relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

E

l 5 de diciembre de 20** el conductor de un camión que transportaba cerdos y circulaba por la N-122 dirección Soria se quedó un instante traspuesto a la altura de Aranda del Duero invadiendo el carril contrario por el que circulaba un Renault Megane con dirección a Valladolid. De resultas del choque el camión volcó y el tráiler se quedó cruzado en la calzada cortando la carretera. Algunos cerdos salieron despedidos del tráiler desparramándose sus cadáveres a lo largo de 200 metros, mientras que otros más afortunados correteaban sueltos en un sentido y otro de la circulación, aunque la mayoría de la carga murió aplastada dentro del camión. Se cortó la circulación y tardaron casi 6 horas en atrapar los cerdos sobrevivientes y restablecer el tránsito. Finalmente el recuento de víctimas arrojó un resultado de 127 fallecidos, 126 cerdos y el conductor del Renault Megane, que murió en el choque.

Las autoridades identificaron al conductor fallecido con las iniciales B.M.M., 46 años, con domicilio en Madrid, estado civil casado y sin hijos. Cuando llamaron a su mujer para comunicarle la noticia, ella ya estaba presintiendo que algo le había ocurrido a su marido porque no solía llegar tarde a casa, incluso cuando tenía que viajar, y si por alguna razón se retrasaba siempre la avisaba. Además ella le había llamado varias veces a su móvil y su marido nunca desatendía sus llamadas. Por eso cuando le llamó la policía en cierta forma se esperaba la noticia, su marido resultaba previsible hasta en eso.

En cuatro meses se resolvió todo el papeleo, se dividieron los bienes gananciales, se repartió la herencia y el importe de la indemnización fue cobrado del seguro del conductor del camión. Sólo entonces se atrevió a afrontar los asuntos personales. Regaló la ropa y el resto de las pertenencias del difunto a diversos familiares, reservándose para ella su reloj que enlazó a su muñeca junto al suyo. Vació de fotos suyas la casa dejando una solamente de él, la que en su opinión era su mejor efigie, encima de la cómoda del salón. Le sorprendió la baja intensidad de su dolor, pero tuvo la seguridad que ese dolor nunca desaparecería del todo y que le acompañaría toda vida.

Revisando los armarios, en un altillo encontró ignorados recuerdos personales de su marido, cuadernos, fajos de cartas, álbumes de fotos y otros objetos sin valor que en algún momento debieron tener algún significado y que con el fallecimiento de su dueño se había perdido para siempre. También encontró en el altillo el retrato de una mujer. El retrato tenía unas medidas de unos 50 x 75 cm y estaba sin enmarcar, únicamente encuadrado con el paspartú. Sopló suavemente por la superficie limpiando la capa de polvo. Era una acuarela con los colores ya muy apagados por el paso de los años, en primer plano aparecía el rostro sonriente de la mujer y al fondo se distinguía claramente la cúpula de la basílica de San Francisco el Grande, en Madrid.

Se quedó un rato mirando la acuarela desconcertada más que absorta sin acertar a comprender qué significaba el retrato de esa mujer junto a las demás recuerdos atesorados en el altillo por su marido. Sin saber muy bien cómo debía proceder con el retrato y el resto de recuerdos, les limpió el polvo y los dejó otra vez en el altillo, pensando que más adelante se le ocurriría algo que hacer con todos esos chismes.

Sin embargo, pasados los días el retrato la seguía inquietando desde el altillo. La mujer retratada se llamaba Miriam, Miriam Signoritz, cuando lo descubrió le costó identificarla pues le chocó encontrar un retrato suyo en su casa, pero una vez despejado el asombro inicial reconoció sus hermosos rasgos en la pintura. Habían sido amigas durante años. Se habían conocido en Madrid, como estudiantes de la facultad de humanidades, habían coincidido en el colegio mayor y luego habían vivido las dos en un piso de estudiantes. Lo habían pasado muy bien juntas, invitadas a todas las fiestas, entrando gratis a las discotecas, tomando las copas que quisieran… todo siempre a cuenta de la belleza de Miriam. Miriam reunía ella sola todos los cánones convencionales de la belleza, era alta, escultural, con un pelo castaño brillante, unos ojos enormes color miel, una boca carnosa con unos labios perfectamente dibujados, y una piel dorada de seda. Cuando la conoció su reacción fue de odio profundo, un rencor instintivo y en cierta forma inevitable. Pero como coincidían a menudo en la facultad y Miriam no resultaba antipática ni engreída, poco a poco se fueron conociendo y haciendo amigas. Empezaron a salir juntas con otras compañeras del colegio mayor y, asumido el forzoso puesto de segundona, finalmente la dos acabaron haciéndose inseparables. Compartieron habitación en el colegio mayor, luego un piso de estudiantes, exámenes, aventuras, amoríos, desengaños, confidencias, intimidades… Cuando se pusieron de novias con los que luego serían sus maridos, salieron muchas veces juntos los cuatro y cuando se casaron las dos el mismo año fueron testigos cada una de la boda de su amiga. Después de casarse se siguieron viendo bastante a menudo, pero con el paso de los años se fue distanciando como del resto de amigas que había conocido en su época de estudiante. Finalmente, su amiga se fue con su marido a vivir fuera de Madrid y abruptamente se dejaron de ver, de eso hacía unos seis años. Había sabido por una amiga común que Miriam se había divorciado recientemente de su marido y había vuelto a vivir a Madrid, pero no había hecho ningún intento de retomar su vieja amistad.

Le había emocionado ver a su vieja amiga en el entierro de su marido y en el minuto escaso que hablaron las dos prometieron volver a retomar la amistad ahora que, cada una por sus circunstancias, se habían quedado solas. Se intercambiaron los números de teléfono, pero después de cuatro meses ninguna se había molestado en llamar a la otra. Casi a sus cuarenta años su amiga seguía manteniendo la misma belleza que de estudiante había generado encendidas pasiones y envidias, dependiendo del género. A los 20 años tener una piel de porcelana y una figura esbelta era un privilegio de la edad, conservar la misma piel y la misma figura a los 40 resultaba un prodigio.

La sospecha de que su aburrido y más bien feo marido hubiera tenido una aventura con ella casi le hacía reír. Ella misma se había preguntado muchas veces por qué se había casado con él, aunque era cierto que el amor siempre le había parecido el peor motivo para casarse. Él era mayor que ella y cuando se conocieron ya trabajaba y se ganaba bien la vida, era paciente, afectuoso, le daba bienestar económico y seguridad, por lo que le pareció un buen candidato para marido. El matrimonio y los años habían devaluado esas cualidades. Su marido no era divertido, ni original, ni interesante, ni apasionado, en su opinión resultaba una persona demasiado normal. Es cierto que era un hombre honrado, serio, bueno, trabajador, de trato fácil y con otras considerables cualidades, pero carente de aquellas otras reconocidas que hacen arder de pasión a una mujer.

Un sábado por la mañana vació el altillo y desplegó todo encima de la cama, con el retrato encabezando el despliegue. Organizó sistemáticamente el contenido apilando por un lado las cartas y las postales, por otro las fotos y en un tercer montón los cuadernos y demás papeles. También había una colección de objetos trasnochados, reliquias del pasado como una llave antigua de hierro, monedas extranjeras, una pluma estilográfica y otros similares que dejó apartados a un lado. La mayoría de las cartas y las fotos eran antiguas, de antes de que se hubieran conocido los dos, como si en el altillo su marido hubiera abandonado toda su vida pasada. En la pila de «otros papeles» había de todo, desde un diario de los años 1991-1993 bastante anodino hasta unos poemas cursis de temática más bien bucólica. Sin perjuicio de su calidad literaria, le sorprendió esa faceta lírica que al parecer su marido había tenido en su juventud y de la que nunca le había hablado. Más adelante trataría de leerlo todo, pero a primera vista ninguno de los papeles se relacionaba con el retrato. Sin embargo, revisando las fotos encontró una más actual que las demás en la que aparecían juntas ella y Miriam, las dos sonrientes y radiantes en la flor de su juventud. Cotejando el retrato y la foto comprobó que era la misma efigie de su amiga, que la foto había servido de modelo para el retrato, simplemente habían extirpado artísticamente su presencia sustituyéndola por la cúpula de San Francisco el Grande. Se guardó el retrato y recogió y metió el resto de nuevo en el altillo, clasificado y archivado en cajas de zapatos.

No resultaba extraño que a su marido le hubiera seducido la belleza de su amiga, en realidad a casi todos los hombres les pasaba, y que hubiera ensoñado un romance con ella, pero que ese romance hubiera pasado del plano de la imaginación al de la realidad resultaba impensable. No sólo porque su amiga jamás se hubiera fijado en nadie como él, por descontado, sino porque su marido era perfectamente previsible y una aventura extraconyugal no entraba dentro de las previsiones. Su marido era un hombre de hábitos, no admitía ninguna improvisación, podías saber a cualquier hora del día dónde estaba y lo que estaba haciendo. Sus opiniones, sus comentarios, sus reacciones, sus apetitos, sus carcajadas y sus lágrimas parecían estar escritas en una novela que ella ya había leído. Su carácter gris y anodino descartaba cualquier misterio.

El retrato estaba firmado y fechado en 20**. Por la fecha debía haberse pintado poco antes de que su amiga se hubiera marchado a vivir fuera de Madrid y dejaran bruscamente de tener contacto. Buscó en Internet y descubrió que había un artista en la ciudad cuyo nombre coincidía con la firma. Sin pensarlo mucho le llamó preguntándole por el retrato y concertaron una cita en su estudio para que ella se lo pudiera mostrar.

Ella no había estado antes en el estudio de ningún pintor y le sorprendió el caos que imperaba, con botes de pintura, lienzos a medio pintar y cuadros aparentemente terminados diseminados sin ningún orden. El artista era un tipo alto y barbudo, de unos 40 años, con el pelo y la barba de color gris. Estaba vestido con un mono blanco cubierto de manchas de pintura y fumaba por la comisura una pava de tabaco. Tuvieron que desocupar de lienzos las únicas sillas que había en todo el estudio para sentarse.

—Este es el retrato —le dijo ella sin preámbulos, sacando el cuadro de un cartapacio.

Él lo cogió y lo miró un rato, sonriéndose.

—¿Y qué quiere saber?

—¿Usted lo pintó?

—Sí, lo pinté hace mucho tiempo, cuando empezaba a pintar profesionalmente.

—¿Recuerda quién se lo encargó?

—Sí, claro, me lo pidió un amigo mío, al principio los encargos siempre me venían a través de familiares o amigos. Hace poco me enteré que había fallecido en un accidente de coche.

—Lo sé, soy su esposa.

—Lo siento, no lo sabía. Le acompaño en el sentimiento. No pude ir al entierro porque me enteré más tarde. En realidad, hacía años que habíamos perdido el contacto.

—¿Cómo es posible que siendo amigos yo no le conozca a usted y usted no me conozca a mí?

—Ya se lo he dicho, habíamos perdido el contacto. Además no fuimos nunca amigos íntimos, más bien compartíamos los mismos círculos.

—¿Qué círculos compartían?

—Ya sabe, señora, intelectuales, artistas…, la bohemia universitaria.

—No, no lo sabía ¿Y a la mujer la conoce?

El artista miró el retrato un instante.

—No, creo que no, si la conociera me acordaría. Me prestaría una foto para hacer el retrato. Es lo habitual.

—¿Sabe para qué lo encargó?

—No lo sé, señora, supongo que para hacer un regalo.

Ella se quedó callada sin saber que más preguntar.

—¿Quiere saber algo más? —le preguntó el artista.

—No, por ahora es suficiente. Pero es posible que vuelva otro día a hacerle otras preguntas.

—Vuelva cuando quiera, señora.

Se despidieron en la puerta del estudio, ella le estrechó la mano reseca y cuarteada por el aguarrás y la pintura y se marchó. El artista le había caído profundamente antipático, le había llamado «señora» y no había dejado de fumar en toda la entrevista. Pensó que para ser un artista tenía muy poca sensibilidad y resultaba muy desconsiderado. Además tampoco le había sido de demasiada utilidad pues todo lo que le había dicho, al menos todo lo importante, ya lo conocía ella.

Durante unas semanas estuvo dudando si llamar o no a su amiga para preguntarle por el retrato. No quería hacerlo, no quería parecer ridícula montando una escena a una amiga por un asunto seguramente sin importancia y que tendría una explicación sencilla, la respuesta más tonta, la solución más trivial… Pero, ¿cuál era esa explicación?, por más que se devanaba los sesos y elucubraba sobre las posibles respuestas, no se le ocurría ninguna suficientemente convincente y según pasaban los días aumentaba su inquietud por la intriga, la sospecha y los celos. Por fin un día la llamó y le dijo que le urgía contarle algo, pero sin mencionarle nada del retrato, regatearon un rato porque su amiga tenía problemas de agenda y finalmente se citaron en una cafetería del centro cerca de su oficina, después de comer.

Se pidió el día libre en el trabajo a cuenta de unas vacaciones no disfrutadas y se fue al centro de compras. Después se regaló un almuerzo en un buen restaurante y, con bastante tiempo de antelación, acudió con el cartapacio bajo el brazo al café donde se habían citado. Encontró una mesa tranquila al final del local y pidió un té.

Su amiga llegó cinco minutos tarde a la cita. Se abrazaron cariñosamente al encontrarse de nuevo. Se pidieron sendos tés y se pusieron al día recíprocamente, una de su vida después del divorcio y la otra de la suya después de enviudar. Las tazas sin tocar humeaban encima de la mesa.

—¿Qué querías contarme? —preguntó Miriam, aprovechando un respiro en la conversación.

—Te quería enseñar una cosa que he encontrado, te va a aparecer un disparate —dijo ella sacando el retrato del cartapacio y entregándoselo a su amiga.

Su amiga cogió el retrato y lo miró sonriendo.

—Soy yo, ¿verdad? —preguntó ingenuamente.

—Parece que sí.

—Sí, soy yo, yo hace algunos años.

—Sí, eres tú.

—Salgo muy favorecida.

—No seas modesta, sales como eres: preciosa.

—Era más joven.

—Sigues igual de joven.

—Exagerada, mira las  patas  de  gallo  que  me  han salido —dijo su amiga señalando unas arrugas inexistentes.

—¿No habías visto antes este retrato?

—No, es la primera vez que lo veo ¿De dónde ha salido?

—Lo encontré en un altillo donde de mi marido guardaba sus recuerdos personales.

—Vaya, me pregunto cómo habrá ido a parar allí.

—Yo también me lo pregunto ¿No lo sabes tú?

Miriam bebió un largo sorbo de su té antes de contestar.

—No lo sé… —respondió finalmente—. Lo más posible es que se lo encargara mi ex para regalármelo por mi cumpleaños o por nuestro aniversario y que él lo guardara en casa hasta esa fecha.

—¿Y qué hacía después de tanto tiempo en el armario de mi casa?

—Supongo que llegada la fecha se arrepentiría o cambiaría de idea, ya sabes cómo era mi ex, y el retrato finalmente se quedó olvidado entre las cosas olvidadas del tuyo.

—Sí, algo de eso debió ser, otra explicación no le encuentro —admitió ella finalmente después de una larga e incómoda pausa.

—No le des muchas vueltas, mujer, no veas fantasmas donde no los hay.

—A veces rebuscando en los armarios salen fantasmas. Bueno, en todo caso, como el retrato es tuyo es justo que te lo quedes tú.

—No lo sé, mujer, me da apuro.

—Quédatelo, es tuyo, yo no sabría qué hacer con él.

—Muchas gracias, lo colgaré en mi habitación para que me recuerde todas las mañanas el paso del tiempo.

—Para ti no pasa el tiempo, sigues estando igual que en el retrato.

Miriam miro el reloj e hizo un gesto de incredulidad frente al fugaz paso del tiempo.

—Siento tener que irme, pero hoy es un día horrible de trabajo.

—No te preocupes, gracias por venir, yo siento el atropello, ya me avisaste que tenías el día muy ocupado. Vete, no te preocupes por la cuenta, ya la pago yo.

Las dos amigas se abrazaron otra vez al despedirse y prometieron volver a verse pronto. A través del ventanal del café la miró bajar apresuradamente la calle con el retrato debajo del brazo mientras se preguntaba si su gesto estaría ahora quebrado por el dolor y por sus mejillas sendas lágrimas estarían dejando regueros negros de rímel a su paso o bien si su gesto seguiría sereno y sus mejillas pulcras y radiantes como siempre. Su amiga llegó al final de la calle, torció la esquina y desapareció.

Conduciendo de vuelta a casa iba pensando que sus pesquisas deberían continuar con el interrogatorio del exmarido de su amiga, que él podría corroborar o bien desmentir las explicaciones de su exmujer. Sin embargo, no le apetecía seguir, las indagaciones realizadas le parecían suficientes y no necesitaba saber más. Se sentía aliviada por haberse librado del retrato, se lo había entregado a quien, por una u otra razón, pertenecía, no se preocuparía más por él, ya no le incumbía.

 

separación párrafo El retrato

Manuel Moreno Bellosillo, nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet bajo el seudónimo de Horacio Hellpop una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012 un cuento titulado La sonrisa de Mickey Mouse y en la antología Distopía de Cryptshow el titulado Moonwalkers, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

Contactar con el autor: mmbellosillo [at] hotmail.com

 

Ilustración relato: Imagen por tsukiko-kiyomidzu / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 89 / noviembre-diciembre de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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