivo de mí mismo. Fato profugus, en palabras del inspirado Virgilio.

En uno de aquellos bandazos del hado, hallándome dispuesto a probar suerte en la Reina de las ciudades, Constantinópolis, capital del Imperio Romano de Oriente, también conocido como Bizancio, mis estupefactos ojos contemplaron el cráneo de San Juan Bautista y un pelo de la barba del Profeta. Trabajé allí largo tiempo como platero, me gané buena reputación y tuve el alto honor de elaborar una alhaja para la mismísima Emperatriz bizantina Helena Cantacucena, esposa del Basileo Porfirogeneta. Más tarde, en Esmirna, predije el fin del universo. En el cabo Espartel, en el extremo occidental de la Berbería, allí donde naufraga el sol en la mar océana, dormí en la gruta de Hércules y soñé que era un semidios. En la laberíntica Ciudad Roja de Marrakuch ejercí durante varios años la astrología a beneficio del Pachá de dicha centenaria y tortuosa medina, hombre soberbio y taciturno que residía en un bello palacio de estilo andaluz, hundido entre un dédalo de callejas allá por el barrio de la Alcazaba, contiguo a Dar el Majzén, el palacio real de los almohades. De ahí que me ganara yo el apodo de Aísa el Kasbaui, o sea, Jesús el de la Alcazaba. Los pabellones del caserón se abrían a frondosos patios y jardines donde canturreaban fuentes de mármol, trinaban gorriones y trompeteaban pavos reales.

Al otro extremo del mundo, en el cabo Comorín, al sur de la Península Indostánica, contemplé la huella de un dios. En las costas de Coromandel creí haber hallado una vez, de la mano de un exaltado yogui medio en cueros, el secreto de la vida eterna. En el Himalaya contemplé la humidad en los ojos de una vaca sagrada, lo que me condujo a una inenarrable exaltación mística que duró siete días y siete noches. En Bombay fui testigo de la destreza de un asombroso mago que gastaba barbas y túnica anaranjada, al estilo de los santones, quien, con malas artes y en un abrir y cerrar de ojos, despojó mi bolsillo de cuantas rupias quedaban en él atesoradas mediante no pocos sudores y afanes. En Damasco paladeé, no lejos de la mezquita Aljama de los Benu Omeya, el dolor y la miseria en la expresión contristada de un niño tullido y jorobado. Tanta desazón me procuró, que le entregué en el acto cuantas piastras había juntado ejerciendo de astrólogo para los viandantes. ¡Ay, augusto Jenízaro del Monasterio de Camorritos, cuánta humana miseria colma este mundo! Mas ¿sabéis qué? ¡Todos ellos eran inmortales!, porque ninguno de ellos, tan atento a los pormenores de sus desdichadas existencias, se molestaba en contar el paso de los años.

A día de hoy, Gran Señor, domino no menos de quince lenguas vivas y otras tantas muertas, lo que me ha permitido comunicarme tanto con los vivos, a fin de resolver las incidencias y los menesteres cotidianos, como con los finados que escribieron antaño libros asombrosos y eruditos para mayor ilustración de los mortales.

Monseñor Abad y muy exaltado Gerifalte, heme al fin dispuesto a confesaros mis postreras conclusiones tras tantas desdichas y exaltaciones de ánimo. A mi avanzada edad, debo admitir que confundo mis propias reflexiones con las de tantos sabios a quienes escuché o estudié a lo largo de mi dilatada y extravagante vida. Sí, a mi edad provecta reconozco y declaro aquí por escrito, con mano trémula, que todos los dioses que conozco no son más que nombres para designar y amparar el temor de los hombres: a la desdicha, al desamor, a la estrechez, a los reveses del destino, a la enfermedad y la decrepitud, a la aniquilación final de la inteligencia. En las inmarcesibles alturas de Uttarkashi, donde el Ganges se despeña entre rocas y plantas de cannabis, un anciano sadhu o ermitaño me enseñó que eso que denominamos el Creador es la hierba, el canto rodado del río, la nube viajera, el aleteo de una libélula, el trino de un jilguero… El universo entero, excéntrico Prior de la Pagoda de Siete Picos, es una falacia, tal cual me lo confesó aquel sabio desharrapado. Vivimos inmersos en una mentira universal, un sueño, una alucinación, una gigantesca quimera.

Nuestro propio ego, tan ubicuo, es un embuste más dentro de este Gran Teatro del Mundo. Prueba de ello es que me he arrancado siete máscaras, y aún no he descubierto mi verdadero rostro.

Puedo hoy afirmar que soy dichoso porque he llorado hasta empaparme las barbas.

Y al fin me resuelvo, arrojado a vuestros pies con absoluto acatamiento, a revelaros mi secreto, Gran Visir, mi impalpable tesoro perseguido durante tantos años de correrías, oficios y pesquisas: ¡La inmortalidad yace en el presente! El dolor del hombre procede de su memoria, así como de su obsesiva proyección hacia el porvenir. La primera conduce a la tortura de la nostalgia: el tiempo perdido e irrecuperable. La segunda nos impulsa a la zozobra del deseo insatisfecho y al brete del devenir: ¡Ay! ¿Qué será de mí? Rey fue Almutamid de Sevilla, aquel Sultán con ínfulas de poeta, e indigente y encadenado se halló en su ancianidad en la villa de Aghmat, a los pies del Alto Atlas. Tal es un ejemplo, tomado al azar, de la terrible inconstancia de las cosas humanas. De ahí nuestro terror pánico al porvenir, que amarga nuestras bonanzas presentes.

Sí, Santidad, soy feliz cuando no recuerdo y cuando no imagino. El sosiego extremo, de acuerdo a un monje budista a cuyos pies estudié un tiempo en un monasterio del lejano Tíbet, consiste en permanecer atento mientras se ata uno el zapato, o mientras sorbe su sopa o se suena la nariz. ¡Ahora!

Celebérrimo Sátrapa de la Basílica Camorritensis, hoy que heme de nuevo hospedado y acogido con sobrada benevolencia en vuestra estancia, quiero comunicaros algunas de mis más recientes mudanzas de ánimo experimentadas en mi nueva residencia de la Ínsula Majórica. Es así que, en los últimos tiempos, he redactado una Enciclopedia sobre Saberes Inútiles. Sabed pues, estimado colega, que el nudo de mi tesis doctoral, resumen y compendio tras décadas de estudio y de búsqueda espiritual, consiste en que no hay en este mundo nada más útil que todo aquello que a menudo consideramos como inservible, y que antes se benefician las gentes de lo aparentemente inútil, que de todo aquello otro que comúnmente se acepta por provechoso. No es menester que os avise que incluyo en mi Enciclopedia de Ciencias Inservibles a todas aquéllas que regalan nuestras almas de hermosura, véanse las Bellas Artes, la ciencia musical, incluida la destreza para tañer bandurriones y rascar zanfoñas, rabeles y otros instrumentos de cuerda frotada, así como para aporrear timbales, sonajas y atabales; el arte de narrar ficciones e incidencias apócrifas, sin echar de menos las artes escénicas, que incluyen las raras habilidades para el discurso, la gesticulación y la tramoya; asimismo, los talentos para la danza, la poesía, la escultura, y, por último, la excelsa sapiencia para elevar asombrosas arquitecturas de acuerdo a las oportunas indicaciones del preclaro Vitrubio. Artes, algunas de éstas, por desgracia ilícitas a ojos de las tres religiones monoteístas. El Señor de los cielos confunda a los ignorantes, mojigatos, mentecatos y malvados de corazón que gobiernan este abyecto mundo.

¡Lejos de mí pretender instruiros, Ilustrísima! Vos que sois componedor de sinfonías y cuartetos, versado en músicas antiguas, tañedor de violones y archilaúdes, lector de los clásicos y, por encima de todo, amante contumaz. Sí, insigne Señoría, mi deducción, tras una larga vida plena de accidentes y de correrías por este vasto mundo, es ésta tan simple: entreguémonos sin reparo a todo aquello de más excelso que ha producido esta criatura pensante y atormentada que es el ser humano. Pues ¿qué pobre alma desdichada no se ha exaltado, llorado, reído y enardecido mediante la música, la lectura, la pintura, el verso, la danza o el teatro? Alabemos a las Artes, pues, como la más sublime creación debida a esta imperfecta e impura criatura de dos patas. Porque serán falacias, Señoría, no lo pongo en duda, mas todas ellas nos colman el alma de gozo y, sumidos en un rapto de exaltación, nos inducen a vivir en el instante presente. Ya expusimos con anterioridad que solo en éste yace el secreto de la verdadera dicha: el olvido de nuestra rastrera e imperfecta condición junto a todo pasado y porvenir. Existamos por siempre, Excelente Prior, en el presente del Arte Universal.

Así sea.

 

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Manuscrito hallado en la plaza de Camorritos, sita en la Sierra de Guadarrama, hacia el año 1988.

 


 

Jesús Greus

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


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Ilustración artículo: Detalle de una columna del Claustro de Santa Juliana, Pedro M. Martínez Corada [www.martinezcorada.es], CC BY-SA 3.0 ES, vía Wikimedia Commons

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 114 · enero-febrero de 2021

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