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artículo por
Alejandro E. Perdomo


Aunque a veces, los que la amamos, queramos romantizarla, la historia de la ciudad de París es una historia muy sangrienta.

Otras ciudades del mundo (incluso la nuestra, la que tanto queremos también, la que tantas historias guarda para nosotros), tienen algunos episodios puntuales, cuyo recuerdo está cubierto de sangre, de muerte y conflictividad… pero París oculta, para quien lee su historia, cientos de episodios sangrientos, donde el lodo primero, y el cemento, después, se cubrieron de sangre, de mucha sangre.

Desde el 1400, cuando se peleó en sus calles en la guerra de los Cien Años, hasta los tiroteos mortíferos por la liberación de la ciudad de los alemanes en 1944, ha habido episodios de muerte y asesinatos por doquier. Prácticamente cada página de la historia francesa de los últimos 1900 años es frenética y violenta.

Sin embargo, hay un episodio, uno solo, que sobresale entre todos, por su violencia sin par, y también porque originó un frenesí de muerte entre los propios parisinos en tan solo unas pocas horas.

Esta que vamos a contar es sin duda la noche más violenta y espectral de la historia de la ciudad.

Hablamos de la Matanza de la Noche de San Bartolomé. Contemos su historia y sumerjámonos en su violencia inédita, brutal, absurda. Nos esperan escenas atroces, así que tomemos aire y coraje.

15 de agosto de 1572.

Madrugada en el Louvre, la residencia del rey de Francia en ese entonces. Las velas iluminan como el día una de las salas principales del palacio.

En ella, Catalina de Médicis y su hijo el rey Carlos IX preparan una trampa mortal.

Ambos están dispuestos a hundir a París en la más sangrienta de sus noches con tal de triunfar. Y la oportunidad es demasiado perfecta para desaprovecharla.

En el propio palacio, nadie sabe de esta reunión secreta.

El rey Carlos IX es un pusilánime, sin carácter y sin muchas ganas de gobernar. Totalmente controlado por Catalina, que lo manipula a su antojo, ahora ella trata de convencerlo de hacer algo que el rey se niega a aceptar. Pero su voluntad empieza a flaquear. Catalina es una maestra de la manipulación hasta con sus propios hijos.

Esta noche, es, como siempre, Catalina la que habla, explica las ventajas de ese golpe ante un Carlos IX que de a poco, como la cera, se va ablandando y cede a sus mandatos.

El rey tiene algún remordimiento moral por algo que es, sin duda, una canallada, pero piensa que haciéndola, él pasará a la historia como el rey que ganó la guerra civil, y, de paso, ganará su boleto al cielo, al verdadero cielo, al de los católicos, al de aquellos que siguen al papa de Roma.

Porque la idea de Catalina es perfecta y genial, a su horrenda manera.

La guerra civil entre católicos y protestantes ya lleva mucho tiempo.

Se han producido muertes, se han quemado iglesias de ambos lados, ha corrido mucha sangre… pero la contienda está empantanada.

Los católicos, pese a la ayuda desde Roma y desde España, no pueden hacer que los protestantes cedan.

Ninguno quiere retractarse de su visión de la religión. Es imposible convencer a un hombre que cree que la razón de Dios está con él.

Por eso esta lucha es tan difícil de zanjar. Por eso no ha habido acuerdos y es el peor enfrentamiento civil en la historia de Francia.

Todos, católicos y protestantes, creen pelear en nombre de Jesús y entonces es imposible lograr la paz. Literalmente imposible.

Y ahora, Catalina y Carlos IX se preparan, entre las velas, en el silencio de la madrugada, para dar el golpe más grande de esta guerra, un golpe que, fuera de todas las reglas de la moral, definirá la contienda como un certero golpe de knockout.

La ocasión es perfecta. Desde hace unos días, todos los líderes protestantes del país y muchos de sus adeptos están en la capital.

París, la católica París, los recibe con odio y asco, pero nada pueden hacer sus habitantes. Los protestantes tienen pleno derecho a estar allí, en medio de sus rivales, porque se ha decretado una tregua oficial para esos días.

Tocar a uno implica la pena de muerte. Así lo quiere el rey, al menos de forma pública.

El motivo de la tregua es una boda, una boda que servirá de pacto de paz, una boda armada por Catalina, entre uno de los más grandes líderes protestantes (Enrique de Navarra) y una de las flores más bellas del catolicismo, Margarita, la hermana del propio rey.

Se busca que con esta boda se logre la paz. El amor unirá al reino.

París se viste de fiesta y por unos días, se relaja la disciplina y los odios se olvidan entre el vino y la cerveza. Las tabernas se llenan de bebedores. Las lodosas calles se visten de fiesta, música y muchachas bonitas.

La Catedral de Notre Dame de Paris se adorna para la ocasión con miles de cintas y tapices.

Los protestantes miran todo con desconfianza, pero en el fondo creen en el Rey.

Al fin y al cabo, han sido invitados a la ciudad con la promesa real de que nadie les tocará un pelo. Y así lo creen. ¿Dónde se ha visto un rey de Francia que rompa sus promesas?

Además, como detalle principal, Carlos IX aloja en las habitaciones más lujosas del propio palacio del Louvre a la comitiva de los líderes protestantes. ¿Qué rey invitaría a su propia casa a sus enemigos para hacerles daño?

Entonces, confiados, los protestantes se mueven sin miedo por esa ciudad que los odia. Reciben algunos insultos pero poco más.

La boda se realiza el día 18 de agosto. La situación es extraña y hasta algo cómica. Enrique, protestante, no puede entrar a la nave de Notre Dame, entonces el sacerdote los casa a distancia. Margarita está en el púlpito principal, y Enrique, en la puerta de la catedral.

La extraña ceremonia se realiza en paz y todo termina sin incidentes. El vino, como dijimos, contribuye a enfriar los ánimos y parece que la paz será duradera, quizás, esta vez.

Pero Catalina de Médicis no piensa lo mismo.

Ella ve la oportunidad perfecta de terminar para siempre la guerra. Por eso está reunida con el rey esta noche. Por eso acaba de convencerlo.

Y el rey es renuente, porque el plan de Catalina es asesinar, de golpe, y en una misma noche, a todos los protestantes, darles un golpe mortal, aprovechando su visita en la ciudad, y liquidarlos a todos juntos durante la noche del 23 de agosto, fiesta de San Bartolomé.

Todo está meticulosamente planeado. El rey escucha el plan, que Catalina armó hasta en sus más mínimos detalles, y termina aceptando.

El plan, es, más allá de su inmoralidad, simplemente perfecto. El rey lo acepta y horas después todos los católicos importantes de la ciudad lo saben. Todos sonríen en silencio.

Paaca sobre la Noche de San Martolomé

23 de agosto de 1572.

Domingo por la noche. Es la noche elegida para poner en marcha el plan. El rey y Catalina saben que esta noche sucederá todo.

A las diez de la noche en punto se cierran, sorpresivamente, todas las puertas de la ciudad. Nadie puede salir, nadie puede entrar.

Un rato después, se quitan, de forma subrepticia, todos los barcos, grandes o pequeños, del Sena y se los saca de la vista de todos. El río está vacío esta noche, por primera vez en la historia.

Nadie podrá salir de la ciudad, ni por tierra ni por agua.

A las doce de la noche, el rey se acerca a las habitaciones de los nobles protestantes a saludarlos uno por uno y desearles un buen descanso.

El Rey sabe que todos morirán en un rato, pero este saludo es parte del plan. El Rey quiere a los protestantes dormidos y relajados. Y así se sienten todos, seguros, en medio de una tregua.

El rey se marcha a sus habitaciones junto con su madre, a esperar. Afuera, París duerme.

Las cuatro de la madrugada. Un sonido sobresalta a la ciudad dormida. La campana de la hermosa iglesia de Saint Germain L´Auxerrois comienza a sonar. La iglesia queda a pocos metros del Louvre y se oye con toda nitidez en la silenciosa madrugada dentro del palacio.

Segundos después, comienza a sonar la campana de Notre Dame. Y luego otra iglesia. Luego, al fin, todas hacen lo propio. El aire nocturno se cubre de campanadas.

Estas campanadas son la señal esperada para los católicos que sabían del plan, que eran muchos.

Porque esas campanadas anuncian que a partir de este momento, y hasta el alba, son totalmente libres para asesinar a cuantos protestantes quieran.

El rey y Catalina sonríen en silencio. La noche de San Bartolomé ha comenzado.

Mientras siguen sonando las campanas de todo París, los líderes protestantes son sacados a la fuerza de sus habitaciones del Louvre. Algunos llegan a comprender que han sido traicionados y se resisten. Estos son ejecutados a lanzazos en los mismos corredores del Palacio. Los que se rinden en su propia cama son degollados al instante.

En las calles, en las tabernas, cientos de católicos que esa noche no se habían acostado, corren de casa en casa, de posada en posada, de taberna en taberna. Cuando encuentran algún protestante, lo degüellan de inmediato con rapidez.

La sangre comienza a correr de forma enloquecida.

El líder del partido protestante, Gaspar de Coligny, despierta en el Louvre con las campanadas y comprende de golpe. Dos días antes había sufrido un atentado fallido mientras paseaba por la ciudad y comprende que ese hecho fue el anticipo de lo que vendría. Sin embargo, confió ilusamente en su nuevo amigo el rey y por eso ahora está ahí, en su propio palacio, indefenso.

Cuando despierta del todo, siente un golpe en la puerta, y ve que de repente, su cama está rodeada por guardias reales. Coligny comprende que ha sido traicionado, que su destino es morir en ese instante por su causa, y no peleará por su vida.

Uno de estos esbirros del rey le atraviesa, sin previo aviso, sin honor ni valentía, el estómago con una lanza; y luego lo lanza por la ventana a la calle.

Al caer al suelo, su cadáver es reconocido y despedazado por una turba de furiosos católicos. Su cabeza es puesta en una pica, sus brazos y piernas arrancadas y llevadas por la multitud rumbo a los barrios más populares, y su torso es arrojado al Sena, que ya empieza teñirse de rojo.

Este dato no es un agregado novelesco, existen multitud de testimonios que cuentan que las aguas del río parisino esa noche se tiñeron literalmente de rojo. Esto se debe a que por orden de Catalina, todos los cadáveres debían ser arrojados al Sena.

Vienen, acreditadas por testigos de ambos bandos, escenas tremendas, nunca antes, ni después, vistas en la sin par historia de la ciudad.

El rey se asoma desde su ventana del palacio con un vetusto arcabuz y comienza a dispararles a los protestantes que ve —o cree ver— desde su ventana. Grita extasiado de alegría cuando derriba a alguno. Aniquila a muchos, aunque siempre negó haberlo hecho.

Los protestantes que quieren huir a nado, encuentran que el río está tapizado de cadáveres, pero no se ve un solo barco. Algunos quieren cruzar sobre la montaña de cuerpos, y son baleados sin piedad desde las orillas en ese desesperado intento. Muchos se ahogan.

Los cadáveres comienzan a apilarse en las calles, rápidamente. Algunos son despedazados y decapitados.

En la isla de la Cité se hace una hoguera con cientos de cabezas de protestantes. El olor es nauseabundo.

Antes de finalizar la madrugada, todo París es una orgía de sangre y asesinatos.

Miles de crímenes se producen entonces, también, por motivos que poco o nada tenían que ver con la religión. Ajustes de cuentas por deudas, conflictos por mujeres o tierras, rencillas simples y habituales entre vecinos se terminan de esta sangrienta manera. Todo valía durante esa noche de espanto.

Sin el ejército en las calles, todos sentían que podrían hacer lo que quisieran.

El frenesí dura un rato más. Llega, desde el horizonte, el alba. Las campanas dejan de sonar y la masacre, de golpe, termina.

Los cálculos de los historiadores afirman que 10.000 protestantes fueron asesinados de esta horrible manera en tres horas de locura, aunque nunca se sabrá la cifra exacta.

En ese horrendo amanecer, las calles de París están llenas de partes de cuerpos y la sangre cubre las paredes.

De repente, todos los que participaron se miran, como enloquecidos, y vuelven rápido a sus casas. Cierran puertas y ventanas. Nada ha sucedido en apariencia.

Carlos IX y Catalina de Médicis salen a recorrer la ciudad al amanecer, con la hipocresía pintada en su rostro. Oficialmente, claro, los repugna la matanza y el propio rey saldrá a pedir a los católicos que cesen de matar protestantes, cuando en las provincias se repitan hechos semejantes.

Sin embargo el rey declara en el Parlamento que debió hacerlo «obligado por las circunstancias», porque los protestantes estaban planeando un crimen contra su persona.

La Noche de San Bartolomé no fue el golpe definitivo que Catalina esperaba.
La guerra civil, cruel, llena de matanzas y desbordes, seguiría casi treinta años más.

Enrique de Navarra, aquel a quien no dejaron entrar a Notre Dame, aquel cuya boda sirvió como excusa para la peor matanza a traición de la historia de la ciudad, será quien traiga la paz definitiva, ya como rey de Francia con el titulo de Enrique IV, en 1598.

¿Quedarán los fantasmas de esa terrible noche dando vueltas por la ciudad? No lo sabemos. Lo que sí podemos afirmar es que la Noche de San Bartolomé es el episodio más violentamente enloquecido de la historia de Francia.

 


 

Alejandro Eduardo Perdomo. Autor de Buenos Aires. Profesor de Historia. Cuenta con tres libros publicados de forma independiente.
Los dos primeros se llaman A un paso de María Antonieta (Primera y Segunda Parte), y relatan historias de París, de sus lugares misteriosos, de sus reyes y reinas, y la sensación del autor al visitar esos lugares, por lo que se podría decir que se trata de una mezcla de ensayos, cuentos e investigación histórica.
En el tercer libro, llamado Reinas tristes de la historia de Europa, se cuenta las vidas y penas de doce reinas del continente europeo, de forma literaria/ histórica. Tiene, además, varios escritos de dicho anterior estilo que permanecen inéditos.

Contactar con el autor: domocuervo[at]hotmail{.}com

👉 ¿Más sobre París?, lee otro artículo sobre dicha ciudad de este autor (en Almiar): El Obelisco de Luxor

Ilustraciones: (Portada) Debat-Ponsan-matin-Louvre, Édouard Debat-Ponsan, Public domain, via Wikimedia Commons ▫️(En el texto) Massacre de la Saint-Barthélemy, Jeanne Menjoulet from Paris, France, CC BY 2.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/2.0>, via Wikimedia Commons.

artículo La noche de San Bartolomé en París

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