relato por
Cristián Koch

 

A

ntes de efectuar algún nuevo movimiento, intentó recordar cuándo hicieron el amor por última vez, o se habían dicho un simple «te quiero»… No pudo, la fecha era tan lejana como ambigua.

Todo había comenzado dos años atrás, luego de terminar a las patadas con prácticamente todos los gremios que participaron en la obra, Carlos y Mabel, finalmente, pudieron mudarse y estrenar casa nueva. Construcción que, a simple vista, no era nada del otro mundo como para tener que padecer semejantes penurias. Cerca de Pilar, asentada sobre un lote bien ubicado, era una vivienda sólida de ochenta metros cubiertos, compuesta por dos dormitorios en suite, living-comedor con cocina integrada, un pequeño toilette para las visitas, muchos armarios y una amplia galería con parrilla.

Llevaban más de treinta años casados, la relación era estable, aún se querían o, mejor dicho, se apreciaban, pero —de común acuerdo— habían decidido que a partir de esta nueva etapa dormirían en cuartos separados. Esta circunstancia no descartaba que cada tanto, una de las partes le propusiera a la otra una visita «sanitaria». En realidad ese punto del acuerdo lo propuso Carlos, ya que a Mabel, intimar con su marido —o hacerse la idea de intentarlo con otro hombre— hacía rato que había dejado de interesarle.

Cada uno necesitaba un espacio propio donde realizar las actividades que disfrutaba, sin interferir con las de su cónyuge. Mabel practicaba yoga, tejía, bordaba, le gustaba leer, escuchar radio, escribir poesías, acostarse temprano y casi nunca prendía la televisión. Carlos —en gustos— era su antítesis. Pasaba muchas horas sentado frente al nefasto aparato, inclusive hasta altas horas de la madrugada. Prefería escuchar música a leer, le gustaba viajar —actividad que cada tanto emprendía solo— y según su mujer roncaba de manera ensordecedora durante toda la noche.

Los dos eran exitosos profesionales, durante el transcurso de sus vidas dedicaron mucho tiempo al trabajo, habían podido ahorrar e invertir su dinero y ahora, retirados, vivían de interesantes rentas.

A Carlos, siendo joven le diagnosticaron que era estéril, y a Mabel nunca le interesó tener o adoptar hijos. Una vez a la semana él practicaba golf, entonces ese día ella se reunía con tres amigas para jugar a la canasta.

El punto de encuentro del matrimonio —en un área común, respetando horarios— se producía durante las comidas, que según los términos del convenio, debía ser encarado por ambas partes al cincuenta por ciento. Mabel era excelente cocinera y solía preparar exquisitos menús, pero últimamente —como su vida sexual— su interés por la gastronomía estaba en un punto bajísimo. En realidad —según Carlos— la falta de estímulos tenían a su mujer al borde de una severa crisis. No eran tan mayores, recién habían pasado sesenta y cinco. Pese a sentirse atraído por el cuerpo de su mujer, en la actualidad, mientras él —para bien— no representaba su edad, Mabel parecía diez años mayor, y esa circunstancia había comenzado a jugarle en contra. Ya no se teñía, ni iba a la peluquería. Rara vez utilizaba cremas en su rostro, y al haber adelgazado tanto, sus arrugas eran más profundas y notorias. Hasta tal punto se había abandonado que, por las mañanas ya no se cambiaba y permanecía en camisón durante todo el día. Bajo ese panorama, Carlos, por lógica —no tanto por afecto— insistió en que recurriera a la ayuda de un profesional. Sin embargo ella, valiéndose de diferentes excusas evadía la posibilidad de al menos efectuar una consulta. La realidad indicaba que sus vidas iban por caminos diferentes, y la convivencia era insostenible, pero para qué divorciarse habiendo tanto en juego.

Tomaron posesión de su nueva vivienda en época de lluvias, frío y humedad. Carlos, debido al desánimo de su mujer, asumió tareas hogareñas que ella dejó de realizar. El cuidado del jardín, entre otras actividades, quedó temporalmente relegado. El pasto creció sin pausa y el parque lucía desprolijo, casi tan abandonado como Mabel. Durante esos días, observó que su casa era invadida por bichos bolita. Posiblemente existía un nido de esos insectos bajo una pila de ladrillos que los desastrosos albañiles que habían contratado nunca retiraron y buscaban refugio en un ambiente más agradable. Al principio, Carlos los sacaba sujetándolos cuidadosamente con dos de sus dedos, para no aplastarlos y ensuciar las paredes recién pintadas, y los arrojaba afuera. Sin embargo, como al rato regresaban, mejor dicho, primero en el camino se reproducían y a su reingreso en fila india se sumaba la prole, utilizando la misma técnica, optó por tirarlos al inodoro. Mabel, criticaba con desmedido énfasis la actitud que había adoptado su marido con respecto a los insectos, y trataba de protegerlos argumentando que la naturaleza —para cumplir alguna función— los había instalado en sus dominios. La obsesión de ellos era tan encontrada que los llevó a mantener agrias discusiones sin sentido. A partir de ese momento, Mabel —muy ofendida— dejó de hablarle, y se encerró aún más en su cuarto, por ende las tareas que apenas cumplía quedaron relegadas. Sobrepasado de quehaceres domésticos, Carlos debió postergar la persecución. Entonces, dentro de la casa, los bichos circulaban con total libertad. Preferían ubicarse en esquinas, techos de madera, alacenas y el baño de las visitas. Con total desenfado, en forma grupal —como en las orgías— él los observaba aparearse. Al poco tiempo aparecían los pequeñitos, moviéndose lentamente como una mancha mutante, pero enseguida —gracias a una nutritiva alimentación que evidentemente absorbían bajo techo— sus cuerpos aumentaban de tamaño, y se convertían en adultos que de inmediato copulaban.

Desde su pelea, Carlos cocinaba sin tener en cuenta a su mujer. Ella solo salía de su encierro cuando lo escuchaba regresar a su cuarto. Entonces era él quien prestaba atención a sus movimientos. Mabel ya no encendía las hornallas. Solo se preparaba desabridos sándwiches y comía algunas frutas. Apenas probaba lácteos y de vez en cuando ingería algún huevo duro o algo fresco que encontraba en la heladera. Un día, Carlos notó que prácticamente ella no abandonaba su cuarto. Sospechó que había enfermado —aún seguían sin hablarse— y apiadándose de su humanidad, optó por lo siguiente: Mabel, aquí te dejo una bandeja con el almuerzo o, querida, preparé la cena, por favor comé. Ella apenas le agradeció el gesto. «Tarde te acordás de mí, ingrato». Mientras tanto, Carlos reacomodó aún más sus horarios, por un tiempo, postergó la práctica del golf, y se las ingenió para reanudar la lucha contra los invasivos bichos.

Aquella tarde, notó un cambio notable en el comportamiento de sus enemigos. Antes, cuando intentaba apresarlos, huían o se dejaban caer buscando la protección del suelo. Si lograba sostenerlos, curvaban su cuerpo adoptando la forma tradicional de bola. Ahora, además de alejarse a gran velocidad, si lograba apresarlos, se mantenían rígidos y recibía una pequeña pero inofensiva picadura, semejante a un cosquilleo. Fue tan encarnizada la persecución que al anochecer, a simple vista, su casa quedó liberada de los entrometidos bichos.

Con el tiempo, las condiciones climáticas mejoraron, el sol hizo su aparición y quizás su presencia amilanó la actividad de sus acérrimos rivales, acostumbrados a moverse entre sombras y humedad. Como durante varios días dejó de verlos, aprovechó el tiempo para cortar el pasto y retirar a la calle los ladrillos abandonados por los inútiles albañiles. Al hacerlo, le llamó la atención no encontrar rastros de bichos y se preguntó si quizás estarían… pero no, no podía ser posible.

Tan ensimismado había estado en su guerra personal que se olvidó de Mabel, suponiendo que ella había mejorado. Arrepentido se acercó hasta su cuarto, y a través de la puerta preguntó cómo se encontraba. En respuesta, creyó escuchar un leve y apagado sonido. Asustado, abrió. Al hacerlo, un hedor insoportable se abalanzó sobre él. Como estaba a obscuras, presionó la tecla de luz. Cuando el dormitorio estuvo iluminado, solo atinó a gritar de horror.

Las cuatro paredes estaban cubiertas de esos malditos insectos. Algunos, habían adquirido dimensiones desmedidas. Mabel, de palidez cadavérica, y sin un solo pelo en la cabeza, yacía en su cama, inmóvil, tapada hasta el cuello. De su boca, entreabierta, entraban y salían insectos como si ella fuera su madriguera.

Se aproximó pisando bichos, que sin duda digerían el cuerpo de su mujer, y los escuchaba explotar como garrapatas repletas de sangre. Sacudiéndolos por el aire tomó coraje y levantó las mantas. Quedó al descubierto la imagen escalofriante de Mabel, reducida en vida. Su cuerpo, había sido succionado por los insaciables bichos bolita. La piel era tan fina y traslúcida que le permitía ver como se desplazaban entre sus tejidos. Milagrosamente, ella aún respiraba, y con sus ojos vidriosos, sin parpadear, intentó una súplica.

Carlos se tomó un tiempo para pensar y finalmente le susurró al oído.

—Mabel, perdoname, no soy juez para decretar tu fin, tampoco creo a alguien capaz de detener este proceso…

Luego, caminó hasta la puerta y cerró.

 


 

Cristián Óscar Koch. Reside en Pablo Nogués, partido de Malvinas Argentinas, Buenos Aires, Argentina. Concurre desde julio de 2011 al taller literario Silvina Ocampo, que se dicta en el área de Cultura Pilar, coordinado por la escritora Julia García Mansilla. En dicho año publica su primer libro de cuentos, La Venganza de los Animales y otras Desgracias Humanas. La Editorial Dunken, en diversas antologías, publicó sus cuentos Cómo se sufre, Échale la culpa a Río, Al Acecho, El Desafío y recientemente Acto Reflejo, Fuga y una poesía. La revista cultural mexicana Río Hondo publicó trece de sus cuentos.

El cuento Cartas de Amor fue publicado por la revista literaria española Palabras diversas y da el título a su segundo libro.

A partir de septiembre de 2014 publica en Amazon (a través de Kindle) sus libros Favor por Favor, Desde el Alma y La Venganza de los Animales y otras Desgracias Humanas.

Varios de sus cuentos obtuvieron premios y menciones. En 2016, La posta de San Fernando, obtuvo el segundo premio en el concurso «Autores de la cuenca del Río Luján» y publica Vampiros en Pilar.

En los años 2015 y 2016 participó en la Feria Internacional del Libro, de Buenos Aires. En 2016 participa en la Feria del Libro Pilar, sus libros integran el stand de autores Pilarenses, y presenta Vampiros…

Es autor de los títulos inéditos, Reuter Boys, Los Crímenes del Reconquista, Lolitta’s Country Club, Fragilidad, y Diez Mandatos. En 2017 Cartas de Amor fue adaptada al teatro por el director Atahualpa Pintos, bajo el título No me Mates y presentada en el Auditórium de Mar del Plata (esta obra fue seleccionada, también, junto a otras quince de teatro independiente, para participar de las Fiestas Regionales de Teatro Independiente, a realizarse en Pinamar). En febrero 2018, la obra No me mates fue ternada para los premios «Estrella de Mar», resultando ganadora en la categoría «unipersonal». La fundación César E. Serrano, Museo de la Palabra, de Madrid lo nombró Embajador del Idioma Español.

Leer otro relato de este autor: Confesiones

Contactar con el autor: cristianflap [at] hotmail [dot] com
Ilustración: Fotografía por clickmanic / Pixabay [dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020

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