relato por
Jonathan Caicedo Girón

 

¿S

e atrevería a pasar la calle? Esa pregunta giró por su cabeza y dio vueltas y vueltas… hasta que fue atrapada por un sueño profundo que la envolvió con su remolino de emociones. Al despertar, como de costumbre, sacó de la mesa de noche la última foto que se habían tomado en aquel parque gigantesco de cielo gris, ambos sonreían. Decidió que a las 9:00 h, atravesaría la calle y se dirigiría al departamento de su amado, quien vivía justamente al frente, pasando la acera, e intentaría entablar un dialogo con él, cuyo propósito giraba en torno a la solución de aquel mal entendido de cuando tuvo que gritarlo con todas las fuerzas de la naturaleza, pues los celos se habían apoderado sutilmente de ella.

Volviendo en sí, meditó que, si la oportunidad se daba, le recordaría a William cuánto lo amaba, le pediría perdón y le juraría por lo más sagrado que dicha situación no se volvería a suceder.  De soslayo y con suavidad observó el reloj de madera colgado en la pared: las 7:35 h; advertía el enemigo del tiempo.

—¿Me atreveré a pasar la calle? —se preguntó. Mientras tanto, su mente empezó a navegar por el recuerdo de cuando tuvo que llevar una relación epistolar con William. Una beca académica por seis años en la Universidad de Dublín que la convertiría en lo que es hoy: una reconocida abogada en el país. Recordaba cuando pactaron enviarse una carta cada quince días sin falta, con la condición de que él la enviaría dejando caer sobre las hojas un poco del perfume que ella con tanto amor le había regalado. Mientras que ella debía firmar sus alegatos con los labios ruborizados de un rojo tan intenso que hasta el diablo en lo más profundo del infierno sentiría envidia.

Tras seis meses de mensajes, un día sin más largas, él decidió no enviar más cartas. Ella tuvo la firme intención de regresar al país. Compró los tiquetes de vuelta, pero luego de unas cuantas reflexiones bohemias, y que sus amigos le aconsejaran seguir su vida y su carrera en el Dublín de Joyce y de Wilde, decidió no embarcar. Su corazón se destrozó por completo. Cada semana andaría de resaca en resaca, se lo había prometido. Hasta que un lunes, llegó a su habitación una carta que traía consigo el olor de su amado. La desenvolvió con avidez, al leerla sus lágrimas se desparramaron sobre el papel amarillento. William imploraba perdón. Cada línea la conmovió, y sin más cavilaciones, lo perdonó, pues esta vez como suele suceder a las personas que se enamoran locamente: el sesgo fracturó al paradigma.

Puesta en la realidad nuevamente, movió la cabeza, y el reloj anunció las 9:20 h, se levantó como un felino. Rozó con sus piernas los girasoles marchitos que, inclinando su cabeza hacían una venia. Cerró la puerta del departamento, e inició un rápido descenso por las empinadas y oblicuas escaleras. Atravesaría la calle, y le diría cuánto lo amaba, que era lo mejor de su vida, y que estaba dispuesta a continuar la relación. Luego recordó que se había prometido ir a las 9:00 h, y la impuntualidad era presagio de que algo malo habría de pasar.

Entonces, decidió que cruzaría la calle sobre el medio día, y así tendría como excusa invitarlo a un gustoso almuerzo. Movió su cuerpo, y ascendió nuevamente. Observó detenidamente las paredes y se fijó en un cuadro de Botero. Se preguntó por qué habría pagado tanta plata por una «gorda» sin gracia, luego entendió que, si nada nos salva de la muerte, por lo menos el arte nos salvaría de la vida. Recordó a Neruda, y una lágrima rodó por sus mejillas, pues siempre había soñado con un amor como el que Neftalí le ofreció a Matilde. Con esa nostálgica introspección, se paseó por la sala y encontró una montañita de libros apilados:

El Retrato de Dorian Gray, Don Quijote de la Mancha, El Túnel, Cien años de Soledad, Drácula, Colmillo Blanco… y recordó que éstos habían acompañado su soledad y sus taciturnas noches en el frío Dublín. Se giró a la izquierda y encontró el libro que le había regalado, con tanto amor, William. Se trataba, pues, de la Rayuela del entrañable Cortázar: ¿Cómo olvidar a la Maga y al loco de Oliveira? ¿Cómo olvidar aquel llavero con forma de golosa que él le regaló recordándole lo mucho que la amaba? Un susurro sacudió al departamento. Se lamentó, lloriqueó, y hasta pensó en atravesar la calle como una loca y sacudir a patadas, a puños, a rasguños la puerta de su amado.

Después de tomar un vaso de agua fría y de respirar hondamente, reflexionó que lo mejor era pasar la acera sobre las 20:00 h, así podría invitarlo a un septimazo, caminarían por la calle de todos, y verían cómo los ventrílocuos deslizaban sus dedos y sus voces tenues para que los muñequitos de trapo y madera tomaran tanta vida como las flores en la primavera. Luego beberían unos vasos de chicha, y escucharían a Ónix, aquel cuentero chileno. Se besarían. Él leería un buen poema de Rilke, de esos que rompen los huesos, el amor, la vida, el alma. Se levantó del sillón y una lágrima rodó por sus mejillas.

Ahora, el reloj dada las 19:35 h, entró en su lúgubre habitación, y decidió que había llegado la hora de pasar la calle, se prometió rotundamente no navegar más por los recuerdos, saldría. Decisión tomada. Se miró en el espejo y pensó si detrás de esa cortina de vidrio existiría otro yo, y fue inapelable no acordarse de los laberintos de aquel escritor invidente que no pudo ganar el Nobel.

Salió a la calle. Un vaho de putrefacción alertó sus sentidos, ascendía desde las alcantarillas. Con suavidad, tapó su nariz y por fin dio el primer paso después del andén. Con una parsimonia de gato, inclinose para mover su lánguido cuerpo hacia adelante. Las piernas le pesaban, cual pesadilla donde a uno se le van las fuerzas para correr. Luego, como cuando por azar del destino, vio cómo su píe se fue torciendo y girando a la izquierda al chocar con una pequeña roca. Su cuerpo se movió con severidad hacia abajo, cayó. Parecía el Muro de Berlín. Los vecinos presenciaban su troyana derrota. Uno de ellos la levantó como a un bebé, la subió como pudo por las empinadas escaleras, esperó a que ésta entrase nuevamente a su cárcel, es decir, a su departamento, y se marchó.

Su llanto no cesaba. Se acostó en el viejo sillón como pudo, y se dio cuenta que, a pesar de semejante golpe, el dolor que envolvía a su alma era más fuerte y tortuoso. «William me visitará», pensó. Él se conmovería profundamente, las fibras de su corazón se moverían de un lado para otro. El teléfono estaba a mano y, si ella no era capaz de penetrar la calle, entonces, él lo haría. Notaría su ausencia, estaba segura de ello. Pero no se atrevía a llamarle. Así pasaron diez días más, entre lágrimas, versos, dolores, soledades, libros y algo de buen cine, porque eso sí, uno podría estar enfermo del corazón, entusado, vuelto nada, pero el arte sería el único compañero y bálsamo que le ayudaría a sanar los orificios que deja un amor mal cosechado.

Sin más vueltas ni muletas, recordó El Secreto de sus Ojos, a aquel que se pasó una vida enamorado y solo al final expresó lo que sentía. Entonces pensó: si Esposito pudo al cabo de tanto, ¿no podré yo atravesar la calle? Posó suavemente su cabeza en la cuerina, vieja y arrugada del cojín, cerró sus ojos, y sintió cómo el frío rasguñaba su columna. Supo que era el momento. Se organizó en tiempo record, salió. La brizna azotó con violencia su cara. Cruzó la calle, aunque esta vez tuvo cuidado de no dejar nada al azar. Entró, y se dirigió al departamento 302.

Toc, toc, toc, sus manos se movían con el singular ritmo de una ópera barata. Las maderas se estremecían, nadie asomó. Transcurrió un buen rato. Tomó lugar frente al departamento. Una de las vecinas de William, se conmovió al ver aquel cadáver hecho mujer, y salió en su ayuda.

—¿Qué te trae por acá, mujer?

—El amor de todas mis vidas posibles se encuentra allí dentro esperando por mí. Lo que no entiendo es por qué carajos no me abre esa maldita puerta.

La mujer se mordió con suavidad el labio e inquirió que debía narrar lo que sabía:

—Seré honesta contigo —dijo—, William, tu amor, se marchó hace unos días para el Cairo. La noche anterior estuve en su departamento y le consolé, se lamentaba de un amor imposible. Decía que «no había razón para vivir», hablaba de una tal Elena con tanto amor que el mundo se me estremecía, cada palabra laceraba mi alma.

El viento sirvió de canal para trasladar aquellas palabras que se suicidaban al ser escupidas por su verdugo. Elena atónita escuchaba, y sentía cómo le temblaban las piernas y se le estremecían de un lado para otro. Sentía la cara agarrotada, como si fuera de palo, mientras tanto, la vecina continuaba su discurso:

—Me dijo que el amor de su vida vivía al frente, al pasar la calle y que, si ella atravesaba la acera y lo perdonaba, él estaba dispuesto a casarse con ella, pero que mirara cómo era la vida, que seguramente ella ni siquiera pensaba en eso. Al escuchar esto último, Elena comprendió que la vida le había quedado grande.

Se lamentó de pensar y navegar tanto por sus recuerdos. Luego comprendió que el amor es ahora, y perpetuó a García Márquez y las frases del Amor en los Tiempos del Cólera, susurró. Se despidió tristemente de su verdugo, no sin antes echarle una mirada de soslayo para intentar retener nostálgicamente esa imagen como una de las más tristes de su apenada existencia, caminó por las calles como un cadáver recién resucitado, luego al ver la luz tenue de su sala, y al desunir con suavidad la cabeza de la vieja cuerina, y al observar el amarillento papel de las cartas, comprendió que nunca había salido de su departamento, volvió a apoyar la cabeza sobre el viejo cojín.

 


 

Jonathan Caicedo Girón

Jonathan Caicedo Girón, nació en Bogotá, Colombia. Es Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de UNIMUTO, y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Santo Tomás de Colombia. Actualmente es profesor de CEPLEC en la Universidad Minuto de Dios, en el Centro Regional Soacha. Le apasiona el ámbito de las letras, y de la poesía. Se encuentra trabajando en la publicación de su primer libro denominado: Mediaciones de la locura.

Contactar con el autor:   jcaice15 [at] uniminuto.edu.co · facebook.com/jotto.caisedorff

Ilustración relato: Fotografía por Life-Of-Pix / Pixabay [public domain].

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Revista Almiar • n.º 103 • marzo-abril de 2019MARGEN CERO

 

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