relato por
Lucía Oliván

 

¡Ras!

Y, de repente, sucedió algo extraordinario: el tiempo se detuvo y todos los invitados que había en la sala quedaron paralizados. Las agujas del reloj ahogaron su mecánico tictac exactamente a las doce de la noche, quedando rígidas y mirando hacia el techo como si hubieran expirado el último aliento. Los instrumentos de música enmudecieron en un terco y tácito silencio que se instaló en la sala y envolvió a todos los comensales, acariciándolos suavemente como un manto de seda. Las damas con sus bellos trajes largos de gasa quedaron suspendidas en los brazos de sus acompañantes que, estirados como velas, desfilaban al ritmo de un vals en el salón central del castillo hasta ese momento, mientras las bandejas y platos con los restos del suculento banquete yacían como cadáveres destrozados en un camposanto desprovisto de cualquier calma o paz.

Todo estaba petrificado, menos Sofía. Boquiabierta, esta joven de ojos de color almendra, cabellos azabache y olor a miel no acertaba a comprender lo que estaba ocurriendo. Con paso tembloroso, se paseó y acercó su cara a las personas que allí estaban, observando sus expresiones congeladas, vacías y vidriosas.

Allí estaba Madame Lénoux, con sus mofletes rosados, sus labios pintados de fuerte color carmín y sus caderas y piernas generosas, que su vistoso vestido de satén apenas lograba disimular. Estaba  hinchada y colorada por los esfuerzos del baile, a medio camino de una torpe pirueta en la que parecía que se iba a tropezar y caer. Parecía un pastel de cereza y fresas a punto de derretirse por un calor sofocante. A su lado se encontraba Monsieur Lénoux, delgado y enjuto, todo tieso. El hombre sujetaba a su esposa con la atención y el cuidado de un escultor que no desea que su obra de arte caiga al suelo y se estampe contra él: una frágil y delicada pieza que el cariño y la admiración que este le profesaba le hacían catalogar de aquella manera a la rechoncha y patosa fémina.

Reparó en el rostro de Mademoiselle Grénier, la hija de la condesa, mezcla de madona angelical y sensualidad ronsardiana, con su escote aplastado en un ceñido corsé bordado que resaltaban su esbelta silueta. Inclinada en brazos de su acompañante, sostenía una mirada distraída y aburrida. Se asemejaba a una Dafne escurridiza rehuyendo de su perseverante Apolo. Su pareja de baile, Monsieur Delacroix, cuarenta años mayor que ella, no podía apartar la mirada de la divina beldad. Mientras, Madame Delacroix, sentada en uno de los sillones que se habían habilitado para la zona de descanso, miraba desaprobadoramente a ambos, espiando y juzgando todos y cada uno de sus actos. Como decorado de fondo, otros personajes adornaban aquel escenario inmóvil: garçons desfilando con sus bandejas a medio camino de la cocina, músicos con el gesto afectado pellizcando indefinidamente las cuerdas de los instrumentos y, en medio, el conde y la condesa, perfectos, impolutos, con la sonrisa condescendiente y artificial que una ocasión así demandaba.

Súbitamente, otro hecho aún más insólito aconteció: los objetos de la sala fueron perdiendo su luz y su color. Primero, el reloj que marcaba las doce se volvió pálido, como si hubiera enfermado. Después los instrumentos de la sala se desvistieron de su color. Luego las bandejas y los suculentos platos del banquete se tornaron opacos, desfalleciendo. Siguieron los músicos que animaban el baile, y Monsieur y Madame Lénoux, que ya no pareció un pastel de frutas rojas sino de nata agria. A continuación, la hija de la condesa, el matrimonio Delacroix, los garçons y los propios dueños del castillo. Uno a uno, todos se atenuaron para después difuminarse, transformándose en borrones, en fantasmas sin alma para acabar esfumándose como por arte de magia, similares a objetos de un boceto mal dibujado que se quisiera eliminar.

Todos, menos Sofía, que simplemente gritó y dio puñetazos en todas las direcciones mientras el escenario en el que se hallaba inmersa se desvanecía a su alrededor. Lo siguiente que pudo recordar fue ver una luz blanca muy fuerte y, acto seguido, encontrarse en un bosque blanco cubierto de una capa de hojas escarchadas. El frío mordía todos los rincones de su piel, cubiertos por un fino vestido confeccionado para la fiesta de aquella noche. Su cuerpo se estremeció. ¿Dónde estaba? ¿Por qué? Tiró varias piedras intentando llamar la atención de quien pudiera andar por allí, pero solo obtuvo el eco burlón de estas al caer como respuesta. Comenzó a sollozar entrecortadamente.

Al cabo de un rato, no obstante, se acercó un caballo. Sus crines eran suaves como el terciopelo y la muchacha creyó estar abrazando un paño caliente de algodón. Este relinchó y con sus gestos la invitó a que subiera a su lomo y cabalgara con él. Ella se montó en este y decidió buscar de nuevo el castillo. No debía estar muy lejos. Yendo hacia al norte sus torres majestuosas e imponentes debían recortarse en el horizonte. Emprendió un camino por la serpiente sinuosa y húmeda que aparecía bajo sus pies. El silencio era sepulcral, solo interrumpido por las pisadas del animal y el vibrar de las ramas de los árboles por el viento.

Repentinamente, el equino comenzó a relinchar y a moverse, nervioso. Sofía escuchó un silbido que en seguida se transformó en un cántico armónico proferido por alguna mujer. El animal retrocedió y reculó en su camino, haciendo varios rodeos, hasta llegar a un claro donde se encontraba un pequeño lago. Allí descansaba una joven con unas alas doradas en su espalda. Llevaba un traje blanco bordado y su cabello era de oro. Tatareaba una suave melodía. Otras chicas bailaban en corro a su alrededor, como si estuvieran jugando a un inocente juego, muy petrarquesco, y muy sensual.

Nuestra protagonista se quedó contemplando la escena asombrada. ¡Eran ellas! ¡La leyenda era cierta! Acarició con cariño a su compañero de viaje y se acercó con este sigilosamente. Había oído que aquellas mujeres podían ser muy dulces, pero también muy crueles si se las importunaba, y eso era precisamente lo que no quería hacer…

¡Ras! ¡Ras!

De repente, mientras se aproximaba, ocurrió otro suceso inexplicable: los ligeros cánticos se transformaron en un silencio mudo, las jóvenes interrumpieron su baile y, poco a poco, sus cuerpos se fundieron en el agua, mezclándose y confundiéndose con esta hasta no poder distinguirlos más.

Sofía comenzó a temblar y quiso agarrarse al caballo, pero, sin embargo, su mano atravesó simplemente el aire cortante del bosque. El equino había desaparecido y se encontraba otra vez sola. Inesperadamente, se empezaron a escuchar unos murmullos, cada vez más fuertes, hasta hacerse atronadores, y el suelo comenzó a resquebrajarse. El agua del lago se evaporó para dar lugar a una llana meseta que también se fue rompiendo. La muchacha echó a correr instintivamente sin ninguna dirección concreta. Los árboles del bosque se movían violentamente, cayendo la nieve en su cara, y la manta de hojas escarchadas se volteó, formando una nube caótica con estas que tapó su vista en su huida sin rumbo. En un momento dado, se detuvo y miró hacia atrás. Contempló con horror cómo todo, poco a poco, era engullido por la nada. Un infinito enorme, desmesurado, lleno de hambre que iba devorando el camino del bosque, los árboles, las hojas…

Todo, menos a ella. Su corazón no paraba de palpitar, y unos sudores fríos le recorrieron todo el cuerpo. Se dispuso a escapar con el miedo metido en el cuerpo. Este era el motor que la hacía correr a pasos agigantados y ser más ágil y rápida que en cualquier otra situación. Sacaba fuerzas de donde creía que no las tenía… hasta que no pudo más. Tuvo que pararse y descansar un segundo. Cogió aire y lo expulsó. Primero muy rápido, después más despacio, hasta poder relajarse unos instantes. Es entonces cuando ocurrió el hecho más sobrecogedor y escalofriante de aquella noche.

Sofía se pasó la mano por la cabeza para acariciar su cabellera, pero, para su sorpresa, sus dedos empezaron a difuminarse, luego la mano, después los pies. Comenzó a chillar. No podía parar de temblar. La mitad de su cuerpo estaba borrándose. Luego fue la cintura, el pecho, el cuello. Todo desaparecía. Pidió clemencia. Quería vivir. La joven profirió un último alarido que quedó ahogado por el vacío que iba ocupándolo todo. Su cuerpo entero se desvaneció, sin dejar ninguna huella, como todo lo que había habido a su alrededor. Una luz blanca devoró lo que ya no quedaba.

—Bien, me alegro de que hayas quitado por fin la escena del baile. Y lo del bosque y las chicas del bosque tampoco eran una alternativa muy convincente. Son muchos tópicos que no van a vender, muchos detalles poco interesantes, poca acción —comentó el editor al novel escritor, dándole unas palmaditas en la espalda.

Este, compungido, asintió. Había dudado mucho en hacerlo, y numerosos habían sido los cambios en su manuscrito. Pero, por fin, lo había hecho. Miró resignado los restos de sus dos borradores rasgados tan solo hacía unos minutos antes y que descansaban en la papelera del despacho de su editor. Ahora tendría que continuar su historia otra vez antes del baile. Echaría de menos a los invitados a la fiesta del castillo, y a las jóvenes del bosque. Pero sobre todo, a Sofía. Le caía bien. La había intentado salvar a toda costa, pero no había podido ser. Solo deseaba que no hubiera sufrido mucho, al igual que los demás personajes, que ahora ya solo eran palabras rotas y moribundas marcadas en trozos de papel.

 


 

Lucía Oliván Santaliestra. Autora española. Se licenció en los estudios de Filosofía en la Universidad de Barcelona y en Traducción e Interpretación en la Universidad de Pau, Francia. Desde hace ocho años reside en Alemania, donde actualmente es docente en las materias de Filosofía, Plástica, Música, Francés y Español en una escuela de secundaria de reciente creación, de allí que imparta asignaturas tan variadas.
Tiene relatos publicados en las revistas literarias Alborismos, Almiar, Bitácora de vuelos, Extrañas noches, El Narratorio, Letralia, Nagari, Monolito y The Barcelona Review. Algunos de sus microrrelatos han sido seleccionados para las Antologías Microterrores, La primavera la sangre altera e Inspiraciones Nocturnas, organizadas por la editorial Diversidad Literaria. También ha sido ganadora del VI Concurso de Relatos «Antonia Ruiz Bujalante» y del Primer Premio del VI Concurso Literario de Micronarrativa «Amando se entiende la gente». Ha sido finalista en el XXIV Concurso de Relatos «Juan Martín Sauras» y ha recibido varias menciones de honor en diferentes concursos de microrrelatos y haikus organizados por las editoriales El Muro Letras, Creatividad Literaria, Letras como Espada y Mundo Escritura.

📩 Contactar con la autora: luciaolivan [at] yahoo [dot] es

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🎞 Ilustración relato: Archivo: Phenakistoscope 3g07690b (Gif) / El zoopraxiscopio – una pareja bailando un vals, por Muybridge, Eadweard, (1830-1904) licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 2.5 Generic [en Wikimedia]

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 116 · mayo-junio de 2021

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