relato por
Víctor Parra Avellaneda

¡Cuántos valerosos hombres,
cuántas hermosas mujeres, cuántos
jóvenes gallardos a quienes
no otros que Galeno, Hipócrates
o Esculapio hubiesen juzgado
sanísimos, desayunaron con sus
parientes, compañeros y amigos,
y llegada la tarde cenaron con
sus antepasados en el otro mundo!

Giovanni Boccaccio  (Decamerón)

 

Cayeron las primeras gotas.

A diferencia de la lluvia normal, esta precipitación sonaba a metal. Pensaba que esto solo ocurría en Jalisco, Michoacán o Guanajuato, de donde se contaban historias de la lluvia de fuego y los espectros de metal que la acompañan para después convertir la tierra en un desierto. Por supuesto, estos no eran los primeros autómatas de los que tenía noticia. En mis años de juventud, cuando todavía vivía en la costa de Nayarit, en Aticama vi a unos pescadores haciendo un escándalo tras volver de una intensa jornada en el mar. Pensé que capturaron a algún tiburón martillo, común en esas zonas, así que me acerqué junto a más curiosos de mi pueblo y vi, entre las redes, a unos peces con la mitad del cuerpo convertida en un esqueleto de óxido negro, donde sobresalían las marcas de las tuercas, de los mecanismos y de los intricados artefactos como de relojería. Nadie quiso comer esas cosas y las devolvieron a las aguas. El episodio se repitió durante las siguientes semanas y en las orillas de la playa fueron apareciendo más peces de metal. No duraban mucho tiempo. Se movían, aleteando en la tierra, y tras algunos días se deshacían por completo. Cuando me fui a Tepic supe que en algunos lagos, como el de Chapala, los peces tuvieron el mismo destino. Desaparecieron y en su lugar ocurrió la aparición de sus copias autómatas efímeras. Así fue con otras especies de animales en vías de extinción. Aunque lo preocupante fue cuando aparecieron autómatas en forma de personas y, contrario a los casos anteriores, estos autómatas lograron encontrar la forma de sobrevivir en el tiempo, gracias al oro azul.

Ahora, sin poder creerlo, ese oro azul llegó, imparable, a Nayarit.

Entre el ruido de la lluvia pesada, me desplacé entre las mesas, las sillas y cualquier cosa. El ruido, cada vez más fuerte, retumbaba en mis manos temblorosas a cada golpe.

La tormenta se hizo más intensa y a lo lejos podía escucharse un repiqueteo similar al sonido de muchos tambores.

Esos…, esos son los espectros…, pensé, aterrado.

Mi casa se cimbró. Los muebles, los cuadros y el piso convulsionaron y experimenté un mareo que me hacía precipitarme al piso de donde me aferraba con dificultad.

Ahí vi la luz de los relámpagos y, tras este fulgor, la explosión en el aire se transformó en absoluto silencio.

Luego, una fuerte punzada y un pitido agudo penetrando al interior de mi cráneo, hasta cada uno de mis dientes.

Con mis manos palpé rápidamente mis orejas y tras chasquear los dedos y aplaudir no escuché nada.

Cayó otro relámpago, mucho más cerca, y a lo lejos apareció una figura humana acercándose.

Dolorido, me levanté temblando del suelo, me escabullí de la mesa y vi los cristales de las ventanas convertidos en esquirlas tras el impacto. Toda la sala estaba cubierta de copos de vidrio que a la luz resplandecían y multiplicaban los fuegos del cielo. Sentí tirones por todo mi cuerpo y el calor de la sangre cubría mis brazos y mis mejillas.

Otro relámpago, ahora más lejos, iluminaba las nubes y la lluvia viciada. Al caer incendió la atmósfera en una breve pero poderosa explosión. Las gotas se convirtieron en hogueras y el fuego se extendió imparable.

Sonidos de pasos profundos y otra silueta humana tras la luz del fuego, inmune a las llamas.

Eso no era una persona.

¡Reacciona, cuerpo! ¡Reacciona!, pensé.

Salí dolorido hacia la calle viendo cómo mi casa la consumía el fuego.

Afuera, las llamas y un denso humo lo cubrían todo y apareció, como un golpe inesperado, el hedor pestilente del alcohol del oro azul.

El aroma entró por mi nariz y sentí que me quemaba por dentro.

—¡Aaaaaahhhhhh! —grité cuando llegó el olor del alcohol y lo respiré, como una lija, y sentí las gotas de esa sustancia impregnarse en mi piel, penetrando las heridas abiertas, atravesando la carne cortada.

Otra vez los sonidos de los golpes de metal aproximándose.

Vi volar aves y murciélagos, entre alaridos, chocando con las casas incendiadas, convirtiéndose en pequeños cometas incinerados, hasta colisionar inertes sobre el suelo. Después, saliendo de entre las cenizas, aparecieron pequeños autómatas en la forma de estos animales, chisporroteando aceite negro por las uniones de las patas, alas, colas y cabezas metálicas, hasta que tras unos minutos su movimiento se detuvo y quedó de estas entidades, imitadoras de los animales muertos por el fuego, una colección grotesca de animales de metal inmóviles, con sus partes descomponiéndose por el aire.

Me acerqué a uno de los animales autómatas, un pájaro de latón, dando su último aliento de humo. Se le fueron cayendo las plumas hechas de tapas de metal hasta dejar descubierto todo el esqueleto de alambres y tuercas oxidadas. Cerca de este espécimen quedaron los demás animales imitadores entre las capas grises.

Vomité ante el paisaje.

Después, tras otras flamas enormes, aparecieron tlacuaches, serpientes, gatos, perros y toda clase de animales arrastrándose entre alaridos de dolor, incendiados, carbonizados y agonizantes, hasta ser devorados por la inmensidad del humo que escondía cinco siluetas oscuras con brazos, piernas y cabezas, cada vez más grandes. Tras esta procesión de lamentos y gritos, surgieron del fuego sus copias de metal. Se arrastraron lentamente, con pasos torpes. La escena del pájaro de metal se repitió aquí. Tlacuaches, perros y gatos resplandecientes, con pelos de alambre, ojos de vidrio, dientes hechos de pepitas de metal, garras de cuchillos y piel de latón, cobre e hierro, corrieron, emitiendo ruidos no propios de los animales a los que su forma imita. Los alaridos fueron más bien semblanza de pitidos de máquinas de vapor, chirridos de metal contra metal, resquebrajamiento de silbatos, bocinas y engranajes.

Vi a esos animales falsos caminar unos cuantos metros, con el fuego atrás, como anunciando su presencia, hasta que los cuerpos perdieron su desplazamiento y cayeron los cuerpos metálicos al suelo. Cada parte de la cabeza, brazos, cola y dorso se fue cayendo hasta ser irreconocibles.

La escena se repitió en los demás sitios donde los animales huían del incendio. A su muerte, surgió el desfile macabro de sus copias metálicas, como fantasmas efímeros.

Corrí lo más rápido que pude a través de calles y vecindarios, huyendo de las siluetas oscuras y de sus pasos de metal, hasta que, agotado, pude ver el disco difuso del sol asomándose. Ya era de día y los cuerpos de personas y animales humeantes lo cubrían todo.

La ceniza y el tizne caían en silencio, mientras los cadáveres eran sepultados por partículas grises y negras, hasta ser indistinguibles de la niebla y el hollín pestilente.

Gris y fantasmal.

Yo mismo me vi cubierto de ceniza y de ese olor nauseabundo a alcohol.

Entonces pude distinguir sobre las nuevas capas de ceniza, donde antes hubieran estado los cuerpos, a los retoños de agave. Las plantas relucían con sus hojas alargadas, las púas características y su forma estrellada.

Retoños espinosos, inmunes al fuego, resaltando por su intenso celeste.

¿Quién las plantó tan rápido?, pensé.

Me disponía a tocar uno de los agaves cuando escuché un ruido metálico muy fuerte que sacudió todo mi cuerpo.

Al voltear pude ver a una de las figuras humanas de las que huía. Era un autómata, con ojos incendiados en un fuego que ardía dentro de su cuerpo. Tras cada uno de sus bruscos movimientos de su constitución metálica salían humaredas de alcohol evaporado.

Se fue acercando a mí. A cada pisada se formaba un gran hueco en la tierra y sus ojos incendiados. Aparecieron más robots, la multitud que se ocultaba hace horas, y uno de ellos me dio un balde para que lo llenara de agua.

Me alejé del agave y me vi rodeado de los autómatas.

Uno de ellos me sostuvo con sus tenazas, me examinó en silencio y sentí el calor de sus ojos sobre mi piel. Me sostuvo ahí, durante algunos minutos, hasta que me soltó y me dio un balde vacío y señaló a la planta.

Recordé las historias de Michoacán sobre cómo estas cosas les daban baldes a la gente para regar a los agaves y cómo estas personas se rebelaron. Sabía que, tras estos intentos de liberarse, fueron desapareciendo, y después surgieron cultivos de esa planta, devorando la ciudad donde se hizo la rebelión hasta sepultarla.

Durante mis labores me dirigí al río Mololoa y me encontré con más personas como yo, sobrevivientes del incendio. Todos cargábamos pesados baldes para llenar con agua y dirigirnos a las plantas. La atmósfera, llena de alcohol volatilizado, irritaba nuestra piel, y las cenizas al impregnarse en los cabellos ardían con la luz del sol como cirios. Al respirar sentía náuseas y una gran opresión sobre mi piel, reseca y llena de alcohol condensado.

Al ver el paisaje, respirando ese aire viciado, a las náuseas se sumaron oleadas de vértigo. En cada paso tenía la sensación de estar flotando y de que mi cabeza estaría a punto de explotar como un globo. Aun así, todas mis fuerzas se concentraron en enfocarme en tomar el agua del río Mololoa y no fueron raras las veces en que casi caigo en el cauce, debido a los mareos.

Quizás este pudo haber sido un buen destino, ahogándome en las aguas.

En todo ese tiempo no hablé mucho con los supervivientes del incendio, mis actividades se limitaban a ir por el agua y regar las plantas, hasta que un día una señora me vio tambaleándome por las náuseas provocadas por respirar el aire. El vértigo pudo más y caí en el suelo, tirando el balde. La mujer se acercó y me ayudó a levantarme. Metió sus manos en el agua de su balde y las acercó a mi boca, pero viendo lo que estaba a punto de hacer, lo impedí, dando un manotazo. El agua de sus manos se tiró y ella me vio con extrañeza.

—¡No, no! ¡No lo haga! —le dije, reincorporándome de pie y agarrando mi balde.

La señora empezó a hablarme pero yo no le dije nada. Supe que perdió a su esposo en la conflagración. Sus ojos miraban siempre a la nada, sus arrugas parecían cicatrices y su piel estaba descamada. Murmuró entonces la idea de escapar, de salir del dominio de los autómatas.

—¿Cómo? —le pregunté, mientras cargaba los baldes de agua del río.

—Estas cosas son fantasmas. De los que cuentan las historias. Tú has visto a los animales morir y después ver cómo surgen sus copias de metal, ¿no? —me preguntó, susurrando.

Yo asentí, recordando las apariciones de tlacuaches, gatos, perros y pájaros de metal desarmándose entre el humo y la ceniza.

—¿Fantasmas? ¿De qué habla? —le contesté—. Sé que mucha gente cree que lo son. Espectros, maldiciones, lo que sea. Nadie sabe de donde vienen y porqué.

Entonces la mujer se rió. Sentí que su risa era por mi afirmación en donde yo procuraba negar el misticismo o la atmósfera sobrenatural de los autómatas.

—Cuando una cosa viva se muere aparece una copia autómata que dura muy poco. Usted ya lo vio aquí. Y yo lo vi en ríos y lagos. Cuando se murieron los peces en Chapala y en el río Santiago, pues eso lo vi en las noticias, hace mucho tiempo, hubo gente que vio peces de metal. Duraron poco tiempo, fugaces, pero lo suficiente para marcar a las personas.

Me temblaron las piernas al recordar mi infancia en Aticama y sobre todo mi encuentro con los peces metálicos que los pescadores lanzaron al mar tras descomponerse.

—Son fantasmas, ¡fantasmas, te lo digo —susurró raspando su voz, acercándose a mí y mirándome con seriedad.

Los ojos de la mujer estaban irritados, rojos por el polvo y lagrimeaban como si sobre estos existiera vidrio.

—Pero estas cosas en forma de gente duran más que todos esos fantasmas mecánicos de los que te hablo. Duran mucho tiempo, días, meses, años. Lo que los hace inmortales es el agave, no hay que regar las plantas y ya. Sin eso no tienen con qué funcionar. —dijo ella, mientras colocaba su balde con agua y bebía de este.

—¿Y usted cómo sabe todo eso? —le pregunté, con ganas de vomitar.

—Pos, ¿qué no estás viendo? —contestó ella—. ¿Por qué nos obligarían a cuidar a sus plantas si no? Además, ¿no has escuchado lo que se dice de Michoacán, de Jalisco?

Me empezó a doler la cabeza y las palabras de la señora me irritaron. Cerré los ojos con fuerza y la mujer siguió hablando y hablando.

—Se dicen muchas cosas de allá —le contesté, con náuseas—. Los agaves que aparecen de la nada, como por obra de brujería, sin que nadie se dé cuenta hasta que los ve todos crecidos, y luego los fantasmas o demonios, o lo que cada gente le quiera llamar como se le dé el gusto. Fantasmas, espectros, espíritus metálicos.

La mujer me miró seria, y continuó:

—Pues no andas muy mal informado —dijo—. Son demonios, sin duda. No hace falta ser un genio para averiguarlo. Mira cómo arde el fuego en sus ojos, cómo sale el hollín de sus extremidades. Por eso son demonios. Viven del fuego y de todo lo que puede generarlo, dime, ¿qué se puede hacer con el agave?

No quise responder. Las palabras de la mujer eran demasiadas. Mi cabeza me dolía más y más, y tuve la desesperada corazonada de que iba a vomitar todos mis órganos.

—¡Alcohol! —dijo ella, no importándole no haberle respondido a su pregunta—. El alcohol da fuego. Estas cosas viven del fuego. Malditas chatarras andantes. Ya han existido antes, sin duda.

—¿Qué?

—¡Qué pues!, ¿tú naciste ayer o qué cosa?

No dije nada ante la insistencia de la mujer.

—Piensa un momento sobre la vida en el planeta. Ha habido momentos donde las especies desaparecieron.

—Sí… las extinciones.

—Ah, pues eso —contestó la mujer—. Estamos en una extinción y entre nosotros se han aparecido los demonios de metal. Durante el pasado también lo hicieron. Esto no es nuevo.

Respiré muy rápido y sentí que la piel se me helaba. Las rodillas me temblaron con más fuerza y me tomé de los cabellos sin poder creer lo que mi memoria estaba desenterrando.

Mientras tanto, la mujer me examinó en mi trance.

—Los demonios han extinto siempre, ¿lo ves? Cuando murieron se juntaron los continentes, el fuego cubrió todo el mundo y la Tierra estuvo dominada por máquinas con forma de criaturas hoy desaparecidas, ¿que cómo lo sé? Mi hijo, el que murió en el incendio, leía mucho sobre esas cosas. Le gustaban los dinosaurios y no paraba de hablar. Que la Pangea, que los trozos de metal encontrados en los estrados de Sonora y en Argentina. Ahora, cuando el calor en el mundo es más fuerte, es cuando más vemos a figuras humanas metálicas. Y ni se diga en nuestro México… Cómo quisiera destruirlas.

—Usted…usted sabe mucho sobre el pasado, ¿fue historiadora?

—Mi esposo fue arqueólogo y durante los últimos veinte años me contó muchas cosas. Cómo fueron hallados, entre las rocas, fragmentos de metal de hace cincuenta millones de años. Y después, en un viaje que hizo a Argentina quedó perplejo al encontrar, entre las capas de roca de una era muy antigua, de hace trescientos millones de años, cabezas de reptiles hechas de acero mineralizado; tuercas, fuelles y mecanismos. ¿Cómo se explica algo así? Ahora lo sé y usted también. Mire alrededor y encontrará la verdad entre las llamas.

Yo la miré con temor.

—Cómo me gustaría destruir estas plantas y así destruir a estas malditas cosas. Fantasmas, demonios, espectros, emisarios de la extinción. Como le quiera llamar.

Había odio en sus palabras, un sentimiento que compartía yo también.

Entonces hizo algo insólito. Metió sus manos en el balde con agua y se llevó el líquido a su boca para beberlo.

—¿Qué pasa? —me dijo—¿Temes que te hagan algo los autómatas? —añadió, mientras con sus manos tomaba unos sorbos directamente del cauce.

No le importó que el agua tuviera cenizas y estuviera turbia. Era agua, al fin y al cabo.

La contemplé, la forma en que usó sus manos, y sentí que desfallecía ante la visión. Quería unirme a ella, saciar la sed y huir corriendo de ahí.

—Si nos descubren nos van a matar —le dije, temeroso, acercándome a ella, tratando de ocultar sus manos con mi cuerpo.

Ella, como respondiendo a mi manotazo de hace rato, me empujó para dejarla en paz. La mujer seguía bebiendo desesperada, sin mostrar interés en mis palabras.

—¡Bebe, no te quedes mirándome! ¡Bebe y no te mueras! Así quizás podremos salir de aquí…

En eso se escucharon los pasos metálicos y pesados.

Por detrás, las tenazas de metal se ensartaron en sus brazos. La mujer se retorció, entre sangre y tirones de músculos cercenados por la extremidad del robot. Yo me quedé congelado, mirando la escena, sosteniendo mi balde.

—¡Malditos demonios! —gritó la mujer, forcejeando con el autómata, que la reprendió con un fuerte golpe que resonó.

La mujer cayó fulminada y empezó a sangrar por la cabeza. Contemplé su cuerpo siendo sepultado por la lluvia gris de las cenizas. Entretanto, la figura de metal, incandescente, con sus dos fulgores mirándome, se acercó a mí. Su mirada me oprimía. Hasta que siguió su curso.

Cargué el agua, caminé hacia las plantas y las regué. Otra vez hice lo mismo, una, dos, diez, veinte, cien, quinientas veces. Hice todo sin pensarlo, en una rutina que fue erosionando mis piernas. En todas esas veces que fui al Mololoa, vi el cauce ser menos profundo y más difícil era sacar agua. Se estaba secando, como yo.

Al pasar por donde murió la mujer, su cuerpo estaba ya totalmente bajo el tizne y se había encogido como una pasa.

Con la sed vino también el hambre. No había comido nada desde el incendio. Los autómatas no se molestaban por eso. Solo nos obligaban a mantener con vida a sus cultivos. A veces quería hacer como la mujer que mataron. Tomar agua, beber, saciar esta sed y arrancar las plantas de raíz.

Entre la densa neblina irritante, distinguí la figura de un anciano muy fatigado, que preguntó a los robots cuándo sería el momento de comer y de descansar. Uno de los autómatas se fue acercando lentamente hacia él, y el anciano, viendo la actitud amenazante de la entidad, no dijo nada y siguió trabajando, hasta que, tras unas horas, cayó muerto sobre unas rocas. No fue el único. Cayeron más personas, niños, mujeres y hombres. Las cenizas los empezaron a cubrir lentamente hasta que sus cuerpos también se encogieron.

Al acercarme a la mujer que se atrevió a tomar el agua, descubrí que de su boca y entrañas estaban saliendo raíces y tallos de agaves. Lo mismo con los demás cuerpos. El agua de la sangre, de sus vísceras y de sus órganos alimentaba a las plantas, que a los días empezaron a crecer vigorosamente. Reventado el pecho, la planta perforaba el corazón podrido, saliendo con sus espinas e invadiendo a los cadáveres desfigurados con raíces, tallos y hojas. Pensé que de seguir con hambre y sed yo terminaría así. Imaginé cada órgano relleno de raíces, mis ojos reventados por espinas y mi boca siendo la salida de las hojas planas y largas.

Regresé a mis tareas y vi que los robots exhalaban bocanadas densas de alcohol y el aroma del tequila era omnipresente. Cada vez era más y más espesa la humareda etílica. Y más difícil era respirar. Al inhalar sentí como si mil alfileres se encajaran en la carne de mis pulmones. Desde ese momento no pude respirar una bocanada profunda, pues el dolor de las punzadas me paralizó, así que solo pude respirar pequeñas bocanadas. Muy poco aire provocó que los mareos se hicieran más fuertes. Entre este dolor de mi pecho yo me seguía preguntando, cuándo comería, cuándo descansaría, pero esas preguntas no obtendrían respuesta.

Nunca comeré, nunca descansaré, pensé, resignado.

Los autómatas pasaban indiferentes ante los cuerpos y acariciaban las hojas de los agaves, como si les hablaran cariñosamente, aunque decir esto de seres tan inexpresivos resulta paradójico. Entonces, cuando las plantas maduraron en su insospechada velocidad de crecimiento casi fantasmagórico, vi como los autómatas con sus tenazas que tenían por brazos, quitaron una por una las hojas hasta dejar desnuda la penca, y luego, abriendo sus pechos de metal, como la puerta de un gran gabinete, internaban la penca en el fuego que les daba movimiento. La forma blanca vegetal fue acariciada por el fuego, hasta volverse oscura tras las horas. Percibí tras esto que el olor del alcohol se volvió mucho más penetrante y pesado.

Sentí unos mareos de mayor intensidad que los anteriores. El hedor era entre una mezcla de podredumbre humana con la fermentación etílica. No sé cuánto tiempo pasó, si días o semanas, pero lo que puedo decir es que los autómatas tuvieron en su interior a las pencas, hasta que las sacaron y con un zarpazo abrieron una cavidad para beber, con actitud ceremonial, el interior del agave mutilado.

Pude ver cómo el líquido se internaba en los mecanismos y al hacer contacto con el fuego este se avivó. Comprendí ahí cómo los autómatas existían. La señora que bebió del río tenía razón. El agave era su combustible.

Me quedé sin fuerzas. Las cenizas me cubrieron y me hicieron invisible a los robots, muy ocupados ya en sus asuntos. Fui caminando, evitándolos. Cuando veía sus ojos de fuego a la distancia me tiraba al suelo, haciéndome el muerto. Ellos pasaban de lado y yo escuchaba sus murmullos. Prosiguieron mutilando las plantas y bebiendo de ellas. Fuego y más fuego. Ardían con intensidad y tras ello de las bocas y todas las articulaciones de estos seres, fueron emanando densas nubes de alcohol que se elevaron hacia el cielo con cada respiración, como un gran fuelle. Con cada movimiento mecánico, con cada pensamiento de sus cerebros de tuercas y ruedas dentadas, las nubes taparon al sol. La tierra ahora estaba chamuscada, ya sin agaves, con hoyos profundos. Se los habían acabado a todos. También se acabaron al río Mololoa, cuyo único resto fueron cicatrices profundas en la tierra.

Mientras tanto, yo me alejaba más y más, arrastrándome por el suelo, me cubría de cenizas; me quedaba callado y observaba. Y así, desde esta perspectiva, pude ver a la miríada de robots y la nube que generó su combustión. La gran nube se alejaba y ellos también. Se hizo la tormenta, los relámpagos resonaron y muy arriba el cielo se inflamó en llamas; el aire llevó todo esto con gran velocidad hasta perderse en el horizonte. La procesión de los robots se dirigió al norte, allá donde nadie se imaginaba que llegaría una tormenta de fuego.

Empezó a llover alcohol. Las gotas me bañaron y la sed fue más fuerte que toda mi voluntad.

Fue más fuerte que yo.

No tuve alternativa.

Abrí la boca y sentí el ardor llegar hasta mi garganta. El sabor del alcohol empezó a penetrar todos mis tejidos y vomité entre lágrimas.

A lo lejos, la tormenta se hacía cada vez más grande.

 


 

Víctor Parra Avellaneda

Víctor Parra Avellaneda. (Nayarit, México, 1998). Biólogo y escritor especializado en ciencia ficción y fantasía. Fue becario del PECDA Nayarit 2018-2019 en la categoría de cuento. Primer lugar en el Concurso de Cuento Amado Nervo (2020) y Mención Honorífica del concurso Páramo de Sueños (2020). Ha publicado sus relatos en revistas de alcance internacional como Axxón, Sci:fdI (UCM) , Espejo Humeante, Penumbria, Marabunta, La Colmena (UAEM), Alcantarilla, Neotraba, Letras Insomes, La Sirena Varada, El Narratorio, Página Salmón, Zur, Spelk (Estados Unidos), The Temz Review (Canadá), entre otras. Autor del libro de cuentos de ficción especulativa Más allá del horizonte (Ediciones del Olvido, 2022). Fue fundador y coeditor de la revista de literatura de ficción especulativa Primero Sueño (2020 a 2023), incluida, en 2021, en la Lista de Recomendaciones «Imaginación y Futuro» otorgado por Mexicona: convención online sobre literatura especulativa, fantástica, de ciencia ficción, fantasía y horror. Miembro de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCIFF), de la International Association of Science Fiction and Fantasy Authors (IASFA) y del Gran Colisionador de Textos Especulativos. Sus intereses son la virología, epidemiología, evolución especulativa y la ficción climática, temas que suele incorporar en sus historias, ambientadas en el occidente de México.


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Ilustración: Imagen generada por el autor mediante AI Dalle 3.

 

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