relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

El recuerdo es vecino del remordimiento.
Víctor Hugo

 

I

H

abía también una vieja cabaña a no más de veinte metros del acantilado. Aperos para la pesca, cuerdas, un par de desvencijadas bancas de madera, un fogón de piedra con una parrilla de acero, una bombona de gas. Solíamos visitarla dos veces al mes, siempre los sábados. Papá ataba aquellas cuerdas para poder bajar y subir por el acantilado hasta las aguas del mar. Horas y horas jugando en aquel mar, nuestro mar. Las cañas y los cordeles puestos a la espera. Mis hermanos y yo, atentos a que mordieran el anzuelo. Subíamos alrededor de las cinco de la tarde, con cinco o seis buenos peces, limpios y aliñados para la cena. A esa hora mamá se había unido a nosotros, a veces llegaba con ella la señora Remedios, amiga y vecina de casa. Unas veces sola y otras con el esposo, el señor Rafael.

A mí me gustaba sentarme sobre algunas piedras del acantilado, arriba. Escuchaba el golpe de las olas, el chillido de las gaviotas. Me extasiaba con el rítmico ir y venir de la espuma del mar golpeando contra las rocas, disfrutaba ver cuando las gaviotas se enfilaban y entraban al mar en busca de los peces, el aleteo y el esfuerzo por alzar el vuelo con estos en el pico.

Las señoras preparaban los pescados en la parrilla de acero, papá y el señor Rafael servían vino para ellos y agua de naranja o de limón para nosotros. Después de comer yo volvía a lo mío en el acantilado, mis hermanos y los señores al juego de fútbol, mamá y la señora Remedios a las largas horas de plática y tendidas jornadas de bordado.

Nosotros nos quedábamos a dormir en aquella cabaña y mamá regresaba a casa con los amigos. Yo podía quedarme hasta bien metida la noche oyendo el estruendo de las olas contra el acantilado, extasiado con el brillo de la espuma en el ir y venir de aquel mar.

Yo era el mayor de los hijos, tenía dieciséis años, me seguía Alberto con catorce y Sergio de once años. Papá y Rafael eran de la misma edad y eran amigos eternos, mamá más joven que ellos y Remedios mucho más joven que mamá. Los domingos volvían muy temprano con nosotros, mamá traía libros y cuadernos para hacer las tareas de la escuela, nosotros nos enredábamos en esas labores, mientras ellos jugaban un poco al volibol.

—Tiene peludas las piernas —dijo Sergio, una mañana de verano, y, Alberto y yo volteamos a verlo riendo.

—Vellos —le dije a Sergio—, son vellos —agregué.

Remedios tenía tupidas las pantorrillas de una infinidad de vellitos cortos y rubios.

—Es como gamuza —dije.

Alberto dijo que era como terciopelo.

—El terciopelo es negro, o rojo —agregó Sergio. Y los tres seguimos con la tarea.

Remedios usaba siempre un pantalón corto para meterse al mar y para jugar en la playa. Un pantalón que le llegaba más o menos a cinco centímetros por arriba de la rodilla.

—Como a ocho centímetros —me dijo mi hermano Alberto, un día que tocamos ese tema.

Alberto era asmático, siempre enfermizo y débil, lo de la cabaña y el mar, de algún modo, había sido una indicación del médico del pueblo por aquella enfermedad. Aliviará los bronquios, había dicho. Entre papá y yo habíamos dispuesto las cuerdas y preparado el camino para subir y bajar desde la cabaña hasta la playa. También entre los dos, nos turnábamos para ir bajando los enseres para la pesca y los juegos, y para ayudar a mamá y a los hermanos a subir y bajar con todos nuestros cuidados, yo procuraba siempre prescindir de aquellas cuerdas y subía y bajaba ágil entre los pedruscos y rocas del acantilado.

Recuerdo aquella tarde en que subí a pulso, mamá se había animado y jugaba junto a nosotros en la playa, el señor Rafael corría ya de uno a otro lado en pos de la pelota, la señora Remedios estaba rezagada. Papá me pidió subir por una de las cañas de pescar y lo hice con todo el desgano del mundo; entré a la cabaña y allí estaba ella, la señora Remedios totalmente desnuda, cambiándose la falda y la blusa por aquel pantaloncillo corto. Permanecí en un pasmo, parado en la puerta. Remedios a su vez se quedó mirándome. Era menuda de talla, delgada, el cabello dorado recogido en una cola, era de una belleza totalmente inexplicable. Era blanca, los brazos caían a los costados, los pechos eran diminutos y turgentes, los pezones rosados. Los ojos verdes.

—Perdón —dije, y di media vuelta, alejándome.

Aquella mañana, mientras leía y hacía mis tareas, la pelota con la que jugaban los mayores, rodó hasta en dos ocasiones, cerca de nosotros. La señora Remedios fue por ella, nuestras miradas se cruzaron, ninguno de los dos hizo gesto alguno. No recuerdo bien si mis largas jornadas en las rocas del acantilado empezaron a hacerse habituales, después de aquella mañana, o si ya era una costumbre previa.

Aquellos años marchaban con una lentitud y una monotonía de pies de plomo. Todo giraba en torno al trabajo de papá en aquel pueblo de comercio, la temporada de compra de ovejas, la búsqueda de alacranes que, metíamos cuidadosos, en frascos de cristal con alcohol, una recolección puntual de todos los pobladores y que, puntual también, papá se encargaba de entregarlos a los compradores que venían de la grandes ciudades. Papá era una especie de intermediario de aquellas compras. Lo grande sin embargo era la cosecha de papas. Toneladas y toneladas salían en desvencijados camiones de carga. La algarabía en la temporada alta, y, una vez concluida ésta, nuevamente, el pueblo caía en una indefinida somnolencia. Las noches que se agitaban a veces con los cuadros agudos de Alberto, el asma que aprisionaba su respiración, los silbidos que nos despertaban al filo de la medianoche, las costillas que se hundían en aquel cuerpo tan delgado, las fosas de las narices dilatándose en un afán por atrapar la mayor cantidad de aire. Las grandes ojeras de mamá preparando tés y sahumerios, los ojos angustiados de papá, mis correrías a esas horas de la noche en busca del doctor del pueblo, o del boticario. La señora Remedios ayudando a mamá con las inhalaciones de Alberto, untando ungüentos varios en pecho y espalda. El señor Rafael, pendiente por lo que hiciera falta.

—¿Cómo se sienten las manos de la señora Remedios? —preguntó un día Sergio—. Y Alberto se quedó muy serio, cabizbajo y sin dar respuesta alguna.

—Estaba enfermo —dije yo, tratando de sentir menos incómodo a Alberto—, por la crisis —agregué.

Alberto sonrió muy apenas y entonces dijo:

—Son muy suaves —y los tres sonreímos.

Una vez pasadas las crisis de asma, retomábamos nuestras visitas al mar; conforme crecíamos cada vez más me iba haciendo al modo de papá, a veces dejábamos a mamá con Sergio y Alberto, y la señora Remedios, allí en la cabaña. Papá y yo, con el señor Rafael, íbamos de pueblo en pueblo en busca de futuras mercancías. A pocos kilómetros de nuestra cabaña el mejor huerto de papas, allí se compraban las mejores para nuestro consumo. Tres años después de aquel fugaz encuentro con Remedios desnuda en la cabaña, todo se había ido en discretas miradas, juegos de familia, ayuda de ella en las crisis, entrega de mercancías que yo llevaba a su casa.

Sergio a sus catorce años, inquieto como ninguno, había dado ya un par de buenos disgustos a mis padres, cosas de sus amigos, vagancias que poco le ayudaban. Alberto y su precaria salud, su delgadez que dejaba al aire los huesos de las clavículas y el tórax, y los brazos largos, largos. A mis diecinueve años había embarnecido con las hechuras del trabajo y por las largas jornadas nadando en aquel nuestro mar.

—En un momento salgo, Antonio —escuché que dijo Remedios. Para esos momentos me hallaba ya, en la sala de su casa, con una sarta de pescados en las manos. Miré hacia la recámara de la que me llegaba su voz, y allí estaba ella sorprendida. Salía del baño con una toalla envuelta a la cintura, la había atrapado justo poniéndose la blusa por encima de los hombros. Aquella visión renovada después de tres años, la piel tan blanca, los pechos turgentes, el abdomen tan plano, la cintura estrecha. Llegó hasta mí, tomó los pescados.

—Recién bañada —dijo, y sonrió.

Yo me despedí enseguida.

—Los pescados los pude haber llevado yo —le dijo Alberto a mamá—, y pude haberle agradecido a la señora Remedios —agregó. Ella había estado atendiéndolo junto con mamá, hacia unos días, en una de sus crisis.

—A tu hermano le quedaba al paso —respondió mamá.

Sergio dejó la taza de café a un lado y se dirigió a Alberto:

—Si quieres ir esta tarde, te acompaño.

Tres semanas después de aquella mañana el señor Rafael se dislocó la cadera, papá nos platicó que la caída y en general el accidente había sido muy duro. Todos acudimos a rendirle nuestros saludos y desde luego a ponernos a su consideración y servicio. Papá le ayudaría en todo aquel asunto de las compras y ventas, Alberto estaría permanentemente pendiente de la casa, por lo que se ofreciera. Sus ojos resplandecieron al escuchar esto. De Sergio algunas recomendaciones vagas, sus pensamientos se enfilaban ya a dejarlo todo, tal y como sucedió algunos meses después, llevándose a la ciudad todas las esperanzas de nuestros padres. Mi caso era diferente, yo estaba totalmente enfocado al trabajo con papá en las mañanas, y me había convertido ya en el contable de la sociedad mercantil del pueblo.

Una mañana de sábado llegó Remedios a la casa, habló con mamá. Era ya invierno y la cabaña y el mar habían entrado en un largo receso.

—Antonio —dijo mamá—, acompaña a Remedios a comprar papas.

La camioneta iba de brinco en brinco, salimos del pueblo con rumbo a los huertos, durante todo el trayecto el silencio entre nosotros. ¿De qué se habla con una mujer como Remedios? A veces señalaba un ave y me preguntaba por su nombre, un nombre que seguramente ella conocía mejor que yo. O algún árbol, o por alguna flor de las que suelen aparecer entre las frías rocas. De vez en cuando una discreta mirada y una muy velada sonrisa.

El camino pasaba a unos seiscientos metros de la cabaña.

—Cómo estará ahora —dijo la señora Remedios.

—Fría —respondí a bote pronto.

—Aún es temprano —agregó ella.

El sol de aquella mañana era brillante pero frío, en el acantilado el viento amenazaba con cortar las mejillas. De un par de brincos me encaramé hasta una de mis rocas preferidas, mi atalaya. Remedios entrecruzó los brazos y corrió a resguardarse a la cabaña. La bombona junto al fogón, los leños secos. Hábil encendí un buen fuego. A mis espaldas, la sentí ponerse de pie desde una de las bancas en las que se había sentado. Voltee a verla en medio de aquel silencio, había empezado a desprenderse de sus vestidos. El que había cambiado era yo, ella seguía tan hermosa como siempre.

—Ya me has visto desnuda —dijo entonces ella.

El amorío con Remedios se quedó en mi alma y en la suya como el mayor de los secretos. Durante la larga convalecencia del señor Rafael, nuestra cabaña fue nuestro refugio. Sergio vagaba de ciudad en ciudad, de vez en cuando llegaban hasta mi padre las noticias de sus andanzas. Metido en esto y en aquello. Alberto mejoró considerablemente de sus crisis, había una chispa maravillosamente plena en sus ojos cuando hablaba de Remedios. Cómo la ayudaba, las muestras de afecto de ella, en agradecimiento.

—Besó mis mejillas —me contó un día mi hermano. Luego me dijo que fue porque la ayudó en la larga y tediosa caminata de Rafael.

Una vez repuesto Rafael, y habiendo quedado rengueando por lo de la cadera, se me pedía en ocasiones acompañar a Remedios en algunas compras alejadas. Aquello era la locura, nos desviábamos a la cabaña, nos devorábamos en un afán de aprovechar aquellos momentos cada vez más distantes, cada vez más esporádicos.

Cuando cumplí los veinticuatro años decidí que aquel pueblo me quedaba chico, lo de haber sido contable me abrió nuevos horizontes. La gran ciudad distante a más de diez horas de camino. Los estudios y, sobre todo, la necesidad de alejarme de allí antes de terminar en la locura. Nunca volví a ver a mi hermano Sergio, jamás volvió a poner un pie en nuestro pueblo. Alberto a pesar de sus crisis de asma, terminó administrando el negocio familiar con papá, hasta que se hicieron viejos, papá, mamá y él mismo. Yo volvía ocasionalmente de visita, recorría aquellos caminos que poco habían cambiado. Ocasionalmente también, Remedios y yo, nos permitimos alguna escapada furtiva, pero ya nada era lo mismo.

El tiempo que más estuve allí fue cuando murieron nuestros padres, uno detrás del otro con apenas un par de días de diferencia. Arreglamos todo aquel asunto de propiedades y demás para que Alberto siguiera al frente. Mis finanzas y mi propia familia despuntábamos boyantes. En esa ocasión fue la última vez que vi a Rafael y a Remedios, no les había pintado mal la vida. Sin hijos, habían decidido irse a refugiar en otros lares. Remedios era más o menos diez o doce años mayor que yo. Se conservaba, lo recuerdo bien, delgada y esbelta, el cabello canoso pero bien arreglado, aquella mirada intensa de sus ojos verdes, la cintura estrecha y sus pequeños pechos, redondeados, disimulados en el escote de la blusa. Despidieron a mis padres y también se despidieron de nosotros. En algún momento oportuno y fugaz, se sostuvo de mi brazo, caminamos discretos y me dijo con una sinceridad y una simpleza, como nunca antes lo había hecho:

—De alguna manera fuiste mi marido, y de algún modo fui también tu mujer —después se alejó del brazo de Rafael.

II

Aquello fue un sueño, Antonio, me dijo un día mi hermano Alberto, poco antes de morir, ya viejos los dos; él muy enfermo, por supuesto, el cuerpo extremadamente delgado, un hueco en el pecho como quilla de barco, las costillas hundiéndose en un esfuerzo por llevar aire a los pulmones, los silbidos saliendo desde los bronquios. Las alas de las narices resoplando.

—Aquellos paseos por el mar y la cabaña, el acantilado, la presencia de Remedios, los pequeños vellitos en las piernas —dijo Alberto—. ¿Lo recuerdas, Antonio?, gamuza dijiste un día, y yo dije terciopelo —agregó intentando un suspiro.

—Sergio diría que Remedios no tenía ningún olor especial —dijo entonces Alberto—. Pero ella olía a flores, a tomillo, a aceitunas, Antonio. Particularmente a flores en invierno. ¿No crees? —agregó.

—Mamá olía a pescados, y a ovejas, a papas recién desenterradas —respondí—. Mamá olía a alacranes en alcohol, a sal de grano —agregué.

—¿Y Remedios a qué olía, hermano? —volvió a preguntarme Alberto.

 

© 2020 By Óscar Mtz. Molina

 


 

Óscar Antonio Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958). Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Profesor de posgrado del curso de Ortopedia y Traumatología de la facultad de Medicina, UNAM. Autor de artículos de la especialidad en revistas indexadas. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil) Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. En el de cuento de la Escuela de escritores Sogem. Y Literatura y Violencia en el Cuento Contemporáneo, de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Formó parte de los autores en la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Sus cuentos, El viejo profesor de narrativa, y Posesos de lujuria, fueron publicados en los números 169 y 170 de los meses de marzo y abril del 2015, en la Revista el Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila. Dos colecciones de cuentos publicados por Amazon.com: (1) Aromas de café y (2) Le juro que fue la luna.


Web del autor: http://medicosmexicanosporlacultura.blogspot.com/

👁‍🗨 Leer otros relatos de este autor (en Almiar):
El tren lastrero · Papyri Graecae Magicae

🖌  Ilustración relato: Desolación. CdMx abril 2020. Lau Mendoza. Óleo sobre tela ©

biblioteca relato Los tres hermanos

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · PmmC · n.º 113 · noviembre-diciembre de 2020

Lecturas de esta página: 238

Siguiente publicación
Ella se quejaba permanentemente del ruido de esos animalitos saltando…