relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

C

ésar no usaba la palabra escoria con el sentido peyorativo con que habitualmente se utiliza y que se recoge en la acepción 5.ª del diccionario. En su relación con el universo las cosas pasaban por tres estados: a) Metas o fines; b) Medios o instrumentos; y c) Escoria. Escoria era todo aquello que sobraba en la consecución de sus propósitos, pero que en su día había sido un medio e incluso un fin. No había acritud ni desprecio en el apelativo, escoria lo constituía todo aquello que había dejado de ser útil para él; nada personal.

César era el tipo de persona que se fija un objetivo y no ceja hasta alcanzarlo, sin que nada ni nadie le pueda distraer de su propósito, para, una vez conseguido, plantearse una nueva cima aún más alta, y así sucesivamente. Su ambición iba más allá de su talento y quién sabe cuán alto podría llegar si se lo proponía. Por el camino había dejado algunos cadáveres, residuos de etapas pretéritas de su ilimitada ambición: su cuadrilla del barrio, los amigos del colegio, sus compañeros de facultad, algunas novias… Ahora todos ellos eran escoria.

César iba a dar el gran salto, ese que tantos mejor preparados que él no superan, ese que no alcanzan tantos hombres con talento, ese en que los conocimientos y el trabajo importan menos que otras cualidades, llamémoslas así, más etéreas. Todo estaba preparado, las piezas que estratégicamente había ido moviendo estaban en su sitio, las amistades que cultivó selectivamente habían activado sus influencias, tenía contactos dentro de la Compañía y su currículo encajaba perfectamente con los requisitos del cargo. Si nada fallaba, y nada podía fallar, el puesto sería suyo.

La entrevista con el socio-director de la oficina resultó incluso mejor de lo previsto, durante la mayor parte de la reunión repasaron sus amistades o conocidos comunes y contaron anécdotas de golf.

—César, me has causado muy buena impresión —concluyó el socio-director—, aunque no me sorprende dadas tus referencias. Tu currículo es excelente y encaja con el perfil que estamos buscando.

—Muchas gracias —dijo César, sonriendo con satisfacción.

—Antes de hacerte la oferta económica, el Departamento de Recursos Humanos tiene que dar su Visto Bueno a tu incorporación. En tu caso resulta un mero trámite, pero es precisa su aprobación. Si no participan en el proceso de selección de los empleados se enfadan, son muy quisquillosos para estos asuntos. De alguna manera tienen que justificar su sueldo.

—Lo entiendo perfectamente. No hay ningún problema —respondió César complacido de que el socio-director bromeara ya con él.

—Excelente; sube a la planta diecisiete y pregunta por Carlos, es el Director de Recursos Humanos —dijo el socio-director ofreciendo la mano a César.

César se levantó y se arrojó sobre la mano que le ofrecían como si la quisiera para sí o fuera a devorarla.

—Gracias, muchas gracias, le estoy muy agradecido. Me he sentido muy cómodo con usted. Para mí sería un privilegio pertenecer a una Compañía con el prestigio de ésta y poder trabajar con profesionales de su talla —le correspondió César agitando vivamente la mano con las dos suyas.

—Nada, nada, no hay de qué. La semana que viene te llamaremos para firmar el contrato —dijo el socio-director, tirando del brazo para recuperar su mano.

 

César subió a la Planta 17.ª y preguntó por Carlos. Lo llevaron a una pequeña sala de reuniones y le dijeron que esperara. RR. HH. era un juego para él, había que limitarse a decir lo que querían escuchar; pan comido.

El edificio era uno de los más altos de la ciudad. César se entretuvo mirando las vistas y con la ciudad a sus pies se hizo una idea, vaga pero reconfortante, de lo que era la omnipotencia.

El ruido de la puerta al abrirse le sorprendió en ese ensueño. Aún tuvo tiempo para armar la más amigable de sus sonrisas y darse la vuelta para recibir al responsable de RR.HH. de la Compañía, último obstáculo antes del gran salto.

—¡César, Cesarín! Cuando he visto tu nombre en el currículo no me lo podía creer —soltó el tal Carlos al entrar en la sala.

A César se le congeló estúpidamente la sonrisa en los labios. El tipo le parecía familiar, pero no lograba ubicarlo.

—¿No me reconoces? Carlos, Carlingas, de la cuadrilla del barrio ¿No te acuerdas? Fanegas, Pirracas, Joselito, El Chino… éramos inseparables.

—Carlos, hombre, Carlos, no te he reconocido al principio, ha pasado tanto tiempo —reaccionó por fin Cesarín.

Los dos se unieron en un efusivo abrazo.

En otras circunstancias a César el encuentro no le hubiera desagradado, en las actuales suponía un imprevisto y los imprevistos no le divertían. Recordaba remotamente a Carlos como un friqui fanático de los cómics y de las novelas de ciencia-ficción. Se preguntó cómo habría llegado hasta aquí y consideró que algo en el sistema fallaba.

—Por lo menos quince o veinte años —dijo Carlos una vez deshecho el abrazo.

—¡¿Tantos?! No puede ser —exclamó Cesarín, sinceramente sorprendido.

—Sí, sí, tantos —ratificó Carlos—, desde luego no has perdido el tiempo, tu currículo es impresionante. No me sorprende, siempre fuiste el empollón de la pandilla.

A César este comentario no le gustó, pero tenía demasiadas tablas para que se le notara.

—Parece que tampoco te ha ido mal a ti… Me pregunto cómo estarán los demás —se interrogó Cesarín como si sus amigos se hubieran perdido en alguna selva remota.

—Pues algunos mejor que a otros —respondió Carlos con sencillez—. De vez en cuando nos reunimos todos, bueno, todos excepto tú, que desapareciste del mapa y no volvimos a saber de ti.

—No sabes las veces que me he propuesto llamaros, pero, al final, entre unas cosas y otras… —Cesarín se dio cuenta tarde de que tratar de justificarse era un error.

—Ya me imagino que andarás muy liado —conjeturó Carlos mirando el currículo.

—Sí, sí, pero cuéntame ¿Cómo está la pandilla? —preguntó Cesarín alegremente, más para desviar la conversación que por genuino interés.

—Algunos se han casado, incluso tienen hijos… Pirracas se está divorciando. Al Chino le fue peor, ya sabes cómo era, le pillaron con dos kilos de cocaína en el aeropuerto. Acaba de salir de la cárcel. Ahora está buscando trabajo para tratar de rehacer su vida. Le echamos una mano entre todos.

—Vaya, no lo sabía. Dame su teléfono por si me entero de algo —dijo Cesarín afectando la voz como si de verdad le importara la suerte de «el chino».

—Ya. Sí. Luego te lo doy. Si te parece vamos a empezar con la entrevista.

—Como quieras.

Carlos se sentó detrás de la mesa cuadrada que había en medio de la sala y señaló a César su sitio en el lado opuesto.

—El mejor activo de esta Empresa lo constituyen sus empleados —comenzó Carlos adoptando una actitud circunspecta más acorde con el motivo que los había reunido—. No sólo tenemos en cuenta el perfil profesional de los candidatos sino también su calidad humana. Esta Compañía valora a las Personas; no nos basta con que sea un excelente profesional sino que debe fomentar un buen ambiente, no nos basta que trabaje muchas horas sino que sea capaz de delegar y confiar en sus compañeros, no nos interesa que saque todo el trabajo él solo sino que sepa trabajar con los demás… en resumen: las personas que hacen equipo.

—Claro, claro, comparto plenamente esa opinión, una empresa tiene que funcionar armónicamente, favoreciendo las sinergias para aprovechar las mejores cualidades de cada profesional… —corroboró Cesarín.

Carlos miró a César con severidad, como si su intervención no hubiera sido oportuna, esperó a que terminara su parlamento y luego continuó.

—Para valorar la capacidad de interrelación de las personas unos psicólogos de Princeton han confeccionado un test de empatía que la Compañía realiza a todos los candidatos.

—Comprendo.

En su vida se había enfrentado a muchos test y había salido siempre airoso.

—El test consiste en una serie de planteamientos con tres posibles soluciones: A, B y C. Tienes que elegir una de las tres. Cada respuesta puede condicionar las siguientes preguntas ¿Lo has entendido?

—Perfectamente —contestó Cesarín.

Carlos sacó un bolígrafo de su chaqueta y anotó algo en un bloc que había cogido de la mesa.

—Primera pregunta: Le regalan una pecera con peces de colores. Usted advierte que el pez rojo está acechando a unos azules más pequeños ¿Qué hace usted?: a) Pone más comida en la pecera y espera calmar la voracidad del pez rojo; b) Separa a los peces azules del pez rojo; c) No hace nada. El pez grande se come al chico. Es la ley de la naturaleza.

—La B, separo a los peces azules del pez rojo —contestó Cesarín resueltamente.

—Bien. Muy bien —asintió Carlos con satisfacción y apuntó brevemente en su bloc.

—Siguiente pregunta: Una tarde, cuando usted se va a marchar del trabajo, advierte que su compañero tiene la mesa repleta de papeles y parece agobiado ¿Qué hace?: a) Le da las buenas tardes y se va; b) Le dice que se vaya a su casa; la jornada se ha acabado y mañana será otro día; c) Se queda en la oficina para ayudarlo y no se marcha hasta que el trabajo queda terminado.

—La C, me quedo a ayudarle —respondió Cesarín sin pensárselo dos veces.

—Se valora la sinceridad en las respuestas —puntualizó Carlos, apuntando algo en su bloc—. Tercera pregunta: Una noche, volviendo a su casa del trabajo, ve venir desde lejos por una calle estrecha a dos hombres que corren. Parece que uno persigue al otro ¿Usted qué hace?: a) Detiene al perseguido. Algo habrá hecho; b) Zancadillea al perseguidor. Es posible que pretenda robar o agredir al otro; c) Deja pasar a los dos. Es posible que se trate de un juego, además pueden estar armados.

En esta ocasión César dudó e incluso se mordió la uña del pulgar.

—La C, los dejo pasar —respondió al fin.

—Tsk, tsk, tsk… —Carlos chasqueó la lengua contra los dientes y meneó la cabeza, procediendo a continuación a escribir una larga parrafada en su bloc.

—¿Puedo beber un poco de agua? —preguntó Cesarín aflojándose el nudo de la corbata.

—Cuando termine el test —respondió Carlos secamente—. Cuarta pregunta: El compañero de antes al que usted ayudó le comenta que el trabajo quedó perfecto y que le ha hablado muy bien de usted a sus responsables. Pero ahora le pide ayuda constantemente ¿Usted qué hace?: a) Le ayuda, para eso están los amigos; b) Le ayuda. Es una manera de destacar entre los demás frente a sus responsables; c) No le ayuda. Le dice a su compañero que se organice mejor.

—La A —respondió Cesarín con seguridad.

—¿¿La A?? —preguntó Carlos con un mohín de incredulidad.

—Sí, la A —confirmó Cesarín.

—Voy a repetir la pregunta porque creo que no la has entendido bien…

—La he entendido perfectamente: la A —se ratificó Cesarín algo molesto.

—La coherencia en las respuestas es clave para que el test no dé un resultado nulo. Puedes reconsiderar la respuesta.

—La A —repitió rotundamente.

Carlos apuntó en el bloc meneando la cabeza.

—Quinta pregunta: Después de frotar una lámpara maravillosa se te aparece como por ensalmo un genio que te promete riquezas sin fin. Pero si aceptas su obsequio un burócrata chino morirá en Pekín ¿Qué haces?: a) Aceptas el ofrecimiento del genio. Nadie se enterará, burócratas chinos mueren todos los días; b) Aceptas el ofrecimiento del genio. Sobran burócratas chinos; c) No aceptas el obsequio del genio.

—No entiendo la pregunta —dijo Cesarín después de pensárselo un rato.

Carlos le repitió la pregunta, pero impertinentemente, como si estuviera a punto de perder la paciencia.

—La C, no acepto el obsequio del genio —respondió Cesarín después de pensárselo otro rato mientras se restregaba nerviosamente las manos en los pantalones arriba y abajo.

—Uhm, esa no me la esperaba —dijo Carlos como para sí, frotándose el mentón con la mano.

César lo miró estupefacto, pero no acertó a decir nada.

—Sexta pregunta: Tu compañero, ese al que has estado ayudando durante todo el año, asciende y tú no ¿Cómo te sientes?: a) Contento, es un compañero, y además, indirectamente, se reconocen tus méritos; b) Molesto, el ascenso debería ser tuyo pues además de tu trabajo has hecho la mitad del de tu compañero; c) Enfadado. Ahora te arrepientes de haberlo ayudado.

César se movió de su silla como si estuviera incomodo y miró al suelo contrariado.

—La A —contestó tímidamente.

—¿Cómo? —preguntó Carlos arrimando la oreja a Cesarín como si le hubiera afectado una sordera repentina.

—La A, la A —repitió Cesarín un poco más alto.

—Entonces anoto la A —dijo Carlos mientras efectivamente anotaba en su bloc.

César no se paraba de mover sobre la silla, como si le quemara.

—¿Algún problema con la silla? —preguntó Carlos.

—No, nada, no encuentro la postura, nada más —contestó César con una media sonrisa.

—De eso se trata, de encontrar la postura —comentó Carlos—. Séptima pregunta: Vives en la ciudad ideal, su sociedad ha alcanzado la perfección, todos los ciudadanos tienen todo lo que necesitan y son absolutamente felices. Sin embargo, todos saben, aunque nadie habla de ello, que desde que anochece hasta que amanece un niño, siempre el mismo, es torturado en las oscuras mazmorras de la ciudad con los más atroces tormentos. El terrible sufrimiento del niño es el precio que la ciudad paga por su felicidad ¿Qué haces?: a) El sufrimiento del niño es intolerable bajo cualquier circunstancia. Liberas al niño y condenas a toda la ciudad a la infelicidad; b) Si uno tiene que sufrir para que los demás sean felices, que así sea. Sigues disfrutando de la sociedad perfecta y tratas de no pensar en el niño; c) Te vas de la ciudad, renuncias a tu felicidad para no ser partícipe del sufrimiento del niño, aunque no te atreves a condenar al resto a la infelicidad.

César se miró las manos como si estuvieran manchadas de sangre inocente. Después se frotó la cara y se mesó los cabellos.

—Tengo que confesar que nunca había hecho un test tan raro como éste…

—Díselo a los de Princeton —se impacientó Carlos, tamborileando con el bolígrafo en el cuaderno.

—Supongo que la C.

—La C de cobard… —musitó Carlos entre labios mientras apuntaba en su cuaderno una C muy grande.

César trató de decir algo y soltó algunos silbidos incoherentes, pero al final no dijo nada.

—¿Sí? —preguntó Carlos, levantando las cejas.

—Nada, nada, continúa —contestó Cesarín, asentándose en su silla.

—Octava pregunta: Tu compañero es ahora tu jefe y delega en ti todo su trabajo, incluso el que corresponde a su nuevo cargo ¿Qué haces?: a) Haces el trabajo que te manda sin rechistar. Para eso estás; b) Haces el trabajo, pero esta vez informas a tus superiores de espaldas a tu ex compañero de que tú te estás encargando del trabajo; c) Haces el trabajo que te mandan esperando que en la evaluación se acuerde de ti y consigas el ascenso este año.

—La C, digo la A, no, la C… —contestó César atropelladamente.

Carlos se lo quedó mirando.

—¿Me puedes repetir la pregunta? —pidió tímidamente.

Carlos repitió el enunciado con lentitud, como si su interlocutor no hablara bien el idioma o fuera un poco corto.

—La A —respondió Cesarín, esta vez con aparente firmeza.

Carlos apuntó la A en su bloc sonriendo abiertamente.

—Novena pregunta: El siguiente año tampoco logras el ascenso y te enteras de que tu jefe y ex compañero ha criticado tu trabajo en la junta de evaluación. En cambio, él logra otro ascenso y es agasajado públicamente por el Director de la Empresa. ¿Qué haces?: a) Le felicitas efusivamente y prometes esforzarte más para el próximo año; b) Le felicitas efusivamente y le pides que te elija para su nuevo equipo; c) Le felicitas efusivamente, para ti es un modelo a seguir.

—No, no lo felicito efusivamente. Desde luego que no.

—Tienes que elegir alguna de las tres op…

—¡¡¡No elijo ninguna de las tres!!! —explotó César al fin—. Este test es absurdo, dudo mucho que lo hayan confeccionado psicólogos, y menos de Princeton, más bien parece el delirio de una mente trastornada. Estás tratando de perjudicarme ¿Crees que no me he dado cuenta? Desde el principio me he dado cuenta de que quieres sabotear mi entrada en esta empresa. Yo no tengo la culpa de que Pirracas se esté divorciando ni que El Chino sea un delincuente, ya se les veía venir a los dos. Óyeme: el carácter es destino, ¡destino!; está en la voluntad de cada uno ser vencedor o ser vencido. Cada uno elige su camino y es responsable de sus actos. No me puedes reprochar nada, ¡nada! Este mundo no es para los débiles ni para los compasivos, no esperes ayuda de nadie, no la tendrás. Si fuimos amigos una vez es porque a ambos nos convenía. No te debo nada, ni a ti ni a los demás. La amistad no existe, ni el amor, sólo es beneficio mutuo. Siempre fuiste un ingenuo, tarde o temprano te darás cuenta de que ninguna acción humana es desinteresada, ¡ninguna!, siempre hay un beneficio, un provecho. Me das pena, mucha pena.

—El test ha terminado —dijo Carlos cuando Cesarín acabó su diatriba.

—Sí, por supuesto que ha terminado —dijo Cesarín, levantándose airadamente.

 

A la semana siguiente le llamaron de la empresa para que fuera a firmar el contrato. No sin ciertos recelos acudió a la hora que le habían citado. El socio-director lo recibió en su oficina.

—Confieso que temí que no me llamaran —dijo César al socio-director después de los protocolarios saludos—. No salí muy satisfecho de la reunión con Recursos Humanos.

—¿No? —preguntó el socio-director con incredulidad—, su dictamen ha sido óptimo.

—¡Ah! Pensé que los resultados del test no habían sido buenos, me puse nervioso…

—¿Test? No sé nada de ningún test, pero han dado plena aprobación para tu incorporación.

—Bien, bien —celebró César un poco desorientado.

—Aquí tienes el contrato —dijo el socio-director pasándole un pliego de papeles—. Antes de que lo firmes te tengo que advertir que por cuestiones de organización interna se están cambiando todas las categorías de la Compañía. En principio a ti no te afecta directamente, pero en el contrato advertirás que tu categoría no se corresponde con la oferta.

—Si  se  trata  simplemente  de  una  cuestión  de  organización  interna… —rumió César.

—Totalmente, la nomenclatura ha cambiado y entras ahora como asociado, pero en la práctica tus cometidos serán los mismos.

—No hay ningún problema —afirmó César.

—Lógicamente, el sueldo varía por razón de la categoría, ese es el único cambio sustancial, pero se te regularizará en los próximos años. En cualquier caso, lo que te debe preocupar a tu edad es la carrera profesional, no el sueldo. A su debido tiempo todo llegará.

—Claro, claro —dijo César, un poco mareado, como si estuviera en un torbellino.

—Firma al pie del documento. Te puedes quedar una copia.

César trató de leerlo, buscando febrilmente una cifra, pero el mareo le impedía centrarse.

—¿Hay algún problema? —preguntó el socio-director.

—No, no, ningún problema —contestó César y plasmó su firma en el contrato.

El socio-director comprobó que la firma estaba en el sitio correcto y le ofreció la mano por encima de la mesa. César la estrechó blandamente.

—Bienvenido a la Organización —dijo el socio-director con una sonrisa.

 


 

Manuel Moreno Bellosillo. Nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet bajo el seudónimo de Horacio Hellpop una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012 un cuento titulado La sonrisa de Mickey Mouse y en la antología Distopía de Cryptshow el titulado Moonwalkers, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

Contactar con el autor: mmbellosillo [at] hotmail.com

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 105 · julio-agosto de 2019

 

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