Los amantes saben vivir sin que la muerte pese
reseña de la novela por
César Bisso
H
e tenido frente a mis ojos un texto de rigurosa originalidad lingüística en todo su desarrollo, configurando una compleja trama que, más allá de su carácter narrativo, adquiere la autonomía de una sólida escritura poética que habla de sí y para sí. En su interior es probable que uno se sienta atrapado por personajes enfermos de vida, donde el amor siempre resulta más poderoso que la muerte. Y aunque la muerte siempre gane con la pérdida de los cuerpos, es aletargada por la luz de la esperanza, del inclaudicable deseo por vivir. Todo nace en la obra cotidiana de dos hombres que nos dicen de dónde vienen y hacia dónde quieren ir o, mejor dicho, adónde no quisieran ir. Crecieron juntos, casi como hermanos, aunque su origen deriva de distintas familias que deambularon por el mundo, atravesadas por el horror de guerras civiles y mundiales. Uno de ellos perdió la vista en un accidente durante su adolescencia; el otro dolió como su lazarillo a fuerza de entregar la piel y alma. Y entre la pasión y la obsesión gestaron de por vida un romance irredente. Ed y Robert —los nombres de los protagonistas centrales— conforman un mundo secreto de luces y sombras. Amantes sufridos y resilientes, sujetos a un devenir que no ocupa ni tiempo ni espacio. Solo es ir hacia adelante, como los grandes cruceros que atraviesan mares y océanos, donde ellos se convierten en pasajeros que se despreocupan por seguir el rumbo del sol o las estrellas, porque lo que importa es estar vivos, permanecer en un estado de éxtasis, donde lo único que puede interrumpirlos es la aparición de un puerto anclado en el horizonte. Ellos, amantes dispuestos a perdurar, aunque el último gran navío que aborden se transforme en la barca de Caronte.
Ed y Robert no están solos en la historia. A sus espaldas respiran abuelas, madres, padres, hermanos, un actor esencial como Manolo y otros que deambulan con menor frecuencia. Todos asumen un rol trágico. Porque la vida es una tragedia. Lo aprendimos en la literatura por Sófocles, pero la historia real la evidencia desde siempre. Y aquí la novela nos recuerda que la guerra civil española fue una tragedia; que el auge del nazismo fue una tragedia; y que, a pesar de todos los pesares, la vida sin amor también es una tragedia. Por eso, sabemos que el sentido de la vida se halla, ineludiblemente, en una dimensión incierta e imprecisa que siempre excede el orden de lo fatal. El amor, en estos personajes, no resiste ningún tipo de especulación. Se abre como la mano de Robert, esperando que lo azaroso resulte más genuino que la certeza de la devolución: porque es el don de dar lo que representa a los amantes y no la fortuna de recibir. De esa paradoja se nutre nuestra autora para imaginar que un cadáver siga envejeciendo en la tumba, si en ella aún late su corazón.
También aparece en la trama de la novela Carmen, una mujer que se posiciona como enlace de los amantes y fiel testigo de encuentros y desencuentros, de avatares y celebraciones íntimas. Su protagonismo es central, porque representa el justo equilibrio entre el pasado y el presente, entre el vértigo y la quietud, entre la ternura y el miedo. Carmen proviene de ultramar, de un país andino, pródigo en deliciosas comidas ancestrales. Abandonó a su familia y persigue la estrella de una tía abuela que desde su andar errante logró enseñarle la libertad de ser y de elegir. Sobre estos pilares se apoya Carmen. Mira de frente a través de la pesadumbre, porque posee una llave mágica, capaz de abrir cualquier cerrojo. Frente a la vida, que es cruel y atormenta, ella apuesta por la imaginación para intimar con el amor, que no necesita ser real o irreal, solo diferente a la falsa postura de aquellos que creen que todo está dictado, que nada puede cambiarse. Carmen es un ser incesante por sobre todas las cosas. Su fortalece trasciende más allá del remordimiento por una infancia que no cesa de calar hondo en sus noches y días, que se transforma en humo de fogatas invisibles, en patios silenciosos, en habitaciones vacías, en huesos rotos, en ausencias. Carmen habla desde el vértigo y la entereza, porque es Quila quien se para frente al espejo. Sabe que la poesía vibra misteriosamente en su lenguaje narrativo. Y no la contradice, la celebra en llamas o sobre el agua. Porque la poesía le enseña a escapar a tiempo de la impostura y la falsedad, la estimula a tocarse el alma y la piel sin ningún prejuicio, le brinda hasta el límite de la conciencia la fascinante misión de escribir con el corazón. Por eso representa el enlace amoroso entre sus dos amigos: los comprende, los protege ante cada riesgo, los apoya en las decisiones más impredecibles y, por sobre todas las sinrazones, los acompaña en ese viaje hacia adelante, hacia la mismísima infinitud, como una estela que bifurca las aguas y las vuelve a juntar.
La ceguera es otro motor de la novela. Adquiere relevancia suprema: nos recuerda desde la escritura que todo es posible, que nada se cancela, que la pasión nos permite tocar, sentir y gozar el cuerpo de otro. Que nadie está solo. También vale preguntar si la luz puede apagarse totalmente o si la oscuridad deja intersticios por donde se filtran destellos de esperanza. Es decir, desear que los ojos vuelvan a ver el afuera, aun a sabiendas que la mirada del alma pueda resultar poderosa y tener más alcance. Y respecto al impedimento de ver, me animo a pensar que la incapacidad de enfrentar los desafíos de la vida tiene más correlación con nuestros propios miedos y, menos, con el continuo desarrollo de todos los sentidos que poseemos. Como ejemplo de esto, rescato el homenaje que la autora le brinda sutilmente, en una tramo de la novela, a dos maravillosas mujeres: una fue Hellen Keller, escritora y activista social sordociega norteamericana; la otra se llamó Anne Sullivan, su hacedora, quien le enseñó a Keller el método para comunicarse con el mundo mientras el agua corría entre sus manos. Una historia fascinante que habla de la fortaleza del ser humano para seguir adelante ante cualquier obstáculo.
En la narrativa de Quila también se aprecia cómo el drama de la vida cotidiana se transforma en el drama de la mismidad, es decir, da cuenta que, si el mundo nos agrede, uno mismo se vuelve «su propio dolor», admitiendo desde la experiencia personal los padecimientos absorbidos a lo largo de la vida. Así es como la autora nos adentra en las miserias de la historia universal con la misma contundencia que ella les otorga a los pensamientos, los decires, las acciones y los extravíos existenciales de cada protagonista, similares a las distintas circunstancias que se revelan en nuestra vida real. En ese preciso instante, la mirada del lector tal vez se confunda con la voz de la autora y se conviertan en uno. Ergo, se produce el encantamiento de comunicarnos y reconocernos.
Hago hincapié en la construcción del lenguaje. No hay pesadez retórica ni avasallamiento metafórico. Manifiesta su sensibilidad lírica a trazo firme, por medio de la experiencia y la reflexión, pero asume un lirismo que omite convenciones dramáticas o emociones desbordantes. Observo en medio de las palabras a una autora romántica, que asiste a las grandes revelaciones desde una mirada despojada de asertos grandilocuentes, pero a la vez una mirada que abruma por su aliento penetrante y por sus ardientes punzadas metafísicas. Esto adquiere más contundencia en las aperturas de cada capítulo.
Esta bella historia nos ubica frente a un texto narrativo que suena como un coro de voces entonando la misma música, pero en diferentes registros, como si la desesperación de cada criatura por cantar al amor les impide comprender por qué se ama. El cadáver que sigue envejeciendo es el tiempo, o mejor dicho la infinitud, que, gracias al poder del incesante deseo, permite imaginar un presente constante. Porque el tiempo es una sucesión de momentos que definen nuestra permanencia en el mundo y no podemos dejar de vivir intensamente cada uno de esos momentos. Y mientras la razón de ser de los amantes encuentra sentido cruzando mares a bordo de cruceros, el viejo dolor se vuelve más íntimo, se busca a sí mismo, y más tarde se interroga por lo que nadie puede responder, y por último regresa a la necesidad de alcanzar la paz, más allá de toda pérdida irreparable. En fin, emociona despertar ante un libro entrañable, de una sutileza temática que duele, pero no ahoga, de una mirada que evoca, denuncia y reconstruye desde la profundidad del dolor.
César Bisso. Coronda, República Argentina, 1952. Además de escribir poemas y otros escritos, es sociólogo y periodista independiente. También fue profesor universitario durante casi 30 años. En poesía ha publicado La agonía del silencio; El límite de los días; El otro río; A pesar de nosotros; Contramuros; Isla adentro; De lluvias y regresos; Las trazas del agua; Coronda; Permanencia; Cabeza de Medusa; Un niño en la orilla; La Jornada; De abajo mira el cielo; Haikus felinos; Andares; El susurro que tañe; Ciertos ayeres.
En narrativa, Memorial de los abismos (ensayo) y La maldición de los carbones (ensayo), escritos junto al poeta brasilero Floriano Martíns. También participó con otros autores en los libros Latinoamérica cuenta (relatos) y Discutir el presente, imaginar el futuro (ensayo). Fue invitado en diferentes ediciones a ferias de libros, festivales de poesía y encuentros de escritores realizados en el país y en diversas ciudades de América Latina y Europa. Obtuvo diversas distinciones literarias, entre ellas el Primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe, el Segundo premio municipal de poesía, otorgado por la Ciudad de Buenos Aires, y la Faja de Honor de la Asociación Santafesina de Escritores. Algunos de sus textos fueron traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, alemán, árabe, griego y rumano.
🖼️ Ilustraciones reseña: (Portada). Fotografía por Lisa {en Pexels} | (En el texto). Tapa de la novela, remitida por el autor de artículo, derechos reservados.

El cadáver que envejece dentro de su tumba (Elizabeth Quila), Ed. Vaso Roto (2020), ISBN: 978-84-122630-1-5. (Adquirir este libro: emea.vasoroto.com/products/el-cadaver-que-envejece-dentro-de-su-tumba)
Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 143 · noviembre-diciembre de 2025 · 👨💻 PmmC
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