relato por
Víctor Parra Avellaneda
L
a Dra. Anastasia de Esturión y el becario Salamandrae —una eminente salamandra hecha de vitrales, con un gran léxico y una predilección por la luz naranja de los atardeceres de junio— eran dos historiadores que recorrían los verdes prados de la campiña de la provincia de Valles Melosos, en el País de los Tiliches, con el fin de encontrar una historia interesante para poder escribir en su libro Historia del País de los Tiliches y otros sucesos, en el cual plasmarían los acontecimientos más trascendentales de tal región.
En su camino por estas fértiles tierras conocieron algunas vacas lecheras, quienes harto discutían sobre las propiedades de la inmunoglobulina A de la leche y otros asuntos bovinos que los dos historiadores no comprendieron; también pasaron por un restaurante donde la especialidad era una cerveza hecha de levaduras fluorescentes que, al ser ingeridas por los sedientos clientes, les otorgaba un intenso brillo verde que aprovechaban para convertirse en discotecas vivientes durante las intensas noches de baile donde los comensales siempre preferían el Mambo número 8 de Pérez Prado; y también conocieron a un exasperante reloj parlanchín que no paraba de argumentar que el día debía tener sesenta horas y no veinticuatro.
—¡Dios santo! —exclamaba el reloj—. ¡Hay sesenta segundos en un minuto, y sesenta minutos en una hora, pero no hay sesenta horas en un día! ¡Qué barbaridad! — añadió.
Escuchando este razonamiento bastante lógico, la Dra. Anastasia de Esturión y el becario Salamandrae, intrigados, pensaron sobre las innumerables razones lógicas que podrían explicar el tan intrigante fenómeno descrito por el reloj.
—¡Aquí pasa algo malo, se los digo yo!, ¡treinta y seis horas es lo que falta del día! ¡Antes los días duraban más!, si miran atentamente los fósiles de los antiguos dinosaurios, encontrarán que en su gran tamaño se deduce que todo era más grande antes. ¡Cosas tan enormes como estos monstruos debieron vivir en un mundo enorme, con árboles y océanos enormes y también con días enormes!
La Dra. Anastasia de Esturión y el becario Salamandrae, impresionados por tal revelación y reflexiones harto filosóficas y científicas, encontraron que, en efecto, antes las cosas en la Tierra eran enormes y luego ya no.
—Como personas de ciencia, siempre nos guiamos por la lógica y la razón. Lo que nos ha comentado, estimado señor Reloj es, sin duda alguna, algo bastante lógico —dijo la Dra. Anastasia, tras un momento de profunda reflexión.
—Mmmmmm, me parece que alguien se robó las treinta y seis horas que faltan del día… —concluyó el becario Salamandrae, dando brincotones en diferentes direcciones, dominado por una emoción indescriptible ante las inigualables conjeturas del reloj. Su figura de vitrales se transformaba al pasar la luz de la tarde, otorgándole un aspecto caleidoscópico que delataba la gran emoción en su alma salamándrica.
—¡Dra. Anastasia de Esturión, esta puede ser una gran historia para escribir en nuestro libro!
—¡Tienes razón! —exclamó ella —. La única forma de resolver este misterio es viajando al pasado, a la era de los dinosaurios y observar qué ocurrió con las horas ausentes—concluyó la Dra. Anastasia.
—Interesante, interesante… —dijo el becario Salamandrae—. Pero, ¿cómo vamos a hacer eso? ¿Es posible viajar en el tiempo? ¿Usaremos taquiones para ir contra la flecha temporal que domina todos los fenómenos conocidos y desconocidos de la Naturaleza?
Tras unos minutos que parecieron interminables, a la Dra. Anastasia de Esturión, se le ocurrió tomar un marcador de tinta permanente y colocar signos negativos en los números del reloj parlanchín.
—¿Se puede saber qué está haciendo? —le gritó el reloj, quien no le gustaba que se acercaran a él por ningún motivo y se mostraba aprensivo al plumón y los signos dibujados sobre él, ¿Cómo se atrevían a profanar su inmaculada cara que mostraba los prodigios del tiempo, las horas, los minutos y los segundos?
—Lo que estoy haciendo es poner signos negativos en cada uno de los números, para que el tiempo que marquen las manecillas del reloj sea tiempo negativo. Así podremos viajar al pasado —respondió la Dra. Anastasia de Esturión, demostrando que con este simple procedimiento era posible viajar al pasado.
El becario Salamandrae y el reloj quedaron admirados por las disertaciones de la Dra. Anastasia y contemplaron cómo el tiempo se comportaba a la inversa en ese preciso instante en que las manecillas fueron recorriendo los números con los signos negativos.
Al paso de muchas pero muchas horas el paisaje cambió y la Dra. Anastasia, el becario Salamandrae y el reloj parlanchín pudieron ver unos dinosaurios en la lejanía.
—¡Bien, estamos en el pasado! —exclamó la Dra. Anastasia, saltando emocionada, pues ella gustaba de saltar cuando las cosas salían bien.
Los tres fueron inmediatamente adonde se encontraban los dinosaurios, pero se llevaron una gran sorpresa cuando vieron que estos seres prehistóricos estaban muy tristes. Al preguntar por qué estaban tan desanimados, uno de los dinosaurios dijo que faltaba mucho tiempo para su cumpleaños y por lo tanto debería esperar mucho.
—El día tiene sesenta horas —dijo uno de los dinosaurios con evidente tristeza—. Si fuera más corto esperaría menos para celebrar mi cumpleaños y sería muy feliz —agregó, sollozando.
Fue en ese momento que, al otro dinosaurio, el que estaba triste, se le ocurrió una idea para animar a su amigo.
—Podríamos acortar la duración del día si todos los dinosaurios aceleramos la rotación terrestre —sugirió.
Al dinosaurio que estaba triste le gustó mucho la idea e invitó a todos sus amigos y a los amigos de sus amigos y a los amigos de los amigos de los amigos, a correr muy rápido para acelerar el movimiento del planeta.
La Dra. Anastasia, el becario Salamandrae y el reloj parlanchín fueron testigos de este hecho que cambiaría la historia para siempre. Como había muchos dinosaurios en el mundo que querían esperar menos para festejar sus cumpleaños y, además, los dinosaurios eran muy grandes y pesados, cuando corrieron muy rápido lograron acelerar la Tierra y así el día acortó su duración y los dinosaurios y todas las formas de vida sobre el planeta pudieron celebrar sus cumpleaños sin esperar tanto.

Víctor Parra Avellaneda. (Nayarit, México 1998). Biólogo y escritor mexicano. Ha publicado en revistas como Axxón, Anapoyesis, Cósmica Calavera, Almiar, Penumbria, Marabunta, Espejo Humeante, Letralia, Poetómanos, Pirocromo (UAA), La Colmena (UAEM), Sci:fdI (UCM), Zur (UFRO), The Temz Review, Piker Press, Spelk, The Pink Hydra, Spillwords e Historias Extraordinarias, entre otras. Autor del libro Más allá del horizonte (Ediciones del Olvido, 2022). Miembro de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCIFF), de la International Association of Science Fiction and Fantasy Authors (IASFA) y del Gran Colisionador de Textos Especulativos. Premio Nacional de Literatura Fantástica de la Universidad de Sonora 2024 por la novela de ciencia ficción Cuando las nubes salen a cazar.
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Ilustraciones: Imagen generada por el autor mediante Stable Difussion, vía Bing.
Revista Almiar (Margen Cero™) · 👨💻 PmmC · n.º 138 · enero-febrero de 2025
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