Una reseña (algo) diferente sobre el libro de Charles Bukowski 
por Ricardo Rodríguez Boceta

 

H

ank se levanta a las 11:49 de la mañana. Es un jueves, febrero de 1983. Tiene resaca. El rumor del tráfico de Los Ángeles se cuela por entre las cortinas ajadas de su apartamento y es como el rumor del océano. Lo ha despertado el ring-ring del teléfono.

—Oye, Hank —es la voz de Lou—, estoy jodido.

—¿Y quién no?

—No te lo vas a creer, pero llevo cuatro años sin follar y ayer perdí la oportunidad.

Hank se rasca las almorranas y luego olfatea la punta de sus dedos que tienen un agradable olor a mierda. Detesta ese olor, siempre que no sea el suyo propio.

—Te creo. Hay gente que no ha follado en toda su vida, se dedican a tocar el violín.

—Era una chica increíble —continúa Lou—. Guapa, joven. Vino a verme por lo de mi libro, ¿recuerdas el libro que publiqué, Hank? ¿Lo has leído ya? Creo que te pasé una copia.

—No. ¿Qué pasó con la chica?

Lou cuenta cómo dejó escapar la mujer de su vida. Presta atención a medias mientras busca el paquete de cigarrillos por el salón. Lo encuentra por el suelo. Se agacha. Las rodillas producen un chasquido. Está viejo. Está gordo. Tiene apenas cincuenta años, le echan setenta. De todas formas, no esperaba llegar tan lejos. Qué demonios, es escritor.

—Oye, Lou. Eres un fracasado, siempre lo fuiste. Dejaste escapar la mujer de tu vida.

—¿Y qué puedo hacer ahora?

—Probablemente nada. Hay quienes no saben leer las señales. La chica vino a tu apartamento, te quería. Se enamoró de lo que escribes, pero tú no supiste leerla. Nunca aprenderás, eso se tiene o no se tiene: como la belleza, la inteligencia, la suerte.

—Era una chica increíble, Hank. Intenté besarla, pero me rechazó.

—No era el momento.

—¿Cuándo lo será? Soy un escritor. He publicado obras maestras, obras que perdurarán. No puede ser que lleve cuatro años sin hacerlo y pierda una ocasión como esa. Yo…

—Eres escritor. Te has pasado la vida queriendo serlo. Ahora lo eres. La pregunta es: ¿Y?

Hank colgó el teléfono. Estaba cansado de escuchar a Lou. Se enciende un segundo cigarrillo mientras mira en torno a sí. Es un profesional: en ningún momento piensa en preparar café. Ya no conciliará el sueño de nuevo. Se dirige a la nevera, esquiva la basura que alfombra el suelo. Va descalzo y hay cristales rotos, tiene que ir con cuidado.

Vasos llenos de colillas, ceniceros llenos de papeles. Dos bolsas repletas en una esquina. Se acuerda de su exmujer, solía decirle: eres una maldita bolsa de basura. Hank ríe y abre el frigorífico. No queda cerveza. Ayer estuvo con alguien, no lo recuerda bien. Hubo una pequeña fiesta, su último libro, Música de cañerías, se publicaría en setiembre. Es una de sus primeras obras. Lleva toda la vida en esto, piensa que el éxito, las chicas guapas, los tipos con cámara y preguntas, han llegado demasiado tarde. Se alegra, ¿de qué iba a escribir si hubieran llegado antes? Decide bajar al supermercado.

Compra un par de botellas de whisky y una caja de cerveza. Mientras sube las escaleras, oye cómo discute una pareja. El amor es un imposible en una ciudad como Los Ángeles, en cualquier ciudad del mundo. Piensa que podría estar en cualquier parte, piensa que está en ningún lugar, piensa que la vida es una broma, piensa, piensa, piensa y se cansa. Abre una cerveza caliente y se sienta frente a la máquina de escribir. Tiene un cuento en la cabeza, un tipo entra en un bar y mira a una chica guapa. Ella lo desprecia porque no le gusta su rostro cacarizo. No ve su nobleza, su fuerza, la belleza de una cara interesante. A ella solo le interesa el camarero. Uno de esos tipos que tienen a todas las que quieren, que escogen cada noche con quién se acuestan. El protagonista acabará machacando al camarero en un parking con un bate de béisbol. ¿Cuál será el pretexto?

Suena el timbre. Hank no ha escrito una sola línea. Son las 12:34. Abre la puerta y ve a un joven que podría haber sido él veinte años antes. Trae un libro suyo y gabardina, el disfraz de escritorzuelo. No recordaba que iban a entrevistarle de aquella revista literaria. Él es uno de los poetas underground del momento. El gran poeta, de hecho.

El joven finge no sorprenderse por el estado del apartamento. Pasa y al cabo de unos minutos pide abrir la ventana porque le molesta el humo del tabaco que está por el salón inmóvil como un fantasma. A Hank no le importa, en realidad, no le importa nada.

Se sienta y abre otra cerveza. Ofrece al joven, que dice llamarse Freddy, una copa y la rechaza. Se sienta en el sofá. Hay obras tiradas como vagabundos por todas partes. Sus hojas se mezclan con los envoltorios de comida rápida que le sirven como punto de libro. Freddy decide sentarse en una silla, frente a él. Hank bebe y fuma mientras el otro prepara su grabadora, su cámara, su libreta de notas. No. Él no era así, nunca lo fue. Tiene ganas de estamparle la botella en la cara, pero se contiene. La rabia se disipa.

—¿Puedo hacerle una foto, señor Bukowski? Es para el artículo.

—Como quieras, Freddy —levanta el botellín y hace una mueca mostrando los dientes amarillentos y sucios, las arrugas surcan su cada ajada—. ¿Así está bien, Freddy?

—Prefiero que me llame Frederick, señor Bukowski. Soy doctorando en literatura.

—Vete al carajo, Freddy. Haz tus preguntas antes de que saque tu culo a patadas de mi casa. No tengo tiempo para ti. Tengo trabajo —Hank enciende un cigarrillo y bebe.

—¿Cómo es su proceso creativo?

—Me siento ahí —señala el rincón de la máquina de escribir— y aprieto las teclas.

—De los autores modernos, ¿cuál es el que más le interesa?

—Ninguno.

—¿Y de los clásicos?

—Hemingway tiene un cuento muy interesante. Un hombre amaba a una mujer y ella lo amaba a él, amor verdadero, ¿comprendes? Intentaban hacerlo cada noche, pero el hombre no conseguía que se le pusiese dura. Leí ese cuento en mi adolescencia. Al llegar al final, se sabía que el hombre había sufrido un accidente en la guerra y sus genitales se habían visto afectados. Eso me decepcionó. Un final como cualquiera.

—¿Ha tenido problemas con el alcohol?

—Hemingway era quien los tenía. A mí el alcohol me ha salvado la vida muchas veces.

—Hábleme de eso.

Hank sigue hablando mientras piensa en llamar a Susan, necesitaba un buen polvo. Ella estaba loca, pero al fin y cabo conseguían entenderse en lo más profundo. A Susan no le gustaba leer, lo que le motivaba era la bebida. Como a él, como a los grandes artistas.

—¿Qué consejo le daría a los jóvenes escritores de América?

—Que follen mucho, que beban mucho y que fumen muchos cigarrillos.

—¿Qué consejo le daría a los escritores viejos?

—Si han llegado a viejos, no necesitan consejos.

—Es todo señor Bukowski. El artículo saldrá publicado en…

—Lárgate de aquí antes de que te estampe la cerveza en la cara, hijo.

Freddy se levantó. Recogió sus cosas y se marchó contrariado. Cuando cerró la puerta tras de sí, Hank se sintió mal. Lo había tratado como a un perro. Detrás de su coraza de hombre de hierro, tenía corazón, tenía alma. Nadie lo había visto. La gente está ciega.

Se sienta, se levanta. Vuelve a sentarse y a levantarse. Son las 14:17. Necesita dar una vuelta. Las cervezas se están acabando y el tabaco también. Decide ir al bar más cercano. Llega y le hace un gesto al camarero con la cabeza. Trae un whisky con agua. Sin decir nada, el camarero espera. Como Hank guarda silencio, el camarero se marcha. En la televisión están retransmitiendo un partido de baloncesto. Esos tipos, en su mayoría negros, corren de un sitio a otro como ratas. No le interesan los deportes, pero mira el partido con atención. El ojo del culo de esos tipos seguro que huele a rayos.

En el segundo whisky, decide llamar a Susan. Se acerca hasta el teléfono, mete una moneda y marca el número. Ella está en casa. Vive de la pensión de su exmarido.

—¿Qué quieres, hijo de puta? —está borracha.

—Quiero verte.

—No es buen momento. Te odio con todas mis fuerzas. Llevo meses sin saber nada de ti. ¿Crees que puedes venir aquí y tratarme como a tu puta? ¿Eso crees? Pues te equivocas.

—Estaré allí en una hora.

—Yo te quería, Hank. Pensaba que seríamos un equipo. Pero tú no puedes querer a nadie.

—Yo te quiero, nena —Hank no miente—. Estaré allí sobre las 15:30. Espérame en casa.

Cuelga. Vuelve a la barra y termina la copa de un trago. El ambiente del bar es decadente. Un tipo juega a las tragaperras y el camarero, un hombre escuálido de rostro cadavérico, lee una revista. Una mujer entra y se sienta junto a él. Le pide fuego.

Se lo da. Empiezan una conversación intrascendente. Está gorda, nunca la ha visto por allí, aunque acostumbra a no fijarse en nadie. Ella le dice que vive a unas cuatro manzanas del lugar. Divorciada, de unos cuarenta años, quizá más. Bebe bourbon. Hank sabe que acabarán en su apartamento. La mujer se llama Helen, no trabaja, no es feliz.

—Me encanta este lugar.

—A mí también.

—No te he visto nunca por aquí.

—Yo a ti tampoco.

—La gente no tiene espíritu. Todos los hombres sois iguales, solo os interesa una cosa.

—Yo no soy como los demás, yo soy escritor.

—¿Y sobre qué escribes, si puede saberse?

—Sobre la vida.

—La vida es una mierda. El caso es que tu cara me suena. ¿Cuál es tu nombre, escritor?

—Charles Bukowski. Pero todos me llaman Hank. Hank para los amigos y enemigos.

La mujer hace una mueca de sorpresa. Había leído sus libros, se había masturbado con sus poemas. Se lo dice. Hank no muestra sorpresa alguna, no era la primera vez. Salieron del bar y caminaban hacia el apartamento de la señora. Le gustaban sus pechos y sus labios pintados de rojo escarlata. Sin duda no iría a ver a Susan, o iría más tarde.

Helen vivía en un bloque de apartamentos, en el último piso. Ambos se meten en el minúsculo ascensor. Casi que no caben. Llevaba un vestido amarillo limón, de su minifalda salían unas piernas grandes, fuertes. Hank aprieta el botón rojo de stop y el ascensor se para entre la quinta y la sexta planta. La besa. Mete su lengua hasta el fondo de aquella boca roja, húmeda. Nota cómo una erección se retuerce contra su bragueta. Le sube la falda, le baja las bragas, le da la vuelta y la penetra allí mismo. El ascensor chocaba contra las paredes. Dura apenas minutos. Se corren y se separan. Hank reactiva el mecanismo del ascensor. Cuando llegan a la última planta, se marcha escaleras abajo con parsimonia. Enciende un cigarrillo y el humo sube por detrás de sus pasos. Se siente renovado, se siente bien, estaba siendo un buen día después de todo. Un día cojonudo.

Helen se quedó en la entrada de su apartamento, anonadada. No entendía qué estaba pasando. Lo veía bajar las escaleras con unos andares de paquidermo, de vagabundo.

—Oye, tú, hijo de puta, ¿crees que me puedes tratar así? ¿Dónde crees que vas?

No lo siguió. Sale a la calle y el aire pútrido le da en la cara. Los coches pasan por la avenida rumbo a ninguna parte y él se siente por fin como pez en el agua. Sonríe.

En todos sus años, nunca lo había hecho de pie. Menos en un ascensor. Está contento.

A las 16:09 sigue en su apartamento apretando teclas. Suena el teléfono, pero no responde. Es Susan. Su voz llorosa le pregunta donde está. Bukowski está escribiendo.

 

Dibujo de Charles Bukowski

Música de cañerías (1983) · Hot Water Music, Black Sparrow, Anagrama, 1987

 


 

Contactar con el autor de la reseña: ricardorodriguezboceta [at] gmail.com

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 Ilustraciones reseña: (inicio) Fotografía por StockSnap – Pixabay [public domain] | (en el texto) Bukowski-by-origa.jpg, Origafoundation-derivative work: –MGuf (d) [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/ licenses/by-sa/3.0), via Wikimedia].

 

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