por
José M. Grande González

Bueno, no sé por qué vine aquí esta noche.
Tengo la sensación de que algo no va bien,
tengo miedo por si me caigo de la silla,
y me pregunto cómo bajaré las escaleras.

Stuck In The Middle With You (Stealers Wheel)

P

oco antes de tomar la autovía de circunvalación, Emma disminuyó la velocidad y señaló un cartel publicitario a todo color que anunciaba un mundo idílico. Una urbanización de edificios de dos o tres alturas con zonas verdes, piscinas, palmeras y frondosos árboles que flanqueaban aceras por las que paseaban los imaginarios vecinos. El cartel estaba situado sobre un altozano y era de proporciones faraónicas.

Emma y Fer llevaban de pareja poco más de un año; cuando se conocieron ambos se recuperaban de experiencias sentimentales calamitosas, se cayeron bien y fueron descubriéndose de forma cautelosa, capa a capa, igual que se perfiló su cariño. Cada uno seguía viviendo en su casa y dormían juntos casi todos los fines de semana. Regresaban de pasar unos días en la playa.

—¿Qué te parece? —dijo Emma.

—¿El qué? —dijo Fer, sabiendo a qué se refería.

—El sitio, la urbanización…

—Bien, ya sabes, publicidad.

—¿Apuntas el teléfono?

Atardecía, el sol casi oculto por las nubes proyectaba una luz anaranjada que parecía salir de detrás del anuncio publicitario. Fer abrió la guantera, cogió un bolígrafo y tomó nota del teléfono en el reverso de una multa antigua. Emma aminoró aún más la velocidad, puso el intermitente y se detuvo en el arcén. Lo miró con dulzura y tirando del cinturón se acercó hacia él para besarlo. Durante el beso Fer continuó con la multa y el bolígrafo en la mano.

—Este es uno de esos momentos especiales ¿no te parece? —dijo Emma.

A Fer el viaje se le había hecho largo, estaba cansado, el cuerpo sudoroso le hacía sentirse incómodo y deseaba llegar a su casa cuanto antes. Le hubiera gustado hacer una parada a mitad de camino y estirar las piernas, pero Emma había preferido continuar; «conduzco yo», dijo. Cuando se convive no siempre se puede hacer lo que uno quiere. No obstante, pese a este pequeño inconveniente, el viaje había merecido la pena; sí, aunque Emma tenía sus cosas la relación merecía la pena. Mientras avanzaban hacia la ciudad Fer pensaba que Emma tenía razón cuando afirmaba que, aunque no vivieran juntos, lo suyo era una relación estable de pareja. Y la comparaba con la de amigas que se habían instalado en casa de sus novios o de parejas que habían comprado o alquilado apartamento. Él callaba ante estas insinuaciones, aunque sabía que más pronto que tarde acabarían viviendo juntos. Las mujeres, pasados los treinta buscan seguridad. Muchos hombres también. Por eso, sin querer queriendo, aceptaba algunas propuestas que implicaban mayor compromiso, por ejemplo, abrir una cuenta bancaria conjunta. Había aprendido que en una pareja las acciones u omisiones significan algo más que el propio hecho, suelen contener mensajes para el que pueda o quiera entender. Antes lo ignoraba y eso había sido una de las causas del fracaso de su matrimonio. Ahora que sabía estaba dispuesto a intentarlo de nuevo y formar una pareja feliz.

—¿Qué piensas? —dijo Emma, desviando por un instante la mirada de la carretera. Soltó la mano derecha del volante y buscó la de Fer.

—En lo bien que lo hemos pasado —dijo él. No iba a contarle todo, era difícil expresar lo que tenía en la cabeza. Le apretó la mano a Emma.

—Ya estamos llegando —dijo Emma. Apretó más la mano de Fer, luego la soltó y cogió el volante de nuevo.

Durante la siguiente semana ambos estuvieron muy ocupados en sus respectivos trabajos y no se vieron hasta el viernes. Estaban en casa de Fer cenando pizza ante la televisión cuando Emma preguntó por el asunto.

—¿Dije que llamaría? No lo recuerdo, se me ha pasado —respondió sin perder de vista el programa. La miró brevemente, tenía la cara larga.

Emma le criticó que las cosas que no le interesaban demasiado las dejaba sin hacer y luego se le olvidaban. Fer prometió llamar al día siguiente; le ofreció una porción de pizza, cogió otra y miró la televisión con más interés del que realmente tenía. Ella no hizo ningún comentario. Se acostaron e hicieron el amor. Antes de dormirse, Fer reflexionó sobre el reproche de Emma. Tenía que haber llamado a lo largo de la semana, si realmente quería a Emma tenía que comprometerse más. El lunes sin falta llamaría.

 

Llamó, aunque antes tuvo que buscar la multa donde había apuntado el número de teléfono entre los papeles arrugados de la guantera. No quedaban pisos a la venta. Después habló con Emma.

—Cariño, ya he llamado. Me han dicho que no tiene pisos a la venta.

—¿Qué esperabas? ¿Qué tuvieran alguno reservado hasta que llamaras?

—Quizás los tenían vendidos desde hace tiempo y no han quitado el cartel, suelen hacerlo —argumentó Fer.

Continuaron hablando de cosas cotidianas. Antes de despedirse Emma le anunció que esa tarde visitaría a su madre, no podrían quedar, comerían juntos al día siguiente.

 

Cuando Fer entró al restaurante Emma no se levantó para besarlo. Durante la comida se aplicó a saborear los platos esperando que ella sacara el tema. Emma de vez en cuando le miraba con cierto reproche por su silencio. Luego comenzó a hablar de la cena a la que irían por la noche, de los otros invitados, de cada pareja, del tiempo que llevaban juntos, desde cuando convivían…, a los postres de sopetón dijo:

—Quizás no quedaba ninguno, pero tendrías que haber llamado antes, parecía una señal.

—¿Una señal? ¿De qué? —dijo Fer.

—No sé, había sido un fin de semana maravilloso, aquella puesta de sol, el anuncio que parecía irradiar luz… era un lugar idóneo… —dijo mirándolo fijamente con ojos brillantes y tristes desde el otro lado de la mesa.

Era el momento que Fer estaba esperando. Cogió la servilleta y se limpió los labios aguantándole la mirada.

—Los pisos los habían vendido sobre plano, como te dije, sin embargo…, los hay en alquiler y he quedado mañana para ver uno.

A Emma se le iluminó el rostro.

—¡Qué sorpresa, cariño! —dijo. Los ojos se le alegraron.

La urbanización resultó ser bastante parecida a la que se anunciaba. Recorrieron con la agente inmobiliaria el exterior de amplios jardines con un par de estanques, pistas de pádel, una piscina cuasi olímpica y un área de juegos para niños por la que se interesó Emma, caminos de fina grava comunicaban unas zonas con otras. Visitaron luego el apartamento. El interior, afortunadamente, era muy del gusto de ella, acogedor, luminoso; la decoración moderna; los muebles nuevos, sencillos y prácticos.

—Un lugar tranquilo y una casa agradable, todo invita a convivir aquí —dijo Emma.

Fer respiró satisfecho, de momento alquilarían, era un paso.

El día que tomaron posesión de su flamante hogar abrieron una botella de vino y brindaron por su amor, por su futuro en pareja. Estaban de pie en el salón, las cortinas del balcón descorridas. Se abrazaron. Luego se besaron con cuidado de no derramar las copas. Mientras Fer saboreaba el vino en los labios de su pareja vio algo de lo que no se había percatado: el enorme cartel publicitario estaba allí, frente al salón, sobre un montículo de tierra. Esa noche prepararon una cena romántica y luego ambos se entregaron con especial deleite en la celebración del amor. Poco después de acabar oyeron discutir a los vecinos, parecía una pareja de edades similares a las suyas, se gritaban, luego un portazo. Emma apagó la luz, se dio la vuelta y enseguida se durmió. Fer se quedó pensativo mirando al techo en la oscuridad. El golpe le recordaba su separación.

Todo estaba saliendo bien, se habían conocido por casualidad, se encariñaron sin pretenderlo, llevaban juntos un año en el que habían superado sus respectivas heridas y tenía ilusión por comenzar, con tiento, la aventura de la convivencia. En las semanas que siguieron disfrutaron el uno del otro y ambos de la casa. Fer sabía que la etapa que emprendían no estaba exenta de dificultades, pero estaba decidido a que esta vez saliera bien, tendría que poner todo de su parte, ser atento, cariñoso y comprensivo con Emma, y, desde luego, eliminar aquella valla publicitaria que se elevaba frente a ellos como un muro.

 

Habló con la agente inmobiliaria:

—No hay pisos que vender, pero el cartel publicitario no debe saberlo, continúa frente al balcón anunciando la próxima construcción y venta de viviendas, lo cual no es cierto.

La mujer escuchó y lo despidió con amabilidad de recepcionista, se encargaría de hablar con la empresa constructora. Fer dudó que lo hiciera. Esperó a estar en casa para comunicárselo a Emma. Mientras cenaban viendo las noticias dijo con aire satisfecho:

—He llamado a la inmobiliaria para que retiren el cartel.

—Si hubieras llamado antes podríamos haber elegido un apartamento con otra orientación —dijo ella.

Se quedó por unos momentos con las manos, armadas de cuchillo y tenedor, detenidas a unos centímetros del plato, la mirada puesta en el pastel de verduras. Le molestó la forma en que lo dijo, un tono pretendidamente neutro, pero lacerante, le molestaba que utilizara ese tonillo para reprocharle. Esperaba, si no un halago, al menos que se alegrara de la iniciativa. Cortó un trozo de pastel.

—En todo caso no es lógico mantener el anuncio si no hay pisos que vender —dijo. Tampoco era lógico que siguiera hablando todas las noches con su madre como cuando vivía sola, pensó, sin querer detenerse en ello.

 

Pasaron unas semanas sin noticias de la inmobiliaria. El cartel continuaba allí, levantado sobre sus dos robustas extremidades metálicas impidiéndole disfrutar del paisaje; el talud sobre el que se anclaba se había ido poblando de malas yerbas, cardos y malolientes plantas de beleño. Fer habló por teléfono con el presidente de la comunidad de vecinos, quién le aseguró que pediría a la constructora que retiraran el cartel, pensaba que no pondrían objeciones. Vaticinó que, ante la presión del presidente, la empresa constructora desmantelaría la ya inservible valla. Cuando llegó al apartamento Emma estaba sentada en el sillón con los pies desnudos apoyados en la mesa, en la que también había varios frasquitos de pintauñas de diferentes colores. Hablaba por el móvil… con su madre. Le saludó levantando la mano sin interrumpir la conversación. Fer se sentó en el otro sillón y esperó durante unos minutos observando los frasquitos de colores. La conversación telefónica no decaía. No tenía intención de colgar. Fer movía la cabeza de un lado a otro fijándose en los pintauñas, luego en la TV encendida y muda, puso las manos en los muslos, se echó hacia adelante, se repantingó y volvió a incorporarse mientras seguía escuchando el anodino monólogo. Finalmente se levantó y se dirigió a la habitación con intención de ducharse. Cuando volvió al salón Emma atendía a la televisión ya con el sonido conectado.

—Qué tal —dijo.

—Bien —respondió Fer un poco seco; no pensaba decirle nada a no ser que le preguntara directamente respecto al anuncio.

Ya sentados a la mesa Emma habló de la comida que harían en casa con los amigos y de una obra de teatro a la que quería que fuesen. Después, en el sofá se acurrucó a su lado. Fer estuvo tentado de hablarle del cartel, pero pensó que era mejor esperar a que lo eliminaran y darle la sorpresa, algo así como preparar unas copas y cuando ella llegase abrir las cortinas enseñándole el espectáculo, una ventana abierta al más allá, quizás un bosquecillo de pinos, o un terreno quebrado poblado de tomillo y brezo en flor, en todo caso un horizonte. Fue Emma la que habló.

—¿Ibas a decirme algo antes?

—Nada importante.

—¿No tendrá que ver con el anuncio?

—Pues ya que lo dices, sí.

—La has cogido con el anuncio. Hasta que no lo quiten no vas a estar satisfecho.

—Pues sí. No es solo por el cartel, es algo personal —dijo Fer trascendente.

Por la mañana recibió una llamada del presidente: la constructora se lavaba las manos. Fer quiso entonces hablar con él en persona para comentar el asunto, pero lo derivó al administrador que era el encargado de los temas legales. Esa misma tarde fue a su oficina. Le expresó las quejas. No era aceptable que su vista se detuviera a 50 metros escasos, aunque fuese con el anuncio de la maravillosa urbanización, que, por cierto, el cielo azul del cartel ya estaba descolorido y la parte inferior derecha, donde estaba la piscina, se había despegado dejando al descubierto el soporte oxidado. El tipo, muy amable de gesto y palabra, quitaba importancia a sus quejas. Fer le instó a que presentara una denuncia en nombre de la comunidad para que las autoridades se implicaran. Imposible, le dijo, primero eso hay que decidirlo en una Junta, en una Junta de Propietarios, recalcó, y usted no es propietario, usted es un inquilino, un inquilino problemático. Fer no esperó a escuchar el segundo impedimento.

 

Mientras se dirigía al centro comercial le iba dando vueltas a la conversación con el administrador ¿Habría sido de otra manera si en vez de inquilino fuese propietario? No lo creía, la gran mayoría de los vecinos eran propietarios y el cartel seguía allí; si hubieran comprado estarían condenados a ver un día tras otro cómo el colorido cartel anunciando un mundo idílico se deterioraba, se cuarteaba y sus trozos eran arrancados por el viento; de alquiler podían dejar el piso en cualquier momento y buscar otro con mejor panorámica. Preguntó a un vendedor que le aconsejó un soplete de acetileno, pero al verle la cara de extrañeza lo llevó al estante de las sierras y puso en sus manos una para metal y varias hojas de repuesto. Compró también una linterna, un mono y guantes de trabajo. Llamó a Emma varias veces hasta que por fin la línea dejó de estar ocupada. Le explicó que había quedado con un amigo, que no le esperara para cenar. Cuando cayó la noche rodeó la urbanización hasta llegar a la valla publicitaria. Estaba nublado y comenzaba a chispear lo que le ayudaba a pasar desapercibido. Las vigas y riostras que soportaban el cartelón eran más gruesas de lo que esperaba, su primer impulso fue desistir; no obstante, iba armado de buenas herramientas y de paciencia así que se puso a la tarea con la convicción de que si conseguía serrar una viga la estructura entera se vendría abajo. Se embutió en el mono, se puso los guantes y comenzó a serrar con tal ímpetu que enseguida tuvo que descansar cuando los dientes apenas habían dañado el hierro. Cambió de posición y de mano, atacó por un lado, atacó por otro, serró en horizontal, serró en oblicuo, pensó que aquello era tarea para un soplete no para una sierra de mano. No se desanimó, era cuestión de no abandonar ante las primeras dificultades. Después de una hora de intenso trabajo había conseguido profundizar unos escasos 2 centímetros, le quedaban otros 15 o 20; tenía labor para varios días. Pero el trabajo estaba iniciado, se trataba de ir poco a poco, calculando con cuidado el ángulo de corte no fuese a caérsele encima la instalación. Rondaba la medianoche cuando decidió regresar. Pensó que a esas horas y lloviznando no encontraría a nadie por la urbanización. Andaba deprisa con la sierra en la mano, el mono azul sobre la ropa de calle y los zapatos llenos de barro cuando, próximo a su portal, se topó con el presidente. Ya no había remedio.

—Buenas noches —dijo Fer de pasada.

—Va a ser cierto que es usted un inquilino difícil —dijo el presidente mirándolo de arriba abajo—. Buenas noches.

Subió por la escalera mascullando su ira, dejando señales de barro en los escalones. Al abrir la puerta del apartamento Emma volvió la cabeza, estaba tumbada en el sofá viendo una serie de TV. El móvil a su lado. Fer malpensó que había estado hablando con la madre.

—Te esperaba más tarde —dijo.

Estaba claro que había mirado, pero no había visto. Un mono azul no pasa desapercibido en un salón blanco. Se sentó haciéndose un hueco a su lado. Entonces Emma sí le observó detenidamente. Detuvo el capítulo que estaba viendo.

—¿Qué ha pasado? ¿De dónde vienes así? ¡Quítate esos zapatos! —dijo incorporándose.

Fer decidió responder a las preguntas e ignorar la orden. Le contó al detalle los últimos acontecimientos, incluso lo de «inquilino difícil».

—No ha sido buena idea empezar a convivir aquí —concluyó desilusionado.

—Creo que te estás obsesionando —dijo pulsando el play—. Quítate los zapatos que los tienes de barro —insistió.

Fer se dirigió lentamente a la habitación arrastrando los zapatos por el parqué. Se duchó y se acostó con la intención de leer y olvidar. Estaba con el libro abierto sin leer ni olvidar cuando Emma pasó a su lado, la cara le brillaba debido a la crema, llevaba un pijama de barquitos y olas que con el movimiento de los pechos parecían una fuerte marejada. Si su pretensión era seducirlo no lo consiguió. Nada le seducía. Pensó en hablar con ella, expresarle de buenos modos, con cariño, lo que le molestaba, lo que le venía molestando y, ya que estaban, hablar un poco de ellos, de cómo se sentían tras unos meses de convivencia. Cuando ella abrió su lado de la cama, se acostó y cogió el libro, antes de que comenzara a leer, le dijo:

—Oye Emma….

—No me vengas otra vez con lo del cartel —le cortó en seco volviéndose hacia su mesita de noche.

Fer se quedó mudo. Empujarla fuera de la cama; dar un manotazo al libro que tenía entre las manos; tirar el suyo contra el espejo de la pared de enfrente; arrancar su lámpara de lectura de la pared, todo esto se le ocurrió en un segundo, como escenas que ocurrían en diferentes películas. Quiso dormirse con rapidez sin pensar en nada antes de que por dentro fuese devorado por la amorfa desilusión que le invadía, pero no pudo. Finalmente entró en el sueño como un náufrago solitario sumergido en un mar gélido y oscuro esperando la muerte por hipotermia.

Despertó por la mañana como de una pesadilla. Ella estaba tumbada sobre su lado izquierdo dándole la espalda, encogida igual que un bulto amorfo, y al levantar un poco la cabeza veía su dorso ligeramente curvado; los barquitos de velas azules y blancas seguían navegando sobre las onduladas olas de su pijama como si nada hubiera ocurrido. Se levantó sin saber lo que iba a hacer, los proyectos y deseos de antes se habían borrado y los nuevos aún estaban tratando de ocupar su lugar; con esa confusión en su cabeza fue hacia el salón, lo atravesó abatido y descorrió las cortinas mecánicamente. El anuncio ya no estaba allí. Tanto el cartel como el armazón metálico que lo sustentaba habían desaparecido. Detrás se veía un horizonte de escombreras y deshechos.

 


 

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Ilustración relato: Imagen realizada mediante técnica IA (redacción).

🔖 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2006)
La colección (en Publicidad engañosa) La colección, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2003)
En la madriguera (en Publicidad engañosa) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2003)

 

Relato Publicidad engañosa

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 140 · mayo-junio de 2025 ·👨‍💻 PmmC

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