relato por
Sebastián Barrera

 

L

a semana pasada volvía del trabajo en tren, pensando en qué posibilidades reales había de que pudiera ver la tierra desde la estratósfera, e intentando hacer contacto visual con una flaca hermosa que estaba sentada frente a mí; ambas igualmente factibles. Tenía la cabeza apoyada contra el vidrio y el movimiento del tren me invitaba a quedarme dormido, cosa que no podía porque si me pasaba de estación podía ir a parar al culo del conurbano, algo que ningún oficinista puede permitirse. Luchaba contra el sueño, y entre cabeceo y cabeceo, escuché una voz muy grave que me dijo:

—La única forma de no quedarse dormido es escuchando una buena historia.

Yo lo miré rápido y me apreté la mochila al pecho. Esas palabras solo podían salir de la boca de un asesino psicópata o de un pastor de alguna iglesia de esos que salen en la tele a la madrugada. Lo que vi no fue nada de esto, era un señor de unos sesenta años, con camisa, barba recortada y un poco bastante gordo que me miró y me sonrió. Me tranquilizó que no fuera nada de lo que pensé y le dije:

—Estoy haciendo lo imposible, me bajo en cuatro paradas, despertame si me duermo —y le tiré una sonrisa—.

El viejo me hizo una seña como para que me quede tranquilo y me dejé llevar por el sueño. Apoyé la cabeza contra el vidrio y cuando me estaba por desmayar, escuché que empezó a hablarme como si en algún momento yo le hubiera pedido que me cuente su historia:

Vos sabés que en el norte de nuestro país, en un pueblo muy poco poblado, existió un joven que se llamaba José Argentino Roberto Lánguido Ortíz, le decían Josecito —y, sí… —. Él era un pibe muy especial, todos lo conocían porque desde chiquito había mostrado una capacidad sobrenatural para flotar —¡¿Qué?! Yo sabía, era obvio que estaba loco, ¿ahora qué hago? no me puedo parar e irme, mirá si me sigue…—, nadie sabía porqué, pero al flaquito había que atarlo al suelo o dejarlo en ambientes cerrados, porque sino se te iba volando.

Era muy muy flaco, pero todos los doctores que visitó afirmaron que nada tenía que ver con su peso, sino que parecía que el pibe «no obedecía a nadie, ni siquiera a la ley de la gravedad». Le recetaron, entonces, un tratamiento psicológico en la capital; un acompañamiento terapéutico para ver si podían solucionar su problema de conducta. Hizo tratamiento conductual, terapia de choque, le hicieron mirar manchas de tinta en un papel y hasta lo electrocutaron; de todo, pero no había caso, Josecito, en cuanto lo desatabas, se iba volando —Cada vez que me decía que Josecito se iba volando yo miraba por la ventana a ver cuánto faltaba para mi estación; estaba, contra todos mis miedos, ante aquel escenario: un psicópata me contaba una historia desquiciada y era cuestión de tiempo hasta que saque un cuchillo y empiece a apuñalar a la gente diciendo que Josecito vuela y que la gravedad no existe—. La familia del chico estaba muy preocupada: no podían ir a trabajar ni hacer sus quehaceres porque no lo podían dejar solo, tenía que haber siempre alguien supervisando que el joven no volara con el viento y se diera la cabeza contra una bombilla de luz, o se decapitara con el ventilador, la situación era muy demandante para todos.

El pobre Josecito vivió diecisiete años así, siempre con alguien a su lado y custodiado. Cuando iba a pasear lo llevaban como a los globos de helio, atado y a uno o dos metros de altura. Los días muy ventosos, que son muchos en el norte, el paseo estaba automáticamente suspendido, naturalmente —¡Naturalmente dijo!—. Cómo te imaginarás, la vida de Josecito se fue haciendo más y más dura con los años, las presiones de la adultez fueron agravando su cuadro porque, claro, sus padres ya eran mayores, él sabía que en algún momento tendría que buscar trabajo, cosa que su condición no se lo permitía. Había averiguado la posibilidad de pedir auxilio al Estado, pedirles que lo empleen en algún puesto, quizá como meteorólogo, pero, lamentablemente, le respondieron que aún no existía el cupo para personas flotantes, pero que trabajan en eso.

A esta altura ya no faltaba tanto para terminar mi viaje. La piba con la que intenté hacer contacto visual, viendo la situación, seguramente me terminó de tachar de cómplice del loco y se fue. El gordo no paraba de hablar y no parecía ni siquiera cerca de terminar su relato. Ahora hablaba del cupo laboral y lo injusto que era que el pobre José no tuviera dónde trabajar. Yo lo miraba y le decía que sí con la cabeza, mientras relojeaba el trayecto: la próxima era mi parada. Solamente tenía que seguirle el juego al psicópata este unos minutos más, saludarlo e irme y rezar que no me siguiera al bajar del tren.

La mamá de Josecito, un día, en medio de un acceso de furia producto de una discusión que tuvo con su marido salió de la casa y olvidó cerrar la ventana. Unos minutos después, volvió con el corazón en la boca y desesperada, reconociendo su olvido, para darse cuenta que su hijo, inmortalizado como Josecito el desobediente, había sido arrastrado por una corriente de viento hacía quién sabe dónde.

Este parecía un punto razonablemente concluyente de la historia, así que me paré y le dije que me bajaba en la próxima y le agradecí la historia. El viejo me sonrió y me dijo:

—Bueno, qué casualidad, yo también me bajo acá. Mientras caminamos te termino de contar la historia, porque no quedó ahí, no sabés lo que pasó después con el hermano de Josecito, el obediente Juan.

En este momento supe que tenía que terminar, como sea, esa enferma relación que el gordo se pensaba que teníamos. Me paré en la puerta esperando que abra, él se paró al lado mío y me seguía hablando muy de cerca. Cuando llegamos a la parada y la puerta se abrió, le hice una seña como que pasara primero. A lo que me contestó:

—Por favor, la juventud va primero.

Cuando bajé, él me siguió y, después de contar hasta cinco, me volví a subir al tren tan rápido como pude. El gordo enfermo quiso subirse detrás mío, pero le pegué una patada en el pecho y lo tiré al piso. La gente de la estación fue a socorrerlo y me puteaban. Las puertas se cerraron y el tren arrancó. La próxima parada era en los confines más oscuros del conurbano y yo lo sabía, pero prefería enfrentarme a los rufianes más despiadados que a la inventiva de un viejo loco.

 


 

Sebastián Barrera. Es un joven autor que acaba de recibir la licenciatura en Ciencia Política, con orientación en Teoría y Filosofía Política, en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente trabaja en comunicación política y colabora en la revista virtual Espartaco Revista donde publica una columna quincenal con relatos ficcionales humorísticos. Leer y escribir son sus dos prioridades, nada más, nada menos.

🌐 https://www.instagram.com/seb.barrera/

 Ilustración: Fotografía por Free-Photos, en Pixabay [public domain]

 

biblioteca relato David Pungin

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) n.º 114 enero-febrero de 2021

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